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Emma Suárez y Roberto Álamo: sobre Goyas, soledades, primeras veces y segundas oportunidades

Emma Suárez y Roberto Álamo dialogaron sobre su experiencia en ‘Josefina’, la ópera prima de Javier Marco, y también sobre la vida, sus aficiones y su infancia

Emma Suárez y Roberto Álamo: sobre Goyas, soledades, primeras veces y segundas oportunidades

'Josefina' vía White Leaf Producciones.

Es un clamor que la ópera prima de Javier Marco, Josefina, tiene opciones a alzarse con algún cabezón en los premios del cine español. Todo sin haber sido estrenada todavía, solo por los ecos de su paso por los festivales de San Sebastián y la Seminci de Valladolid. Su director, un ingeniero de telecomunicaciones que viró su carrera a la edición audiovisual, se alzó con el último Goya al Mejor Cortometraje de Ficción por su propuesta A la cara.

Para su debut en el largo ha reunido en su elenco a otros dos galardonados, Emma Suárez y Roberto Álamo, ambos reconocidos tanto en las categorías de actor y actriz secundarios como en principales. Juntos protagonizan una historia de intimidades, soledades compartidas y segundas oportunidades que se desencadenan en los viajes en autobús urbano a una cárcel. La pareja de intérpretes dialogó sobre su experiencia en el Festival de San Sebastián.

Emma Suárez: El día que le dieron el Goya al mejor corto a Javier estábamos juntos viendo el monitor de la gala en Málaga… 

Roberto Álamo: Todavía no habíamos empezado la película. 

Estábamos trabajando en mesa y dijimos: «Mañana va a venir subidito» (risas). 

ES: Yo acepté hacer Josefina porque Javier y Belén Sánchez-Arévalo (la guionista) habían pensado en mí, pero, sobre todo, porque me leí la propuesta y me gustó. Cuando decides enrolarte en una película, no te paras a pensar en si ha dirigido antes. No tienes en cuenta si es la primera o la quinta del director. No es una limitación, ni resta ni suma. 

RA: Es un pensamiento que no pasa por la cabeza de ningún actor o actriz del mundo. Imagínate a las estrellas de Hollywood, si a Meryl Streep le viene alguien con un proyecto de la hostia, le va a dar igual que sea una ópera prima. En este caso, no tuve en cuenta si era novel o un director tope, sino que me llegó una película que era estimable, porque hablaba de cosas que me parecían hermosas de contar.

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Imagen de ‘Josefina’ vía White Leaf Producciones.

ES: Siempre es un riesgo. Es como si das por sentado que cuando trabajas con un director que ha dirigido más películas tendrás éxito. En este oficio, no hay ninguna garantía. Este proyecto, de hecho, se ha alargado tres años. El guion se ha transformado mucho. Hay muchas secuencias con diálogos de los que se ha prescindido. Ha prevalecido el silencio. 

RA: Javier disponía del suficiente material nuestro en películas y series para considerar que podíamos dar todo lo que nos exigía el guion sin necesidad de tanta palabra. 

ES: En eso hemos ganado, porque son personajes muy singulares, a los que no estamos acostumbrados en el cine. Son personas que nos encontramos en la calle, en el metro, en los autobuses, gente que lleva una vida normal. Son mujeres que tiran de su carro, que cargan con un montón de responsabilidades, a las que nadie convierte en heroínas, pero son auténticas campeonas. Mujeres que tienen a su hijo en la prisión, cuyo marido está enfermo, que han de trabajar.  Con suerte tienen varios empleos y, si no, no tienen cómo llegar a fin de mes.

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Imagen de ‘Josefina’ vía White Leaf Producciones.

RA. La película es un rayo de luz, da esperanza a la gente que describes. Parte de la historia se desarrolla en una prisión y los personajes, metafóricamente, están dentro de una cárcel de las emociones. Son paralelismos que ahora son fáciles de establecer con la pandemia. 

EA: El público no recibiría igual esta película si no hubiera vivido la crisis sanitaria. Gracias a ella hemos tomado conciencia de lo que significa el silencio, vivir aislado y solo, y, en contraste, lo que implica el afecto, estar con el otro. Eso estaba en el guion de manera casi premonitoria. 

RA: No sé en tu caso, pero uno de los condicionantes de estos dos años en lo personal ha sido el uso de la mascarilla. Así que, en general, estoy pasando desapercibido, porque como siempre llevo gafas de sol, tienes que ser un lince para reconocerme.

ES: No estoy preparada para sacrificar mi libertad de movimiento por la popularidad. Para mí es imprescindible mi vida, seguir funcionando con normalidad: pasear por mi barrio, sentarme en una terraza y mirar a la gente, coger el autobús o el metro, acercarme a un desconocido, entrar en cualquier lugar y que no pase nada. Hay momentos en nuestro trabajo, sobre todo cuando alcanzas un éxito mayor, que se da sobre todo en la televisión, en los que cuando vas por la calle, te señalan y te llaman con el nombre del personaje. Ahí eres más vulnerable y estás más expuesto. Pero es pasajero.

