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Cristian Crusat: “Sebald nos recuerda que todos los proyectos que han aspirado a una Europa homogénea  han resultado desastrosos”

En un momento en el que repensar el proyecto europeo es clave, ‘W. G. Sebald en el corazón de Europa’ de Cristian Crusat, es un ensayo oportuno y necesario.

Cristian Crusat: “Sebald nos recuerda que todos los proyectos que han aspirado a una Europa homogénea  han resultado desastrosos”

Foto cedida por el autor

Europa, como concepto y como proyecto, está herida. La herida no es nueva, pero en estos últimos meses se ha hecho todavía más sangrante. Habrá quien piense que la respuesta es renegar de ella, pero seguramente la clave está en repensar Europa. Por ello, el ensayo de Cristian Crusat es tan oportuno como necesario. W. G. Sebald en el corazón de Europa (ed. Wunderkammer) es mucho más que un texto sobre el autor de Austerlitz; la obra de Sebald se convierte en Crusat en el mapa que le permite adentrarse en el corazón de un continente fragmentado, marcado por los éxodos, la desposesión y violentas y profundas heridas, nunca del todo cerradas.

Hijo de una holandesa y de un catalán, nacido en Málaga y con doble nacionalidad. Quizás sea banal, pero la primera pregunta que me surge es de qué manera tu experiencia personal, como persona de muchos países y, por tanto, de ninguno en concreto, ha tenido que ver con tu interés por Sebald, sobre todo por la reflexión de éste en torno a Europa.

Es posible que Europa se piense y se sienta mucho mejor desde fuera. Al menos, ese ha sido mi caso, tras vivir en el norte de África y en Estados Unidos. Ahí, en Washington DC, fue donde arrancó la escritura del ensayo. Cuando uno está lejos, la sensación de europeidad –con todas sus tensiones y contradicciones– a menudo se impone sobre la de cualquier nacionalidad concreta. Y en cuanto a Sebald, la impresión que me causó la lectura de Los anillos de Saturno a los 20 años tiene mucho que ver con los paisajes holandeses allí descritos, en los que reconocí cierta extrañeza, una atmósfera vagamente enfermiza y un sutil despoblamiento general que en mi fuero interno había asociado desde pequeño con mi experiencia familiar en Holanda: algo así como que allí el alma estuviese enmoquetada. A partir de esas impresiones personales he tejido un dialecto de alusiones literarias en torno a los libros de Sebald, los conflictos inherentes a la idea de Europa y mi propia forma de sentir.

Si bien el ensayo tiene su origen en un texto publicado anteriormente, se puede establecer un diálogo entre tu anterior novela, Europa Automatiek, y W. G. Sebald en el corazón de Europa por lo que se refiere a la reflexión sobre Holanda en la historia de Europa y sobre ser europeo y, a la vez, sentirse extranjero dentro de este supuesto territorio común.

Sí, y más concretamente en mi caso porque tener doble nacionalidad siempre me ha hecho sentir desde pequeño que la vida sucede en otra parte. En general, podría decir que escribo sobre lo que pasa mientras no estoy. W. G. Sebald en el corazón de Europa es la morosa cara b de Europa Automatiek, donde profundizaba en el desarraigo de unos personajes tras la crisis económica y el colapso financiero de 2008 en una ciudad –Ámsterdam– que actuaba como meollo ideológico. W. G. Sebald en el corazón de Europa se yergue sobre unos presupuestos muy distintos: se trataba de entenderme mejor a mí mismo y de entender mejor la historia de Europa a través de los libros, entre ellos fundamentalmente los de Sebald. Pero es cierto que esa delgada vena de mercurio holandesa atraviesa también este ensayo: el modelismo doméstico nacido en los hogares holandeses del siglo XVII, los mapas en las pinturas de Vermeer, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales como impulsora del estilo de vida globalizado, los libros de Hugo de Groot, la presencia sefardí en Ámsterdam, la relación de esa sociedad con el agua (ya que Europa también resulta indisociable del mar y el océano), el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia en La Haya…

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Imagen vía Wunderkammer.

Ahora que hablas de la antigua Yugoslavia, leídos consecutivamente, el ensayo y la novela trazan un recorrido en torno al fracaso del proyecto europeo que va desde la Segunda Guerra Mundial hasta la Guerra de los Balcanes, recorrido que se puede seguir de la mano de Sebald y de otro autor al que también citas: Danilo Kiš.

