César Rendueles: «No deberíamos considerar democrática una sociedad que deja gente tirada por el camino»
Foto: César Rendueles| Jorge Aparicio

Cultura

César Rendueles: «No deberíamos considerar democrática una sociedad que deja gente tirada por el camino»

por Anna Maria Iglesia

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En Contra la igualdad de oportunidades (ed. Seix Barral), el sociólogo César Rendueles reflexiona sobre por qué a partir de los años setenta cualquier proyecto igualitarista quedó apartado en favor de la idea, hoy del todo asentada, de que la desigualdad, por muy rechazable que sea, es algo inevitable, un elemento fundamental e, incluso, irrenunciable del sistema. Rendueles desmonta el discurso que se opone a cualquier forma de igualitarismo, sobre todo el material, y reflexiona sobre la precariedad de la sociedad actual.

 

¿Nos han convencido o, por lo menos, lo han intentado de que la desigualdad es un mal necesario?

Efectivamente. Se nos ha metido en los huesos y en la cabeza la idea de que, en una sociedad compleja, sofisticada y diversa, la desigualdad es inevitable e imprescindible para el funcionamiento de una sociedad como la nuestra en cuanto funciona como mecanismo de selección del talento, que es premiado con prestigio y/o renta. Se nos dice que la gente con talento es beneficiosa para la sociedad en cuanto lo que aporta redunda en beneficio de todos. Esta es la idea de fondo. Lo que pasa es que hay que tener claro que esta idea es el resultado de un proyecto político muy concreto que se inicia en los años setenta y que ha conllevado los niveles de desigualdad más altos de la historia del capitalismo. La desigualdad, por tanto, no es el resultado natural e inevitable de nuestras sociedades, sino que es fruto de la victoria política de un proyecto muy concreto.

Hay muchos tipos de desigualdades, pero ¿en la base de todas está la desigualdad material?

No necesariamente. Las desigualdades de prestigio o de estatus son muy importantes en muchos ámbitos. Por ejemplo, dentro de la desigualdad de género juega un papel clave la desigualdad de prestigio, pues conlleva que determinadas actividades, normalmente asociadas a los hombres, sean más visibles y sean consideradas más importantes que otras actividades, sin duda mucho más determinantes para la supervivencia de nuestra sociedad y vinculadas casi siempre con las mujeres como pueden ser todas aquellas vinculadas a los cuidados, queden completamente invisibilizadas, ausentes de las contabilidades nacionales. Dicho esto, sí es cierto que, en la arquitectura de nuestras sociedades, las desigualdades materiales, tanto de renta como de patrimonio, son muy determinantes; podríamos decir que son el ADN de nuestra estructura social. Sin embargo, como te decía, esto no significa que todas las desigualdades se reduzcan a la material, aunque lo cierto es que si no se aborda esta es muy difícil hacer transformaciones políticas progresistas de calado pues siempre te darás de bruces con este problema.

Pero, las llamadas desigualdades prestigio van de la mano a las económicas y prueba de ello es que las mujeres cobran generalmente menos que los hombres o que los trabajos asociados a los cuidados tengan escasa remuneración.

Indudablemente. De hecho, el otro día Carolina del Olmo decía que la conciliación son los ceros de tu cuenta corriente. Llevar relaciones igualitarias de pareja con unos cuantos ceros de más en tu cuenta corriente es infinitamente más sencillo o factible que si estás en una situación de precariedad.

En cuanto a la desigualdad de prestigio, en el libro señalas que se tachó de “vida fácil” la decisión de jóvenes que optaron por no estudiar a nivel universitario y dedicarse a trabajar, principalmente en la obra.

Al inicio de la crisis del 2008 hubo una oleada de culpabilización de quienes más estaban sufriendo la crisis, entre ellos, personas jóvenes que trabajaban en la obra y que, de un día para otro, se quedaron en el paro. Se popularizó la expresión según la cual aquellos jóvenes que habían optado, al final de los estudios obligatorios, por el trabajo y no por la universidad habían elegido la “vida fácil”. A mí me indignaba que se pensara que el trabajo sobre el andamio, poco reconocido y muy duro físicamente, fuera considerado la “vida fácil”, mientras que mi elección -estudiar filosofía- se consideraba como la vía del esfuerzo y del sudor. Parece un mal chiste. Lo más increíble es que mucha gente asume este tipo de discurso hasta el punto de que algunos de aquellos jóvenes dicen de sí mismos que prefirieron lo fácil optando por la construcción. Me parece terrible no solo que se generalice este discurso, sino y sobre todo que las personas víctimas de la crisis lo asuman y se autoculpabilicen.

