The Objective
Internacional

La competencia China-Estados Unidos por la hegemonía mundial

«EEUU busca conservar su hegemonía sin sus costes, produciendo disonancia entre ideas y realidad»

La competencia China-Estados Unidos por la hegemonía mundial

Ilustración de Alejandra Svriz.

La nueva Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de Estados Unidos (EEUU), publicada en noviembre de 2025, fue recibida en Europa con sorpresa e incluso enfado. Estas reacciones son inexcusables: la ESN es en gran medida la culminación de tendencias geopolíticas ya bien establecidas, y mejor incluso cuando se trata de Europa. El fallido «pivote a Asia» durante la presidencia de Obama se puede dejar de lado. Mas el cambio político tras las elecciones de 2016 cementó la inescapable dirección, por incompetente y caótica que fuera, hacia la despriorización de Europa (convertida en agresión por sus intentos desesperados de evitarla) y la priorización del poder nacional de EEUU y la competición con China.

Como ya he argumentado en estas páginas, este giro exacerba la relación extractiva o competitiva unilateral siempre presente en la relación trasatlántica. Y es crucial comprender que la administración Biden, aun con su marco tradicional y casi guerrafríista de la relación, no fue una excepción: sus políticas industriales como el Inflation Reduction Act, la inclusión de China como adversario en el Concepto Estratégico de la OTAN, y la demanda de armonización entre políticas frente a esta vienen todas con un coste para la deseada autonomía estratégica europea, si no uno económico directo. 

Frente a las reacciones europeas, la de la comunidad estratégica en China fue notablemente más contenida. Desde Pekín, la ESN no se lee como un documento sorprendente y, lo crucial, no revela un cambio sustancial en la trayectoria de la relación entre China y EEUU Aún con las notables diferencias con la política de la administración Biden, la ESN es más bien un reajuste: se suaviza el lenguaje, se resta centralidad al ámbito militar, y se priorizan las cuestiones económicas y domésticas. El objetivo subyacente sigue siendo el mismo: «ganar» la competición estratégica a largo plazo frente a China. En este sentido, la ESN supone un intento de ganar tiempo. Los cambios son formales y no de fondo; la competición pasa de tener el tinte demócrata a tener el de Trump. Sin embargo, aún con el mismo fondo, es en la forma en la que se ven las implicaciones a largo plazo de la ESN, pues es ahí, en los cambios de instrumentos y las repriorizaciones, donde se ven los límites y por tanto las tendencias futuras.

Continuidad a través del cambio

Hay dos lecturas posibles de la visión presentada en la ESN de la relación China-EEUU. La primera ve un paralelo con la lucha libre, uno de los deportes favoritos de Trump: China y EEUU se enfrentarían en una «competición amistosa» en la que los golpes serían espectaculares, pero, en última instancia, secundarios. Los contrincantes actuarían dramáticamente, presentándose siempre como el ganador, como el hombre más grande imponiéndose al derrotado oponente. Mientras tanto, en segundo plano, estaría la realidad: los negocios. La competencia sería real (al fin y al cabo, uno tiene que ganar y el otro perder), pero lo que estaría en juego no estaría al nivel de la bombástica narrativa. 

Aunque esta perspectiva tiene sin duda elementos de realidad, conviene preguntarse por qué se opta por esta estrategia. Esta es la segunda lectura. Y es que, pese a los ajustes tácticos, Estados Unidos sigue comprometido con la primacía estratégica y en impedir que China alcance el liderazgo regional, y mucho menos global. Ahora la visión no es ideológica. De hecho, nunca lo fue, pues la ideología puede ser aliño, pero en política internacional priman las realidades estructurales. Sin embargo, por muy primariamente económica que sea la visión, esto no significa que el objetivo haya cambiado. La política industrial, la contención tecnológica, la presión basada en alianzas y la securitización de las relaciones económicas siguen siendo pilares centrales. La ESN continúa definiendo a China como el único actor capaz de desafiar el poder estadounidense en los ámbitos militar, tecnológico, económico e ideológico, aunque la dominación militar deje de ser principio organizador. Esto no constituye una concesión a China. Es una adaptación a la realidad.

