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Clara Usón: "El absurdo de la vida es lo que te da libertad"

El asesino tímido (Seix Barral), la nueva novela de Clara Usón. La escritora barcelonesa narra la historia de Sandra Mozarowski, la joven actriz del destape, fallecida entre interrogantes con 19 años y de la que se dice mantuvo una relación con el rey Juan Carlos I.

Clara Usón: «El absurdo de la vida es lo que te da libertad»

“Mira qué cosa tan interesante -escribió Virginia Woolf a su amante Vita Sackville-West-. De repente me he encontrado pensando en la muerte con una intensa curiosidad”. Las palabras de la escritora inglesa resumen, en gran parte, El asesino tímido (Seix Barral), la nueva novela de Clara Usón. La escritora barcelonesa narra la historia de Sandra Mozarowski, la joven actriz del destape, fallecida entre interrogantes con 19 años y de la que se dice mantuvo una relación con el rey Juan Carlos I. A través de la historia de Sandra, Usón narra también la suya: la de una joven que, como sus compañeros de generación, fue adolescente en la Transición y buscó la libertad, transgredir lo prohibido. Para muchos, las drogas se convirtieron en un refugio, muchos murieron de la mano de la heroína. Usón narra la historia de su caída, de sus días en el hospital, unos días que se parecieron mucho a los que pasó Sandra en coma antes de fallecer.

 

Aparentemente El asesino tímido es una novela sobre Sandra Mozarowski, pero en realidad es una novela sobre Clara Usón.

Es una constante en mis novelas, al menos en las últimas: contar a la vez varias cosas que pueden parecer disímiles, pero cuyos puntos de contacto acaban apareciendo a lo largo de la narración. En este caso, quería contar mi historia, pero, puede que, por pudor, decidí contarla a través de la historia de Sandra Mozarowski, porque creía que entre su historia y la mía había puntos de unión.

Podríamos decir que Sandra Mozarowski y tú os reflejáis la una en la otra.

Sí, somos opuestas en muchas cosas, pero tenemos también muchas cosas en común, empezando por el hecho de que pertenecemos a una misma generación.

De hecho, El asesino tímido es también sobre una generación de jóvenes que “estábamos convencidos de que nuestras vidas serían mejores, más prósperas, más libres que la de nuestros padres”

Hay también esto que comentas, aunque no es una novela generacional. Puede que sea por la edad, pero hay varios autores de mi misma edad que están echando la vista atrás. Durante la infancia, la juventud y la primera madurez una mira siempre hacia adelante, pero se llega a un punto en el que te das cuenta de que ya tienes mucha vida a tus espaldas y es entonces cuando comienzas a mirar hacia atrás, a recapitular y a pensar sobre lo que ha sido tu vida. Como apuntas, yo pertenecí a la generación que estrenó la transición y pertenecí a la generación del hedonismo puro. La generación anterior a la mía era la que hizo la lucha política, mientras que la nuestra se encontró con que ya había democracia y, por tanto, era la hora de divertirse.

Como apunta en la novela, la diversión llegó a ser peligrosa.

Lo fue. Mi generación es una generación con muchos muertos. Es la generación de la heroína. Nosotros estrenamos la Transición, pensando que, verdaderamente, habíamos pasado página: que habíamos dejado atrás la dictadura, sus maneras de hacer y la España rancia, carca y clerical y que nos habíamos convertido finalmente en europeos. Con los años, hemos visto que, en realidad, la Transición tuvo algo de camelo o, mejor dicho, que la Transición se quedó en transición, algo muy típico en España, donde vemos edificios y obras provisionales que se eternizan, donde la provisionalidad se convierte en algo crónico. Ahora estamos en un momento de desengaño con respecto a la Transición e, inevitablemente, nos preguntamos qué supuso realmente si hoy siguen mandando los que mandaban con Franco.

De Sandra Mozarowski se dijo y así usted lo refiere en el libro que había tenido una relación con el hoy Rey emérito. Como apuntaba el otro día Benjamín Prado, ¿hubiera sido posible hablar y escribir una novela así hace 20 años?