Se interpretaba que ir a la universidad era sinónimo de aspiración social y económica.

A la universidad, ese supuesto circuito en el que domina la vida teorética y la vida intelectual, se acude para posteriormente encontrar un puesto de trabajo. Lo que sucede es que la inmensa mayoría de titulados universitarios encuentran trabajos por debajo de su cualificación. Actualmente, además, la universidad funciona como una especie de dique de contención del paro, al menos durante algunos años, los que duran los estudios. Es un mito que con más estudios se acceda a mejores puestos de trabajo y más remunerados. Esto es así solo para los hijos de las élites, para los cuales la universidad es un rito de paso para llegar a la situación social de sus padres, pero para la mayoría de los estudiantes no es así y, tras terminar los estudios, lo que consiguen son trabajos descualificados como los que tienen los que optaron por trabajar y no seguir con los estudios.

Y luego está la precariedad que ofrece la propia universidad a quienes deciden quedarse. Ahí está la figura del asociado como ejemplo.

Esta es otra cuestión que pone en evidencia de qué manera se han degradado los puestos de trabajo prestigiosos. Actualmente, la universidad española parece una empresa de trabajo temporal. Hay universidades que tienen porcentajes cercanos al 40% de profesores que cobran en torno a 600€ por hacer dos tercios del trabajo de un titular. Hay matices, pero más o menos es así. Además, muchos de estos profesores son falsos asociados, es decir, no tienen otro trabajo que no sea el de la universidad y, por tanto, deben pagarse la seguridad social. Esto implica que lo que realmente ingresan a final de mes son 400€. Yo tengo compañeros en la universidad que viven por debajo del umbral de la pobreza.

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Imagen vía Editorial Seix Barral.

Antes hablabas de la revolución neoliberal de los años setenta, donde fue clave el intento por parte del sistema, empezando por el thatcherismo, de acabar con el sindicalismo.

Efectivamente. Durante muchos años, se nos convenció de que la globalización consistía en Internet, las redes sociales, la aparición de tendencias culturales mundiales, los viajes a bajo precios… Algo de esto hay, sin duda, pero la globalización consistió principalmente en un proceso de financiarización y en la derrota del sindicalismo, derrota que tuvo lugar en todo el mundo a finales de los años setenta y cuyos pioneros fueron Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Estos son dos de los hechos clave de la globalización y casi todo lo que ha sucedido después guarda relación con ellos. La pérdida de capacidad en la negociación colectiva por parte de la clase trabajadora ha determinado la arquitectura social de nuestro país en las últimas tres décadas. Y durante este año de pandemia, muy duro por la crisis económica y sanitaria, hemos visto el resultado de todo este proceso. De hecho, actualmente, creo que los sindicatos, más allá de su buena voluntad, consiguen llevar a cabo la negociación colectiva solo en ámbitos muy residuales y delimitados.

Con el teletrabajo se fomenta el aislamiento del trabajador, es decir, se fomenta que no haya una unión de los trabajadores que, desde su soledad, no pueden organizarse como colectivo.

Yo lo que quería explicar es que toda la estructura del trabajo pseudo-autónomo y precario no es el resultado automático de la economía, sino el diseño de un laboratorio. Cuando todavía había grandes empresas tradicionales ya se ponían en marcha mecanismos cuya finalidad era la de individualizar las relaciones laborales, es decir, para que cada trabajador tuviera una relación directa con el empleador y para que no pudiera organizarse colectivamente con los otros trabajadores. El teletrabajo acelera este mecanismo de relación individual, rompiendo con cualquier forma de relación personal entre trabajadores que es la que permite mejorar los medios para la negociación colectiva. Yo creo que la moraleja es que tenemos que darnos cuenta de que los empresarios hacen de todo para beneficiar sus propios intereses y de que la clase trabajadora cada vez tiene menos capacidad para hacer planes para contrarrestar las tendencias que buscan beneficiar al capital.

Además de la derrota por parte del sistema, ¿podemos hablar de una falta de confianza de los trabajadores hacia los sindicatos?

