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Cultura

Javier Krahe, el genio del aquí y el ahora

Federico de Haro reconstruye la trayectoria y vida del bardo irreverente en ‘Javier Krahe. Ni feo, ni católico, ni sentimental’ (Reservoir Books)

Javier Krahe, el genio del aquí y el ahora

«Los finales no se pueden prever, simplemente suceden», dijo Javier Krahe. Y su final probablemente llegó demasiado pronto aunque lo hizo dejándonos un puñado de mordaces e irónicas letras que mantendrán vivo su recuerdo. Krahe murió hace ahora seis años y Federico de Haro (Madrid, 1984) ha reconstruido la trayectoria y vida de este irreverente bardo en Javier Krahe. Ni feo, ni católico, ni sentimental (Reservoir Books), una biografía por la que desfilan figuras que le acompañaron como Joaquín Sabina, Albert Plá, Gran Wyoming o Julio Llamazares. También, por supuesto, ha contado con los testimonios de su mujer y sus hijos. «Despertaba tanta fascinación que todos estaban encantados de contar lo que habían vivido con él», se sincera el escritor.

La chispa para abordar este proyecto prendió cuando De Haro leyó una entrevista en la que Javier López de Guereña (guitarrista y amigo de Krahe) fantaseaba con una biografía de su compañero y mirando toda la información que había recopilado durante tiempo entendió que había llegado el momento de intentarlo. Así que se puso manos a la obra y realizó cerca de 60 entrevistas que le dejaron en torno a 200 minutos de grabación plagados de historias y anécdotas con las que completar un retrato completo, divertido y ameno.

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Imagen vía Reservoir Books.

Es más, hizo un hallazgo que seguro que hará las delicias de sus seguidores: descubrió letras de canciones inéditas de su primera época (vienen reunidas como cierre de la edición). No se trata de canciones que se quedaron sin publicar si no de letras que el propio Krahe daba por perdidas, como la de Un obseso sexual, que escribió para que la cantara su hermano Jorge junto a Rosa León. El hilo del que tirar lo encontró «en unos versos que cita Cela en Diccionario secreto», y así es como llegó a dar con una grabación de una actuación de los años setenta que León conservaba. 

Y es que así fue como Krahe empezó su trayectoria. Él escribía y su hermano interpretaba. Pero llegó un momento en el que Jorge «dejó de cantar y sus letras quedaron sin una voz que las diera a conocer», comenta De Haro. En ese momento, Krahe pensó que debía empezar a tocar la guitarra aunque, tal y como apunta el autor de la biografía, sus aptitudes para ello nunca destacaron demasiado. 

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Federico de Haro. | Foto cortesía del autor.

Brassens y el exilio canadiense

Entre 1969 y 1973 Javier Krahe decidió autoexiliarse en Canadá y aunque para entonces ya había entrado en contacto con la música de George Brassens (sus hermanos llevaban a casa discos del compositor desde Francia) «fue allí, con mucho tiempo libre y un mayor conocimiento del francés, donde profundizó en sus letras», sostiene De Haro. Pero no solo se trata de las letras si no de «su postura vital». Aquel tiempo en Canadá le permitió «descubrir a un maestro y en él encontró el faro que le faltaba, algo hacia donde dirigirse y algo a lo que aspirar». 

Aunque a lo largo de su trayectoria los caminos de ambos se separan, Krahe siempre lo tuvo como referente. Con la franqueza que le caracterizaba aseguraba «que no creía haber alcanzado su nivel». Sin embargo, antes de llegar a conocer a Brassens nuestro autor inclasificable había compuesto canciones muy similares. ¿Casualidad? «Cuesta saber si es coincidencia que dos personas transiten el mismo camino», apunta Federico de Haro. 

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Imagen del libro. | Foto cortesía de las familias Bloyard y Krahe.

Debut en 1979

Mucho tenemos que agradecer a ese otro Krahe que propició que naciera la leyenda en la que se convirtió Javier Krahe. Fue Chicho Sánchez Ferlosio, que tenía un concierto en La Aurora, quien le incitó a cantar y a ensayar. De esta manera tan desenfadada «se gestó su debut en 1979 y aunque con dificultad con la guitarra Krahe empezó a cantar sus canciones». Aunque hubo un punto de inflexión cuando López de Guereña decidió quitarle la guitarra. «Fue decisivo porque las canciones adquirieron en el escenario un tono distinto. Al liberarse de las manos y dejar de pensar en los acordes Krahe ganó dos elementos que le ayudaban a expresarse», comenta Federico de Haro.

El bardo vivió los años de la movida pero su ambiente estaba en La Mandrágora, un local al margen de esa Madrid de las crestas y los pelos de colores. Aunque fue un garito sin demasiada afluencia de público, sí tenía fieles que acudían como a la misa dominical. «Entre el público estaba la élite cultural, como Sabina, que sentía que las canciones de Javier podían encajar con ese público mejor que las suyas», considera el autor. Allí, de hecho, cantaban Sabina y Krahe una vez a la semana.

