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La jubilación a la que se resiste Lola Herrera a sus 90 años: «Me iré cuando falle mi memoria»

La actriz no quiere retirarse de las tablas y ha insistido en que solo dejará de lado su trabajo cuando no se pueda mover

La jubilación a la que se resiste Lola Herrera a sus 90 años: «Me iré cuando falle mi memoria»

Lola Herrera junto a Héctor Alterio. | Gtres

Lola Herrera es una de las actrices más conocidas de nuestro país. En sus más de siete décadas sobre los escenarios, Lola se ha convertido en toda una inminencia y, por el momento, entre las intenciones de la actriz no está la de jubilarse. Y es que ella misma ha confesado que solamente dirá ‘adiós’ a la interpretación cuando le falle «su memoria» o no pueda «mover las piernas». Unas palabras con las que vuelve a hacer referencia al gran compromiso que tiene con su trabajo.

La trayectoria de Lola Herrera no es solo una lista de estrenos; es la biografía de una mujer que utilizó el escenario para liberarse a sí misma y, de paso, a toda una generación de españolas. Desde que debutó en su Valladolid natal siendo casi una niña, su carrera ha sido un ejercicio de honestidad brutal y una evolución técnica que la sitúa hoy como la «institución» teatral más respetada del país. Lola comenzó en este mundillo gracias a su voz; se convirtió en una de las voces más magnéticas de las radionovelas, donde aprendió el arte de la dicción y logró conquistar a su público.

La carrera de Lola Herrera que comenzó con su voz

Lola Herrera, en el Ayuntamiento de Valladolid.

Al llegar a Madrid, su belleza clásica y su elegancia natural la convirtieron rápidamente en la actriz predilecta de la televisión incipiente. Fue la reina de los Estudio 1, protagonizando obras de Chéjov, Ibsen o Shakespeare. En aquellos tiempos de censura y rigidez, Lola ya aportaba una modernidad contenida, una forma de actuar que no era exagerada, sino que nacía de dentro. El 26 de noviembre de 1979 la vida de Lola cambió para siempre. Se subió al escenario para dar vida a Carmen Sotillo, la viuda que vela el cadáver de su marido en la obra de Miguel Delibes. Lo que iba a ser una temporada más se convirtió en un fenómeno sociológico que duró más de 40 años. Lola logró algo casi imposible: envejecer con el personaje.

A medida que ella ganaba años, su personaje se ha vuelto más amargo, más real y más trágico. Ha interpretado este monólogo miles de veces, en pueblos perdidos y en los teatros más lujosos, convirtiéndose en el caso de simbiosis entre actriz y personaje más longevo de la historia del teatro mundial. Si hay un momento que define la valentía de Lola Herrera es 1981. En pleno proceso de divorcio de Daniel Dicenta —un actor con una vida personal tormentosa—, Lola aceptó rodar una película-documental que fue un escándalo nacional. En ella, ambos se encerraban a hablar de su fracaso matrimonial, de la falta de orgasmos, de las humillaciones y de la soledad.

Su paso por televisión y sobre los escenarios

Lola se desnudó emocionalmente frente a toda España en un acto de catarsis que le sirvió para romper con su pasado y reclamar su propia identidad como mujer independiente. Fue un punto de inflexión: ahí se convirtió en una actriz valiente. Lola nunca ha tenido miedo a la cultura popular. Mientras seguía llenando teatros con obras de calado como Solas o Seis clases de baile en seis semanas, aceptó entrar en el salón de todos los españoles con la serie Un paso adelante. Su papel como Carmen Arranz, la directora de la escuela, le dio una fama renovada entre los adolescentes, quienes descubrieron a una actriz con una presencia escénica que eclipsaba a cualquier joven promesa. Su secreto siempre ha sido el mismo: un respeto absoluto por el texto y una disciplina de hierro. Nunca llega tarde, nunca se sabe el papel a medias y nunca trata mal a un técnico.

Hoy, tras haber recibido el Premio Max de Honor y haber llenado sus estanterías de medallas de oro, Lola Herrera vive una etapa más tranquila. Se ha despedido de Mario, se ha despedido de las giras de furgoneta y hotel barato, y se dedica a proyectos que son auténticas joyas. Su voz sigue siendo un instrumento perfecto —profunda, aterciopelada y clara— y su mirada en el escenario tiene un peso que solo dan siete décadas de oficio. Es, en definitiva, la mujer que enseñó a España que una actriz puede cumplir 90 años siendo moderna, necesaria y, sobre todo, libre.

Lola Herrera recoge el Premio Especial del Jurado de la Asociación Amigos del Teatro

Como decíamos, una de las personas que marcó su vida fue Daniel Dicenta, con quien vivió sus luces y sus sombras. Se casaron en 1960, pero lo que parecía una unión idílica fue, en realidad, un proceso de desgaste emocional tremendo. Daniel era un actor brillante pero con una personalidad compleja y autodestructiva, marcada por el alcohol y las ausencias. Durante años, Lola estuvo a su lado, aguantando, muy probablemente, por sus hijos. La grabación de Función de Noche, en 1981, marcó un antes y un después también en su viuda personal. Frente a la cámara, le soltó a su marido todo lo que llevaba guardado durante quince años; sin duda alguna se convirtió en su divorcio emocional.

Dos hijos, un matrimonio complicado y una soltería orgullosa y elegida

Lola y Daniel tuvieron dos hijos; Natalia, cantante y actriz que tiene una voz prodigiosa. Natalia ha sido el gran apoyo de su madre y han llegado a trabajar juntas en varias ocasiones —como en la obra Solas—. Daniel, por su parte, se dedica al mundo de la fotografía y de la edición, manteniéndose, siempre, en un segundo plano. Una de las facetas más modernas de Lola Herrera es su defensa de la soltería y la soledad. Tras su separación, no volvió a casarse ni se le conocieron relaciones estables que empañaran su independencia. Ha declarado en múltiples ocasiones que descubrió que se llevaba muy bien consigo misma. Desde hace mucho tiempo, Lola reside en Madrid, rodeada de libros y de recuerdos. Dice que no necesita a nadie que le diga qué tiene que hacer o cómo tiene que vivir, una conquista que saborea especialmente a sus 90 años.

Lola es una mujer de una disciplina férrea. Para aguantar funciones de dos horas a su edad, cuida mucho su alimentación y, sobre todo, su mente. Su mayor miedo siempre ha sido perder la facultad de recordar los textos. Por eso, mantiene su cerebro activo constantemente, leyendo y estudiando. En todos estos años ha sido una firme defensora de envejecer con naturalidad. Aunque siempre impecable y elegante, nunca ha intentado esconder sus arrugas con cirugías agresivas, defendiendo que su rostro es el mapa de su vida y su herramienta de trabajo. Aunque vive en Madrid, Lola siempre ha necesitado el contacto con la tierra. Es una mujer de gustos sencillos: una buena charla con amigos de toda la vida, el cuidado de sus plantas y, por encima de todo, la lectura. Se considera una «lectora compulsiva», y es habitual verla en las librerías del centro de Madrid buscando novedades.

Sobre la jubilación, Lola se ha pronunciado en varias ocasiones. «La jubilación es una palabra que me suena a trasto viejo, y yo no me siento así. Me retiraré cuando me falle la memoria o las piernas, pero mientras el cerebro funcione, quiero seguir rozándome con la vida”. “He aprendido a decir ‘no’ sin sentir culpa. Ahora mi tiempo es mío, y ese es el mayor lujo que he tenido nunca», ha contado.

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