Los sindicatos fueron derrotados, no gestionaron bien esa derrota y mucha gente comenzó a pensar que no servían hasta el punto de que su capacidad de influencia fue cada vez menor. Este proceso de desprestigio se fue acelerando cada vez más debido a una legislación que está diseñada para que los sindicatos tengan cada vez menos peso. En mi opinión, los sindicatos necesitan inmensas reformas y necesitan replantearse sus estrategias, pero esto no implica que olvidemos dos hechos fundamentales: por un lado, en este país, la única oposición real a cualquier reforma laboral ha provenido históricamente de los sindicatos. Ninguna otra organización política ha tenido su capacidad. Con todos los matices y críticas que se quieran, esto ha sido así. Por otro lado, las principales asociaciones en números de afiliados siguen siendo los sindicatos, a pesar de que el índice de afiliación es bajísimo. Es cierto que cada vez más gente se siente más lejos de ese espacio de trabajo político representado por los sindicatos, pero creo que hay que tener muy presente a quien interesa y beneficia esta actitud de desconfianza. Dicho todo esto, creo también importante recordar que están apareciendo nuevas formas de trabajo sindical que son esperanzadoras y que, en cierta manera, son un ensayo de cómo podría ser un sindicalismo futuro adaptado a un mercado de trabajo tan atomizado y a situaciones de precariedad tan amplio. Me refiero a los sindicatos de inquilinos, al de los manteros, al de las kellys… Todos ellos son microexperiencias que nos permiten ver cómo puede ser un sindicalismo futuro con capacidad de reacción.

En el ensayo reflexionas sobre la Renta Mínima de Inserción y sobre otras posibles ayudas dirigidas a quienes no reciben prestación alguna.

Yo intento ser generoso con las distintas iniciativas, tanto con las rentas mínimas de inserción como con las rentas básicas o con aquellas dirigidas a que el estado garantice un puesto de trabajo. Todas ellas son distintas propuestas, cada una con sus elementos positivos y negativos, que apuntan en la misma dirección: una sociedad democrática tiene que garantizar la subsistencia de sus ciudadanos. De igual forma que no consideraríamos democrática una sociedad que no garantizara la libertad de expresión o de asociación, no deberíamos considerar democrática una sociedad que deja gente tirada por el camino y no garantiza su subsistencia material mínima. En España se ha optado por la iniciativa más inmediata, modesta y limitada, es decir, por la renta mínima de inserción. Para mí, es un paso muy importante el que se ha dado hacia la incorporación de la idea de que en una democracia nadie puede quedarse por el camino y, por tanto, todo el mundo debe tener derecho a tener una renta suficiente para subsistir. Dicho esto, la manera en la que se ha implementado la renta mínima de inserción es criminal. Se han puesto en marcha mecanismos claramente creados para rechazar el mayor número de solicitudes posibles.

Al respecto, citas el ensayo de Sara Mesa en el que muestra como la burocracia se convierte en un muro para que no lleguen las ayudas.

Efectivamente. Y lo peor de todo es que, como se ha hecho en otros países, hay una manera de implementar la renta mínima de forma mucho más rápida: se trata de dar de entrada la ayuda a toda la gente que la pide y revisar a posteriori todas las solicitudes penalizando aquellas en las que hay una clara mala fe o obligando a la devolución total o parcial de la ayuda a quien no cumpla con los requisitos. Esto es, en realidad, lo que se ha hecho con los ERTES y no se han revisado del todo, puesto que hay un montón de ERTES fraudulentos.

Una cosa a destacar y que señalas en el libro es que determinadas ayudas directas, como son las bajas de paternidad y maternidad, recaen en la clase media y no llegan nunca a los que conforman la bolsa de pobreza del país.

El modelo de estado de bienestar que predomina en España tiene como eje el mercado laboral. Esto significa que para acceder a las principales ayudas hay que participar en el mercado de trabajo. Los principales gastos sociales en nuestro país son las pensiones y el subsidio de desempleo. Para acceder a ambos, es muy importante contar con una vida laboral, de ahí que, históricamente, las mujeres hayan sido penalizadas, puesto que su vida laboral era menor y dependían de sus maridos para acceder a estos beneficios sociales. Hoy en día, los principales penalizados son los que no tienen un trabajo fijo. Quien tiene un trabajo fijo y más o menos bien remunerado suele ser la clase media o medio-alta, que termina disfrutando de las mejores pensiones, de los mejores subsidios de desempleo, de las bajas de maternidad y paternidad. Y con esto no digo que nosotros necesitemos de estas ayudas, pero seguramente nos hacen menos falta de cuanto la hacen falta a quienes no llegan.

