La infancia nómada de Elvira Lindo entre Cádiz y Madrid: «Crecí intentando descifrar el estado de ánimo de mi padre»
La escritora vivió los primeros años de su vida de una ciudad a otra por el exigente trabajo de su progenitor

Elvira Lindo junto a su marido, Antonio Muñoz Molina. | Atresmedia
Elvira Lindo siempre intentó plasmar alguna de las pinceladas de su vida personal en sus libros. Así, la famosa escritora dejó un poco de constancia de esos primeros años de vida en su querido Carabanchel, a través de Manolito Gafotas, pero también lo hizo en otros títulos tan conocidos como El niño y la bestia u Olivia y la carta a los Reyes Magos. Y es que la infancia de Elvira no fue del todo fácil; estuvo marcada por las veces en las que se cambió de casa, sus eternas mudanzas, pero, también, por la enfermedad de su madre. Tampoco su progenitor tuvo un carácter del todo apacible, protagonizado por sus cambios de humor que vivió en primera persona una pequeña Elvira que comenzaba a interesarse por la vida.
«Mi padre era un hombre que lo llenaba todo. Su humor era nuestra tabla de salvación, pero también su mal humor era el clima de la casa. Crecí intentando descifrar su estado de ánimo», escribió en A corazón abierto, donde describió con cierta crudeza y amor la personalidad arrolladora de su padre, lo que marcó sus primeros pasos. Además, la enfermedad y la posterior muerte de su madre se convirtió en un punto de inflexión que ella misma describe como «el fin abrupto de su niñez». «La enfermedad de mi madre hizo que mi infancia se tiñera de una seriedad prematura. Yo era una niña, pero de pronto tuve que entender cosas que no me correspondían por edad», confesó.
La infancia «nómada» de Elvira Lindo

Sin duda alguna, además de la poca comprensión hacia muchas de las cosas que sucedían a su alrededor, Elvira desarrolló una capacidad, casi heroica, de adaptación. «Mi infancia fue una infancia de furgoneta, de ir de un sitio a otro, de no tener raíces en ningún lugar pero tenerlas todas en la familia», contó la escritora, definiendo su infancia no como un lugar geográfico, sino como un estado de adaptación constante. Probablemente, su vocación de escritora vino de sentirse siempre «la nueva». «Yo era una niña que observaba mucho porque, al cambiar tanto de ciudad, siempre era la extraña. Eso te obliga a fijarte en cómo hablan los otros, en qué códigos utilizan para aceptarte», ha explicado alguna vez.
En más de una ocasión, además, se ha asociado a la escritora con Madrid, algo que ella misma ha negado, afirmando que «no» es de un barrio «de toda la vida». «Soy una agregada. Pero tenía la oreja puesta en la carnicería, en el mercado, en el autobús. Mi infancia fue un aprendizaje del lenguaje de la calle», ha contado en alguna que otra vez. Sin duda alguna, su infancia es fundamental para conocer y entender su obra, sobre todo porque fue de ahí donde se extrajeron muchas de las anécdotas con las que triunfó en Manolito Gafotas. Aunque Manolito vive en Carabanchel, la verdadera infancia de Elvira tuvo un aire mucho más nómada.
Sus continuos viajes entre Cádiz, Málaga, Alicante, Tarragona y Madrid
Elvira vino al mundo a principios de los años 60 en Cádiz, pero su estancia allí fue breve. Debido al trabajo de su padre, Manuel Lindo —quien trabajaba en la construcción pesada, específicamente en obras hidráulicas—, la familia se mudaba constantemente. Antes de cumplir los 12 años, ya había vivido en ciudades como Cádiz, Málaga, Alicante, Tarragona y, finalmente, Madrid. Estas mudanzas forjaron en ella una capacidad de observación aguda. Al ser siempre la niña nueva del colegio, aprendió a mirar desde fuera y a analizar los comportamientos de los demás para encajar, una cualidad esencial para cualquier escritor.
La figura de su padre fue imponente y carismática. En sus libros —especialmente en los de Manolito—, se percibe esa mezcla de autoridad y humor castizo que Elvira observó en su propio hogar. Un evento que marcó profundamente el final de su infancia y el inicio de su madurez fue la muerte de su madre cuando Elvira tenía solo 16 años, tras una larga enfermedad. Este hecho dotó a su escritura posterior de una sensibilidad especial para mezclar la comedia con la melancolía. A los 12 años se instaló en el barrio de Moratalaz, en Madrid. Aunque Manolito es de Carabanchel, el ambiente de barrio obrero, las conversaciones de los vecinos en las tiendas y el lenguaje popular de los años 70 que ella vivió en este barrio de Madrid son los que nutrieron el lenguaje de sus libros.
Sin duda alguna, su timidez infantil y, también, el hecho que no tuviera una residencia fija, convirtió a la escritora en una escuchadora profesional de las historias de los adultos, algo que trasladó a la voz de sus personajes. En una vida de mudanzas y cambios, el humor era el pegamento que mantenía a la familia unida. Con toda esta información, Elvira comenzó a escribir. Aunque antes se estrenó en la radio, lo que le dio la capacidad de poder emprender un vuelo en solitario y que, más adelante, se convirtió en uno de los mayores aciertos de su carrera. En 1981, con solo 19 años, Elvira abandonó sus estudios de Periodismo en la Complutense para empezar a trabajar en Radio Nacional de España (RNE).
Todo lo que influyó en su novela
Allí no solamente presentaba sino que, también, se dedicaba a escribir guiones, hacía reportajes y, sobre todo, hacía ficción sonora. La radio le dio el oído y aprendió a escribir frases que sonaran naturales al ser dichas en voz alta, una técnica que luego aplicaría a todos sus libros. Manolito no nació para ser un libro, sino un personaje de radio. En los años 80, en RNE, Elvira tenía que rellenar espacios y empezó a improvisar la voz de un niño de barrio que contaba su vida de forma ingenua pero irónica. Es más, ella misma era quien ponía la voz a los personajes. Este éxito fue tal que muchos oyentes se ponían en contacto con las ondas para poder contar historias del «niño de las gafas».
Fue su marido, el también escritor Antonio Muñoz Molina, quien al escucharla y leer sus borradores, la animó a convertir esos monólogos radiofónicos en una novela. A mediados de los años 90 debutó con Manolito Gafotas. Rompió los esquemas de la literatura infantil de la época porque no era cursi. Usaba el lenguaje de la calle, hablaba de la crisis económica, de los abuelos que viven en el cuarto de la plancha y de la vida real en Carabanchel. Casi al mismo tiempo que escribía sus primeros libros, Elvira empezó a colaborar en guiones para la gran pantalla y la televisión. Trabajó en programas como La bola de cristal y más tarde dio el salto al cine con guiones como La primera noche de mi vida (1998) o la adaptación cinematográfica del propio Manolito.