Estados Unidos se enfrenta hoy a restricciones vinculantes en prácticamente todos los ámbitos. Mantener una postura avanzada y dominante en múltiples teatros resulta cada vez más costoso, particularmente con una armada que presenta cada vez más señales de incompetencia, problemas sociales internos de todo tipo y la falta de el consenso social necesario para sostener ningún proyecto. La ESN lo reconoce implícitamente al pasar de ambiciones maximalistas en el corto plazo a lo que podría denominarse una hegemonía selectiva y una hegemonía de bajo coste: la preservación de la influencia allí donde resulta más valiosa y rentable desde el punto de vista económico y estratégico, combinada con la delegación de cargas de seguridad en aliados y la retirada de la provisión de bienes públicos.

Retirada de la competencia militar y giro hacia la economía política

Como se ha mencionado, uno de los rasgos más llamativos de la ESN es la retirada relativa de la competencia militar explícita con China. Aunque la disuasión sigue siendo un objetivo declarado, el documento evita el lenguaje propio de la carrera armamentística o de la preparación para la guerra y su posicionamiento es secundario. En su lugar, prioriza la renovación interna, la capacidad industrial, la resiliencia de las cadenas de suministro y la competitividad económica. El marco de estos temas es, sin duda, agresivo, con denuncias de prácticas ilegales o desleales. Sin embargo, el objetivo está claro.

Este giro no es casual. Refleja la realidad interna de un EEUU que necesita extraer el máximo beneficio posible de toda su acción exterior frente a la naturaleza insostenible de su hegemonía. La hegemonía debe ser ahora de bajo coste, con descuento, en la que EE UU continúe extrayendo las rentas e incluso las aumente, a la vez que reduce su precio. La ESN entiende que la relación entre Estados Unidos y China genera beneficios económicos tangibles para la economía estadounidense y que una desvinculación total sería contraproducente. Tanto en China como en EEUU existe una línea de pensamiento con poder que respalda la desconexión económica en sectores cuyo potencial de fricción es susceptible de detonar la relación en general. Pero en esta admisión prima precisamente preservar la relación, y no la propia lógica de la desconexión y del «patio pequeño con valla alta». Se trata de una suavización notable de la prioridad estratégica revelada por la ESN que, combinada con el objetivo último de conservar la dominancia, equivale a ganar tiempo en la región mientras EEUU trata de retomar fuerzas.

Es muy probable que esta sea la visión dominante desde Pekín. Poco o nada dentro de la ESN se interpreta como un gesto de buena voluntad en lugar de una necesidad estructural. La oportunidad de una tregua es, realmente, una retirada similar a la representada por Trump y Xi en su cumbre de Busan, Corea del Sur. Indudable es que la pausa es también bien recibida desde Pekín ya que rebaja la tensión y le permite centrarse en sus prioridades del desarrollo económico interno. Pero EEUU se reajusta porque no tiene alternativa y no tiene en el presente la influencia necesaria. La superioridad en Asia ha desaparecido; la interdependencia económica no puede desmantelarse sin graves costes internos; y la cohesión de las alianzas es incompatible con las demás prioridades estratégicas.

Prioridades explícitas, límites implícitos

La ESN niega cualquier intención de aceptar esferas de influencia o de acomodar una primacía regional china. En este sentido, continúa la tradición de reclamar una esfera propia en las Américas mientras las niega a otras grandes potencias, como haría cualquier estado. Sin embargo, de manera implícita, el documento apunta precisamente en esta dirección. El reajuste hacia una presencia militar reducida, la insistencia en el «burden shifting» a los aliados (que seguirán sirviendo los intereses de EEUU sin las mismas garantías) y la absoluta prioridad en todo el documento del beneficio económico son admisiones tácitas de los límites del poder de EEUU en Asia a corto y medio plazo. Y, aunque es bien posible que EEUU aumente su capacidad nacional en los próximos años, no existe razón para pensar que esto se trasladará a una renovación de su dominancia en el continente frente a una China que seguirá aumentando su capacidad relativa.

