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Sara Mesa: “Lo primero para conseguir salir de la pobreza es tener una vivienda digna”

Foto: Jonathan Palanco | Anagrama

Silencio administrativo de Sara Mesa es un breve ensayo que duele, pues, a través de la historia de Carmen, nos enfrenta a la realidad de la pobreza, al laberinto burocrático al que se enfrenta la población económicamente más desfavorecida y, en especial, los sin techo para poder acceder a ayudas, la mayoría de ellas misérrimas, a las trabas administrativas de un sistema que está muy lejos ser el de un estado del bienestar, a la ceguera social que niega la pobreza y a las contradicciones inherentes a la caridad, convertida en el escudo tras el cual se enfrenta una administración que no asume sus responsabilidades.

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Tu ensayo aborda el silencio administrativo, un silencio que, sin embargo, como se constata en las primeras páginas viene acompañada de la ceguera. ¿Giramos la cabeza para no ver la pobreza? Y, sobre todo, ¿hasta qué punto este silencio administrativo no es un correlato de la ceguera social, de nuestra ceguera?

En efecto, las dos cosas están relacionadas, y hasta se retroalimentan. El problema es que la negligencia y la desatención de la administración hacia los más pobres no se conoce ni se reconoce, porque se dirige a personas que no tienen la capacidad de defenderse. Al revés, se vende lo contrario, se vende que hay un verdadero interés y esfuerzo por parte de la administración para erradicar la pobreza –y muchos medios de comunicación reproducen este discurso a pie juntillas, acríticamente-. Como consecuencia, la población entiende que el pobre es culpable de serlo, que recursos hay, que lo que no se quiere es trabajar, cumplir normas, etc.… es decir, toda esa cantidad de estereotipos y prejuicios. De ahí se va directamente a la insensibilización y a la creencia de que el problema no es de la sociedad al completo, sino que el problema son ellos, los caraduras y privilegiados que viven de la mendicidad y las ayudas sociales. Es un círculo muy perverso.

En relación a la idea de la ceguera, está el tema de la limosna y sus contradicciones. ¿Hasta qué punto la limosna no es un gesto hipócrita, una forma de compensación de esa ceguera social de la que somos responsables?

La limosna como concepto es humillante, rebaja al que la recibe y, en parte, también al que la da. Pero la caridad es un impulso humano y comprensible, de hecho la historia que cuento en el libro parte precisamente de ahí, de un impulso de caridad. Yo he dado limosnas también, aunque analizando el motivo me doy cuenta de que las he dado porque me he sentido mal al ver a alguien en extrema necesidad, es decir, para paliar un malestar mío, no de la persona a la que trataba de ayudar. Es, como digo, un impulso humano que puede ser meritorio en casos concretos, pero que es claramente insuficiente. En el libro explico que no se puede meter en el mismo saco a todo el mundo, porque hay voluntarios de asociaciones asistenciales que trabajan con la mejor voluntad, pero también pienso que ese trabajo es epidérmico, no va a la raíz, no podemos conformarnos con eso. Lo que me resulta curioso es la aceptación social que genera la caridad –visible por ejemplo en las campañas de los Bancos de Alimentos o los mercadillos benéficos, que cuentan con muchos voluntarios- y el rechazo, y hasta la indignación, que causa en cambio hablar de desigualdad social, de reparto de riqueza o de una renta básica universal. Está claro que son dos formas totalmente distintas de abordar el problema de la pobreza, pero solo la segunda ataca las bases en las que se sustenta, es decir, solo la segunda habla también de la riqueza, y esto es mucho más complicado de asumir que dar una limosna.

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Imagen vía Anagrama.

¿El Estado se aprovecha precisamente de esta beneficencia para no asumir la responsabilidad, para no llevar a cabo políticas y medidas contra la pobreza y la exclusión?

Al Estado le viene muy bien la existencia de Bancos de Alimentos, Cáritas y todas estas asociaciones que impiden que la gente muera de hambre en España, porque los datos hablan de más de dos millones de personas que padecen pobreza severa en este país, es decir, personas que no tienen para cubrir sus necesidades básicas, muchas de ellas –como el caso de Carmen, la mujer que protagoniza el libro- que no ingresan ni un solo euro al mes. La beneficencia le hace el trabajo sucio, por así decirlo. Pero hay una hipocresía tremenda… por ejemplo en los programas de obras sociales que ponen en marcha los mismos bancos que desahucian familias o en la donación de Amancio Ortega de una parte de su fortuna a algún fin social… Aunque criticar esto, al parecer, queda muy mal.

Puede que quede mal, pero lo cierto es que es solamente con una transformación de la estructura socio-económica y con determinadas políticas que se pueden solventar determinadas cuestiones.

