Cuatro uvas blancas de relevancia en zonas históricas de tintos
Territorios en los que estas frutas son autóctonas y por eso principales en sus respectivas denominaciones

Racimos de uvas blancas. | Archivo
A priori parecen claros los dominios vinícolas en los que se desenvuelve cada territorio pero que su fuerte sea hacer tintos no es incompatible con la elaboración de blancos que, en algunos casos, rompen moldes por sorprendentes. Esto unido al hecho de que el tirón comercial que los vinos blancos vienen teniendo ha empujado a algunos territorios a reivindicarlos con fuerza y elaborarlos con gran interés.
Las cifras de consumo demuestran que si bien éste no lleva el ritmo deseado sí son las elaboraciones blancas las que han experimentado un crecimiento importante gracias a un aumento de la demanda. Es en este momento dulce para el vino blanco que las uvas autóctonas y el territorio se imponen en el discurso con la idea de aportar mayor valor diferencial a esos vinos.
Esas variedades autóctonas, algunas muy minoritarias y otras recuperadas, han entrado en juego de manera relevante con la mente puesta en la identidad, la singularidad, en el origen, tres conceptos de peso a día de hoy en el mundo del vino.
En el caso de las cuatro elegidas, con más o menos presencia en los viñedos de sus zonas de influencia pero todas en producción porque son principales para la elaboración de vinos de esos territorios porque las cuatro reflejan su su zona de influencia y motivo por lo que algunas de estas uvas han aumentado su presencia en el viñedo.
La maturana riojana
En el territorio riojano están volviendo a sus orígenes pues el suyo es un pasado (muchos siglos atrás) como zona de blancos. Y en sintonía con ese argumento y con la vista puesta en el mercado, además de autorizar desde la denominación la incorporación de nuevas variedades blancas (verdejo, chardonnay y sauvignon blanc), las uvas propias son las que están pegando fuerte, siendo cada vez mayor su presencia en el viñedo. Rioja, a día de hoy, está en unas 6.000 hectáreas de viñas de uvas blancas, lo que supone el 9% del total de su viñedo. Y de entre ellas es la maturana blanca la variedad riojana más antigua, si bien hasta hace no tantos años estaba casi desaparecida. Una uva de baya pequeña y producción limitada, con elevada acidez (por encima de las demás) y frescura, y un potencial aromático en el que destacan las notas afrutadas (manzana, cítricos) y los herbáceos. Luego, en boca resulta ligera, donde mantiene la sensación de acidez y un característico amargor final. Es ese carácter el que la lleva a entenderse bien con la barrica, tanto en la fase de fermentación como durante la crianza, siempre que esta no sea muy larga. No obstante, es verdad que los monovarietales de maturana todavía son contados pero es que tampoco son muchas las hectáreas disponibles, si bien se está plantando.
Entre los disponibles, Ad Libitum Maturana Blanca 2023 (12 €) que elabora el enólogo Juan Carlos Sancha en sus bodega homónima. Un vino ecológico fermentado en barrica de 500 litros que después ha permanecido en ellas tres meses con sus lías. Aromático, con notas de fruta blanca, panadería y recuerdos especiados, cierta untuosidad en boca, jugoso, con nervio y buena longitud. Sancha ha sido uno de los impulsores en el rescate de variedades antiguas en la zona entre las que se cuenta la maturana, y este blanco procede de un viñedo plantado en 1997 a partir de una selección (masal) de dos viñas viejas.