Con la pandemia, se ha evidenciado cómo la falta de inversión en los servicios públicos como la Sanidad deja abandonados a parte de la sociedad, mientras que los privilegiados acuden al sistema privado.

El sistema público se va convirtiendo en una especie de coche escoba que va recogiendo a quienes no se pueden permitir otra cosa. Estas son palabras textuales de Ana Botella, por cierto. Por otro lado, en nuestro país el sistema privado no tiene la capacidad de ser una alternativa de verdad, pues es parasitario, es decir, parasita y depende de lo público. Es muy perverso, si lo piensas bien. Lo privado no es una isla a la que accede quien paga, sino que vampiriza lo público, pero no ofrece un servicio universal. Esto se ve muy bien en la escuela concertada, que ofrece una salida para las clases medias-altas en cuanto tiene precios más asequibles que la privada, con quien comparte algunas características, pero es un sistema de exclusión con respecto a lo público. Y en sanidad pasa algo similar. Una pequeña minoría usa la sanidad pública, teniendo, sin embargo, un colchón de seguridad que le permite, si las cosas van muy mal, acudir a la privada. Se crea así una especie de doble juego perverso según el cual lo privado vampiriza continuamente el sistema público, permitiendo a una clase medio-alta utilizar ambos sistemas, pero dejando completamente abandonada a una gran parte de la población como también al propio sistema público.

Con el confinamiento por zonas llevado a cabo por Díaz Ayuso, se han evidenciado, incluso, gráficamente las desigualdades sociales.

Sin duda. El barrio de Salamanca salió a la calle en mayo para darles un mandato a los gobernantes de la Comunidad de Madrid y la presidenta, Díaz Ayuso, está cumpliendo perfectamente con dicho mandato. No hay más. Díaz Ayuso está llevando a cabo aquello que las élites madrileñas le pidieron en mayo. Le dijeron: nuestros negocios y nuestras calles no se cierran y, si quieres, cierras los barrios de clase trabajadora, pero a nosotros nos dejas en paz. Hay una guerra abierta de las élites madrileñas contra una mayoría social y, como hemos visto en países de Latinoamérica, esta guerra responde a una estrategia nihilista: las élites se atrincheran, puede caer el mundo, pero sus privilegios no pueden ser tocados. Esta actitud es completamente nihilista, puesto que, en cuanto esta élite saldrá de su búnker, se encontrará un paisaje social destrozado. Con todo lo que se está haciendo, de verdad vamos a esperar que los barrios que han sido confinados muestren alguna forma de solidaridad. Estamos hablando de gente que vive en casas diminutas, que no tienen servicios sociales… ¿les vamos a exigir solidaridad? A los médicos que se despidió en verano tras un esfuerzo inhumano, ¿les vamos a pedir que vuelvan a trabajar en condiciones más que discutibles, exigiéndoles un enorme sobreesfuerzo?

Ahora el foco está en Madrid, pero ¿no crees que estas desigualdades definen cualquier otra gran ciudad?

El problema es que Madrid nunca ha tenido una burguesía digna de tal nombre. Lo que tiene es una élite financiera e inmobiliaria que vive prácticamente de parasitar lo público. Es una sociedad muy nihilista que ahora se ha quitado la careta, es un poco una caricatura de lo que hay en el resto de España, es la versión anfetamínica de lo que podemos encontrar en el País Vasco o Cataluña.

De lo que no hay dudas es que, como señalas al final de libro, es que la pandemia no ha sacado nada bueno de nosotros, sino que ha profundizado más en las heridas.

Yo detesto las posiciones evangélicas que ven en las crisis una oportunidad para sacar lo mejor de nosotros. Las crisis provocan sufrimiento y malestar, no hay nada que celebrar en ellas. Dicho esto, sí es cierto que, en momentos muy oscuros, porque no nos queda otra, somos capaces de contraatacar y organizarnos. No es fácil hacerlo en el momento actual; venimos de un ciclo político muy convulso y difícil. A mí alrededor veo mucho cansancio y pocas posibilidades de organizarse, pero creo que es importante ser consciente de a quién le interesa nuestro cansancio y nuestra apatía. Le viene muy bien a todos aquellos que están utilizando esta crisis como una oportunidad para afianzar su poder. No nos permitir el lujo del cansancio y la apatía. 

Anna Maria Iglesia

Licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada, actualmente me encuentro en la fase final de mi doctorado. Escribo en distintos medios, principalmente sobre literatura.