Yo creo más en la lucha por los derechos sociales, pero también es cierto que la gente no puede esperar a que la administración cumpla sus obligaciones, hay que comer a diario y vivir bajo techo y lavarse y desplazarse y todo lo demás. En el libro creo que lo explico bien a través del periplo de Carmen… Mientras esperábamos que su expediente se resolviera en ese laberinto burocrático kafkiano y cruel, ella necesitaba ayuda para resistir, y ahí tuvimos que conseguirle ropa y comida, buscar otros apoyos como el acceso a un economato social, etc. Una amiga y yo le pagábamos la habitación para que dejase de dormir en la calle o el bonobús para que pudiese ir, por ejemplo, al médico, porque no tenía absolutamente nada, su caso era de extrema urgencia, y sin embargo la administración tardó ocho meses en concederle la ayuda. Pero no hay que quedarse en la caridad, hay que hacer más cosas, y de ahí surge la escritura de este libro, con el que he pretendido hacer una denuncia pública.

En este sentido y tras escribir el libro, ¿sigues creyendo en la posibilidad de la reinserción social o es más un desiderátum que una realidad?

No me gusta el término reinserción porque suena carcelario. Tampoco creo que se trate de insertar a los pobres en estructuras sociales que también están pensadas para pobres. Hay que ir a la raíz del mal, a la base, que no es más que la desigualdad económica y social. Lo demás son parches. Hay casos muy dramáticos de personas que viven en la calle y que han entrado en una serie de problemas que, en efecto, ya son muy difíciles de resolver. Pero es que antes de llegar a eso hubo muchas oportunidades de evitarlo, y la administración, la sociedad en conjunto, miró para otro lado. Los parches solo sirven para perpetuar la pobreza, para justificar la existencia de la desigualdad. Hay un profesor de antropología de la Universidad de Sevilla, Félix Talego, que afirma que los sistemas de rentas mínimas fallan de manera interesada, porque son el correlato necesario de la explotación laboral.

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“La negligencia y la desatención de la administración hacia los más pobres no se conoce ni se reconoce, porque se dirige a personas que no tienen la capacidad de defenderse”. | Foto: Sonia Fraga vía Anagrama.

Por lo que se refiere a la administración, una cosa que llama la atención es que se penaliza la extrema pobreza. Cuando se vive en la calle y no se tiene padrón, ¿es casi imposible acceder a ninguna ayuda?

Desde 2015 existe una norma que obliga a los ayuntamientos a censar a todas las personas aunque no tengan casa. Es decir, una infravivienda –una chabola, por ejemplo-, o el cajero de un banco podrían ser domicilios válidos para inscribir a una persona en el padrón, de modo que así se pueda acceder a las ayudas. En la práctica esto no se hace bien. Yo lo he visto con mis propios ojos. A Carmen la despachaban de un lado y de otro porque no aportaba los papeles necesarios para empadronarse (contrato de alquiler, facturas, etc.), y solo conseguimos que se cumpliera la norma cuando la acompañamos y nos pusimos firmes ante los funcionarios.

Los trámites, de los cuales muchos de ellos deben realizarse por internet…

Teóricamente no te obligan a hacerlos por internet, pero esa posibilidad a la administración le sirve para argumentar que existe una vía alternativa a la atención directa, telefónica, etc.… medios que están siempre saturados.

¿Todo hace que quienes más desamparados estén  más abandonados estén por parte de los organismos de gobierno?

El sistema de rentas mínimas es tan complejo que es casi imposible que una persona pobre pueda presentar su solicitud sin ayuda. Por otro lado, asistencia social no hay, porque los servicios sociales están saturados con tanta burocracia. Los impresos que hay que rellenar y la documentación exigida es fiscalizadora hasta límites increíbles. Lo peor es que, además, se piden documentos nuevos a mitad del proceso, con plazos muy cerrados, documentos que ya se presentaron o que pueden obtenerse de otras administraciones, o que no se concreta claramente dónde han de conseguirse. Se busca que la gente falle, que las cartas se pierdan por el camino, que se incumpla algún plazo… Son continuas trabas que ocasionan que multitud de solicitudes queden por el camino. Tienen además a la gente arriba y abajo, con órdenes contradictorias y una absoluta falta de información, y estamos hablando de personas en situaciones muy dramáticas, personas que no tienen dinero para hacer una llamada o coger un autobús, personas enfermas, ancianas o con menores a su cargo y con movilidad muy reducida. Además nunca informan de cómo va el expediente, que según la norma ha de resolverse en el plazo máximo de dos meses. Pero pasan los meses y los meses y uno no sabe si no tienes noticia porque se desestimó tu solicitud, si puedes recurrir, si es debido a los retrasos… No sabes nada. Puedes pasarte días y días llamando por teléfono y no lo cogen, si te presentas directamente en las oficinas te dicen que solo atienden con cita pero que las citas –esto sí es puro Kafka- solo se dan por teléfono. Se calcula que unos dos tercios de las solicitudes se rechazan por trabas burocráticas, no porque los solicitantes no cumplan los requisitos para obtener las ayudas. Y esto por hablar solo de las solicitudes presentadas… Habría que considerar también todas aquellas que no se presentan por falta de información o de asistencia.

