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El Ts’ikayo, el megalodón y el gorila: un bestiario de 51 animales mitológicos, extintos y en peligro de extinción

El naturalista Jordi Serrallonga y el escritor Gabi Martínez publican ‘Animales invisibles. Mito, vida y extinción’ (Capitán Swing y Nórdica), un bestiario ilustrado por Joana Santamans que explora el mundo salvaje

El Ts’ikayo, el megalodón y el gorila: un bestiario de 51 animales mitológicos, extintos y en peligro de extinción

Ilustración de Joana Santamans

Somos muchos los que soñamos con ir a la selva de Borneo para ver a los orangutanes que allí viven, con ir a visitar a los gorilas de Uganda o con un safari en Kenia. Pero lo cierto es que algunos de los animales que pueblan nuestro planeta se encuentran en peligro de extinción y corremos el peligro de que las futuras generaciones tan solo conozcan a algunos de ellos si acuden a un museo de ciencias naturales. Esto, sin duda, debería de hacer saltar todas las alarmas. Hay otros casos, como el dodo, el moa o el megalodón que se extinguieron ya hace tiempo (no siempre por culpa del ser humano). Y la creatividad del homo sapiens también ha creado animales mitológicos (en algunos casos seguramente con una base de verdad) como el monstruo del lago Ness, el yeti, el chupacabras, la sirena o el unicornio. Todos ellos forman parte de nuestro imaginario y algunos se reúnen en Animales invisibles. Mito, vida y extinción, un libro del escritor Gabi Martínez y el naturalista y arqueólogo Jordi Serrallonga preciosamente ilustrado por Joana Santamans y editado conjuntamente por Capitán Swing y Nórdica. 

«Este libro expone conceptos y datos académicos relacionados a las ciencias naturales con un lenguaje asequible para el lector que no sea especialista. Tiene una vertiente naturalista y literaria, siendo un catálogo de lo que hubo y pudo haber, de lo que pueda existir y desearíamos descubrir», escribe Vigo Mortensen en el prólogo. Esta edición es fruto de una colaboración que dura ya más de una década entre Martínez y Serrallonga. «Gabi había escrito libros donde tocaba aspectos relacionados con viajes y encuentros con animales. A veces me pedía asesoramiento científico en datos y darwinismo. Él fue conociendo mis viajes y mis estudios de animales en Asia, América y África. Aunque con objetivos diferentes pensamos en hablar sobre estos animales invisibles», explica Serrallonga.

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Imagen vía Editorial Capitán Swing y Editorial Nórdica.

Animales míticos

De la larga lista de animales que tenían tras sus investigaciones en diferentes puntos del globo, seleccionaron 51 para esta edición que explora el mundo salvaje y se convierte en un viaje por el planeta. Tal y como el título indica, Animales invisibles está dividido en tres secciones: los animales extinguidos, los inventados y los vivos. «Los míticos son los que menos abundan en el libro pero los hemos incluido porque también son importantes. Nos interesa explicar el aspecto biológico de cada animal y su relación con los humanos», señala Serrallonga. En este sentido, el naturalista explica que estos seres inventados se encuentran en culturas y pueblos «que también son invisibles para nosotros».

Un ejemplo sería el Ts’ikayo, una mezcla de ser humano y elefante que convive en Tanzania central con los hadzabe, «una cultura que malvive», apunta. En total son 400 individuos que viven en grupos de 20 personas «que nunca habían importado a nadie hasta que despierta el interés de los ganaderos porque se trata de un pueblo cazador-recolector que molesta porque no está censado y no paga impuestos». El motivo de su inclusión en este relato es intentar que los elefantes que han ido desapareciendo sean visibles pero también mostrar que hay «una cultura y una forma de vivir que desaparece y si desaparecen los hadzabe también lo hacen los Ts’ikayo porque se perderá la tradición oral». Estamos ante un ejemplo de la importancia no solo del animal, también del pueblo que está detrás. 

