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Cultura

Cinco años sin Rafael Chirbes, el escritor de la conciencia

Hablamos con el profesor David Conte y con el editor Jorge Herralde sobre Rafael Chirbes, el escritor que abordó la corrupción y la derrota a través de su dimensión psicológica y sus corrientes de fondo

Cinco años sin Rafael Chirbes, el escritor de la conciencia
Fundación Rafael Chirbes Cedida

Este sábado se cumplen cinco años de la muerte del escritor Rafael Chirbes (Tavernes de la Valldigna, Valencia, 1949-2015). Es un autor reivindicado, aplaudido dentro y fuera de nuestro país y clave para comprender la España contemporánea. Su literatura recubre el edificio tradicional de la novela con una profundidad psicológica penetrante, hiriente por momentos por la fuerza de su verdad, y con un conocimiento riguroso de la historia reciente de España. En la serie compuesta por La larga marcha (1996), La caída de Madrid (2000) y Los viejos amigos (2003) dibuja un gran mural que va desde el final de la guerra civil hasta la Transición, periodo que revisa críticamente desde la solidez de los hechos. En estas tres obras, Chirbes detalla la continuidad de los poderes.

En cuanto a su vida privada, el escritor valenciano tenía un cariz de asceta: en dos ocasiones se retiró a vivir a pequeños pueblos de Extremadura y Alicante, lejos de los círculos literarios habituales. Rafael Chirbes exhibió un soberbio dominio del castellano sin presuntuosidad, con monólogos interiores cargados de pesimismo en los que de vez en cuando destella una metáfora brillante. Su estilo evoluciona del lirismo de las primeras novelas (Mimoun, su ópera prima, se publicó en 1988) hasta un realismo descarnado que se neutraliza con la capacidad reflexiva de sus personajes. Dos de sus libros más celebrados, Crematorio (2007) y En la orilla (2013) se han catalogado como las novelas de la corrupción y de la crisis, y ciertamente abordan la burbuja inmobiliaria y la fractura del sistema, pero su poso va más allá, más abajo, más profundo. Hablamos sobre su literatura con el profesor David Conte y con el que fue su editor, Jorge Herralde, que ha estado al frente de Anagrama durante 40 años.

«A la gente le da todo igual; mientras no le tiren la basura del otro lado de la tapia, ni le llegue el olor de podredumbre a la terraza, se puede hundir el mundo en mierda», pone Chirbes en boca de uno de los personajes de en En la orilla. Este retrato del cinismo va acompañado de la retrospectiva. Chirbes mira hacia atrás porque todas las fortunas tienen un pasado («No hay riqueza inocente», dijo a ABC), muchas veces turbio, asociado a la connivencia del sector privado con el público durante la dictadura franquista, pero también lo tienen las familias, las personas. Y resulta importante porque explica el presente. Tal y como explica David Conte, Doctor en Humanidades por la Universidad Carlos III y profesor de Literatura, lo generacional en Chirbes es crucial: muestra los ejes de continuidad y la relación entre padres (del franquismo) e hijos (de la democracia). En este sentido, «la gran impugnación de Chirbes, más que con respecto a la Transición, se da con respecto al PSOE», argumenta Conte. Reforma, no ruptura. Y continuismo. Y por tanto, podredumbre

La retrospectiva es cavilación, y, para Chirbes, cemento literario. Así, el primer capítulo de La larga marcha sucede en 1948, pero el narrador echa la vista atrás no ya sólo a la guerra civil, sino a la guerra de África, donde cuajan algunas cuestiones que explotarán en 1936. Esta rigurosidad histórica permite que la subjetividad de cada personaje (a su vez, de cada clase social) brote a partir de lo real. Su literatura está anclada a lo tangible, con personajes definidos por su historia y por su profesión. Como gran cronista, Chirbes declaró su admiración por Benito Pérez Galdós, al que reivindicó en muchas entrevistas. Además, la aleación trabajo-historia le llevaba a análisis directamente marxistas: «La miseria devuelve la lucha de clases al primer plano», declaró en 2013 en una entrevista a Blanca Berasategui en El Cultural. En esta entrevista también mostró su desencanto con la España del momento («Lo de ahora es un régimen podrido, porque nació del oportunismo de un bando y de otro»), y reconoció la primacía de la forma sobre el fondo: «Cada vez me interesa menos la trama». A propósito, David Conte considera que «tiene dos novelas inclasificables dentro de su proyecto, Mimoun (1988) y París-Austerlitz (2016). La escritura de Chirbes, sobre todo después de La larga Marcha, en el fondo tiene mucho de ‘proustiano’: son grandes meditaciones, novelas muy reflexivas donde no hay prácticamente acontecimientos, y todo funciona mediante rememoración».