Y, a todo ello, hay sumar el hecho de que, la mayoría de las veces, las ayudas económicas son irrelevantes.

Sí, no hay que olvidar que estamos hablando de unas cantidades ridículas, pura limosna, cantidades muy por debajo de los umbrales de pobreza. En Andalucía, por ejemplo, a una familia de cuatro personas sin ningún otro ingreso le corresponden 580 euros al mes (145 por persona). A una de seis miembros con tres o más menores, 688 (115 por persona). Estas cantidades no son compatibles con otras ayudas, no son sumativas. Tienes que vivir con eso y presentar papeles a cada momento para que no te la quiten… esto los pocos “afortunados” que la obtienen

En el ensayo hablas de la escasez de medios de los hostales públicos y de la falta de control de los hostales privados. ¿Se puede hablar de una privatización de los recursos para paliar la pobreza y cómo afecta esta privatización?

La gran mayoría de los albergues municipales tienen gestión privada. Esto hace que sus condiciones empeoren, a pesar de lo que suele venderse a la prensa, que es justo lo contrario. Se ha instalado la creencia de que los sin techo no van a los albergues porque no quieren, pero la realidad es que están saturados, que no atienden más que unas solicitudes de entrada por día y que muchos tienen un sistema de rotación, es decir, pasados unos meses te echan en las mismas condiciones en las que entraste. Los albergues no valen para nada, y esto lo explica bien la fundación RAIS, que dice que lo primero para conseguir salir de la pobreza es tener una vivienda digna.

Sara Mesa: “Lo primero para conseguir salir de la pobreza es tener una vivienda digna”

“Hay una hipocresía tremenda por ejemplo en los programas de obras sociales que ponen en marcha los mismos bancos que desahucian familias”. | Foto: MT Slanzi vía Anagrama.

La protagonista de tu ensayo es Carmen: ¿las mujeres pobres están en una situación de doble vulnerabilidad por el mero hecho de ser mujeres?

Muchos estudios hablan de la feminización de la pobreza y hay datos que así lo demuestran; la precariedad laboral y social es mucho mayor en las mujeres, y esto tiene sus consecuencias. Una mujer está mucho más expuesta a todo tipo de agresiones, más si vive en la calle, también a ser víctima de trata. Pero como decía antes, hay que ir a la raíz, a las desigualdades de base. Que todavía haya muchas mujeres que se dediquen exclusivamente al cuidado del hogar y de la familia o realicen trabajos no cualificados y mal remunerados hace que muchas de ellas, ante una ruptura o la muerte de los padres, por ejemplo, vayan directamente a la pobreza, la prostitución o al maltrato.

Drogadicción, violencia de género, enfermedad… ¿Cuándo hablamos de pobreza tendríamos que hablar de todos los elementos y situaciones colaterales?

Por supuesto. Mucha gente entiende la pobreza solo desde un punto de vista material: cosas que hacen falta. Y aún digo más: cosas que hacen falta para comer. Así lavamos nuestra conciencia en Navidad donando paquetes de garbanzos y de arroz, pero eso es insignificante, es hasta ridículo. La pobreza y la marginación social van de la mano, pero pretendemos que los pobres sean almas puras, agradecidas, sin pasado y sin complicaciones. El “no te lo vayas a gastar en vino” es todo un clásico de la hipocresía. Queremos resolver el problema de un pobre dándole un bocadillo de mortadela barata, y esto es lo mismo que considerar que esa persona es un perro.

¿Crees que somos conscientes de que la pobreza está ahí y que, en cierta manera, todos somos susceptibles de caer en ella o creemos que es algo que siempre pasa a otros y pasa porque esos otros “han hecho algo”?

Sí, al pobre se le culpabiliza siempre por ser pobre, precisamente por toda esa cantidad de prejuicios, ese odio, que hace que los veamos diferentes a nosotros, que los percibamos incluso como una amenaza, cuando las víctimas son ellos. El caso más visible, por ejemplo, sería un sin techo haciendo sus necesidades en la calle, algo que se cataloga como un problema de convivencia social, algo feo, sucio y que no queremos ver, algo que nos afecta a nosotros pero no a la persona que se ve humillada de tal forma, porque probablemente no tiene donde ir o no la han dejado entrar en ningún bar. Por supuesto, todos somos susceptibles de caer en la pobreza, pero tengo que matizar que es mucho más probable que caigan los que nacen en entornos sociales empobrecidos. Si tus padres son pobres es mucho más probable que tú también lo seas, no nos engañemos. Es importante subrayar que no todos partimos de la misma línea de salida y, los que los tenemos, debemos reconocer nuestros privilegios. A partir de ahí, tratemos de no juzgar a los que no cuentan con esos privilegios.

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