The Objective
Internacional

Europa: cambiar o morir (y ponerse de acuerdo ayudaría a la supervivencia)

Una semana de reuniones de alto nivel sobre los retos urgentes en seguridad, defensa, economía y tecnología

Europa: cambiar o morir (y ponerse de acuerdo ayudaría a la supervivencia)

Ursula Von der Leyen, Friedrich Merz, Emmanuel Macron y Alexander Stubb en el Despacho Oval. | Zuma Press

Los líderes europeos —sobre todo los que se dedican a gobernar, no a estar en el Gobierno a cualquier precio— abordan esta semana reuniones importantes para el futuro de la UE. Este miércoles se vieron en Bruselas los responsables de Defensa. Hoy y mañana es el turno de jefes de Estado y de Gobierno en el castillo de Alden Biesen, en la localidad belga de Rijkhoven. Y entre el viernes y el domingo se celebra la conferencia de Múnich, la más importante cita anual sobre seguridad y defensa. La tarea de estos líderes es difícil, tanto en el tablero global como en los escenarios nacionales: hay 27 países, no uno —como EEUU, China y Rusia—, con partidos tradicionales en caída libre y opiniones públicas en ocasiones muy enfrentadas.

Seguramente, la cuestión de la que más depende el futuro de Europa tiene que ver con la crisis del vínculo atlántico. Esta crisis, agravada y exasperada por la manera de hacer política de Donald Trump, exige acelerar la integración europea en materia de seguridad y defensa. La Casa Blanca es un factor de desestabilización para sus antiguos aliados europeos —la de Trump de manera obvia y áspera, pero ya las anteriores miraban al Pacífico más que al Atlántico—, como ha quedado claro en la Estrategia Nacional de Seguridad estadounidense.

EEUU cuestiona la OTAN, trata a Rusia como posible socio y concentra todos sus esfuerzos en frenar a China. De ahí la importancia y la urgencia de crear las estructuras de la futura defensa europea frente al nuevo mundo dominado por Washington, Moscú y Pekín. En este escenario se celebra la reunión de Múnich, en la que se verán en estos tres días algunos de los actores principales de la situación, desde Marco Rubio, secretario de Estado de EEUU —y consejero de Seguridad Nacional, lo que frecuentemente se pasa por alto— hasta el nuevo canciller alemán, Friedrich Merz, un hombre clave en la difícil relación entre europeos y estadounidenses.

Merz entiende a la perfección que los viejos tiempos no van a volver y que es imprescindible que Europa dé pasos adelante firmes hacia su independencia en defensa y tecnología. Es un pragmático que no pierde tiempo en la nostalgia de la vieja relación especial y que parece dispuesto a que Alemania lidere y ponga el dinero y la voluntad política que hacen falta para la necesaria autonomía defensiva europea. En Múnich estarán también el holandés Mark Rutte, ese secretario general de la Alianza Atlántica que tantos esfuerzos hace para no molestar a Donald Trump, y Volodímir Zelenski, presidente de Ucrania, que dijo el pasado viernes que Trump quiere que la guerra esté resuelta antes de junio y que, según Financial Times, va a convocar elecciones y un referéndum sobre el posible acuerdo de paz el próximo 24 de febrero.

De la situación en Ucrania —precisamente el día 24 se cumplen cuatro años de la invasión de Rusia— se hablará en Múnich, igual que se habló este miércoles en la reunión de ministros de Defensa de los 27 en Bruselas. A la cita asistió el nuevo responsable de Defensa de Ucrania, Mykhailo Fedorov, que expuso las necesidades del país, desde sistemas de defensa aérea hasta refuerzos y municiones que sostengan al agotado ejército ucraniano. Hasta el momento, los esfuerzos —mejorables— de ayuda de la UE a Ucrania se ven contrarrestados por la especial relación entre Trump y Putin.

Este último trata de lograr el respaldo de EEUU a sus condiciones para poner fin a la agresión, y algunas de ellas —las posibles concesiones en el este de Ucrania, por ejemplo— son muy difíciles de tragar para Kiev y deberían serlo también para los países europeos, por su propio bien. Europa, que necesita un verdadero ejército propio, no puede permitirse la derrota en Ucrania antes de tenerlo.