Es muy curioso que digas esto, porque Sebald y Kiš no sólo son dos de mis autores absolutamente favoritos, sino que forman parte de uno de los episodios más queridos de mi vida lectora. Sólo después de muchos años me di cuenta de que una gran parte de mis pasiones florecieron a partir de una de las primeras páginas de El mal de Montano de Vila-Matas (su mejor novela, en mi opinión, y un libro que también me impactó decisivamente, de ahí que Valparaíso, la ciudad chilena, sea uno de los lugares de la literatura para mí). En El mal de Montano, al supuesto crítico de la primera parte le asignan sendas reseñas de Los anillos de Saturno de Sebald y La enciclopedia de los muertos de Danilo Kiš. (Por cierto, Vila-Matas siempre ha considerado a Kiš un precursor de Sebald, con lo cual estoy muy de acuerdo: sería maravilloso profundizar en esta relación…). Leí a Sebald por esta referencia en El mal de Montano. Y llegué un poco después, esta vez a través de mi amigo Paul Viejo, a mi admiradísimo Kiš. Ahora, más de quince años después, me encanta ver cómo un gran mapa de lecturas, pasiones y viajes se anuda en torno a una sola página leída a los 20 años.

El concepto de extranjería me lleva a pensar en Jacques Austerlitz, un hombre al que se ha desposeído de país, de lengua, de historia… La desposesión ha definido la historia de Europa. Ya decía Joseph Roth que él era un hombre al que se le había robado el país.

El personaje de Austerlitz es muy representativo de la obra de Sebald. Por un lado, desconoce su propio origen e incluso el nombre que le fue asignado tras su nacimiento. Está perdido por culpa de los vaivenes de la historia europea. Su tiempo está hecho de rupturas, heridas y circularidades, como la prosa de Sebald, ya que –como dice el propio Austerlitz al pasar junto al observatorio de Greenwich– el tiempo lineal representa con gran diferencia la más artificial de todas nuestras invenciones. De todas formas, la faceta que más me interesa de Austerlitz es la de estudioso del estilo arquitectónico de la era capitalista, que se materializa en monumentales estaciones de tren, edificios de la ópera, manicomios, prisiones, palacios de justicia… Y mi hipótesis es que la literatura de Sebald funciona como una pequeña (e inconclusa) maqueta de Europa que, por lo demás, responde a una firme ética de la miniatura opuesta al gigantismo de esa era. Por esta razón consigno la paradoja de que el Quartier Européen de Luxemburgo –inmensos edificios oficiales de metal y vidrio, aceras desiertas, un no-lugar de burócratas– se alce como uno de los epicentros institucionales de un continente cuyos atributos esenciales son muy distintos –la yuxtaposición, el abigarramiento, la pequeñez inherente–. La literatura de Sebald es profundamente europea en virtud de esa firme ética de la miniatura.

¿Hasta qué punto lo que nos enseña Sebald es que Europa, lejos de ser sinónimo de unión, implica separación y, sobre todo, desposesión?

Me parece que esta es una de sus lecciones fundamentales. Pero no debe confundirse con una visión derrotista. Sebald nos recuerda que todos los proyectos que han aspirado a conformar una Europa homogénea –desde el punto de vista político, cultural o económico– han resultado desastrosos. Mi ensayo hace un recorrido a través de ese torbellino histórico de ideas, crisis, subdivisiones y conflictos. Y secundo esa ética de la miniatura de Sebald –tan refractaria a lo colosal y lo inmenso– que le permite centrarse en los pliegues del complejísimo tejido microétnico de Europa. «La noción de algo pequeño y contenido es al mismo tiempo, en mi caso, un ideal tanto estético como moral», afirmó Sebald. En definitiva, todo lo que es colosal y uniforme es decididamente antieuropeo. Y así resulta Ámsterdam tan representativa de la cultura europea: pensemos en su intrincado dédalo de calles angostas y empedradas, sus canales estrechos y silenciosos, sus edificios de dos o tres pisos como máximo, su cóctel de lenguas y procedencias. Por lo demás, la historia de Europa es una historia de desposesiones, de pérdida de los fundamentos: el Imperio, la Cristiandad, el proyecto humanista…

En Sebald no hay derrotismo, tampoco nostalgia… ¿Es la literatura una forma de coser las heridas abiertas?

