María Fernanda Ampuero: "En la realidad está el germen del terror"
Foto: Isabel Wageman

Mundo ethos

María Fernanda Ampuero: "En la realidad está el germen del terror"

por Anna María Iglesia

La periodista ecuatoriana María Fernanda Ampuero publica su primer libro de relatos, “Pelea de gallo” (Páginas de espuma), donde explora la violencia que surge en las relaciones de poder sobre las que se constituye toda organización social.

“Tardé mucho en llegar a la escritura de ficción” confiesa la escritora ecuatoriana María Fernanda Ampuero ante su primer libro de cuentas, Pelea de Gallos, publicado por Páginas de Espuma. Más allá de la posible exageración de sus palabras –Ampuero nació en Guayaquil en 1976-, lo cierto es que la escritura de ficción ha llegado a la vida de la escritora tras años de pulso, de duro pulso, con la escritura periodística. Entendiendo el periodismo como una forma de activismo, Ampuero se define como una “cronista de la migración ecuatoriana en España”, si bien su trabajo como periodista comenzó antes de que decidiera emigrar a España -prueba de ello, son los artículos reunidos en Que aprendí en la peluquería– y vivir esa misma experiencia de las protagonistas de las crónicas reunidas en  Permiso de residencia, donde leemos: “Parecen chiquillas, pero en realidad son mujeres que han vivido mucho, que han dejado a sus seres queridos en su tierra de origen y que, una más que otra, guardan en el alma desgarros profundos, inmensos”.

Con estas palabras, Ampuero describía a muchas de las jóvenes mujeres que protagonizaban las crónicas de su segundo libro, dedicado a la experiencia de la migración, experiencia que, como confiesa hoy, tras trece años viviendo en Madrid, ha sido clave tanto para su experiencia personal de vida como para su literatura. Para Ampuero, la escritura literaria ha aparecido para colmar el vacío de la migración y de la lejanía geográfica, para regresar a Ecuador y para narrarlo desde una distancia que no implica frialdad ni distanciamiento emocional, pero sí perspectiva analítica. “Como suele decirse, no se ve bien la catedral desde el pórtico, es necesario distanciarse” y esto es lo que hace Ampuero: distanciarse del mundo dejado en Ecuador para volver a acercarse a él con una mirada desactivadora de lo familiar y de lo circundante. Ampuero no busca solamente provocar un efecto de extrañamiento en el lector, sino que busca ese mismo extrañamiento en su propia mirada, busca desautomatizar lo asumido como habitual.

María Fernanda Ampuero: "En la realidad está el germen del terror" 1

Imagen vía Páginas de Espuma

En este sentido, Pelea de gallos es la desautomatización de la realidad ecuatoriana, aunque, matiza la autora, no sólo; “si bien es cierto que Latinoamérica es mucho más machista que España, el miedo no sólo lo he experimentado allá, sino también aquí, aunque, evidentemente, se trata de miedos diferentes”. El miedo que desprenden sus páginas es resultado de la violencia que, sin rodeos y de forma relativamente aséptica, definen las historias narradas en Pela de gallos, unas historias que, como apunta la propia autora, sí tienen que ver con la realidad latinoamericana, pero que, como es el caso del relato “Persianas”- “el relato más español”, en palabras de la Ampuero-, no se circunscriben solamente en torno al hemisferio sur. “En Latinoamérica, puede que no tanto en los países del cono sur, vives con miedo, sobre todo si eres mujer: tienes miedo de salir sola por la calle, tienes miedo de coger un taxi y que te secuestren o que te roben, tienes miedo a la violencia sexual, a que te violen”, comenta Ampuero, quien recuerda, cómo “cuando vivía en Guayaquil, siempre que iba a algún lugar sola, se lo comentaba a una amiga o a mis padres para que los supieran, por si pudiera pasar algo. Esto es algo normal y es normal pensar que te puede pasar algo”, continúa la autora, quien, en su primer relato, “Subasta”, relata como una niña tiene que lidiar, desde muy pronto, con la violencia que la envuelve: “A veces me quedaba dormida en una esquina, debajo de las graderías y despertaba con algún hombre de esos mirándome la ropa interior debajo del uniforme del colegio. Por eso antes de quedarme dormida me metía la cabeza de un gallo en medio de las piernas. Una o muchas. Un cinturón de cabezas de gallitos. Levantar una falda y encontrarse cabecitas arrancadas tampoco gustaba a los machos”.

