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Ciencia

Así funciona el ruinoso negocio de cazar ballenas en Japón

Los japoneses mataban ballenas mucho antes de que Ahab perdiera su pierna. Japón es históricamente un país ballenero y nunca tuvo que hacer esfuerzos para encontrarlas. Estaban ahí mismo, cerca de las costas, pero en los años 30 comenzaron a escasear o a ser insuficientes y entonces los japoneses tuvieron que explorar la Antártida, por primera vez en 1934, y luego enfrentar la II Guerra Mundial y las malas cosechas y la población comenzó a estar más y más hambrienta y los arponeros tuvieron que ir cada vez más lejos y cada vez era más angustiosamente complicado cubrir una demanda que crecía sin pausa.

Así funciona el ruinoso negocio de cazar ballenas en Japón

Los japoneses mataban ballenas antes de que el capitán Ahab (Moby Dick) perdiera su pierna y capturarlas parecía tan fácil que con el paso del tiempo se fueron alejando y desapareciendo. Los arponeros tuvieron que ir hasta la Antártida para buscarlas y había tantas que uno no podía imaginar que fueran a acabarse. Pero con la II Guerra Mundial llegaron las malas cosechas y la caza de ballenas creció sin pausa para alimentar a una población cada vez más hambrienta.

La circunstancia se perpetuó durante dos décadas hasta alcanzar su cénit en los años 60 –siempre según las investigaciones del científico japonés Junko Sakuma-, y a partir de ahí la tendencia varió y la demanda de carne empezó a desplomarse hasta el momento actual, en el que la carne de ballena se ha convertido en un alimento esporádico y exclusivo, y su consumo se sitúa entre las 4.000 y las 5.000 toneladas anuales, según el Fondo Internacional para el Bienestar de los Animales (IFAW), lo que supone cuarenta veces menos que medio siglo atrás.

Si bien en tiempos de miseria la caza de ballenas pudo ser un asunto comprensible –la ética no alimenta-, hoy en día las circunstancias son otras y estamos en condiciones de preguntarnos si es tolerable matar ballenas cuando nuestras necesidades básicas están cubiertas, cuando existen tantas alternativas a su carne.

Un grupo de escolares presencia el procedimiento que conduce a las ballenas hasta los mercados (Foto: David Guttenfelder/AP)
Un grupo de escolares observa cómo conservan los trozos de  ballena que van a parar a los mercados (Foto: David Guttenfelder/AP)

Todo por la ciencia

El 24 de marzo de 2016, cuatro grandes pesqueros regresaron a las costas de Japón con 333 ballenas minke: 230 eran hembras y nueve de cada diez estaban embarazadas. El periodo de gestación en esta especie es de diez meses y los ballenatos suelen tener una vida larga. Los humanos somos sus únicos depredadores. La comunidad internacional denunció la campaña, pero Japón se defendió con argumentos científicos: un recurso tramposo que tiene explicación.

En 1986, la Comisión Ballenera Internacional, compuesta por 89 países, prohibió la caza de ballenas con propósitos comerciales y, sin embargo, dio lugar a una excepción a la que Japón decidió acogerse; las capturas con fines científicos serían aceptadas dentro de unos márgenes amplios (mil ejemplares al año en el caso de las minke). A partir de este momento y basándonos en el nivel de capturas de Japón, los estudios morfológicos de las ballenas se dispararon.

Tanto es así que la situación se puso fuera de control y en 2014 tuvo que intervenir el Tribunal de La Haya: la carne que sobraba de los estudios –tan abundante- terminaba en restaurantes y supermercados. Japón anuló la campaña de 2015 y esperó al año siguiente para recurrir la sentencia con un nuevo programa y una nueva promesa: ahora solo necesitarían un tercio de la cantidad anterior para desarrollar sus investigaciones biológicas, de ahí las 333 capturas. La Haya no encontró argumentos suficientes para desestimar la propuesta y los barcos regresaron al mar.

Japanese lawmakers including Toshihiro Nikai (3rd L), former Economy, Trade and Industry Minister, and Daishiro Yamagiwa (3rd R, back toward camera), State Minister of Economy, Trade and Industry, taste whale meat menu during a whale meat promotion event at a restaurant in the ministry in Tokyo November 19, 2014. Japanese government officials lunched on whale meat on Wednesday in a bid to promote Japan's new plan to resume whale hunting in the Southern Ocean, ruled out once by the International Court of Justice (ICI) earlier this year. Japan on Tuesday unveiled plans to resume whale hunting in the Southern Ocean despite an international court ruling that previous hunts were illegal, but said it would slash the quota for the so-called scientific whaling programme. The small placard on the table (C) reads: "Whale meat available here". (Foto: Issei Kato/Reuters)
Un grupo de altos cargos políticos, incluido Toshihiro Nikai, exministro de Economía, y Daishiro Yamagiwa, actual ministro de la misma cartera, degusta carne de ballena durante un acto promocional. (Foto: Issei Kato/Reuters)

Una industria en declive

Es un debate genuinamente humano y profundamente antropocéntrico el preguntarnos sobre si es éticamente aceptable o no matar a una ballena para comernos su lengua, su estómago o sus entrañas, como si todo se limitara a un caso de decisión personal. Y es un debate, del mismo modo, que causa profundo rechazo en los países espiritualmente continentales de Occidente, pues consideran que las ballenas son mamíferos superiores en dignidad a las vacas o los cerdos. Pero es comprensible que no sea así en Japón o en Islandia y de ahí su resistencia.

Sin embargo, varios factores ajenos a la moral ponen en cuestión el futuro de la caza. Por ejemplo, que la industria ballenera es absolutamente ruinosa. Hoy en día la demanda es mínima y el sector solo resiste gracias a los contribuyentes. A través del Instituto de Investigación Cetácea, el gobierno nipón aporta 6,5 millones de euros al año sin poder evitar que sea deficitaria.

Las organizaciones animalistas aprovechan su declive y persuaden a los políticos para que cambien el modelo de negocio. Para ello se apoyan en las cifras de IFAW, que calcula que el sector turístico mundial de las ballenas genera 2.000 millones de dólares anuales y moviliza a 13 millones de personas, una forma provechosa de crear empleos sin necesidad de matarlas.

El reportero británico Rupert Wingfield-Hayes, de la BBC, trató de buscar explicación a la supervivencia de un negocio tan costoso y problemático en términos de imagen y solo encontró un océano de burócratas interesados en mantener un empleo y una pensión; no olvidemos que todo depende del gobierno. Pero Wingfield-Hayes dejó de lado una cuestión fundamental: el primer ministro japonés, Shinzo Abe, comenzó su carrera política como diputado de la prefectura de Yamaguchi. Su poder se construyó en un enclave ballenero, y este parece ser un dato a tener en cuenta.

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