Pituffik, la base norteamericana en Groenlandia a la que los soldados odian ir
Además del frío del invierno —hasta 60º bajo cero— están los osos polares. Y los mosquitos en verano

Base norteamericana de Pituffik. | Reuters
Tienen bases o tropas destacadas en Japón, Kosovo, Irak y Australia. Es el puño de la Casa Blanca, el ejército estadounidense, con el que proyecta su poder en los cinco continentes con presencia permanente y con el desempeño de diversas funciones. Pero hay una en concreto que, según muchos, es el peor destino de todo su arsenal: Pituffik.
A pesar de su nombre (casi) de personaje de dibujos animados, no tiene nada de divertido. Situada en el noroeste de Groenlandia, es uno de los enlaces más alejados, solitarios y remotos del mundo. Está a unos 1.500 kilómetros del polo norte y a unos 4.000 de Washington. Hay bases más lejanas, pero ninguna con unas condiciones vitales tan complicadas como esta.
La Base Espacial Pituffik, que así es como se denomina de manera oficial, es la única instalación militar estadounidense activa en la isla, dependiente de Dinamarca, y objeto del deseo de Donald Trump. Si el inquilino de la Casa Blanca quiere las llaves de la totalidad, esta es su embajada sobre el terreno, y es como vivir dentro de un congelador.
Pituffik se encuentra en un territorio casi vacío; alrededor no hay nada. Nada de nada. En un país casi cuatro veces y media más grande que España, la población de todo Groenlandia es de unos 56.000 habitantes, más o menos lo mismo que la ciudad de Ávila. El segundo ser vivo más habitual es el oso polar, unos 20.000, con una salvedad: si lo que más desean sus habitantes es alejarse de ellos, los plantígrados consideran a los humanos como parte de su menú. Mucho peligro.
La explicación acerca de la presencia estadounidense allí se remonta a la Segunda Guerra Mundial. En aquel tiempo, Dinamarca fue ocupada por la Alemania nazi y Groenlandia quedó aislada. Estados Unidos y los daneses llegaron a un acuerdo para defender el territorio. De ahí salió la construcción de bases, estaciones de radio y aeródromos en aquella inmensidad helada, un punto de apoyo esencial entre América del Norte y Europa.
Con el inicio de la Guerra Fría, esos puestos avanzados adquirieron mayor peso, y la amenaza de misiles soviéticos encabezó la agenda de defensa estadounidense. Desde 1951 existe presencia militar continua en Groenlandia. La Base Aérea de Thule, hoy llamada Base Espacial Pituffik, evolucionó para responder a estas nuevas necesidades.
Su latitud extrema ofrece una vista única sobre rutas polares que conectan el territorio euroasiático con el continente americano. Esta posición facilita la detección temprana de misiles balísticos y permite la supervisión de la ruta más corta en sus trayectorias.
La base de Pituffik aloja de forma habitual a unos 150 efectivos estadounidenses, aunque ese número varía según despliegues y ejercicios. A esa cifra se suman militares daneses y canadienses en misiones de cooperación y entrenamiento. Pero más allá del ámbito estrictamente militar, el implacable clima ártico impone el ritmo vital.

El invierno trae meses de oscuridad continua, con temperaturas que los termómetros convencionales no alcanzan. La ausencia de luz solar afecta al ritmo circadiano de sus habitantes, por lo que la base proporciona lámparas de rayos UVA y dispositivos que simulan luz diurna para aliviar el impacto emocional de una penumbra prolongada.
¡Y mosquitos!
El frío no es el único enemigo visible. Contra todo pronóstico, la primavera y el verano árticos convierten la tundra en un hervidero de insectos. El deshielo genera nubes de mosquitos que aparecen en enjambres y obligan a los presentes a cubrirse con redes protectoras en cara y manos… igual que en la selva del Amazonas.
Según dicen muchos que pasaron por allí, el frío resulta casi más llevadero que el ataque de estos insectos. Sus picaduras no son graves, pero resultan terriblemente molestas. Lo de los osos polares es otra cuestión. No son una amenaza constante, pero cualquier desplazamiento fuera de los perímetros considerados seguros se realiza siempre en grupo y con armas.
La vida social en Pituffik se organiza en torno a recursos limitados y espacios cerrados. Todos los efectivos militares y los miembros del personal civil —técnicos e ingenieros en telecomunicaciones, por norma general— conviven en dormitorios colectivos, diseñados así por seguridad: si faltase alguien, su ausencia se detectaría con rapidez. El núcleo urbano más próximo está a unos 100 kilómetros, y llegar hasta él no es fácil, incluso imposible durante gran parte del año. La vida social es, en buena lógica, limitada.
Por ello, las actividades comunes se convierten en eventos sociales indispensables. La base dispone de un gimnasio, salas de ocio y buenas conexiones con el exterior, lo que permite mantener ciertos vínculos. Los responsables se esfuerzan en que su personal allí destinado no pierda cierto orden social mediante la organización de competiciones deportivas, torneos de juegos de mesa y eventos temáticos según la estación. En ocasiones invitan a los habitantes groenlandeses a unirse.
Un barco al año
La logística es otro elemento crítico en la vida en Pituffik. Durante meses, el hielo bloquea las rutas marítimas que podrían facilitar el abastecimiento. Solo con la llegada de un rompehielos canadiense en verano se pueden descargar víveres, repuestos y materiales necesarios para mantener la base en condiciones operativas. La base dispone de una pista de aterrizaje —sobre hielo— de unos tres kilómetros, pero su uso resulta limitado debido a las inclemencias meteorológicas.
La pista helada es uno de sus elementos más reconocibles, pero hay otros. Sus instalaciones albergan tecnologías de radar avanzadas y sistemas de vigilancia espacial que superan cualquier sistema anterior. El 12.º Escuadrón de Alerta Espacial opera un conjunto de sensores que detectan lanzamientos de misiles y objetos en órbita. Estas capacidades no solo sirven a Estados Unidos, sino también a socios como Canadá en el marco del Norad, un mando de defensa conjunta dedicado a proteger América del Norte de amenazas aéreas y espaciales.
El aumento de las capacidades de misiles balísticos y la proliferación de satélites en órbita baja han incrementado la importancia de estos mecanismos. En fechas recientes, la base ha incorporado vigilancia espacial de alta precisión. Esta función representa un salto respecto a sus cometidos originales durante la Guerra Fría.
Hay destinos mejores; peores no
Los soldados estadounidenses destinados en la isla de Guam, Diego García o incluso Yibuti están a miles de kilómetros de sus familias. Pero cuentan con una climatología favorable, playas cercanas e incluso ciudades a las que ir en coche. En Pituffik, salir a correr es imposible, al igual que jugar un partido de fútbol, salvo que quieran hacerlo ataviados como esquimales. En verano, cuando el tiempo acompaña, lo normal es estar en torno a los cero grados, y en un día de mucho calor, en pleno agosto, se alcanzan los cinco grados centígrados. En invierno, son habituales los 25 o 30 grados bajo cero. Con el viento, la sensación térmica puede descender hasta los 60 bajo cero.
Si a esto se añade que lo menos malo que te puede ocurrir es no tener que huir del ataque de un oso blanco de 500 kilos con hambre, queda claro que no se trata de un destino fácil. Por otro lado, si Occidente recibiera un ataque de misiles, ellos serían los primeros en saberlo. Lo que, dicho sea de paso, tampoco resulta divertido.
