La original costumbre de Arguiñano y su familia en Navidad: «Siempre nos regalamos un árbol»
El cocinero, sus hijos y su mujer suelen pasar las fechas más señaladas en su bonito caserío en la localidad de Zarauz

Arguiñano, en una imagen de archivo. | Gtres
Karlos Arguiñano y su familia están contando los días para reunirse en su caserío del País Vasco. Y es que tanto el cocinero como sus siete hijos tienen la costumbre de pasar las Navidades juntos, compartiendo un momento de lo más especial y donde aprovechan, no solo para compartir su tiempo sino, también, para cocinar los platos que más les gustan. Aunque eso sí, desde hace años, todos han implantado una costumbre que pasa por regalarse «un árbol». Es más, el cocinero ha bromeado, en alguna que otra ocasión, sobre el gran bosque que tiene en su propiedad después de los obsequios de los últimos años.
Las Navidades en la familia Arguiñano se viven como una gran celebración doméstica, alegre y muy familiar, fiel al carácter cercano y natural que siempre ha definido a Karlos Arguiñano. Para él, estas fechas no tienen que ver con el lujo ni con el protocolo, sino con reunirse alrededor de la mesa, compartir tiempo y disfrutar de la convivencia con los suyos. La familia suele juntarse en su casa de Zarauz, donde Arguiñano celebra las fiestas rodeado de sus hijos y nietos, en encuentros numerosos y animados. Las comidas son el eje central de la celebración: largas, sin prisas y con platos tradicionales. Aunque es uno de los cocineros más famosos del país, Karlos apuesta en Navidad por recetas sencillas y de toda la vida, pensadas para gustar a todos y facilitar que la reunión sea un momento relajado y festivo, no una demostración de alta cocina.
La costumbre de Navidad de Arguiñano y su familia

Una de las tradiciones más curiosas y conocidas de la familia es su forma de hacer regalos. Arguiñano ha contado que, como ya lo tienen todo, decidieron hace años regalar árboles en lugar de objetos. Frutales, hayas o castaños que luego plantan y cuidan, convirtiendo el regalo en un símbolo de unión familiar, crecimiento y futuro compartido. Él mismo bromea con que tiene cientos de árboles gracias a esta costumbre. Karlos Arguiñano ha explicado él mismo varias veces qué significa y por qué su familia cambió los regalos tradicionales por árboles en Navidad, y lo ha hecho con su estilo directo y cargado de sentido común. El chef contó, por ejemplo en su visita al programa El hormiguero, que «en nuestra familia ya no hacemos regalos, plantamos árboles» porque con siete hijos y muchos nietos ya lo tienen prácticamente todo y un juguete más o menos nunca va a ser un regalo con verdadero significado.
Arguiñano ha detallado que esta tradición lleva años en marcha: en vez de intercambiar objetos, cada miembro de la familia planta un árbol frutal o de sombra en la finca familiar, algo que no solo simboliza crecimiento y unión entre generaciones, sino que además deja una huella duradera en la naturaleza. Él mismo ha dicho con humor: «Tengo haya, robles, castaños, frutales… y más de 300 árboles plantados», enumerando manzanos, perales o higueras entre las variedades elegidas. En el caserío familiar de Karlos Arguiñano, las comidas navideñas reflejan su filosofía de cocina: tradicional, sencilla, sabrosa y pensada para compartir, más que para lucirse. A pesar de ser uno de los chefs más reconocidos de España, Arguiñano prioriza en estas fechas platos familiares y de toda la vida, que permitan disfrutar de la reunión sin complicaciones excesivas.
Platos tradicionales y una costumbre muy especial
Entre los platos habituales destacan: entradas como ensaladilla rusa, montaditos variados o mariscos frescos, sopas calientes y verduras típicas como el cardo o la alcachofa, que suelen acompañar al plato principal. Para la proteína central, Arguiñano opta por carnes asadas o capón al horno, recetas clásicas de la Navidad vasca que pueden cocinarse para un gran número de comensales. En cuanto a los postres, no faltan los turrones, polvorones y otros dulces típicos navideños, siempre integrados en un ambiente familiar y festivo.