Sin embargo, este garito que fue una isla dentro del océano de la movida tuvo una vida muy corta y en 1982 cerró sus puertas. Con ello llegó una época de menor repercusión en la carrera de Krahe, algo que «no le importaba lo más mínimo». Tan solo cuatro años más tarde Krahe, que tenía las ideas claras, escribió Cuervo ingenuo, una canción en la que criticaba que Felipe González hubiera metido a España en la OTAN (tras un campaña en contra cuatro años atrás que le llevó a ganar por mayoría absoluta). El compositor fue uno de tantos indignados en este país y cargó contra ello con su afilada pluma. La letra disgustó tanto que «dejaron de contratarle y estuvo un año sin apenas actuaciones», recuerda de Haro. Pero la vida da muchas vueltas y retomó la actuación junto a López de Guereña y se encumbró «a partir de Cábalas y cicatrices, a principios de los años 2.000». El resto es historia.

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Imagen del libro. | Cortesía de las familias Bloyard y Krahe.

Humor, ironía y sexo

Las letras de Krahe están trufadas de humor, ironía y sexo, tres de los temas que más se repiten a lo largo de su trayectoria. Este humor irónico «es una seña de identidad. El rigor absoluto para componer y la documentación para algunas canciones combinado con un humor particular adopta un punto de vista no solo original, también inédito», arguye De Haro. De ese humor tan característico salen historias curiosas y es precisamente el humor lo que «le salva de caer en la pedantería y el exceso de erudición», cree el escritor. Si canciones como La hoguera o Eros y la civilización las hubiera hecho en serio, incide, podría llegar a resultar pedante. 

Krahe también era un lector voraz que otorgó a la literatura una importancia absoluta. De hecho, Federico de Haro cree que bebe más de fuentes literarias que musicales. «Es algo ineludible y en muchos casos determinante. En sus letras hay referencias y guiños literarios». Incluso tiene canciones cuyo título lo toma de libros como son los casos de Eros y la civilización (Herbert Marcuse) o La hoguera (El arte de matar de Daniel Sueiro).

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Imagen del libro. | Foto cortesía de las familias Bloyard y Krahe.

Definirse es limitarse

De alguna manera se le puede considerar un poeta aunque «sus canciones siendo buenas como poesía son aún mejores como canciones porque es un medio que acepta mejor el humor», comenta el autor de su biografía. En este sentido, Krahe se sentía extranjero en la literatura por ser musical y ajeno a la música por la poética de sus letras. En cualquier caso, no le gustaban las etiquetas ni la palabra cantautor. La duda siempre fue para Krahe el punto de partida y rechazó las etiquetas porque era «muy consciente de que definirse es limitarse».

Sin duda, fue un ser libre al que le gustaba hacer las cosas a su manera. «Aunque estuvo sometido a los condicionantes sociales y culturales de la época, fue lo más libre que se puede ser. Nunca cayó en la dictadura del dinero, ni fue esclavo de la ambición ni de la autocompasión». Es más, tenía una gran capacidad para diferenciar lo urgente de lo importante y para «no dejarse herir por las desgracias cotidianas», arguye De Haro.

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Imagen del libro. | Foto cortesía de las familias Bloyard y Krahe.

Una forma de estar en el mundo

Javier Krahe no solo nos ha dejado un legado en forma de canciones, también nos ha cedido una forma de estar en el mundo «que tiene que ver con su libertad, con no someterse a la dictadura del dinero, ni al exceso de ambición ni compasión». En definitiva, Krahe fue un gran precursor «del movimiento slow, del hacer las cosas con el tiempo que requieren». Sin duda, esto queda mejor reflejado mediante una anécdota: una vez en Zahara de los Atunes Fernando Camúñez le preguntó si no quería cambiar de coche (el suyo estaba muy viejo y era muy lento). Y su respuesta fue que le daba igual porque iba a estar allí dos meses. ¿Qué importa el tiempo que se tarda en llegar si en el destino se va a pasar una temporada más o menos larga? 

Como se puede comprobar a través de la lectura de estas amenas páginas, Krahe era un genio de lo cotidiano, del aquí y el ahora y en ello el aburrimiento fue un aspecto fundamental que fomentó su creatividad porque es «donde se encuentran puntos de vista diferentes».  En este sentido, Federico de Haro cree que «a los niños se les extirpa la posibilidad de aburrirse con el valor pedagógico que tiene». En este sentido, «las canciones de Krahe no se entienden sin esos ratos muertos en los que uno se entrega al espíritu contemplativo». Y es que, ¿realmente existe el aburrimiento durante esos ratos?

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