Cultura

Héctor Ruiz Martín: «Hay mitos sobre el aprendizaje que están muy extendidos, y más del 90% de las personas se los cree»

El biólogo, educador e investigador en psicología cognitiva presenta su nuevo libro, 'Aprendiendo a aprender'. ¿El objetivo? Ayudarnos a entender cómo funciona nuestro cerebro para que nuestros hábitos de estudio y aprendizaje sean más efectivos

por Teresa Bazarra Urquidi

Imagine que le explico que el año pasado viajé a cinco capitales del mundo, en concreto, a las de la lista siguiente. Por favor, léalas una sola vez, y a continuación cierre los ojos y trate de recordarlas (no importa en qué orden):

París, Londres, Tokio, Buenos Aires, Nueva York

Supongo que si le pregunto en qué ciudades estuve podría decírmelo con relativa facilidad, al menos algunas de ellas.

Sin embargo, imagine que las capitales hubieran sido las siguientes:

Naipyidó, Ngerulmud, Yamusukro, Vientián, Lilongüe

Seguramente ahora le habrá costado mucho más retener las ciudades que visité, a pesar de que también son otras capitales del mundo.

Como habrá apreciado con esta sencilla demostración, nuestra memoria tiene mayor facilidad para retener información relacionada con aquello que ya sabemos. 

Este ejercicio, esta suerte de juego, es uno de los muchos ejemplos que recorren el nuevo libro de Héctor Ruiz Martín, Aprendiendo a aprender. ¿El objetivo del texto? Ayudarnos a entender por qué deberíamos buscar o evitar ciertos hábitos de estudio en función de cómo se comporta nuestra mente. 

El autor se define como «un biólogo que siempre tuvo pasión por la educación». De hecho, Ruiz Martín es director de la International Science Teaching Foundation, investiga en el campo de la psicología cognitiva de la memoria y el aprendizaje y ha sido profesor tanto en la educación secundaria como en la universidad. 

La experiencia del escritor con estudiantes hace que nos sintamos muy cerca de lo que cuenta: de repente, comportamientos y pensamientos que todos hemos tenido al enfrentarnos a nuestros años de secundaria o universidad adquieren sentido, se enmarcan en conceptos de la psicología cognitiva y la estructura cerebral. Por fin entendemos por qué lo de «ese profesor me tiene manía» tan solo mermaba nuestra «autoeficacia» y por tanto nuestra motivación; o por qué repasar lo estudiado cinco minutos después no hacía sino generar una «ilusión de saber».

En The Objective hemos hablado con Héctor Ruiz sobre su nuevo libro, los hábitos de los estudiantes y por qué nuestro cerebro prefiere unos u otros para asimilar contenidos de manera más eficaz.

Héctor Ruiz Martín: «Hay mitos sobre el aprendizaje que están muy extendidos, y más del 90% de las personas se los cree» 2

Portada del nuevo libro de Ruiz Martín | Cedida por la editorial

¿Aprendiendo a aprender es una guía para los estudiantes o está pensado para la formación de docentes y padres? ¿Qué te llevó a escribirlo?

Yo creo que es una guía para todos, porque entender cómo aprendemos es útil para quien debe aprender, pero también para quien debe enseñar, pues al final enseñar es eso, ayudar a aprender a los demás. Mi intención es dar a conocer las acciones y circunstancias que hacen que nuestros esfuerzos por aprender sean más productivos, pero al mismo tiempo también trato de explicar el por qué desde el punto de vista del funcionamiento del cerebro. Muchas veces, para confiar en unas prácticas, sobre todo cuando conllevan un cambio de hábitos, necesitamos tener un poco de información y entender por qué eso es más eficaz. 

¿Por qué nos cuesta aceptar que el aprendizaje pueda ser una cuestión de técnica?

Culturalmente lo hemos entendido como una cuestión de habilidad por un lado, lo cual también es cierto, porque hay diferencias innatas en las personas en cuanto al grado de facilidad para aprender; y por otro lado, como una cuestión de motivación. Ahora bien, lo que no hemos tenido en cuenta es que también unas diferencias muy importantes entre los «aprendientes» son aquellas cosas que uno hace cuando aprende: las estrategias de aprendizaje que uno emplea. En natación, por ejemplo, no solo cuentan las aptitudes del nadador, sino también su técnica: si no, estaría nadando como un «perrito» toda su vida. ¿Y cuál es el problema? Pues que hay mitos sobre el aprendizaje que están muy extendidos. Las encuestas nos indican que más del 90% de las personas cree en esas nociones. Por ejemplo, el mito de los «estilos de aprendizaje», esa idea de que cada uno tiene su forma particular de aprender, cuando científicamente se ha probado que ese tipo de diferencias no existen, que no es que cada uno tenga un cerebro que funcione de manera distinta. 