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Jordi Serrallonga | Foto cedida por Editorial Capitán Swing y Editorial Nórdica.

Grandes extinciones

Son muchos los animales que se han extinguido, algunos incluso antes de ser descubiertos. Otros son conocidos por todos como los mamuts, los dinosaurios o el moa, un ave procedente de Nueva Zelanda que convivió con los maoríes, etnia a la que no le importó liquidarlos haciendo que durante el siglo XX desapareciera del imaginario. Durante mucho tiempo «han obviado al moa pero ahora están intentando reivindicar su identidad cultural e intentan rescatarlo», añade Serrallonga. En ocasiones, algunos de estos animales se han convertido en el símbolo de un pueblo. Es el caso del Solitario Jorge, una tortuga gigante de las islas Galápagos que murió en 2014. Intentaron trasladar a este ejemplar al parque nacional de las islas pero no se encontraron hembras de su especie y con su muerte se ha extinguido esta tortuga que ahora se ha convertido en símbolo de identidad y también de conservacionismo.

Otro gran animal que infunde terror es el megalodón, un tiburón gigante que vivió hace 20 millones de años y cuya eslora podía llegar a medir hasta 18 metros. En su extinción nada tuvo que ver el ser humano si no el cambio de la temperatura del océano. Es un caso similar al de los dinosaurios, recuerda Serrallonga, cuya desaparición se debió al impacto de un asteroide con la tierra. Pero esta no fue más que «la traca final» pues «ya estaban en decadencia después de un esplendor tremendo». Algunos, como el argentinosaurus o el titanosauros, «se estaban haciendo muy grandes, podían llegar a pesar hasta 80 toneladas, vivían en manadas y depredaban tanta vegetación que un pequeño cambio en el clima o la propia ingesta de tanta planta podría haber acabado con ellos».

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Megalodón. | Illustración: Joana Santamans vía Editorial Capitán Swing y Editorial Nórdica.

El ser humano como causa de extinción 

Otras veces el ser humano sí ha tenido que ver en la extinción de algunas especies o en el peligro que acecha actualmente a muchas otras. Aunque no todas las razones obedecen a la destrucción de su hábitat. «Es raro que los pueblos recolectores puedan extinguir, aunque hay algunos ejemplos como el megaterio (una especie de oso perezoso de 5 metros de altura extinguido hace 5.000 años). Eran animales muy grandes y el humano en este caso funcionó como un animal más, es decir, responde a un ciclo natural», especifica Serrallonga. 

Aunque no es menos cierto que a partir del neolítico «los humanos hemos pasado de la piedra pulida al iPad en solo 10.000 años. Con el cambio de economía productora hay una carrera incomprensible. La producción hizo que tuviéramos más alimento, crecimos, nos volvimos sedentarios, abogamos por la propiedad privada, conquistamos, nos metimos en guerras e invasiones. En ese proceso el ser humano en época industrial ha provocado grandes extinciones de animales, como el caso del dodo». Este último fue un animal comestible que no volaba y se empezó a cazar en grandes números. «Los balleneros también extinguieron todas las tortugas gigantes. No eran conscientes pero formamos parte de la naturaleza y hemos provocado una gran extinción. Por eso se habla de la sexta extinción provocada por el ser humano».

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Moa. | Ilustración: Joana Santamans vía Editorial Capitán Swing y Editorial Nórdica.

Especies en grave peligro

Los orangutanes de Borneo, que en apenas 15 años han perdido cerca un 30% de su población a causa de la plantación de árboles para la producción de aceite de palma, los gorilas, las jirafas reticuladas, el león asiático, el elefante o el guepardo son algunas de las especies amenazadas. En el caso del elefante, un animal que se reconoce cuando se mira en un espejo, la causa que lleva a cazarlos es el marfil. «Los furtivos se arriesgan por cuatro dólares. El problema está en los países ricos en los que se quiere mostrar elementos de prestigio. En África, por desgracia, desaparecen a millares por esta razón. Sería fácil erradicarlo pero hay países que llevan al turista a tiendas donde venden objetos de marfil. Hay una permisividad soterrada», denuncia.