Cinco años sin Rafael Chirbes, el escritor inflexible
Rafael Chirbes en la feria del libro de Montpellier en 2009. | Imagen: Yves Tennevin. | Flickr

Chirbes salpica sus textos de referencias filosóficas, políticas y culturales. Su visión del arte es interesante, como reflejan los cuadros que ilustran la mayoría de sus portadas, que en ocasiones pudo elegir. En La caída de Madrid aparece el fuerte expresionismo de Egon Schiele, en La buena letra un rostro de Las señoritas de Avignon de Picasso (por cubista, fragmentario), y en La larga marcha un lienzo de Juan Genovés. A este pintor, también valenciano, se hace una referencia en La caída de Madrid: «¿Has visto esos cuadros de tu ex camarada Genovés? ¿Esas multitudes que son sólo puntos negros que parece que corren en determinada dirección o que se dispersan? Sois vosotros». Dispersión, pequeñez, insignificancia. Y, en su imaginario, algo retorcido y censor de Goya también hay. Chirbes escribe como Goya titula aquel dibujo: Divina razón, no dejes ninguno.

Los mayores reconocimientos le llegaron con Crematorio y En la orilla. En 2014 fue galardonado con el Premio de la Crítica de narrativa castellana y el Premio Nacional de Narrativa. The Objective ha contactado con Jorge Herralde, fundador y editor de Anagrama, para recordar a uno de los autores más singulares de su sello. Sobre su reconocimiento, Herralde considera que «Chirbes fue injustamente valorado en nuestro en país hasta las ineludibles Crematorio y En la orilla, al final de su extensa y espléndida carrera, pero Chirbes peleó a la contra sin componendas ni alharacas, ni claudicaciones. Más bien una rara avis en su radicalidad en el paisaje literario español. Paradójicamente, fue una superestrella en Alemania a raíz de los programas del mejor crítico alemán Reich-Ranicki».

Se le ha considerado como uno de los artífices del gran relato de la corrupción, que España no se ha terminado de contar a sí misma (con honrosas excepciones, como El Reino, de Sorogoyen). Canal+ creó en 2011 una serie basada en Crematorio, dirigida por Jorge Sánchez-Cabezudo y con Pepe Sancho a la cabeza, que cosechó excelentes críticas. David Conte, en un volumen publicado por el servicio editorial de la Universidad de la Sorbona (Dispositifs d’incrimination en Espagne, XVIIIè-XXIè siècles. Des machines à textes et à images) glosa las diferencias entre novela y serie y arguye que Chirbes no quiere hacer un thriller, sino que «pretende reflejar la decadencia del alma de la sociedad actual». Crematorio no retrata a la clase política, es mucho más porosa y prioriza la dimensión social y psicológica. Uno de sus personajes, Rubén Bertomeu, capo del levante español, «a priori podría ser el malo de la novela, pero tiene razones para actuar tan lógicas como las de otros personajes que aparecen como inocentes pero que en realidad no lo son. En el fondo, Crematorio te da el espejo de una responsabilidad colectiva, en el que la sociedad mostró cierta aquiescencia respecto a la corrupción», expone David Conte. Chirbes no impugna un empresariado ni a unas prácticas capitalistas concretas, sino, sobre todo, ese mirar hacia otro lado. Por su parte, Jorge Herralde considera que «se ha afirmado y con razón que no ha habido ninguna obra comparable a Crematorio respecto a la corrupción española. Tan implacable y precisa. Chirbes conservó siempre su capacidad de indignación en casi todas sus obras, pero en Crematorio llegó a su cénit. Es demoledora».

Sobre el estilo, David Conte considera que sus novelas más cortas tienen una dimensión de orfebrería, de miniatura, «y en las obras del segundo ciclo hay un desbordamiento, resultan más barrocas, con esos interminables monólogos, la sintaxis es más compleja… Crematorio se entendió como la novela de la corrupción inmobiliaria en España y En la orilla como la segunda parte de ese díptico. No es exactamente eso: lo que le interesa a Chirbes son las corrientes de fondo».

