El duro divorcio de El gran Wyoming a los 50: «No soy una persona con mucha paciencia»
El presentador de ‘El intermedio’ se separó de su exmujer, Marisa, con quien tuvo tres hijos; Miguel, Marina y Ángela

El Gran Wyoming junto a Sandra Sabatés. | Gtres
El gran Wyoming es conocido por todos debido a su extensa carrera en el mundo de la televisión, de la música y de la comedia. Cada día, de lunes a jueves, se pone a las riendas de El intermedio —junto a su inseparable Sandra Sabatés— manteniendo siempre cierta distancia con sus espectadores. Y es que, a pesar de que lleva más de cuatro décadas de carrera a su espalda, Wyoming siempre ha sido un hombre discreto, al que no le ha gustado demasiado hablar sobre su lado más personal. Aunque eso sí, ha habido ocasiones en las que ha hecho excepciones, junto, por ejemplo, a Gonzo, en Salvados, en el que relató cómo habían sido los momentos más crudos de su divorcio.
El cómico se separó después de veinte años de matrimonio en el que tuvo tres hijos. Juntos residían, como ya contamos en THE OBJECTIVE, en su chalé familiar en el barrio de Arturo Soria. Además, tras el divorcio, el cómico se quedó con sus hijos, una situación que, en algunas ocasiones, le superó. Ahora, que todos ellos han volado del nido, el presentador de El intermedio lleva una vida más ordenada junto a su actual pareja, Irene, veinticinco años más joven que él de la que sí que no ha hablado en ningún momento.
El divorcio de El gran Wyoming

«¿A los 70 años uno reflexiona sobre cómo ha funcionado como padre? […] Por el trabajo, por la vida, igual no estabas tan presente como otros padres en la vida de sus hijos», le preguntó Gonzo a su amigo Chechu. Así, el cómico admitió que, en algunas ocasiones, había tenido «mala conciencia», contando que, tras su divorcio, sus hijos se fueron a vivir con él. «Yo no soy una persona que tenga mucha paciencia», reconoció, sobre esos primeros momentos de convivencia. Y es que no llevó bien el papel «de Policía» con sus vástagos. Aunque eso sí, reconoció que tampoco le separaba tanto de sus hijos, con quienes había compartido ciertos gustos y una generación. Esto no evitó que se produjeran ciertos «pifostios» o desentendimientos que les llevaron a ciertas situaciones de tensión que supieron solucionar por el cariño que se profesan.
Hoy en día, Wyoming se siente muy orgulloso de sus hijos. Ha mencionado que salir de fiesta o irse de vacaciones con ellos le parece «un planazo». Ha admitido que a los hombres de su generación les cuesta decir «te quiero» debido a la educación recibida, aunque mantiene una excelente relación con los tres. Su divorcio de Marisa García Roselló, sin duda, marcó un episodio de su vida que fue definitivo; no por el escándalo —ya que se llevó con un hermetismo absoluto en su momento— sino por cómo reconfiguró su papel como padre y su visión del hogar. Wyoming y Marisa estuvieron juntos dos décadas. Ella fue su compañera durante su ascenso a la fama, desde sus inicios en la música y el cine hasta el éxito masivo en televisión.
Tres hijos y una complicada situación

La separación se produjo de mutuo acuerdo y de forma civilizada. Wyoming ha explicado que, aunque el amor de pareja se terminó, el respeto mutuo se mantuvo, algo fundamental para la gestión de lo que vendría después. Sí que es cierto que, a diferencia de otros famosos, la noticia no saltó a las portadas de la prensa rosa de inmediato. Y es que Wyoming siempre ha trazado una línea roja muy clara entre su personaje público —provocador y político— y su intimidad. Lo más atípico de su divorcio fue la organización familiar. Tras la separación, los tres hijos del matrimonio —Marina, Miguel y Ángela— se quedaron a vivir en la casa familiar con él. Un momento para el que, además, no estuvo preparado. A pesar de las dificultades, este periodo de convivencia forzosa tras el divorcio estrechó los lazos con sus hijos de manera irreversible. Él dejó de ser solo el «padre proveedor» para ser el «padre presente».
Aunque Wyoming proyecta una imagen de hombre duro y despreocupado, ha admitido que el divorcio y la posterior emancipación de sus hijos le obligaron a enfrentarse a la soledad: «Cuando se fueron de casa, me quedé en un caserón enorme yo solo. Fue un choque de realidad. Te das cuenta de que la vida que conocías ha desaparecido». Para paliar este vacío, el presentador convirtió su casa en un punto de encuentro constante para amigos y músicos, llenando el silencio post-divorcio con cenas y ensayos de su banda, Los Insolventes. A día de hoy, ambos mantienen una relación cordial. Marisa ha seguido con su vida fuera del foco —se sabe que se dedicó a la traducción y a sus propios proyectos—, y ambos han coincidido en eventos importantes de sus hijos, como graduaciones o celebraciones familiares, sin ninguna tensión pública.
El porqué del divorcio nunca ha salido a la luz. Sus declaraciones siempre han ido enfocadas a cómo él gestionó el sentimiento de pérdida y la responsabilidad de la paternidad, más que a señalar errores de su expareja. Unos sentimientos que, también, tienen mucho que ver con su infancia. José Miguel Monzón Navarro, conocido mundialmente como El gran Wyoming, es una de las más fascinantes y polifacéticas del panorama cultural español. Médico de formación, músico por vocación y comunicador por accidente, su trayectoria es el reflejo de un espíritu rebelde que se niega a ser encasillado.
Una vida estable junto a su novia
Nació en Madrid en 1955, en una familia de farmacéuticos. Siguiendo la tradición familiar, se licenció en Medicina. Durante su etapa como médico en la mili, empezó a forjar su personaje. Se dice que recetaba con un estilo tan particular que ya entonces destacaba por su humor. Ejerció la medicina durante un tiempo, pero la llamada del escenario fue más fuerte. Decidió abandonar una carrera estable para lanzarse al mundo del espectáculo, algo que en la España de finales de los 70 era una apuesta de alto riesgo. En los años 90, revolucionó la forma de dar noticias gracias a Caiga quien caiga. Con su traje negro y sus gafas de sol, instauró un estilo de periodismo satírico y mordaz que marcó a toda una generación.

Desde 2006, lidera el programa más longevo de La Sexta, El intermedio. Aquí ha pasado de ser un humorista a convertirse en una voz de referencia ética y política para un sector del país, basando su éxito en la crítica feroz al poder. Aunque la mayoría lo conoce por su faceta televisiva, Wyoming siempre dice que él es, ante todo, músico. Fundó Paracelso, su grupo de la juventud, con el que ganó premios en la mítica Movida Madrileña. Ahora, lidera Los Insolventes. No es raro encontrarlo en salas pequeñas de Madrid tocando rock and roll clásico. Para él, la música no es un negocio, sino un refugio emocional y su verdadera forma de libertad.
Detrás del personaje irónico y a veces agresivo de la televisión, se esconde un hombre de profundas convicciones. Es conocido por su activismo de izquierdas, lo que le ha valido tantos seguidores fieles como detractores acérrimos. Un pensamiento que, sin duda, se contradice con su gran patrimonio inmobiliario —él mismo ha bromeado diciendo que «tiene para vivir varias vidas»—, pero siempre defiende que sus ingresos son fruto de décadas de trabajo legal y que paga sus impuestos en España. Su casa en Madrid ha sido históricamente un centro de reunión para intelectuales, artistas y músicos. Se define como alguien que no sabe estar solo y que necesita el contacto humano constante.
