La sopa que salió de un hotel asturiano que le gustaría incluso a Mafalda
«Siempre me identifiqué con Mafalda, no por marisabidilla, sino porque no me gusta la sopa»

Mafalda frente a un plato de sopa.
El famosísimo cómic de Quino protagonizado por Mafalda, que llegó a España a mediados de los sesenta, fue controvertido, si recordáis. Para unos, poner pensamientos de adultos en boca de niños es un recurso fácil y demasiado manido. Otros obviaban la crítica, calificándolo de genial, simplemente. Bueno, para gustos hay colores. Este pecador opina que el genio del autor está en los amigos de Mafalda: del tranquilo filósofo Miguelito a la pérfida cotilla Susanita, el cafre comerciante Manolito, calmo y pausado Felipe, el descaradamente pasota Guille, la desfachatada anarquista Libertad, por no hablar de los sufridos papás de Mafalda. Los personajes están estupendamente creados.
Es difícil no identificarse ocasionalmente tanto con uno como con cualquier otro. Por mi parte, siempre me identifiqué con Mafalda, no por marisabidilla, no. Es que no me gusta la sopa. Mi abuelo Víctor de la Serna decía siempre que no es lo mismo decir «qué quiere usted» que espetar un «qué coño quiere usted» a un pesado, haciendo rotundo hincapié en una locución por lo demás inocua. Conforme a esto, y para que no haya malentendidos, afirmaré que no me gusta la sopa, coño.
Hombre, conviene matizar. Sopa es término genérico de algo líquido que uno tiende a comer rápidamente y que, a menos que uno sea muy cuidadoso, tiene la irritante tendencia a gotear labio abajo, perdiéndose en la barba, que uno lleva desde los 22, hace camino de medio siglo, cuando no era tan frecuente como ahora. No he superado el inconveniente de que no hay manera de limpiar esa puñetera gota que se esconde en ella y chorrea, barbilla abajo, hasta que se logra atajar el recorrido, justo antes de que llegue al cuello de la camisa. Quede claro que me entusiasman muchas sopas, pero, genéricamente, el fallo queda descrito. Sólo los barbudos lo padecemos.
Hace no mucho alguien me pidió una receta de sopa. Y tras publicar la de cebolla, me vino a la memoria una que hasta ahora he tenido en el olvido, y me pregunto por qué, porque es estupenda.
La receta de la sopa en cuestión la introdujo una tía mía en la familia. Parece que llegó a través de una asistenta de origen asturiano quien, a su vez, la heredó de su abuela, que regentaba un hotel cuya locación quedó en el olvido. Sí supimos que sus dueños cayeron, muy al principio de la guerra, víctimas ¡ay! de estar en el bando equivocado. La sopa nos llegó como «sopa del hotel» y lleva lo siguiente:
- Alubias blancas
- repollo
- puerro
- zanahoria
- patatas
- nabo
- apio
- una buena punta de jamón.
Si exceptuamos el picado de las verduras, que siempre es una gaita, no puede ser más fácil.
Por un lado, cocer alubias blancas -tras la preceptiva noche de remojo- con el jamón, hasta que estén tiernas. Aparte, picar finas todas las verduras (nabo y apio opcionales) y pocharlas en un poco de aceite. Una vez rehogado a fondo todo ello, añadirlo a la olla con las alubias y dejar hervir unos 20 minutos. Rectificar de sal y pimienta (ojo con el jamón, que sala lo suyo) y lista para servir… al día siguiente, que está más rica. Las cantidades, como es habitual en este chapucero, a ojo. En este caso, tiene poca importancia, porque siempre sale buenísima.