La albillo real o de Gredos
Porque hay que decir que la de Ribera del Duero llegó después, o mejor dicho, el consejo regulador no la admitió oficialmente hasta la cosecha de 2019 (hasta entonces sólo había amparado tintos). Es por eso que en esta ocasión nos fijamos en la albillo real (la de Ribera es «albillo mayor»), un varietal blanco que empezaba antes a ganar protagonismo en Gredos de la mano de los jóvenes elaboradores. Localizada en diferentes puntos de esa extensa sierra, pues confluyen las provincias de Ávila, Toledo y Madrid, en las tres hay gente trabajando con ese oriundo albillo. Sus artífices han buscado viñedos viejos entre la reducida cantidad de albillo conservada en la zona. A diferencia de la «mayor», la de Gredos tiene un mayor perfil aromático, tanto en nariz como en boca, más acidez, e incluso cuerpo y untuosidad cuando entra en contacto con la madera. Su producción es limitadísima y en origen se utilizaba como fruta de mesa o aparecía en la producción de vinos tintos pero porque estaba en el mismo viñedo que las castas tintas. Pero ahora son diversos los monovarietales de albillo real existentes que tienen su mejor aliado en el trabajo con lías, los grandes recipientes de madera o el cemento en pro de conseguir aromas, sabores y estructura. La abulense denominación Cebreros tiene en esta uva su blanca principal, lo que le confiere un carácter diferencial a la zona al tiempo que su baja producción aumenta el interés entre enólogos y aficionados. Entre esas elaboraciones en tierras abulenses está La Viña de Ayer Albillo Real 2021 (13,50 €), de Bodegas SotoManrique, de viñedos de más de 60 años sobre suelos graníticos y de pizarra a 700-800 metros de altura. Fermenta en hormigón junto a sus pieles, y tiene una crianza de ocho meses con sus lías en tina de madera. Un vino complejo, con notas de flores blancas, fruta carnosa, montebajo, recuerdos de frutos secos y membrillo. Sabroso en la boca, con volumen, sensación untuosa y largo en el paso.

La rufete blanco salmantina
Reconocida oficialmente como autóctona de la sierra salmantina en 2021, la rufete blanco es ya uva propia de la Denominación de Origen Sierra de Salamanca si bien es la rufete tinta la dominante, y uva que identifica a esta zona. Pero la variante blanca la venían elaborando desde años atrás sobre todo como complemento de otras, situación que ha cambiado una vez oficializada, pues ahora ya son varios los monovarietales que están saliendo al mercado. Caracterizada por una alta acidez y cierta carga tánica la convierten en buena alternativa para hacer vinos de guarda por la complejidad que ganan con el paso del tiempo. De las primeras bodegas que apostó por ella fue Compañía de Vinos La Zorra, con un vino que en origen salía sin denominación hasta que la uva fue aprobada. Ahora ya La Zorra Novena 2020 (24 €) tiene la contraetiqueta de Sierra de Salamanca, y procede de viñas sobre suelos de pizarras, arcillas y granitos. Fermenta en barricas francesas y en estos mismos recipientes ha tenido una crianza de cinco meses con sus lías. El resultado, un blanco complejo e intenso en aromas, con notas de fruta blanca, cítricos, hierbas silvestres, ligeros tostados y recuerdos de mantequilla. En boca es sabroso, graso, especiado, con fresca acidez, recuerdo mineral y sápido.

La garnacha blanca tarraconense
O en concreto del Priorato que es la denominación de origen situada en la provincia de Tarragona con 12 zonas de producción delimitadas que se conocen como «vilas» y cada una defiende una particularidad en sus elaboraciones fruto de su historia y entorno. Lo que tienen en común es que son las tintas garnacha y cariñena las variedades más cultivadas (hablamos del 90% del viñedo del Priorato), si bien en el pequeño porcentaje de viñedo que representan las uvas blancas destaca la garnacha blanca. Viñas que comparten una orografía con pendientes de un desnivel que puede llegar al 60% de inclinación y crecen en unos característicos suelos de pizarra (lo que allí se conoce como «licorella») que aportan mineralidad a muchos de sus vinos. De los distintos monovarietales que se pueden encontrar está el Ritme Blanc 2022 (17 €) de la bodega Ritme Celler que tiene al frente al enólogo Albert Jané (de la bodega familiar Jané Ventura). Es un vino ecológico fermentado un tercio en barrica nueva francesa y con una crianza de 11 meses con sus lías. Un blanco donde destacan las notas de fruta madura, flores, manzanilla, y una boca carnosa, con equilibrio y buena acidez.

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