El origen del tarot: Petrarca contra el siglo XXI
Foto: Tarot Visconti-Sforza| Morgan Library

Cultura

El origen del tarot: Petrarca contra el siglo XXI

El origen del tarot proviene de una inquietud antagónica que trasciende su individualidad y desea explicar las circunstancias a las que un ser humano está abocado por el simple hecho de vivir

por Mario Colleoni

Vivimos en una vorágine mercantil que insiste en hacernos creer que —en lo político, lo social, lo cultural o lo científico— todo lo actual es nuevo. Algunos, con el debido sarcasmo, lo denominan «adanismo». Nosotros, cada día más impacientes, irascibles, intolerantes o histéricos, nos hemos vuelto más vulnerables. Presos en esa red de sentimientos —quién sabe si por placidez, por comodidad o por suficiencia— nos mecemos al son de una nana a la que seguimos llamando «progreso» y nos acostumbramos, casi sin saberlo, al tacto aterciopelado de nuestros prejuicios.

Es lógico que, entumecidos por ese líquido amniótico, si un día hablamos del todo, del universo entero o del macrocosmos, ese todo nos parezca simplemente un juego de palabras, un nido de pájaros en la cabeza, una entelequia carente de significado. De perpetuarlo se están encargando, por un lado, la peor versión de la posmodernidad (con todas sus masturbaciones lingüísticas y sus trampas conceptuales) y, por otro, los que siguen pronunciando «nihilismo» ignorando que éste no existe sin una noción de lo universal o una percepción totalizadora del mundo, y los que, en idéntico contraste, con idéntica vaguedad, pronuncian «individualismo» (que requiere igualmente de un diseño mental del mundo al que el sujeto no se ajusta) cuando quieren decir «egoísmo» (donde el sujeto, careciendo de la capacidad para comprender lo que es distinto a él, se reafirma sobre un convencimiento ciego al que suele llamar prejuicio). 

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El mago. Tarot de Visconti-Sforza. | Imagen vía Metropolitan Museum.

Aunque no pueda demostrarlo científicamente, el instinto me dice que el origen del tarot proviene de una inquietud antagónica, esta sí, una necesidad sencilla y primigenia, un anhelo que sabiéndose limitado, es decir, únicamente humano, trasciende su individualidad y desea explicar las circunstancias a las que un ser humano está abocado por el simple hecho de vivir. Es el símbolo tierra de su apego hacia el mundo. Resulta curioso, por tanto, que el tarot siga considerándose una herramienta de adivinación o un juego nigromántico capaz de desvelar el futuro. Se dice que el culpable fue un pastor protestante llamado Antoine Court de Gébelin, que un día jugó una partida y quedó tan impactado que creyó que aquellos naipes eran un reflejo de la sabiduría ancestral del Libro de Thot. El mercado se ha encargado del resto, que, cómo no, hallando una jugosa fuente de beneficios, ha terminado levantando con el tarot una industria de la necesidad. Y con esta, al parecer, otra de nuestra ignorancia.

«El origen del tarot proviene de una inquietud antagónica que trasciende su individualidad y desea explicar las circunstancias a las que un ser humano está abocado por el simple hecho de vivir. Es el símbolo tierra de su apego hacia el mundo»

Sin detenernos en las muchas variaciones que a lo largo del tiempo han condicionado su forma y su sentido, se cree que las barajas confeccionadas en el Milán de la segunda mitad del Quattrocento marcaron la pauta de las restantes, en especial la de J. P. Morgan, la más extraordinaria de todas ellas, una baraja que conmemoraba la unión dinástica entre Bianca Maria Visconti y Francesco Sforza; de ahí, entre otras cosas, el nombre que Mary Packard utilizó para un conocido libro suyo titulado El tarot de Oro. La baraja Visconti-Sforza, un estudio divulgativo que ha contribuido a popularizar la que todavía hoy está considerada como la primera baraja conocida del tarot.

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Reina de espadas. Tarot Visconti-Sforza. | Imagen vía Metropolitan Museum.

Diseñada presuntamente por el miniaturista Bonifacio Bembo y el pintor Antonio Cicognara, está dividida en arcanos menores (cuatro palos de diez números y cuatro figuras cada uno) y arcanos mayores (las figuras que definen propiamente el tarot). Éstos últimos, llamados «triunfos», nos conducen al origen, en este caso literario y nada sorprendente, dado que comparten nomenclatura: los Triunfos de Petrarca, un libro con el que el poeta aretino dio carta de literatura a una antigua ceremonia de exaltación romana que consistía grosso modo en un desfile victorioso que conmemoraba el resultado de una batalla, la conquista de una ciudad o el fin de la guerra sobre los vencidos.

Desde el Campo Marzio a la colina del Capitolio, por él desfilaban todos los protagonistas de la contienda: derrotados, prisioneros, soldados, caballería… y así un largo etcétera hasta llegar al emperador, el rey o el general que aparecía montado en una carroza tirada por cuatro caballos, coronado de laurel, vestido con la toga picta, envuelto en honores y engalanado con toda la pompa militar romana, seguido por los mandatarios oficiales y las altas dignidades del Senado.