No sé ni tan siquiera si se puede hablar hoy, porque ahora mismo el delito de injuria está más presente que nunca. Ahora están metiendo a raperos en la cárcel sin más. Lo que sucede es que hemos perdido el pudor; antes había esa especie de pacto entre todos a partir del cual era mejor no tocar nada ni hablar de determinados asuntos por miedo a que todo se viniera abajo. Durante años, hacia el Rey hemos tenido la misma actitud reverencial que teníamos hacia Franco; el Rey se convirtió en el nuevo Franco. Durante el franquismo, no se podía hablar de Franco, pero durante la Transición se formuló ese pacto tácito según el cual al Rey había que tratarlo con cierta reverencia, había de dar de él una imagen impecable, ante todo, porque se consideraba que estaba por encima del bien y del mal. Se nos dijo que era necesario idealizar la monarquía porque era necesario para el país. Al final, se trata del miedo de siempre: no vamos a tocar al Rey, no vamos a tocar a la Iglesia, no vamos a tocar a los militares no vaya a ser que. Este miedo es el que han utilizado los partidos políticos para evitar hablar de la Guerra Civil, de los muertos, de los militares. Ahora estamos hablando del Rey, pero sigue siendo algo peligroso.

¿Medió las palabras al escribir esta novela?

Como antigua abogada que soy y por respeto yo no puedo afirmar, ni con respecto al Rey ni con respecto a ninguna otra persona, hechos que no estén comprobados. Yo en la novela no afirmo nada que no esté escrito en las biografías del Rey y, en cuanto a los posibles rumores que lo involucran con Sandra Mozarowski, me limitó a citar dónde apareció esta información -webs, libros, revistas-, pero yo no puedo dar por ciertos estos rumores. Yo no tengo ninguna certidumbre, es un rumor. A mi no me consta que el Rey fuera amante de Sandra y no lo voy a afirmar por mucho que esto me diera titulares. Y no lo afirmo no por una cuestión de temor, sino por honestidad.

Sandra Mozarowski, una jovencísima actriz del destape, ¿terminó convirtiéndose en un juguete roto?

Sí, muchos así lo dijeron. La mejor novela del destape es Daniela Astor y la caja negra de Marta Sanz, que hace un falso documental sobre una galería de personajes que acabaron todos fatal. Como tú dices, eran como objetos de usar y tirar. En aquella época se hablaba mucho de la mujer objeto y, retrospectivamente, llama mucho la atención que decidiéramos que la libertad significaba mostrar pechos de mujeres jóvenes y guapas, los hombres no enseñaban nada. La libertad fue cosificar a la mujer y hoy seguimos igual: pensamos que la libertad es que las mujeres se exhiban y, por tanto, que se muestre la parte puramente física de la mujer. En aquella época, pasamos de tener que ir con rebequita a la iglesia a despechugarnos, yo la primera. De alguna manera, asimilamos que el mostrar nuestro cuerpo era signo de libertad.

Clara Usón: "el absurdo de la vida es lo que te da libertad"
Clara Usón. Foto cortesía de Seix Barral.

Al fin y al cabo, la libertad era transgredir todo lo prohibido hasta entonces.

Inevitablemente. Esto sucede en todas las dictaduras. Aquí, por ejemplo, la iglesia católica nos venía impuesta, así que lo primero que reivindicamos fue el ateísmo, el divorcio, el aborto. En los países comunistas, lo primero que reivindicaron, sin embargo, fue la religión. Tú no sabes lo que era eso, durante muchos años, los españoles vivimos acomplejados por vivir en una dictadura, por vivir en un país atrasado, por no ser verdaderamente europeos. Todo llegaba 10 años después y censurado. Piensa en la película Mogambo, para que no nos escandalizáramos con el hecho de que el personaje de Ava Gardner era adúltera, hicieron algo mucho peor: hicieron ver que su amante era su hermano. Todas las películas tenían cortes, los libros se compraban en Francia… Recuerdo el haber ido a Inglaterra con 15 años y sentir apuro por decir que era española, porque te miraban por encima del hombro. En el ’68, las drogas llegaron solo para unos pocos así que mi generación fue la que a finales de los ’70 nos zambullimos en la piscina de las drogas sin ningún miedo y sin ninguna consciencia de que aquello podía ser dañino.

¿La toma de conciencia de lo que suponía zambullirse en aquella piscina de drogas tardó en llegar?

Llegó con las muertes por sobredosis o con los palos de los yonquis, que se convirtieron en el enemigo número uno. No había familia que no tuviera su yonqui, ni gente que no tuviera amigos que no hubieran muerto por sobredosis. Era una fatalidad y fue solo entonces cuando comenzamos a tomar conciencia que el consumo de drogas era peligroso. Éramos unos inocentes, unos nuevos ricos de libertad que queríamos hacer todo aquello que había sido prohibido y, por tanto, romper radicalmente con la generación anterior.

De ahí el sentimiento de culpa hacia su madre, figura clave en la novela. 