No estamos todavía en una situación de concierto, ni mucho menos. En este momento, la ESN todavía contiene estos patrones de manera implícita. Efectivamente, el objetivo sigue siendo continuar el proyecto estadounidense de hegemonía y por tanto no apunta a una transición de poder ordenada o negociada. De hecho, como se verá, es probable que la relativa bajada de tensión resulte en un entorno regional más inestable. Sin embargo, las tendencias marcadas son claras y lo más probable es que Asia se dirija a un orden regional pluralista, con esferas sobrepuestas en el que la influencia de EEUU seguirá siendo relevante.

Más allá de lo particular del documento, este es el aspecto más significativo de la ESN. Indica que Washington podría estar preparándose para un mundo en el que ya no puede dominar simultáneamente todas las regiones. Asia, principalmente por la centralidad geopolítica del ascenso de China como gran potencia, es el escenario donde este proceso está más avanzado. Pero el mismo se dibuja en todas las regiones, incluida Europa, y sus implicaciones no son ni comprendidas ni mucho menos aceptadas en los niveles políticos más altos.

Por su parte, al negarse a reconocer explícitamente este cambio, Estados Unidos puede estar exacerbando la inestabilidad que ya de por sí produce. El contraste y ambigüedad de lo implícito y lo explícito, de los objetivos a corto y largo plazo, generan incentivos a la mala interpretación por parte de todos los actores implicados.

Los límites de la estabilidad

Paradójicamente, a medio y largo plazo, la ESN podría aumentar la inestabilidad en Asia Oriental. En términos formales intenta reducir la tensión al suavizar el discurso, limitar la implicación militar directa de Estados Unidos y dejar de lado las implicaciones ideológicas y existenciales que la competición había tomado en el pasado. Al mismo tiempo traslada una mayor responsabilidad a los aliados regionales: Japón, Corea del Sur y Filipinas, principalmente. Estos estados tienen situaciones políticas internas extremadamente distintas, relaciones variadas con China, prioridades de defensa divergentes y capacidades dispares. El único elemento unificados entre ellos, o por lo menos el más significativo, es su relación común de defensa con EEUU. 

En su mayor parte, China ha aprendido a valorar algunas de estas relaciones como positivas, en particular la de Japón pues neutraliza la posibilidad de una política de defensa independiente. China y Japón se encuentran ahora mismo en un punto bajo en sus relaciones tras las declaraciones de la primera ministra japonesa sobre Taiwán. Aunque este punto bajo no es de inflexión, sí refleja un progresivo deterioro causado por el doble evento estructural del ascenso de China y el repliegue de EEUU. Esto crea un potente incentivo para la normalización militar en Japón. Es extremadamente significativo que un estado cuya constitución limita de manera considerable su capacidad militar tenga en su espacio político el debate sobre la adquisición de armamento nuclear. La ESN sigue complicando este cálculo para todas las partes. Cualquier movimiento, aunque necesario, por parte de Japón no está todavía divorciado de su alianza con EEUU y, por tanto, se percibirá desde China como puro rearme o contención coordinada y no autonomía. Por su parte, Japón se encuentra en una clásica situación del dilema de la alianza, en concreto el miedo al abandono, que incentiva acciones de muestra de lealtad o de creación de conflicto para provocar un retorno del aliado, en este caso EEUU.

El caso de Corea del Sur es igualmente interesante. La relación de la República de Corea con China está en una fase de mejora sustancial. La presidencia de Lee Jae-myung, la transición de APEC de Corea del Sur a China como anfitrión y, en general, la gran sinergia económica entre los estados contribuye a este desarrollo. Corea es, si miramos a la historia, uno de los primeros lugares donde EEUU tiende a retirarse en periodos de repliegue. En adición, la principal razón por la que Corea del Sur se mantiene en órbita de EEUU a la vez que Japón, y por tanto frente a China en cuanto a defensa, es la existencia de Corea del Norte. En otras palabras, Corea del Sur no es un aliado natural contra China para EEUU y Japón. Dejando de lado las implicaciones para la política intercoreana y la unificación de la península, esto solo incluye un elemento más de contradicción y riesgo en la política de alianzas de la ESN. Existe un triple juego entre la necesidad de EEUU seguir contando con Corea del Sur frente a China, su objetivo de, a la vez, retirarse relativamente su presencia militar, y la necesidad de Corea del Sur de mantener una postura disuasoria frente al norte. La situación es paralela a la de Japón, pero con más posibilidades de error de cálculo por la existencia de una cuarta parte (Corea del Norte) y la afinidad estructural no manifestada entre China y Corea del Sur.

