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Se termina la era Heisei: así la ha retratado el cine japonés

El cambio de era supone un momento de transición y reflexión sobre el pasado y el futuro de la nación japonesa

Se termina la era Heisei: así la ha retratado el cine japonés

Hace aproximadamente 30 años, el 8 de enero de 1989, el Emperador Akihito (1933-) accedía al trono imperial de Japón inaugurando la era Heisei.

Hoy, 30 de abril de 2019, Akihito abdica a favor de su hijo el príncipe heredero Naruhito (1960-), marcando esta fecha como el último día de dicha era y dando paso a partir de mañana, 1 Mayo, a la nueva era Reiwa.

Más allá del nuevo nombre, una tradición histórica que desde la época contemporánea coincide exactamente con cada sucesión imperial, el cambio de era supone un momento de transición y reflexión sobre el pasado y el futuro de la nación japonesa.

Como parte de la cultura popular nacional y global, el cine japonés nos ofrece una excelente oportunidad para echar la vista atrás y comprender mejor no sólo la era que termina sino también la base sobre la que se asienta la nueva era que se inicia.

El colapso de la burbuja y la nostalgia Showa

La era Heisei comienza con Japón situado como la segunda economía mundial en la cumbre de la burbuja inmobiliaria y financiera que había seguido al crecimiento económico del país tras su derrota en la guerra de Asia Pacífico (1931-1945).

Sin embargo, el “colapso de la burbuja” a principios de la década de los 90 y la consiguiente crisis económica sumieron a la sociedad japonesa en un período de estancamiento económico, trabajo precario y dificultades sociales que se denominaría “la década perdida” (ushinawareta jūnen) (o incluso “los 20 años perdidos”– ushinawareta nijūnen).

Tokyo Sonata (2008) dirigida por Kiyoshi Kurosawa presenta un interesante retrato familiar en el Japón postburbuja, mostrando la inseguridad laboral y cuestionando el estatus de la familia nuclear, emblema del crecimiento de posguerra, y de las relaciones personales en tiempos de crisis.

Desde una perspectiva más amable, Shall We Dance? (Masayuki Suo, 1996) ofrece una visión de la crisis de masculinidad derivada de la incertidumbre laboral presente en la sociedad del momento.

Aunque el protagonista, interpretado por Kōji Yakusho, es un salaryman (empleado) de éxito, su trabajo ya no es representado como la pieza clave del sistema social y económico sobre el que se basó la recuperación de Japón tras la guerra. Ahora su posición de empleado ya no le satisface los suficiente y necesita buscar nuevos estímulos que den sentido a una vida monótona y sin objetivos. Para sorpresa de sus compañeros de trabajo y de su mujer, lo encontrará en los bailes de salón, un hobby que se aleja de la identidad estereotipada del salaryman que juega a golf o bebe con los compañeros tras el trabajo.

Frente al contexto desolador, frustrante y solitario de la crisis económica, en la era Heisei también emerge una tendencia nostálgica a mirar hacia el pasado como un tiempo en el que todo era mejor.

La precedente era Shōwa (1926–1989) se convierte en objeto de nostalgia en películas que crean un relato acrítico de una sociedad inocente, acogedora y energética que se sacrificó y trabajó unida para superar las dificultades y la destrucción de la guerra. Ejemplos representativos de esta tendencia son la trilogía Always: Sunset on Third Street (Takashi Yamazaki, 2005-2007-2012), Tokyo Tower: Mom, and Me, and Sometimes Dad (Jōji Matsuoka, 2007) o el cine más reciente de Yōji Yamada, que añade además una nostalgia cinéfila con Una familia de Tokio (2013), remake del clásico del cine japonés Cuentos de Tokio (Yasujirō Ozu, 1953).

Vulnerabilidad, destrucción y trauma

En los 30 años de la era Heisei, una serie de acontecimientos hacen tambalearse los cimientos de una sociedad que a menudo se ve a sí misma y se presenta al exterior como un ejemplo de armonía y eficacia.

En 1995, el ataque de gas sarín en el metro de Tokio, perpetrado por el grupo religioso Aum Shinrikyo, mata a 13 personas y deja heridas a varias decenas. Ese mismo año, un gran terremoto en Kobe ocasiona la muerte de más de 6000 personas y el colapso de numerosos edificios e infraestructuras, provocando también una oleada de críticas a la actuación gubernamental considerada lenta y desorganizada.