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Imagen de ‘Josefina’ vía White Leaf Producciones.

RA: No somos Julio Iglesias. En el caso de nuestro compañero de reparto en la película Miguel Bernardeau, todo el fenómeno se acabará cuando pasen tres o cuatro años de Élite y él tenga 30.

ES: La gente también es muy amable. Cuando se acercan a mí lo hacen con muchísimo cariño.

RA: Tú eres conocida por las películas dramáticas y eso es una suerte, pero de los actores que solo han hecho comedia siempre se ríen al verlos. El gracioso o la graciosa tiene que aguantar eso toda su puta vida.

ES: Claro, el personaje que interpretes y el medio en el que se transmita influye mucho en el espectador, porque cuando haces televisión y entras en la casa de la gente, resultas muy accesible, así que ese espectador te encuentra en la calle y se acerca con la misma confianza con la que tú has entrado en su salón. Y se dan situaciones donde entra cierto pudor, porque te abraza alguien que no conoces.

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Imagen de ‘Josefina’ vía White Leaf Producciones.

RA: He llegado al convencimiento de que elegí este oficio porque necesitaba ser visto y escuchado. No es que mi papá y mi mamá no me quisieran o no me atendieran. Al principio tocaba la guitarra en el colegio. Las chicas se fijaban y me llamaban guapo sin serlo y los chicos me decían que tocara un tema. 

ES: A veces nos confundimos, porque lo que dices no tiene que ver con la vanidad: la necesidad de ser escuchado y reconocido está relacionada con una falta de confianza en uno mismo.

RA: No es reconocido en el sentido de que te reconozcan por la calle, sino como ser humano con ideas, que siente. 

ES: A mí me gusta mucho que los actores me cuenten cómo empezaron, porque en mi caso siempre me he sentido un poco intrusa, ya que empecé por casualidad. Te voy a confesar que mi oficio me eligió. A los 14 años fui seleccionada en una película llamada Memorias de Leticia Valle, presentada en la sección Nuevos Realizadores del Festival de San Sebastián. Jamás había pensado en ser actriz. Era muy tímida, cuando entraba en una sala y tenía que dar un mensaje, me ponía colorada. Pero mi padre vio un anuncio en el periódico y me presenté al casting. 

RA: Yo pasé de cantar en el patio a estudiar delineación. Mi papá y mi mamá me regalaron una mesa elevada. Cada noche me ponía a hacer el proyecto para el día siguiente oyendo la radio. Con 15 o 16 años escuchaba Polvo de estrellas, de Carlos Pumares. Me aprendía diálogos de películas porque era y soy buen imitador. Todavía recuerdo muchos. De Días de vino y rosas, por ejemplo. A las 2 de la mañana pasaba mi madre y me preguntaba qué hacía hablando solo. Eso me llevó a pensar que podía sacarme un dinero con las imitaciones. Mis padres me dijeron que terminara los estudios y que luego estudiara arte dramático.  

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Imagen de ‘Josefina’ vía White Leaf Producciones.

ES: A mí, de niña, me gustaba disfrazarme y jugar a indios y vaqueros; entraba en casa de mi tía y me ponía sus vestidos y sus tacones, pero esto lo hemos hecho todos de niños. Me encantaba bailar, leer en el colegio en voz alta cuando nos llevaban a la iglesia. Siempre había una a la que escogían para leer la palabra de Dios y yo me decía para mí misma que me toque, que me toque. También me gustaba participar en las obras de teatro de final de curso. No era consciente de lo que eso significaba y cuando empecé de manera fortuita a trabajar en el cine con actores consagrados como Fernando Rey y Héctor Alterio, sentí que había descubierto un universo infinito que acariciaba algo dentro de mí como nunca antes. Empecé a jugar desde otro lugar y tomé conciencia de la responsabilidad que eso implicaba, así que empecé a estudiar, a prepararme, a nutrirme…

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Imagen de ‘Josefina’ vía White Leaf Producciones.

RA: A mí me pasó lo mismo. Cuando me apunté a la escuela de Cristina Rota, pensé que era un bruto, porque era un chico de barrio, así que con 20 años empecé a comprar mogollón de libros de poesía y biografías porque tenía la necesidad de estar al nivel. Quería tener una preparación. Te puedo hablar de Schopenhauer, si quieres. En alguna entrevista me han presentado como actor vocacional y yo siempre hago un inciso y digo que ni lo soy ni lo he sido nunca. Eso le pasa a Irene Escolar, que tiene seis generaciones de familia de actores y creció codeándose en un camerino con Núria Espert. 

ES: O sagas como los Merlo. Yo me dedico a este trabajo porque me ofreció la posibilidad de expresarme a través de los personajes que vivía, de conocerme a través de ellos. Nuestro oficio nos ayuda, fundamentalmente, a conocer al ser humano, a empatizar con el prójimo y ponernos en el lugar de los demás. 

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