The Objective
Gastronomía

¿El fin de los prescriptores clásicos de vino?

Relevo generacional, cisma entre tendencias, los nuevos aficionados ya no creen en los medios convencionales

¿El fin de los prescriptores clásicos de vino?

Dan Keeling en una imagen de archivo.

Ha llegado a mis manos un ejemplar del libro ¿Quién teme a Romanée Conti? (2025), de Dan Keeling, publicado en nuestro país por Cinco Tintas. En esta nueva entrega editorial tras el estupendo Wine from Another Galaxy (2020), el impulsor de la cadena de wine bars londinense Noble Rot y la revista del mismo nombre nos guía por el panorama actual de los vinos de culto, las regiones emergentes y otras tendencias en alza como los vinos naturales, con un lenguaje próximo y sin caer en dogmas o tecnicismos. Como bien indica en la contracubierta la actriz británica y declarada wine lover Keira Knightley, «cada página rebosa placer».

Puedo entender tanta fascinación. Keeling posee el aval de haber trabajado —como quien esto suscribe— en la industria de la música pop antes de lanzarse a fundar, en 2013, una revista sobre gastronomía, vino y cultura moderna que rompía los códigos estereotipados del lenguaje habitual de los expertos del sector. Además, tuvo el arrojo de montar un bar vinícola en Bloomsbury dos años después, al que siguieron sucursales en el Soho y Mayfair. No es solo su apuesta por contar (y servir) vinos que se salían de la norma, sino el acierto a la hora de conectar con las nuevas generaciones de consumidores que ya no creen en el santoral de cabeceras históricas como Wine Advocate, Wine Spectator, Decanter, Gambero Rosso o La Revue du Vin de France.

Este distanciamiento respecto a los medios tradicionales no implica necesariamente un rechazo frontal al conocimiento experto, sino más bien una crisis de confianza en los formatos heredados. Las nuevas audiencias cuestionan la solemnidad, la jerarquía y el tono magistral con el que durante décadas se ha explicado el vino, percibido en ocasiones como un territorio vedado a los no iniciados, cargado de códigos excluyentes y de una retórica poco permeable a la curiosidad, la emoción o la duda.

¿Es el fin de los prescriptores tradicionales con los que hemos convivido tantos lustros? Sin duda. Y no solo en el vino y la gastronomía, sino en otros ámbitos relacionados con el consumo de bienes o entretenimiento. Pero tampoco hay que preocuparse. Recuerden aquella anfetamínica canción de R.E.M. en 1987 titulada It’s the End of the World as We Know It (And I Feel Fine), en la cual el grupo de Athens presentaba un fresco entre irónico y apocalíptico, mezcla de bromas privadas, visiones surrealistas y críticas al gobierno conservador de Ronald Reagan.

La frase visionaria resultaba ya entonces tan ocurrente como recurrente: «Es el fin del mundo como lo conocemos». De hecho, estaba tomada de un diálogo de la película La rebelión de los simios (Conquest of the Planet of the Apes, 1972), cuarta entrega de la serie cinematográfica de ciencia ficción producida por Arthur P. Jacobs y basada en la novela de Pierre Boulle sobre la caída de la raza humana y la ascensión de una casta de simios inteligentes. El paralelismo da que pensar.

Y es que todo cambio de paradigma cultural se vive siempre como una amenaza por quienes ocupaban una posición central en el ecosistema anterior. Sin embargo, la historia demuestra que la desaparición de un modelo no equivale a la extinción del conocimiento, sino a su redistribución. El problema surge cuando esa redistribución se confunde con una banalización sistemática del discurso, algo que en el vino —producto cultural antes que mercancía— resulta especialmente delicado.

Si, como Gillison, aplicamos dicho enunciado a la situación actual en el área de la educación y la prescripción, se confirma sin duda que nos hallamos ante un inminente cambio de ciclo. No se trata de desterrar a los autores clásicos que hemos leído toda la vida, como Robert Parker, Hugh Johnson, Michael Broadbent, Michel Bettane, Jancis Robinson, José Peñín o Luigi Veronelli, para remplazarlos por esa caterva de wine influencers que ha hecho su agosto en los últimos años publicando fotos y vídeos cuquis, junto con comentarios frívolos, en YouTube, Instagram o —aún peor— TikTok.

Pienso en profesionales como Michelle Chen, David Choi, Prescott Vanmeyer o Isis Daniel, que parecen haber perdido voluntariamente el sentido del ridículo en aras de cosechar likes con la coartada de la divulgación. No seré yo quien les dé más publicidad puesto que, siendo un profesional del periodismo, no logro entender la laxitud con que se interpreta en nuestros días la deontología profesional cobrando directamente por la creación de contenidos para las marcas. Ya señalaba el maestro Ryszard Kapuściński que Los cínicos no sirven para este oficio (2013), a lo cual yo añadiría que los manipuladores y los voceros, mucho menos. No se puede confundir la información o la opinión con la comunicación superficial o puramente comercial.