Más recientemente, el triple desastre (terremoto, tsunami y crisis nuclear en Fukushima) ocurrido el 3 de marzo de 2011 supuso una tragedia nacional con 15.897 muertes confirmadas y varios miles de heridos y desaparecidos. Las consecuencias del desastre nuclear y de la destrucción en determinadas zonas de la región de Tōhoku son todavía un problema importante para parte de la población y la nación japonesa.

Numerosas películas han retratado estos traumáticos eventos reflejando sus efectos y elaborando estética y afectivamente una reflexión sobre ellos. El multipremiado director Hirokazu Kore-eda explora en Distance (2001) las heridas emocionales en los familiares de los miembros de Aum Shinrikyo que participaron en el ataque, mientras que los documentales de Tatsuya Mori (A, 1998, y A2, 2001) ofrecen la perspectiva de los seguidores del grupo religioso y su disolución tras el arresto de su líder Shoko Asahara.

Mori también examina las inmediatas consecuencias del triple desastre en 311 (2011) visitando dos semanas después el área evacuada alrededor de la central nuclear afectada en Fukushima y las localidades costeras impactadas por el tsunami en las que los familiares buscan los cuerpos de sus seres queridos desaparecidos.

En la ficción, el cine de Sion Sono, con películas como Himizu (2011) y Land of Hope, (2012) dramatiza la rabia reprimida y el miedo ante los efectos de la radiación. Asimismo, el trabajo de la documentalista y activista Kamanaka Hitomi (Hibakusha at the End of the World, 2003; Rokkasho Rhapsody, 2006; Ashes to Honey, 2010; Little Voices from Fukushima, 2014) presenta una interesante perspectiva sobre la historia de la energía nuclear en Japón desde los hibakusha (víctimas de bombardeos y radiación nucleares), hasta las consecuencias del desastre nuclear en Fukushima sobre algunas madres y sus hijos, pasando por la reacción y los movimientos de resistencia en los pueblos frente a la construcción de centrales nucleares años antes.

Problemas sociales y retos por resolver

La era Heisei que termina ha visto también emerger una serie de cuestiones abiertas y retos sociales e históricos que la nueva era Reiwa hereda y que determinarán la nueva sociedad japonesa en los años futuros.

El cine ha contribuido en este sentido a través de obras que fomentan el debate y complican los discursos dominantes poniendo el foco en realidades y puntos de vista marginales o silenciados. En el terreno documental, películas como Yasukuni (Li Ying, 2007), Campaign y Campaign 2 (Kazuhiro Soda, 2007 y 2013) o Sennan Asbestos Disaster (Kazuo Hara) han tratado peliagudos temas políticos e históricos como el culto a los criminales de guerra en el templo de Yasukuni, las políticas electorales o la lucha judicial de un grupo de afectados por el amianto, respectivamente.

El envejecimiento de la sociedad, la multiculturalidad o las desigualdades de género son también problemas por resolver que han sido visibilizados en películas de animación, entretenimiento y no-ficción.

Entre otras, el anime Roujin Z (Katsuhiro Otomo, 1991) sobre un futuro en el que los ancianos son cuidados por robots o Lily Festival (Sachi Hamano, 2001), comedia sobre el deseo sexual de una comunidad de ancianas; Hafu (Megumi Nishikura y Lara Perez Takagi, 2013), documental sobre la experiencia y la identidad de personas de raza mixta en Japón; u obras como Pyuupiru 2001-2008 (Daishi Matsunaga, 2009), What Are You Afraid Of? (Hisako Matsui, 2015) y Of Love and Law (Hikaru Toda, 2017) que examinan a partir de perspectivas individuales la situación social y las políticas públicas en relación con el cambio de sexo y la transexualidad, el legado de los movimientos de liberación feministas de la década de los 70 o los derechos de la comunidad LGTBIQ.

En 2020, que será ya el año 2 de la nueva era Reiwa, Japón albergará los Juegos Olímpicos y Paralímpicos en Tokio, una cita importante para la diplomacia cultural y deportiva japonesa en el siglo XXI. Al igual que ya hizo en su momento el director Kon Ichikawa (Tokyo Olympiad, 1964), la celebrada directora Naomi Kawase realizará el documental conmemorativo. Como en la era Heisei, esperamos que el cine japonés siga también participando y construyendo una nueva época.The Conversation


Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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