Entre la reunión de Bruselas y la de Múnich, la cita informal —es decir, la importante— de los jefes de Estado y de Gobierno de los 27 en Rijkhoven, más centrada en los problemas internos de la Unión: el crecimiento de la economía, la simplificación de la burocracia reguladora y la recuperación de la competitividad reclamadas por Mario Draghi y los avances hacia el mercado único planteados por Enrico Letta —ambos estarán presentes en la reunión—, y la hoy insalvable dependencia europea en tecnología e inteligencia artificial. La fragmentación financiera —27 sistemas diferentes— es una losa insoportable, recordó ayer Ursula von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea.

De todas estas reuniones —y de los retos que tiene por delante— se deduce fácilmente que Europa no puede seguir como hasta ahora. Necesita cambiar, y pronto. Cambiar en cuanto a su toma de decisiones, porque la unanimidad entre los 27 es paralizadora; cambiar su forma de gobernar y la relación entre las instituciones, y avanzar —aunque la situación política en Alemania, Francia e Italia no lo va a facilitar, desde luego— en la integración federal de los países, por razones económicas, tecnológicas y de seguridad.

El momento es trascendental. Empieza a haber conciencia de ello entre los europeos, pero el panorama es muy complejo. Según un sondeo hecho en 13 países, entre ellos España, y publicado este miércoles por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR), —The European archipelago: Building bridges in a post-Western Europe—, los europeos «se sienten pesimistas sobre el futuro del mundo y de sus países». La mayoría entiende que «Estados Unidos ya no puede considerarse un aliado fiable», y también la mayoría «acepta la necesidad de aumentar el gasto en defensa», aunque los que piensan así, señala el ECFR, no siempre pertenecen a las mismas opciones políticas, con lo que «la formación de coaliciones se necesita como nunca antes».

Los analistas del Consejo —Célia Belin y Pawel Zerka— hablan de Europa como «un archipiélago en el que solo una minoría es plenamente consciente de la brutalidad del mundo de la década de 2020». Pensando en cómo formar coaliciones de acción, puentes para el archipiélago, entienden que hay seis grupos distintos de europeos, dependiendo de sus opiniones sobre la relación con EEUU, el gasto en defensa y si les parece que la UE ha hecho un buen trabajo en la defensa de los valores importantes. Esos seis grupos, y la fuerza que tiene cada uno en la opinión pública de los 13 países encuestados, son los siguientes: los eurohalcones (28%), que no ven a EEUU como un aliado y respaldan el aumento del gasto en defensa; los europalomas (21%), que no apoyan este aumento; los atlantistas (12%), que aún ven a EEUU como un aliado pero que están a favor de fortalecer la defensa europea; los renegados (15%), que dicen no a todo: a EEUU y a la propia UE, y no apoyan un aumento en el gasto de defensa; los nacionalistas (12%), que no creen mucho en Europa, y no ven a EEUU como un aliado; están a favor de que haya más gasto defensivo; y los trumpistas (5%), que ven a EEUU como un aliado y creen que la UE hace casi todo mal.

¿Puede Europa, con estas diferencias tan serias y con los populismos y los nacionalismos en ascenso, tomar las decisiones adecuadas para jugar un papel relevante como cuarto actor en la escena global? ¿Puede tener una visión unida sobre su futuro con sensibilidades tan distintas en asuntos clave para su supervivencia?

Si no puede, ese futuro es muy dudoso. Es difícil depender de la salud del eje París-Berlín, que está de nuevo en un pésimo momento; es ilusorio esperar a que haya líderes estadounidenses de mayor altura en la Casa Blanca, porque la brecha atlántica se puede suavizar, pero no revertir; y es suicida quedarse quietos en cuanto al crecimiento económico, la revolución tecnológica y la organización de la propia defensa.

Europa tiene enemigos internos y externos que quieren verla saltar por los aires. Ya no vale repetir una y otra vez que ha sabido salir siempre de todas sus crisis. Es verdad, pero las reglas de juego del siglo XXI que se están configurando ahora no van a tener piedad para la inercia, la complacencia y el continuismo. Cambiar o morir, Europa.

Publicidad