El coreógrafo catalán Cesc Gelabert ha comentado que la danza puede ayudar al aprendizaje de otras disciplinas, que la percepción del espacio puede ayudar con la trigonometría, por ejemplo, o que la escucha de sonidos «incomprensibles» permitirá que agudicemos el oído para aprender idiomas. ¿Hasta qué punto el trabajo del cuerpo puede ayudar con disciplinas académicas?

Bueno, la verdad es que la investigación científica ha comprobado que esa idea de la «transferencia» lejana entre disciplinas, e incluso entre disciplinas intelectuales similares, como el ajedrez y los problemas o las matemáticas y la programación, no es cierta, es muy difícil que suceda. Cuando uno se implica en una disciplina lo tiene que hacer por el valor que tiene esa disciplina, pero no deberíamos tratar de justificarla por su transferencia a otros ámbitos de la vida o la profesión. Y este es un mito que, como muchos otros, es intuitivo, que parece que «tiene que ser así», pero que cuando lo ponemos bajo el prisma de la investigación científica descubrimos que no lo es. 

La investigación científica ha comprobado que la ‘transferencia lejana’ entre disciplinas como el ajedrez y los problemas o las matemáticas y la programación no es cierta

Cuando aprendemos algo de memoria, a pesar de haberlo asimilado en el momento, si luego no conseguimos recordarlo al cabo de un mes, ¿podemos decir que lo hemos aprendido? 

Técnicamente lo has aprendido, porque has podido reproducir una conducta a la que hace tiempo que dejaste de prestarle atención. Ahora bien, ese aprendizaje, ¿de qué calidad ha sido? ¿Ha sido duradero? ¿Te va a acompañar en todas las situaciones que lo requieran? Aprender no tiene que significar superar un examen, porque esto no quiere decir que esos conocimientos vayan a perdurar mucho más allá. Ahí es donde hay que diferenciar entre un esfuerzo que nos lleve a un aprendizaje efímero y muy concreto; o un aprendizaje duradero y más transferible, que podamos llevarlo a otras situaciones relacionadas y utilizarlo para resolver problemas nuevos. 

¿Suele ser esto un problema del estudiante o de cómo se le proporciona la información?

Es una buena pregunta, porque aprender no depende tanto de cómo recibimos la información, siempre y cuando acabemos entendiéndola y dándole sentido. Al final,  ser capaces de explicar o usar esa información en el futuro dependerá de lo que hagamos con ella, no sólo de cómo la recibamos. Es decir, es importante que la usemos, que pensemos en lo que significa, que la conectemos con cosas que sabemos, que busquemos ejemplos, analogías, que la evoquemos (es mucho más efectivo «evocar», sacar esa información de nuestra memoria, que releer y volver a introducirla). 

¿Cuáles son los principales desafíos para los profesores en la pandemia? No solo a raíz de las clases telemáticas, sino también por cómo ha cambiado el modo de vida de los estudiantes y su manera de relacionarse o de vivir el día a día

Dependerá de quiénes son sus alumnos y la edad de los mismos: no es lo mismo primaria que secundaria, la universidad… De eso dependerá lo que podamos hacer con un ordenador a distancia. Es cierto que cuanto más pequeños, más difícil, e incluso imposible. Pero, por lo menos, mantener la escuela a distancia es mejor que nada, aunque no sea lo mismo. En este nuevo contexto habrá que tratar de ser eficaces con las herramientas que tenemos: no podemos llevar las clases tradicionales a este nuevo entorno, habrá que repensar qué hacemos. 

Y el otro gran reto sería conseguir, especialmente cuando se trata de niños, que desarrollen una capacidad de autorregulación que no es habitual que tengan, cierta autonomía, porque ya no podremos estar ahí y guiarles y regularles nosotros en sus actividades e incluso en sus emociones respecto al aprendizaje.

¿Aprender correctamente es sinónimo de tener éxito?

Aprender a aprender significa ser capaces de enfrentar nuevos retos de aprendizaje con más probabilidad de alcanzarlos y de ser eficaces en nuestro esfuerzo. Cuando aprendemos a autorregularnos estamos ampliando las probabilidades de éxito respecto al aprendizaje, pero no hay magia, y hay muchas variables que pueden jugar en nuestra contra. Para aprender hay que esforzarse, y aunque esto no es garantía de éxito, sí es condición sine qua non. Ahora bien, podemos esforzarnos bien o mal, y las estrategias de aprendizaje permiten que el esfuerzo que inviertas sea efectivo y que pongamos las variables a nuestro favor. 