En Filipinas, la relación con China es una materia de amplio debate en su política interior, con distintas facciones usándola contra otras. Así pues, tiende a oscilar entre la confrontación y la acomodación incluso más que Corea del Sur. Además, el Mar del Sur de China es el principal escenario con riesgo de escalada, ya que el contacto entre guardacostas y fuerzas armadas es casi constante. En consecuencia, la ansiedad sobre el «burden shifting» presentado en la ESN aumenta también la dificultad del cálculo y crea incentivos perversos acentuados por la política nacional.

El principal punto es que Washington tiene control limitado sobre todas estas dinámicas. Al incentivar un mayor protagonismo regional sin renunciar a la ambigüedad estratégica, EEUU incrementa el riesgo de general para todos los actores a medio y largo plazo y con riesgo de que sus propios objetivos marcados por la ESN no sean factibles o sean contraproducentes.

Además, es necesario considerar la dimensión nuclear: una reducción de la presencia convencional estadounidense difícilmente vendrá acompañada de una reducción equivalente de los compromisos estratégicos. De hecho, incluso con la tendencia a la retirada, EEUU ha aumentado sus compromisos con actores en otra región en otra región de la que dice querer retirarse (Oriente Medio, con nuevo lenguaje a su compromiso con Catar y Arabia Saudí). En este caso, es muy probable que se compense con un mayor énfasis en la disuasión nuclear.

Esto sería extremadamente problemático. Las garantías nucleares son políticamente visibles, pero operativamente abstractas. Su credibilidad depende precisamente de la existencia de fuerzas convencionales robustas que permitan controlar la escalada y señalizar compromiso. Esto es más cierto incluso si la agresión a disuadir es convencional y mucho más si es asimétrica como en el Mar del Sur de China o las islas Diayou/Senkaku. Eliminar unas mientras se refuerzan las otras debilita la disuasión en lugar de reforzarla. Esta combinación (menos presencia convencional y más señalización nuclear) es intrínsecamente desestabilizadora.

Taiwán: ambigüedad estratégica sin estrategia

En lo relativo a Taiwán, la ESN dice sorprendentemente poco. Lo que dice se ajusta a la fórmula tradicional de la «ambigüedad estratégica», reafirmando la política de Una sola China y oponiéndose a cambios unilaterales del statu quo. Nos encontramos una vez más con la tradición presente en gran parte de la historia estadounidense: «kicking the can down the road».

Esta posición es cada vez menos sostenible. La ambigüedad estratégica funcionó en un contexto de abrumadora superioridad militar estadounidense y de capacidades chinas limitadas. Ninguna de esas condiciones existe hoy. Sin embargo, la ESN no ofrece un marco alternativo, ni una hoja de ruta para la desescalada, ni un reconocimiento de los factores estructurales que empujan la cuestión hacia una crisis. Esto se combina con la situación interna de la isla que tiende a cada vez más inestabilidad y la securitización de relaciones a través del Estrecho, uno de los factores que más determina la acción por parte de Pekín e históricamente solo ha sido neutralizada por señales explícitas desde Washington de no-apoyo a la independencia y llamada a la contención por parte de actores en la isla.

La explicación más plausible de la relativa omisión es política: Taiwán se está posponiendo. Todo indica que se reserva para una negociación al más alto nivel, posiblemente en un encuentro entre Trump y Xi previsto para la primavera, aunque Trump ha prestado muy poca atención al tema durante su segunda presidencia. Taiwán sigue siendo el punto de fricción más peligroso de la relación sino-estadounidense y su margen de error es cada vez más reducido.

El punto ciego de la «Doctrina Monroe»

Uno de los aspectos menos explorados, pero potencialmente disruptivos de la ESN es la reactivación de la Doctrina Monroe (que en verdad nunca fue desactivada), ahora reformulada a través de lo que llama el «corolario Trump». El hemisferio occidental vuelve a presentarse como una esfera de interés privilegiado de EEUU, donde la influencia externa, implícitamente, la china, se considera ilegítima y la intervención de Washington, legítima y necesaria. Sin embargo, ahora esta «influencia» ya no es la alianza o despliegue militar de potencias extrahemisféricas, sino la posesión de recursos naturales e infraestructura.