Juzgamos a nuestros padres de forma radical, porque representaban todo aquello que nosotros queríamos dejar atrás y ellos no nos entendían. Mi madre fue una víctima de su época. La República fue un periodo de apertura, sobre todo para las mujeres, y con Franco todo se vino abajo. Mi madre, que era una niña con la Guerra Civil, no conoció nada más que el franquismo; ahora hablamos de Arabia Saudí, pero en España, hasta el 75, la mujer no podía comprarse un piso, no podía abrirse una cuenta corriente… La mujer era una esclava del marido o del padre. Mi madre, por tanto, no tuvo otra salida que ser ama de casa. Había mujeres que lo aceptaban tranquilamente, pero mi madre hubiera podido hacer mil otras cosas, pero su tiempo la obligó a ser madre de familia. Solo ahora comprendo que parte de la amargura y del resentimiento que arrastró toda su vida tiene que ver con esto.

En el libro se plantea la distancia que separa las distintas generaciones, la suya y la de su madre, pero, seguramente, también la suya y la de los jóvenes de hoy.

Sin duda. Uno da por hecho que siempre hay un salto generacional y lo hay, solo que lo curioso es que, si pienso en mi generación, nosotros queríamos romper con todo y ahora, sorprendentemente, hay muchos jóvenes conservadores. Antes no nos preocupábamos demasiado, pensábamos que el futuro iba a ser mejor; estudiábamos lo que queríamos sin preocuparnos por el trabajo, porque sabíamos que lo íbamos a encontrar. Ahora para los jóvenes el trabajo es un “desiderátum” y no se pueden permitir esa rebeldía que nosotros sí teníamos.

Me decía hace algunos días Pepe Ribas que en los 70 era fácil vivir con poco dinero.

Era fácil, porque las cosas no eran tan caras. Existía, por ejemplo, el alquiler indefinido, mientras que ahora, en Barcelona, el alquiler medio supera el sueldo medio. Ahora vivimos en la selva absoluta del neoliberalismo y te encuentras con una generación de jóvenes que, por instinto de supervivencia, es mucho más conformista de cuanto lo fuimos nosotros, que nos pudimos permitir el lujo de divertirse. Evidentemente, cuando hablo de nosotros hablo de la clase media, la clase trabajadora siempre ha estado puteada.

Ahora, la clase media está lentamente desapareciendo.

Exacto. Antes la clase media era una clase privilegiada.

¿Este conformismo es una forma de aceptación del sistema y, por tanto, una actitud cómoda al sistema mismo?

Sí, evidentemente que conviene el sistema. Aquellos jóvenes que fuimos nosotros, en parte, terminamos por reproducir la vida de nuestros padres, pues, en realidad, tampoco hay muchas alternativas. Es entonces cuando comprendes a tus padres y esta novela es un homenaje a mi madre, que, cuando tuve una gran crisis, me salvó la vida. Yo no sé si llegué a darle las gracias, tanto a ella como a mi padre, que se comportaron de forma excepcional.

Usted se salvó, Sandra no. En este sentido, ¿esta novela es una novela sobre la muerte y, en concreto, sobre el suicidio?

A mi edad, piensas mucho más en la muerte que cuando eres joven. Los de mi generación, por culpa de la heroína, vivimos morir a muchos amigos, pero pensábamos que no nos iba a pasar a nosotros. Por lo que se refiere al suicidio, es algo que me ha obsesionado siempre.

Se trata de la pregunta sobre el sentido de la vida.

La decisión de quitarte la vida conlleva una pregunta: ¿Vale o no la pena vivir? El que se suicida es aquel que ha decidido que no vale la pena vivir. Durante mucho tiempo, cuando era muy joven, el suicidio siempre ha estado ahí como la última opción, como la última salida cuando no hay salida; por ello, ahora me obsesiona mucho el tema del suicidio en los jóvenes. ¿Cómo alguien de 18 años puede tomar esa decisión si no conoce todavía lo que es la vida?

¿El suicida es el asesino tímido?

Pavese decía que todo suicidio es un homicidio tímido, que el suicida quiere matar y, entonces, se mata a sí mismo. Sin embargo, el homicidio es una muerte no premeditada, mientras el suicidio lleva a cabo con predeterminación y alevosía. Al final, el tema último es el sentido de la vida. Camus decía que la vida es absurda o, más bien, nosotros pedimos a la vida algo que no tiene: creemos que todo tiene que tener una causa y una finalidad, pero la vida no siempre la tiene y esto nos crea un conflicto. Por esto, me interesa mucho Wittgenstein que, en un primer momento, dice que nuestro mundo es el lenguaje y, después, afirma que el lenguaje no es de fiar. Como escritora, no me causa ninguna ansiedad que la vida pueda no tener sentido; a mí lo que me parecería espantoso es que la vida fuera, tal y como lo proponen las religiones, un examen continuo para un premio final. El absurdo de la vida es lo que nos da libertad.

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