Desde muy pronto, la niña debe aprender a evitar la violencia sexual que la rodea, debe acostumbrarse a sobrevivir a un mundo que “huele a sangre, a hombre, a casa, a licor barato, a sudor agrio y a grasa industrial”. Para Ampuero, la violencia que golpea la sociedad ecuatoriana tiene que ver directamente con la grandísima desigualdad social, que se refleja en el entramado urbano: “Mientras los ricos se encierran en zonas donde el acceso es limitado, la ciudad está abandonada en manos de la delincuencia”, comenta la autora, para quien la sociedad alta ecuatoriana vive una ficción. “En las zonas ricas, todas ellas protegidas, se reproducen las grandes avenidas de París, pero esa no es la realidad ecuatoriana. Viven rodeados del lujo e inmersos en una ficción, en una pantomima de Europa” a la que el resto de la población asiste o de lejos o como testigos mudos: “la clase media alta ecuatoriana tiene como servicio a la gente más pobre, que es testigo de ese lujo casi pornográfico de unos pocos”.  Abandonada en manos de la delincuencia –“Se llaman subastas. Los taxistas eligen pasajeros que creen que pueden servir para que den buena plata por ellos y para so los secuestran. Luego los compradores vienen y pujan por sus preferidos o preferidas” se narra en el primero de los relatos-, la ciudad se convierte en un espacio donde transitar se convierte en un riesgo; “¿de quién es la ciudad cuando no puedes moverte libremente?” se pregunta Ampuero, que traslada esta cuestión también a la realidad española, recordando que, en una reciente encuesta, muchas mujeres reconocieron que, por la noche, pueden llegar a sentir miedo si, caminando solas por la calle, notan que detrás de ellas hay un hombre; por el contrario, reconocían las encuestadas, no se atemorizan, si al girarse ven que tras ellas camina una mujer. “Ese miedo es algo que padecemos principalmente las mujeres”, comenta la autora, reconociendo que, los primeros tiempos en Madrid fueron complicados, pues el miedo también la acompañaba en su día a día: “Al legar a Madrid, ya no tenía miedo de coger un taxi por temor a un secuestro o a que me pudieran robar, pero sí tenía miedo por mi situación de inmigrante latinoamericana sin papeles: tenía miedo de la policía y de la burocracia”.

En este sentido, los relatos de Pelea de gallos son una indagación de la violencia que, con rostros y formas distintas, define la estructura social; “a fin de cuentas, se trata de la violencia del poder sobre el más débil”. Y de esa violencia María Fernanda Ampuero nos obliga a ser testigo a través de unos relatos concisos y descarnados que, en palabras de la propia autora, “quieren transmitir al lector la sensación de miedo, de prisión y de agobio que viven los personajes”. La autora no busca convertir al lector en un mero observador, sino implicarlo física y emocionalmente a través de una poética de lo abyecto que incomoda, sobre todo porque, irremediablemente, el lector reconoce que ese abyecto le concierne, que esa violencia no le es ajena. El lector de Mónica Ojeda, autora de Nefando y Mandíbula, encontrará en Ampuero un imaginario similar: las dos autoras ecuatorianas parecen partir de una misma poética de lo abyecto para indagar, a través de estrategias narrativas distintas, la violencia en todas sus formas. Si en su última novela Ojeda explora la violencia sobre uno mismo como forma de experiencia límite, Ampuero concibe la violencia como la lógica del poder y, consecuentemente, como la lógica que subyace en las relaciones sociales, tanto en la esfera pública como en el ámbito privado. “En la realidad está el germen del terror”, puntualiza Ampuero.

Como Mónica Ojeda, Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, Paulina Flores o Valeria Luiselli, María Fernanda Ampuero forma parte de una generación de escritoras que, como dijo en una ocasión Juan Casamayor, editor de Páginas de espuma, están destacando dentro del género del cuento en castellano. Si bien algunos no han tardado en hablar de un “boom femenino”, tanto Casamayor como Ampuero subrayan que no se trata de un boom, sino de que ahora, finalmente, se ha puesto el foco en las autoras. “Siempre ha habido escritoras”, comenta Ampuero, “no es que hoy haya un boom de autoras, pues siempre las ha habido. Siempre ha habido mujeres escritoras”.