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El arco de Tito en Roma. Imagen vía Wikipedia.

Si bien algunos creen que en la Edad Media todavía se practicaba, lo más probable es que en tiempos de Petrarca este cortejo fuera más bien una evocación literaria con la que se recreaba (y quizá se revivía) el pasado romano. Si el tarot no nace gracias a Petrarca, resulta evidente que comparte su imaginario y, por lo demás, también sus anhelos. A efectos prácticos, como digo, las figuras singulares de la baraja (los arcanos mayores) y el juego mismo adoptaban el mismo nombre: «triunfos». Y Petrarca en los suyos —a la sazón el libro más difundido de toda su obra y uno de los más comentados de la literatura occidental, aunque el célebre Cancionero se acabase imponiendo por una cuestión publicitaria moderna— dibujó el entero abanico de la vida humana a través de diversas etapas en las que, haciendo gala de una vastísima cultura literaria y siguiendo, entre otros muchísimos ejemplos, la Divina Comedia de Dante, describía un viaje alegórico que comenzaba en la tierra y concluía en el cielo.

Este viaje, en el tarot Visconti-Sforza, se materializa en tres grandes grupos de siete figuras cada uno, subrayando así la numerología de la cábala y el legado textual de las obras de Hermes Trismegisto. El culto incipiente por lo simbólico desemboca aquí en una hermosa alegoría que, ordenada libremente, retoma los Triunfos de Petrarca, que podría resumirse así: al Amor impetuoso sólo puede vencerlo la Castidad, que a su vez es derrotada por la Muerte, que a su vez es doblegada por la Fama, que finalmente es vencida por el Tiempo, quedando únicamente el consuelo de la Eternidad, que lo vence todo.

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Rueda de la fortuna. Tarot Visconti-Sforza. | Imagen vía Metropolitan Museum.

De la pulsión salvaje (irracional e instintiva) a la sabiduría del pensamiento (templada y racional). De la infancia caprichosa a la senectud serena. Del nacimiento de la vida al ocaso del universo. El tarot es, ante todo, un recorrido que nos sitúa frente al espejo de nuestra propia naturaleza. Puede prestarse a la adivinación, sí, pero es una advertencia de todas nuestras debilidades y una fábula que nos ayuda a comprender, y tal vez a enmendar, nuestro carácter errático como seres sensibles. Desde entonces, el tarot ha adoptado infinitas variantes, pero todas se alejan de la fuente. En un libro reciente como El tarot de Mantegna (Sans Soleil), Raimon Arola analiza pieza a pieza cada una de las imágenes que lo componen —mal conocido por ese nombre, aunque muy publicitaria—, pero esa serie ya no puede considerarse más que una interpretación filosófica del tarot que ya no habla de «triunfos» romanos, sino de una compleja concepción metafísica del mundo donde todo es cerebro y nada tierra. Sumamente interesante también, qué duda cabe, pero antagónica.

«Frente a la inmediatez, la ansiedad, la especulación o el vértigo de la actualidad, Petrarca es una invitación al recogimiento, al sosiego de la palabra, a la lectura, a las fuentes, al origen»

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El mundo. Tarot de Visconti-Sforza. | Imagen vía Metropolitan Museum.

Por eso, si me lo permiten, hacer comparecer aquí a Petrarca para hablar del tarot tan sólo ha sido un pretexto para combatir esta vorágine mercantil de la que hablaba al principio. Frente a la inmediatez, la ansiedad, la especulación o el vértigo de la actualidad, Petrarca es una invitación al recogimiento, al sosiego de la palabra, a la lectura, a las fuentes, al origen. Sus Triunfos son una forma de demostrar, una de tantas, que la verdadera belleza es algo más que forma, que el pasado es algo más que literatura, que la literatura es algo más que palabra, que tal vez lo único que necesitamos es un anhelo universal de permanencia. A más de uno esto le parecerá pueril, y comprendo sus motivos. Pero Petrarca no es sólo una de las criaturas más descomunales que ha parido la tierra, sino también una tronera desde la que derribar todo lo que funciona mal en el mundo, un chaleco salvavidas sin fecha de caducidad, un reloj que ensancha el tiempo deteniéndose, un adarve desde el que podemos explicarnos la vida entera.

Los que no lo conocen lo llamarán petulancia, grandilocuencia, pedantería; los que lo hagan después de leer este texto, sabrán cuál es la medida exacta de sus prejuicios. No señalaré a nadie con el dedo. Si son ciertos aquellos versos del poeta: «Beauty is truth, truth beauty, —that is all. Ye know on earth, and all ye need to know», un día todos nos encontraremos en el mismo camino sin reprocharnos absolutamente nada.

Mario Colleoni

Humanista, heterodoxo, epicúreo y superviviente a tiempo completo. Aborrezco la chapuza, el ruido y la dictadura de la actualidad. Cultivar la belleza, el asombro y la honestidad es, ante todo, una expresión de convivencia. Sin ellos la cultura no existe.