Como dije, la naturaleza del continente es esencialmente polinuclear, desordenada, tumultuosa, contradictoria, movediza. La herencia cultural de Europa, en mi opinión, vale mucho la pena y requiere todo nuestro interés, aunque sólo sea porque nos gustan las novelas (y estas, por supuesto, son un producto genuinamente europeo). Según Milan Kundera, europeo es aquel que tiene nostalgia de Europa. Y aunque lo pueda parecer, no existe rastro de nostalgia en la literatura de W. G. Sebald (o no, al menos, como solemos interpretarla). Si acaso, toda su obra se yergue como una severa prevención contra los graves peligros derivados de la nostalgia y las perversas formas que ésta puede adoptar, en especial cuando se examina, no sólo la trágica historia del último siglo, sino de cuantos lo precedieron. Por eso, propongo que la nostalgia no tiene por qué ser un sencillo viaje de vuelta, un regreso (y, menos aún, a ninguna cancelada unidad primera). Regresar, como dice en sus diarios Juan Malpartida, «no es volver, es internarse». Estoy completamente de acuerdo con este matiz. Y si algún tipo de nostalgia encontró cobijo en la literatura de Sebald fue precisamente aquella que, libro a libro, le permitía internarse con cada vez mayor determinación entre los innumerables pliegues y confusos solapamientos del denso tejido cultural europeo. Pues, como dijo Tony Judt, aunque no llegue a ser una respuesta, Europa es algo más que un concepto geográfico. Nuestra responsabilidad es internarnos, en la medida de nuestras aptitudes, en esa maraña de tensiones y posibilidades.

Hemos citado a Judt, a Roth, a Kiš, pero junto a Sebald quien ha reflexionado sobre Europa como territorio y como concepto es Claudio Magris, mostrando la complejidad de la “idea Europa” y, quizás, también su agotamiento.

A tenor de todas las diferencias y la diversidad que la conforman –geográfica, de relieve, climática, cultural, lingüística, religiosa, de trayectorias históricas–, Europa puede resultar un concepto demasiado amplio y nebuloso para forjar una sociedad realmente convencida de serlo. Sin embargo, Europa, además de un lugar de fronteras imprecisas, es también una idea según la cual resulta posible articular una comunidad internacional pacífica, de intereses compartidos y partes colaboradoras… y capaz de alumbrar un género literario como la novela, nacida para examinar el campo de posibilidades humanas. Sólo por eso debería merecer nuestro interés. Soslayar esa idea europea supondría contribuir a la acelerada aparición de un mundo en el que ya no sería relevante examinar la aventura, el papel de la vida íntima, el arraigamiento del hombre en la Historia, la intervención de lo irracional en el comportamiento humano, el papel de los mitos en nuestra vida… Y lo sucedido en los últimos meses nos advierte de los peligros que se avecinan.

Cristian Crusat: “Sebald nos recuerda que todos los proyectos que han aspirado a una Europa homogénea  han resultado desastrosos”
«La historia de Europa es una historia de desposesiones, de pérdida de los fundamentos: el Imperio, la Cristiandad, el proyecto humanista…» | Foto cedida por el autor.

En su concepción de Europa y en su reflexión sobre la memoria, para Sebald 1989 fue un año clave.

Los acontecimientos de 1989 obligaron a Europa a hacer memoria, y creo que Sebald no fue ajeno a este proceso. En cierto modo, Sebald atendió una de las posibles llamadas de la novela según Kundera –junto a las del juego, el sueño y el pensamiento–: la llamada del tiempo. En su caso, Sebald no se ciñe al inasible momento pasado de Proust ni al inasible momento presente de Joyce, sino que parece elevar la cuestión temporal al enigmático reino del tiempo colectivo, al tiempo de Europa, al tiempo de un continente que necesitaba volverse nuevamente sobre su pasado para hacer balance de lo acontecido, obviamente sin nostalgia. De ahí que su literatura sea un honesto y conmovedor intento de restitución.

Señalas que el tren representa la unión entre países, la posibilidad de cruzar Europa y sus fronteras, pero además evoca los crímenes del Holocausto. ¿Esta doble connotación resume en parte el devenir de Europa?

Creo que sí. Mi ensayo traza un arco temporal desde la Filosofía de la Historia de Voltaire, de 1765, hasta la época contemporánea. Y propongo que la búsqueda literaria de Sebald se fundó, más que en la exploración del declive del proyecto moderno e ilustrado, en las contradicciones y solapamientos sobre los que arraigó la noción misma idea de Europa, para la cual el desarrollo del ferrocarril representó un fenómeno esencial, ya que supone la aparición de la sociedad civil, y la forma en que las distintas sociedades se ponen en relación mutuamente. Tony Judt consideraba que el ferrocarril era un atributo natural de la modernidad (y por eso ahora comprendo por qué uno en el sur de Marruecos, donde no hay ferrocarril, se siente tan lejos de todo, tan aislado). En consecuencia, las estaciones de tren (catedrales profanas consagradas «al comercio y el tráfico mundiales», como se dice en Austerlitz sobre la estación de Amberes) operan como decisivos umbrales de experiencia en los libros de Sebald. Se trata de emplazamientos privilegiados para la colisión de lo individual y lo colectivo, el recuerdo y el olvido, la razón y la demencia, o incluso la vida y la muerte. Según Jean Paul, el viajero se parece de alguna manera al enfermo, pues está en equilibrio entre dos mundos. Las estaciones de tren, en Sebald, actúan como inseguros extraterritorios, como cámaras oscuras que invirtieran la nueva y ambigua realidad a la que accede el viajero.

