The Objective
Jorge Vilches

Odiar es un negocio político

«El trío odiador, PSOE, Podemos y Vox, dedican gran parte de su tiempo a insultar. La razón es que obtienen sus votos de las emociones, no de las soluciones de gobierno»

Opinión
Odiar es un negocio político

Ilustración generada mediante IA.

El populismo tiene estas cosas. Primero se hacen discursos llenos de palabras hirientes en un tono elevado y con gestos agresivos, y después se acusa al enemigo político de polarizar. A continuación, se arremete contra los adversarios internos que pueden hacer luz de gas o que piden primarias como antídoto contra la dictadura de la oligarquía dirigente. En ambos casos hay voceros en los medios y en las redes que difunden los insultos y la información tergiversada para alentar el odio como motor de la polarización o de la purga.

Sin odio, estos partidos son poca cosa. Lo hizo Podemos en sus comienzos. Tuvo tanto éxito que lo copió Sánchez para el PSOE y podemizó el partido. Luego, surgió Vox como epítome del odio desde la derecha a todas las instituciones, leyes y partidos del sistema. En consecuencia, socialistas, podemitas y voxeros dedican gran parte de su tiempo político a insultar y criticar a los demás. La gran propuesta de estos tres odiadores profesionales siempre es echar, anular y borrar de la faz de la Tierra al resto de partidos. No hay más que estudiar con detenimiento las campañas electorales y parlamentarias de los citados.

En los tres casos, ese odio se extendió. Pasó de centrarse en el competidor externo a hacerlo con mucha intensidad en el compañero de filas. De esta manera, en el PSOE, Vox y Podemos, amén de sus secuelas marchitas, la purga está a la orden del día. Sus miembros están más concentrados en que no los depuren y depurar que en trabajar para el país que les paga el sueldo. Sánchez se cargó a la vieja guardia, Pablo Iglesias a todos sus compañeros y Abascal lo acaba de perpetrar.

El resultado es que ninguno de los tres partidos tiene propuestas serias de Gobierno para resolver problemas reales. Prefieren dedicarse a idear gestos, bravatas y zascas para remover las emociones porque es el camino sencillo para ganar votos. No en vano, el trío odiador aborda cualquier cuestión solo desde dos opciones: derogar y prohibir. A esto se suma que su modelo de hacer política es la confrontación para polarizar todo lo posible. La razón es que obtienen sus votos de las emociones, no de las soluciones de gobierno.

En ningún caso se avienen a cesiones responsables con el sistema porque no creen en la democracia de consenso, sino en el mando autoritario. Esto es así porque no asumen que vivimos en una sociedad plural a la que conviene la estabilidad. De ahí que sea tan difícil pactar con ellos cualquier tema, o cerrar una coalición de gobierno con garantías. Véase el caso de Vox con el PP, o cómo terminaron el PSOE y Podemos.

«El odio es adictivo si funciona. Para que no falle, tiene que estar en todas partes, combatirlo con más odio y señalar al odiador para odiarlo»

Los tres partidos son hijos del populismo. Juegan a crear un estado mental dictado por las emociones que produce una disonancia cognitiva. Y lo hacen bien. Es por esto que la corrupción masiva, las costumbres prostibularias o la dañina política exterior no le pasen factura en las urnas al PSOE. Lo mismo ocurre con Vox, que está en un momento tan dulce que está purgando a los fundadores y cometiendo los mismos pecados que los viejos partidos, y no le cuesta ni un voto; al revés, sube. Podemos desapareció —hoy es un grupúsculo grotesco— cuando el PSOE asumió su estilo populista y por la desbandada que se produjo al perder representación.

Este fenómeno es curioso porque el odio es adictivo si funciona. Para que no falle, tiene que estar en todas partes, hablarse de él, combatirlo con más odio y señalar al odiador para odiarlo. Así, los 700 asesores monclovitas, tras los fiascos de la desclasificación de papeles del 23-F, la promesa de viviendas que no se construyen, el discurso contra Trump y el anuncio del apocalipsis ultra, han pensado en crear un bodrio llamado Hodio, que significa «Huella del Odio y la Polarización», para señalar a los odiadores. Creo que pocas veces he visto un cinismo mayor. Por cierto, esas 700 personas están cobrando y presentándose como eminencias creativas cuando en realidad han copiado Hodio de un observatorio que fundó Cristina Kirchner, la populista de izquierdas.

El conjunto es un sindiós. Mientras la política siga alimentándose de la polarización permanente y la extensión del odio, la democracia será débil e incómoda. La ciudadanía quedará atrapada en un clima emocional ajeno a la gobernanza, que solo puede desembocar en un deterioro de los servicios públicos —como está ocurriendo— y en un bloqueo político que ya vivimos. Romper este círculo exige abandonar el insulto, renunciar al enemigo como excusa para todo, dejar los dogmas partidistas y volver a la serenidad institucional, siendo conscientes de que España tiene derecho a ser una sociedad plural y tranquila. Estaría bien, pero lo veo muy complicado. 

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