En el libro citas a Benjamin Bloom, uno de los investigadores educativos más destacados del S.XX, quien dijo: «Tras cuarenta años de investigación en la escuela, mi mayor conclusión es: lo que cualquier persona puede aprender, lo pueden aprender todas las demás si se ofrecen las condiciones adecuadas». ¿Cuáles serían esas condiciones, esos requisitos para que una persona pueda aplicar las estrategias de aprendizaje y lograr resultados?

De hecho, las propias estrategias de aprendizaje forman parte de esas condiciones. Lo que nos dice Bloom es que nuestro cerebro es mucho más poderoso de lo que creemos. Tenemos muchas pegas y creencias respecto a nosotros mismos, consideramos que «esto podemos aprenderlo pero esto no», y estas etiquetas se convierten en las auténticas barreras para el aprendizaje, porque dejamos de intentarlo y de perseverar. Es lo que llamamos una «profecía autocumplida». Si no nos esforzamos está claro que no lo vamos a conseguir, especialmente si nos cuesta de entrada. Simplemente tendremos que dedicarle el tiempo y las oportunidades necesarias para que nuestro cerebro lo consiga y se reestructure. De hecho, lo que hacemos cuando aprendemos es reestructurar nuestro cerebro, cambiarlo directamente, físicamente, para que nos permita hacer cosas que antes no podíamos hacer. 

¿Cuáles son las condiciones de las que hablaba Bloom? Oportunidades de aprendizaje que estén alineadas con las formas más adecuadas para aprender, un buen feedback por parte del profesor para saber dónde mejorar, el tiempo de dedicación necesario…

Y dentro de estas condiciones, ¿qué papel desempeñaría un entorno socioeconómico y familiar positivo?

Las opciones de aprendizaje no son solo las del momento de aprendizaje, sino, como dices, las que nos rodean desde que nacemos, las oportunidades que nos da nuestro entorno para desarrollarnos cognitiva y emocionalmente. Todo eso juega un papel fundamental después. Por ejemplo, la estadística muestra que a los tres años de edad ya podemos encontrar grandes diferencias en el vocabulario de los niños en función de su entorno socioeconómico. No se trata de generalizar, pero estadísticamente aquellos niños con familias de nivel educativo alto tienen más oportunidades, están expuestos a un vocabulario rico y estructuras gramaticales complejas, etc. Esta ventaja se traduce en unos conocimientos previos más avanzados. Y es que cuanto más sabemos, más fácil nos resulta aprender cosas nuevas. 

Es decir, del entorno familiar y socioeconómico dependerá el valor que se le dé a los estudios, las facilidades para estudiar, que respeten tus momentos de estudio, tener tu sitio para trabajar, los libros que necesitas, el ordenador, etc. Esas diferencias no son innatas, no tienen nada que ver con nuestro potencial biológico, pero luego van a marcar diferencias entre los aprendientes.

Las diferencias de entorno familiar y socioeconómico no tienen nada que ver con nuestro potencial biológico para aprender, pero marcan diferencias entre los aprendientes 

¿Por qué hay personas que estudian mejor en determinados momentos del día? ¿Tiene que ver con fases de concentración, picos de energía…?

Sí, hay variabilidad en los ritmos circadianos de cada persona, y esa idea popular de que hay personas que son más «lechuzas» o más «alondras», que son más de día o de noche, esa intuición sí que se refleja en los experimentos. En general, a la mayoría le resulta mejor la mañana; sin embargo, también es cierto que como dormir es muy importante para consolidar el aprendizaje, aquello que aprendes más cerca de la hora de dormir se ve menos influido por interferencias de las horas posteriores, y eso puede que también le dé cierta ventaja. En ese sentido, creo que la persona es capaz de darse cuenta de cuándo está más centrada, mientras que en otras cosas no sabemos distinguir entre lo que nos gusta o nos conviene. 

¿Está siendo la incertidumbre de la pandemia una excusa para que se extienda el fenómeno Dunning-Kruger, que coloquialmente has denominado como «cuñadismo», y que se produce cuando una persona con muy pocos conocimientos sobre algo cree que en realidad sabe mucho y lo discute como si fuera un experto en la materia? 

(Risas) Yo creo que siempre tenemos los mismos, pero es que todos podemos padecer ese defecto en momentos determinados, cuando nos parece que sabemos más de lo que realmente sabemos, precisamente porque no sabemos todo lo que es posible saber respecto a una disciplina. Y esto pasa cada semana con el fútbol, en la televisión, cuando le dieron el premio Nobel a Bob Dylan y todos eran expertos en literatura… Está claro que la pandemia es un tema muy importante, en el que hemos visto a personas con autoridad popular que se han puesto a opinar sobre temas de epidemiología o medicina sin medir la influencia que podían tener.