A pesar del éxito de sus novelas, Rafael Chirbes reveló en varias entrevistas su carácter introspectivo e incluso sus dudas e inseguridades respecto a su obra. Su insatisfacción con En la lucha final (1991) significó la no reedición de la novela. Su editor explica este carácter: «Chirbes era un escritor inseguro debido a su inmisericorde exigencia consigo mismo. En sus cartas o en nuestras llamadas telefónicas, tan numerosas, había un claro leitmotiv que se resume en: “Creo que ya no voy a escribir más. Bueno, llevo 400 páginas de la novela, pero no tengo nada, solo voces, esto es una porquería. Me levanto, me voy, sufro mucho, a ver si sufriendo sale algo. Pero no tengo nada”.»

La sensación de derrota permea la serie que se inicia con La larga marcha. Es una derrota de evidente raíz bélica, que llega a ser espiritual y casi existencial. «Vivir a cambio de dejar de ser uno mismo: ése era el trato que los supervivientes habían hecho con el vencedor, pero no sólo él, sino la mitad de un país», razona uno de sus personajes.

Además de a las novelas, Chirbes se dedicó a la crítica gastronómica y al ensayo. En el segundo apartado destaca Mediterráneos (1997), donde describe varias ciudades bañadas por «esta vasta presencia», como la llamó F. Braudel. En este ensayo, el coro de tragedia griega de sus novelas se sustituye por sus vivencias personales: «Mi progresiva fascinación hacia el Mediterráneo no ha nacido de la sorpresa de un encuentro inesperado, sino del progresivo descubrimiento de capas geológicas de mi propio ser, cuya existencia desconocía». Chirbes nació en un pueblo situado a 60 kilómetros de Valencia en el seno de una familia humilde. Su padre, peón ferroviario, falleció cuando él era un niño, por lo que su madre decidió que se trasladase a varios colegios para huérfanos en Castilla y León. Cabe pensar que estas vivencias le marcaron para siempre. 

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Imágenes vía Editorial Anagrama

En la edición de 2011 de Los disparos del cazador de Edhasa (Castalia) se incluye una semblanza biográfica en la que Ignacio Muñoz describe a Chirbes como un lector voraz que simpatizó con el marxismo durante su época universitaria, cuando se trasladó a Madrid. Se licenció en Historia y se convirtió en un apasionado del cine. No se limitó a la teoría: fue detenido y pasó por los sótanos de la Dirección General de Seguridad (DGS), epicentro de una España decididamente gris, lúgubre y opresiva. Después trabajó en Marruecos como profesor de español, experiencia que plasmó en Mimoun

Desde finales de los años 80 y hasta su muerte, Jorge Herralde mantuvo relación con el escritor valenciano, en cuya eclosión literaria señala la importancia de Martín Gaite: «En ningún momento debería olvidarse a Carmiña Martín Gaite, nuestra común amiga, que fue la que me envió el manuscrito de su primera novela, Mimoun, que resultó finalista de nuestro Premio de Novela y así empezamos una relación espléndida».

David Conte resalta también la armonía de su obra: «Viendo su evolución, uno entiende que lo que a Chirbes le interesa es un proyecto literario que va más allá de publicar libros en los cenáculos literarios de Madrid o Catalunya. Es un escritor cuya obra tiene unidad. El andamio vendría apuntado en esas primeras novelas cortas y encontramos en todos sus libros la ambición de una obra unitaria, que es algo bastante singular en la literatura española. Hay una continuidad cronológica: desde La larga marcha (1966), La caída de Madrid (2000) y Los viejos amigos (2003), a Crematorio (2007) y En la orilla (2013), llegando hasta el presente con una serie de problemas que todavía no se han solucionado». Asimismo, París-Austerlizt (2016), novela póstuma, vendría a cerrar cíclicamente su obra, en tanto que es una novela profundamente personal, como lo es Mimoun. «En esta novela observamos los mecanismos del sentimiento de culpabilidad, de responsabilidad: la conciencia de que nuestro bienestar nunca tiene un origen inocente. Es una novela que explicaría todo lo que en el proyecto narrativo de Chirbes puede haber de expiación».

Literatura descorazonadora, literatura con verdad. Para encontrar algún asidero, aunque el horizonte no sea esperanzador. Para poder lavarnos el fango, o, al menos, ser conscientes de dónde procede.

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