Más allá del tren, Sebald reivindica el caminar, sinónimo de pertenencia, cuidado y curiosidad por un terreno que concebimos como nuestro, aunque luego la política nos lo niegue.

La sintaxis deambulatoria de Sebald crea en mi opinión una cierta y muy fascinante dispersión en sus textos, a la cual también contribuyen las fotografías de objetos. Así, los paisajes, los centros de gravedad y los puntos de fuga de sus textos se modifican al ritmo de una escritura digresiva. La prosa de Sebald teje un tiempo laberíntico dentro del cual sus personajes tienen lo que Rafael Argullol denomina «experiencias de conocimiento fulgurante». Vagar sin mapas y penetrar los ángulos muertos de la cartografía europea constituye, creo, un claro gesto crítico: el de escapar, mediante indisciplinados zigzagueos, a las poderosas fuerzas biopolíticas de la modernidad.

Como diría Rebecca Solnit, ¿el caminar en Sebald puede leerse como un gesto crítico, de protesta y de reivindicación de la esfera pública?

En mi opinión, la figura de Sebald se aviene mucho mejor a la idea de éxodo (propuesta por Paolo Virno) que a la de exilio. Aspira a defenderse del poder, no a tomarlo o a intervenir en él. Al marcharse tan joven de Alemania, Sebald se proponía mostrar su rechazo hacia un medio social que había empezado a interpretar la destrucción total de Alemania de un modo desconcertante: más que como la horrorosa consecuencia de una aberración colectiva, la destrucción parecía ofrecer la oportunidad de emprender una eficaz y admirable reconstrucción. Su salida es una manifestación implícita de desobediencia. De hecho, me parece que el éxodo de Sebald se asienta en la célebre sentencia de Baudelaire sobre el derecho a marcharse, básicamente.

“Su poética deambulatoria fundó una ética de la miniatura, la pequeñez y lo inadvertido que representa también la ética de la literatura: al contemplar una imagen durante un buen tiempo, ciertas cosas emergen”, escribes. Esta frase, me lleva a preguntarte sobre la relación entre Sebald y la microhistoria, que diría Carlo Ginzburg.

En lo esencial, la literatura de W. G. Sebald funciona como contrapunto de la incuestionada máquina productora de historia y recuerdos europeos. ¿Cómo lo hace? Mediante la recogida o rememoración de elementos dispersos, desechados o destruidos, o consignando los muy particulares archivos personales de sus personajes. En Sebald el archivo juega un papel decisivo, aunque sólo sea para rescatar un itinerario soslayado.

Por tanto, considerando que muchas veces son falsas, ¿las imágenes de Sebald van más allá de lo testimonial?

Cuando Sebald introduce una imagen en sus libros lo hace a sabiendas de que el procedimiento básico de la fotografía consiste en reproducir un elemento de lo real para postularlo como lo real en sí, aunque no lo sea de ningún modo. Sus imágenes trascienden con mucho lo testimonial. En Austerlitz, por ejemplo, las imágenes tienen una cualidad netamente cinemática, al tiempo que dialogan con Nadja, de Breton. A veces el supuesto amateurismo de sus imágenes remite a la tradición de Marcel Duchamp y Joseph Beuys y sus colecciones de objets trouvés. Y aunque pueden parecer bodegones, estos acaban por invertir los roles de observador y observado: los objetos, recuerda Sebald, nos sobreviven y explican, llevan consigo las experiencias que vivieron con nosotros y constituyen de hecho el libro abierto de nuestra historia.

Sebald es un maestro para muchos. ¿Cuál es su legado literario y, sobre todo, crees que hay alguien que ha sabido coger el testigo dejado por él?

Su obra se parece mucho a un episódico libro de artista. Y creo que sobre su fundamental legado dice mucho el hecho de que es difícil encontrar alguna expresión artística que no haya acusado el impacto de este autor, tal y como consigno en mi ensayo: teatro, performance, arte y fotografía, música, proyectos textuales internáuticos, cine y, por supuesto, literatura. En cuanto a esta, la respiración sebaldiana es notable en autores como Stefan Hertmans, Dušan Šarotar, Sergio Chejfec, Cynthia Rimsky, Joan Benesiu, Robert Macfarlane, Vicente Valero o Teju Cole, algunas de cuyas obras revelan estimulantes alteraciones del fraseo y la particular memoria del espacio en la obra de Sebald.

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