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¿Por qué algunas multinacionales se han convertido en activistas políticos? Una explicación histórica y económica

¿Por qué algunas multinacionales se han convertido en activistas políticos? Una explicación histórica y económica

En relación con las revueltas callejeras que nos ha dejado este 2020, hemos podido observar la constatación de una rocambolesca simbiosis que venía fraguándose poco tiempo atrás: la de capitalistas y anticapitalistas. 

Y es que estos últimos años nos han dejado escenas que nuestro yo de hace un lustro difícilmente creería. Una de la más llamativa de todas, la de grandes empresas que patrocinaban con ahínco los disturbios que después derivaban en el saqueo de estas mismas empresas. Ropa, tecnología, logística… la variedad es asombrosa y en todas existe cierto patrón de comportamiento.

Primero, estas compañías se adherían a las causas políticas que estaban en boga durante un determinado momento: Black Lives Matter, ecologismo, izquierdismo woke, anticapitalismo… Después, acompañaban a esos manifestantes con eslóganes publicitarios que respaldaban sus tesis y los alentaban a la protesta, con consecuencias que derivaban, como ya hemos dicho, en el saqueo de sus propias tiendas. Ahora bien, ¿qué puede llevar a un empresario de Beverly Hills o Silicon Valley a avalar las protestas callejeras que terminarían por destrozar las tiendas de sus millonarios negocios? 

En lo relacionado con el dinero pocas cosas son casuales, especialmente si se sustentan sobre una trayectoria histórica que se remonta muchas décadas atrás. El precedente hay que buscarlo en un propagandista austriaco nacido en 1892: Edward Bernays. Sobrino de Sigmund Freud, entendió que podría aplicar el Psicoanálisis de su tío a los negocios, maximizando los beneficios si asociaba las ventas con los sentimientos más elementales de las personas.

De esta manera, entendió que la gente no se compraba un bonito coche descapotable con el único objetivo de desplazarse, sino que esa compra estaba motivada por las impresiones que el poseer ese coche provocaban sobre el propietario: vanidad, ostentación, lujo, fama, éxito…

Fundamentándose en ese proceder y trabajando ya en una gran tabacalera, inició una masiva campaña con el objetivo de provocar un cambio social: incluir a las mujeres entre los consumidores de tabaco. Por aquel entonces no era común ver a una mujer fumando, pero Edward Bernays hizo que las cosas cambiaran. Para ello, evitó referirse a los cigarros por su nombre, sustituyendo esa categoría por la de “antorchas de la libertad”. Así, cada vez que una mujer encendía un cigarrillo, no aspiraba y espiraba únicamente humo, sino que estaba liberándose del yugo social que oprimía frente a los hombres, entre quienes sí estaba bien visto el tabaco. La campaña, por burda que parezca, fue todo un éxito que multiplicó ventas y logró su objetivo con creces.

En su obra más conocida, ‘Propaganda’, escrita en calidad de periodista y propagandista, llegó a afirmar: “La alfabetización universal ha brindado al hombre sellos de goma, sellos de goma tintados con eslóganes publicitarios, con artículos de opinión, con publicaciones científicas, con las banalidades de las gacetillas y los tópicos de la historia, pero sin el menor rastro de pensamiento original. Los sellos de goma de un hombre cualquiera son duplicados idénticos a los que tienen otros millones de hombres, de modo que cuando se expone a esos millones de personas a los mismos estímulos, todos reciben las mismas improntas” (‘Propaganda’, Melusina, pág. 28).

Siguiendo esta teoría, que parece tan extendida entre los oligarcas de nuevo cuño, no estaríamos comprando un producto únicamente por cubrir una necesidad, sino que en nuestro inconsciente operaría un resorte ideológico, mecánico, que nos identificaría con esos eslóganes politizados. De esta manera, influye en la decisión por tal o cual producto su impacto ecológico o el compromiso contra el racismo, porque, además de adquirir el objeto, esa compra nos elevaría como una persona comprometida, solidaria.

El mejor ejemplo de ello lo encontramos la pasada primavera, cuando vimos cómo algunas grandes compañías respaldaron las tesis de las personas que se manifestaron por George Floyd. Corrió por redes sociales las fotografías de una gran empresa en cuya fachada podíamos ver ciertos eslóganes de adhesión a los manifestantes mientras que a su vez, en la parte de atrás del edificio, habían tapiado minuciosamente las ventanas con el objetivo de evitar saqueos. A Dios rogando y con el mazo dando, que dice el refrán.

Lo que es del todo seguro es que el dinero prima sobre cualquier tipo de compromiso social en los negocios. Las concienciadas empresas que hoy barren para ciertos movimientos, mañana lo harán para otros que estén en auge. Y sus seguidores, como patitos, irán detrás de ellos dando forma a esa perfecta simbiosis que hoy forman capitalistas y anticapitalistas. 

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