La economía de la atención ha introducido además una distorsión perversa: el éxito ya no se mide en credibilidad, sino en visibilidad. El algoritmo premia la exageración, la ocurrencia y el espectáculo, relegando a un segundo plano el análisis reposado, la contextualización histórica o el pensamiento crítico. En ese escenario, el vino corre el riesgo de convertirse en mero accesorio estético, despojado de su dimensión agrícola, cultural y social.

En ese sentido, les animo a seguir las publicaciones de firmas con las que me identifico mucho más, no solo por su criterio, sino por haber superado los corsés de la descripción organoléptica que tantos conversos a la cerveza propiciaron sus antecesores con su lenguaje críptico, para explicar el vino de forma amena y empática, aportando en ocasiones oportunas pinceladas de humor. Me vienen a la cabeza el citado Dan Keeling (claro), Alice Feiring, Jamie Goode, Simon J. Woolf, Sarah Ahmed, Pascaline Lepeltier, Paz Levinson… Y, en España, me quedo con el entrañable historicismo de Juancho Asenjo, el rigor investigador de Amaya Cervera, la cercanía didáctica de Ferran Centelles o el cultivado gamberrismo de Santi Rivas. Acaso no se ajusten al modelo de gurú enológico con el que nos hemos criado, pero representan el presente más excitante de la comunicación vitivinícola.

Más que prescriptores, actúan como mediadores culturales: traducen, contextualizan y, sobre todo, humanizan el vino. No dictan sentencias inapelables, sino que formulan preguntas, invitan a la exploración y aceptan la subjetividad como parte inherente de la experiencia. Quizá ahí resida la clave de su conexión con el público contemporáneo.

Y no es eso lo único que está cambiando en la escena vitivinícola mundial. Piensen en la formación y las titulaciones. Ya nadie aspira a estudiar comercio de vino o enología en la Université de Bordeaux, en la University of California-Davis o en la Kedge Business School, sino que las nuevas camadas de profesionales suspiran por obtener certificados del Wine & Spirit Education Trust (WSET) o bien conseguir el título de Master of Wine que concede el IMW (Institute of Masters of Wine) o —aún más difícil— el de la Court of Master Sommeliers (CMS), institución en la cual por cierto solo ha logrado entrar un español, Roberto Durán, que oficia en el club 67 Pall Mall de Londres. 

Ya no es Francia quien otorga las cartas de nobleza en este mundillo, sino Gran Bretaña y Estados Unidos, que han sabido tipificar unos programas educativos que estructuran el aprendizaje en fases y ofrecen reconocimientos académicos a medida que se avanza en el proceso educativo. Este desplazamiento del eje formativo no es inocente: implica la consolidación de un modelo anglosajón que estandariza el lenguaje del vino y establece jerarquías de legitimidad global. Si nuestros vecinos galos fueron durante décadas los guardianes del gusto, hoy ese papel lo ejercen instituciones que operan, con otra forma de pensar y enseñar, desde la lógica de la certificación, la evaluación continua y la meritocracia internacional.

Del mismo modo, el paradigma del vino de calidad ha pasado de la norma no escrita de los 90, que asociaba colores subidos, alcohol elevado, aromas especiados, tanino firme y barrica muy presente, al extremo opuesto (palidez visual, grado contenido, nariz frutal, boca ligera, acidez) como sinónimo de la excelencia. Ya lo señalaba hace unas semanas el viticultor Rayco Fernández en X: «Pasamos de la era de los 24 meses en barrica nueva —caldito de carpintero— a la era de las microvinificaciones en hormigón, donde cada depósito es tan pequeño que la bodega parece la maqueta de una ciudad diseñada por un promotor inmobiliario». Y así nos va. Como alguna vez ha comentado risueñamente Luis Gutiérrez, haciendo un símil político, «es el tránsito de la extrema derecha a la extrema izquierda». Y todo el mundo sabe que la verdadera grandeza radica siempre en la ponderación y el equilibrio.

La paradoja es que, en su afán por huir de un canon dominante, el sector corre el riesgo de instaurar otro igualmente restrictivo, donde ciertos estilos se celebran acríticamente mientras otros son descartados como obsoletos o sospechosos. El péndulo del gusto, como el de la historia, rara vez se detiene en el punto medio.

El problema es que cambiar drásticamente los hábitos de consumo de una generación es tan difícil como que un hincha del Barça se haga del Real Madrid. Y ustedes me perdonarán el recurso balompédico. Uno puede evolucionar, pero nunca traicionar sus principios. Nos encontramos, por esta regla de tres, en medio de un cisma que no es social ni cultural, sino intergeneracional…

Este choque de sensibilidades explica muchas de las tensiones actuales en bares, restaurantes y cartas de vino, donde conviven referencias pensadas para un público maduro con otras destinadas a consumidores más jóvenes que buscan frescura, ligereza y un relato coherente con sus valores.

Por supuesto, hay gente que evoluciona con la edad: se empieza alabando el Napa Valley y se acaba en Borgoña. Al final, como bien indica en su libro Keeling, siempre se termina llegando al Borgoña. Pero de esta tierra de promisión con precios cada vez más disparatados, ya hablaremos en otra ocasión…

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