El cuerno del rinoceronte también está en el punto de mira de los cazadores, lo que obliga a que los rangers de las reservas tengan armas, y el guepardo huye de la presencia humana porque aunque es rápido «no es fuerte». Así que si un ejemplar «oye una puerta puede dejar lo que acaba de cazar y si tiene cachorros puede incluso abandonarlos». Jordi Serrallonga, que lleva años estudiando felinos y primates, cree que debemos «pensar en clave de futuro aunque sea por egoísmo. Sin entrar en consideraciones ecológicas o románticas, no queremos extinguir especies por una cuestión ética», sostiene. Todos pertenecemos al mismo sistema y «si desaparece la abeja, que son las responsables de la polinización de muchas plantas, podemos quedarnos sin bosques y sin ellos no podemos respirar».

Pero no solo eso, la cosa puede ir incluso más allá. Al estudiar al Solitario Jorge se ha encontrado que contiene un genoma, presente también en otras especies, que hace que las tortugas no desarrollen tumores malignos. Esto quiere decir que «podría haber una investigación para la lucha contra el cáncer». También han visto que aguantan bien a las enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer, un aspecto en el que «se podrían encontrar claves». En definitiva, las tortugas «tienen facultades para resistir a algunas enfermedades. Cada vez que desaparece un animal estamos perdiendo la oportunidad de tener una base de datos científica para desarrollar medicamentos, terapias y vacunas para una mejor resistencia del ser humano en el planeta», arguye. 

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Gacela de Yemen. | Ilustración: Joana Santamans vía Editorial Capitán Swing y Editorial Nórdica.

Turismo sí, pero controlado

Algunos de estos animales solo pueden verse en parques naturales protegidos. El coste de la entrada, aunque no todos nos lo podemos permitir, resulta imprescindible para su conservación. «Mi objeto de estudio son los primates que están al borde de la extinción, como los gorilas de montaña. Se recuperan pero son tan pocos que están en peligro». En Serengeti, popular parque dedicado a los safaris, Serrallonga trabaja estudiando a los felinos junto a científicos y equipos de filmación. «Para eso tenemos que sacar permisos especiales que te permiten estar fuera del circuito turístico. Pagamos por cada día que estamos allí investigando y no nos podemos llevar nada. En este caso el dinero que pagamos revierte en el parque», asegura.

Sin embargo, los turistas y fotógrafos que acuden a hacer su trabajo allí son una de las razones por las que este espacio pervive. «Si el acceso no fuera con entrada con miles de personas visitándolo, no habría animales que estudiar. Si la zona no se pudiera visitar se hubiera convertido en zona de cultivo, por ejemplo», matiza. Ocurre lo mismo con los gorilas de montaña cuya visita se reduce a grupos de 6 personas. Algunos de los permisos pueden llegar a costar hasta 1.000 euros el día o en Uganda hasta 1.000 dólares por una hora de observación. «Los rangers aprovechan para tomar datos de los gorilas. El problema sería si hubiera grupos de 60 personas a la vez», observa.

Los ejemplos son muchos: si Galápagos no fuera un parque nacional los balleneros estarían cazando y los pescadores pescando. Ahora el visitante puede ir pagando una entrada, igual que visitar Isla de Pascua conlleva una cuota para preservar el parque. En definitiva, lo que no se conoce no se preserva. En África, de hecho, los gobiernos «están apostando para que los niños de allí visiten sus parques. Cuando un niño está rodeado de animales se le ilumina la cara y son ellos los que en el futuro defenderán su entorno». Por eso es tan importante preservar también los fósiles porque en «animales del pasado puede haber respuestas para el presente y cuidar de los animales vivos significa poder dejar un planeta sano».

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