Esto resulta especialmente problemático dada la profunda implantación de China en América Latina. Aunque lejos de sus interacciones con el resto de Asia y con África, durante las dos últimas décadas, el comercio, la inversión y la financiación chinas se han convertido en elementos importantes del modelo de desarrollo regional. Esta relación no surgió de afinidades ideológicas sino de un abandono estructural. El capital chino ha ocupado vacíos dejados por la falta de interés estadounidense y europeo, a menudo en condiciones percibidas por los países receptores como pragmáticas y poco intrusivas.

La ESN propone exactamente lo contrario: una renovada implicación estadounidense condicionada al alineamiento político, la lealtad, la exclusión de actores chinos y de carácter coercitivo. Incluso con una América Latina virando a la derecha (tras su último viro a la izquierda), es poco probable que esta estrategia tenga éxito ya que no propone un modelo capaz de llenar el vacío que ha aprovechado China. EEUU y Europa cuentan con grandes ventajas comparativas respecto a China en su relación económica con Latinoamérica, pero la ESN sigue sin aprovecharlas y recurre a la coerción y la fuerza bruta.

Si Washington intenta imponer una elección de suma cero, el resultado no será una hegemonía renovada, sino una mayor fricción. En dudoso caso de que la intervención sea generalizada y sistemática, es inescapable que esto tenga efectos secundarios muy negativos para la visión de la relación China-EEUU presentada en la ESN. Sin embargo, Trump es el presidente de las victorias fáciles y esto no lo sería, así que es muy probable que el «corolario Trump» a la Doctrina Monroe quede en otro «highlight» para la televisión más allá de pequeños eventos.

Estrategia sin estrategas

Por último, cualquier evaluación de la ESN debe tener en cuenta la brecha entre estrategia e implementación. Donald Trump nunca ha mostrado inclinación a respetar normas, instituciones o siquiera sus propios marcos estratégicos. La ESN puede articular una visión coherente, pero no hay garantía alguna de que guíe la acción política. Además, existe manifiesta tensión entre la ESN y la Estrategia de Seguridad Nacional (National Defense Strategy, NDS) del Pentágono, cuya publicación tuvo que ser retrasada precisamente por esto. Su orientación y autoría divergen significativamente de la ESN, dado el menor peso del equipo de planificación del Departamento de Estado.

La incompetencia del liderazgo del Departamento de Defensa complica aún más el panorama. Marco Rubio parece haberse hecho con el control del aparato burocrático del Departamento de Estado y el eviscerado Consejo de Seguridad Nacional. En el Pentágono, por su parte, existen figuras más abiertamente confrontacionales como el subsecretario de Defensa para la planificación, Elbridge Colby, que podrían incluir un grado más de incoherencia entre estrategias. Esta incoherencia estratégica se convertirá en incoherencia práctica y contraproducente.

Tensión y transición

La Estrategia de Seguridad Nacional no es un plan para la victoria, sino un documento de transición. En la mente de sus autores y signatarios, una transición hacia la victoria, pero, en realidad, hacia la lidia implícita e imperfecta con los límites de su propio poder. EEUU busca conservar su hegemonía sin sus costes, produciendo en consecuencia disonancia entre ideas y realidad.

Es posible que este enfoque contribuya a extender la estabilidad de la relación acordada en Busan a corto plazo, pero no parará las tendencias subyacentes. Al negarlas, solo contribuirá a su exacerbo, la emergencia de esferas de influencia y su solapación. Si se quiere ver una implicación positiva, es que la existencia de una estrategia que reconoce inconscientemente esta realidad puede dar luz a una que lo haga conscientemente y traiga una alternativa positiva y coherente a la gran estrategia estadounidense.

Mientras tanto, para Europa, la lección debería ser evidente. La ESN no es una anomalía; es la continuación de tendencias bien establecidas. La cuestión no es si Estados Unidos está cambiando, sino si estamos preparados para comprender, y adaptarnos a, el mundo que ese cambio está produciendo.

Álvaro Tejero García es analista del Observatorio de Asia de la Universidad Francisco de Vitoria

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