El enfoque del caserío es práctico y acogedor: la cocina se centra en que todos puedan participar, compartir la preparación y disfrutar de la mesa sin estrés, siguiendo la filosofía del chef de que la comida es sobre todo un momento de unión y disfrute. Además, las recetas suelen acompañarse de productos de la tierra, frescos y de temporada, reforzando la conexión con el entorno y la tradición gastronómica vasca. De esta manera, la familia, también, aprovecha para pasar momentos juntos, ya que todos ellos tienen una vida muy ajetreada y llena de compromisos laborales.
Una gran unión con su familia
Karlos Arguiñano y su esposa tienen siete hijos, cada uno de los cuales ha crecido en un entorno familiar muy vinculado a la gastronomía, la televisión y la vida social del País Vasco, pero también con libertad para seguir sus propios intereses y carreras. La familia Arguiñano ha mantenido siempre una imagen cercana y discreta, protegiendo la intimidad de los hijos mientras les permitía desarrollarse profesional y personalmente. Eneko Arguiñano es el mayor de los siete hermanos y uno de los pilares del negocio familiar en Villa Aiala, el complejo que incluye el restaurante, el hotel y otros negocios en Zarautz. Es él quien coordina la sala y la atención al cliente, actuando como maître y responsable de que todo funcione con fluidez frente al público.
Zigor Arguiñano ocupa un lugar clave en los fogones y también forma parte del equipo del restaurante familiar. Su papel se desarrolla como jefe de cocina junto a sus hermanos, poniendo en práctica la tradición culinaria y manteniendo el sello gastronómico que caracteriza al establecimiento. Por su parte, Karlos, más conocido como Txarli, es el hijo que no se ha vinculado profesionalmente al negocio familiar de hostelería, a diferencia de sus hermanos. Él ha decidido seguir otro camino personal y no trabaja en el restaurante, hotel ni en actividades relacionadas con la cocina o gestión del imperio Arguiñano. El cuarto, Martín, combina su faceta dentro de la empresa con labores más administrativas y de gestión, ocupándose de la gestión financiera y administrativa del hotel‑restaurante familiar. Su papel es clave para que todo funcione “detrás de las cámaras”, organizando números, facturación y operación cotidiana.

Joseba es uno de los miembros de la familia con mayor proyección mediática. Es cocinero y pastelero profesional, conocido por su propia trayectoria dentro del mundo culinario y por haber protagonizado incluso programas de cocina en televisión. Además, dirige su propio obrador y negocio de repostería en San Sebastián y en Zarauz, especializado en pasteles y chocolates. Amaia, la única chica, dirige uno de los proyectos más singulares de la familia fuera de la restauración: es la responsable de la bodega familiar K5 Txakolina, una marca de vino típica de la región vasca que ha ganado reconocimiento y forma parte del portafolio gastronómico de los Arguiñano. Probablemente, la más desconocida es María, su hija adoptiva, y quien trabaja en el área de repostería y panadería del hotel‑restaurante, siguiendo la estela de su tía —la hermana de Karlos, Eva— y de su hermano Joseba en ese terreno, ocupándose de las elaboraciones dulces que completan la oferta culinaria familiar.
Los siete hijos de Karlos Arguiñano
Lo cierto es que la familia, y por ende las festividades ligadas a esta, como la Navidad. Para Karlos Arguiñano, la familia ocupa un lugar central en su vida, mucho más allá de lo habitual. A lo largo de los años, él ha subrayado en numerosas entrevistas y apariciones públicas que su familia es su eje, su fuente de apoyo y su inspiración, tanto en la vida personal como en la profesional. La cercanía, la unidad y la transmisión de valores son conceptos que Arguiñano ha defendido con consistencia, y que se reflejan en la manera en que organiza su día a día y sus proyectos.

El chef ha construido un imperio culinario familiar, en el que la mayor parte de sus hijos y algunos de sus hermanos participan activamente, integrando la cocina, la gestión del restaurante y hotel, la repostería y hasta la viticultura. Para él, esto no es solo un asunto de negocios, sino una forma de mantener la cohesión familiar y transmitir tradiciones y conocimientos a las nuevas generaciones. Arguiñano ha dicho en varias ocasiones que ver a sus hijos y nietos implicados y disfrutando de la gastronomía y de la vida en común es una de sus mayores satisfacciones.
Además, la familia es el centro de sus celebraciones y rituales, como las Navidades en Zarauz, donde se prioriza la convivencia, el humor, la solidaridad y la sencillez. Incluso sus originales costumbres navideñas, como regalar árboles en lugar de objetos, reflejan su filosofía de unión, cuidado mutuo y respeto por el entorno. Para Arguiñano, la familia es el soporte emocional, la base de su identidad y el lugar donde encuentra felicidad, valores que han guiado su trayectoria profesional y personal durante toda su vida.
