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De Teherán al Donbás: cómo la guerra con Irán puede cambiar el destino de Ucrania

La petición de ayuda de EEUU y de otros países a Zelenski para derribar drones iraníes eleva el peso estratégico de Kiev

De Teherán al Donbás: cómo la guerra con Irán puede cambiar el destino de Ucrania

Un niño sostiene un cartel del ya fallecido líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, delante de un dron Shahed-136 | Sobhan Farajvan / Zuma Press

La guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán ha abierto un nuevo frente geopolítico cuyas consecuencias empiezan a sentirse mucho más allá de Oriente Próximo. Aunque el conflicto se desarrolla a miles de kilómetros del frente europeo, su evolución puede alterar el equilibrio estratégico de la guerra entre Rusia y Ucrania.

La razón es que los dos conflictos ya no funcionan como escenarios independientes. Tecnología militar, inteligencia estratégica y doctrinas de combate circulan entre aliados y adversarios. La guerra en Ucrania se ha convertido en el principal laboratorio donde se prueban muchas de las herramientas militares que ahora aparecen también en Oriente Próximo.

En ese sentido, el vínculo entre ambos conflictos es cada vez más directo. Los rivales de Estados Unidos —Rusia e Irán— han estado aprendiendo tácticas y tecnologías militares el uno del otro durante los últimos años.

Rusia e Irán: cooperación en tiempo real

Un ejemplo reciente ilustra hasta qué punto esta cooperación ha alcanzado un nuevo nivel. The Washington Post informó el pasado viernes de que Rusia está proporcionando a Irán inteligencia militar para ayudarle a atacar posiciones estadounidenses en Oriente Próximo, incluyendo información sobre la ubicación de buques de guerra y aeronaves de Estados Unidos.

Este intercambio de inteligencia sugiere que el conflicto está evolucionando hacia un escenario en el que los adversarios de Washington cooperan activamente entre sí incluso en frentes distintos.

El presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, y el presidente de Rusia, Vladímir Putin, durante una reunión en diciembre de 2025 / Kristina Kormilitsyna / Zuma Press.

La lógica estratégica es evidente. Rusia ha pasado los últimos cuatro años perfeccionando sus capacidades de vigilancia, reconocimiento y selección de objetivos en el campo de batalla ucraniano. Esa experiencia puede resultar extremadamente valiosa para un país amigo como Irán, cuya infraestructura de satélites y de inteligencia es muy limitada.

La guerra de drones

La conexión entre ambos conflictos se observa con especial claridad en el campo de los drones. La guerra en Ucrania ha sido el escenario donde se ha desarrollado una nueva forma de guerra aérea basada en el uso masivo de plataformas baratas capaces de saturar defensas costosas.

Desde el inicio de la invasión rusa, Moscú ha lanzado más de 54.000 drones de largo alcance contra territorio ucraniano. En algunos episodios, la intensidad de los ataques ha alcanzado niveles inéditos. En una sola noche de septiembre se utilizaron 810 drones, una cifra que ilustra la escala industrial que ha alcanzado esta guerra tecnológica.

Buena parte de esos drones procede de la cooperación entre Moscú y Teherán. Irán suministró inicialmente a Rusia los drones Shahed, diseñados como municiones aéreas capaces de recorrer largas distancias antes de impactar contra su objetivo.

Una decena de drones Geran rusos, derribados por Ucrania, expuestos en las calles de Kiev. | THE OBJECTIVE

Con el tiempo, Rusia no solo utilizó estos sistemas, sino que adaptó el diseño de los Shahed y comenzó a producir versiones propias conocidas como Geran («geranio», en español). La cooperación fue aún más lejos cuando Irán ayudó a Rusia a establecer una fábrica de drones en Yelabuga, en la región rusa de Tatarstán. Esta instalación industrial fue concebida para garantizar un suministro constante de drones destinados al frente ucraniano.

La economía de la guerra de drones

El éxito de esta estrategia se explica por un factor económico fundamental. En la guerra aérea moderna existe un enorme desequilibrio entre el coste del ataque y el coste de la defensa.

Un Shahed puede costar alrededor de 20.000 euros. Un misil interceptador puede alcanzar los 3 millones. Este desequilibrio permite que el atacante obligue al defensor a gastar enormes cantidades de recursos para neutralizar amenazas relativamente baratas.

Por esa razón, la guerra contra Irán ha provocado una situación paradójica. Ucrania, país que durante años ha dependido del apoyo militar occidental, se ha convertido ahora en una fuente de conocimiento estratégico para las propias potencias occidentales. Estados Unidos y varios países árabes han solicitado la colaboración de Ucrania para mejorar la defensa frente a drones iraníes. La experiencia acumulada por el ejército ucraniano durante años de ataques masivos ha generado un conocimiento técnico que hoy resulta extremadamente valioso para enfrentar amenazas similares en Oriente Próximo.

En particular, los estrategas de la región se interesan por los sistemas desarrollados por Ucrania para interceptar drones de bajo coste mediante drones cazadores, guerra electrónica y redes de sensores baratos, como sus sistemas Octopus o los drones anti-Shahed de la empresa General Cherry. Este modelo permite neutralizar ataques masivos sin recurrir continuamente a interceptores multimillonarios.

Los drones de la empresa ucraniana General Cherry se pueden adquirir desde su web por 62.900 grivnas, poco menos de 1.400 euros la unidad.

El propio presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, confirmó que Estados Unidos ha solicitado asistencia técnica a Ucrania para mejorar la defensa frente a los drones iraníes. Kiev ha respondido ofreciendo especialistas y experiencia operativa acumulada durante los años de ataques rusos. En otras palabras, las armas que Irán diseñó y que Rusia utilizó contra Ucrania han terminado convirtiendo a Ucrania en uno de los países con mayor experiencia del mundo para neutralizarlas.

Este nuevo papel también abre un escenario de cooperación militar inédito. Kiev ha dejado claro que cualquier transferencia de tecnología deberá garantizar que la defensa aérea ucraniana no se vea debilitada frente a Rusia. Al mismo tiempo, el Gobierno ucraniano ha sugerido la posibilidad de intercambiar drones interceptores por misiles de defensa aérea, lo que permitiría reforzar sus propias capacidades frente a los ataques rusos.

En consecuencia, este cambio de roles puede tener implicaciones políticas en la relación entre Kiev y la Administración estadounidense. Si la tecnología y la experiencia ucraniana resultan útiles para enfrentar a Irán, el valor estratégico de Ucrania para Estados Unidos aumentará.

Algunos analistas consideran que esta circunstancia podría influir incluso en la percepción de Donald Trump sobre la guerra en Ucrania. El presidente estadounidense ha mostrado en diversas ocasiones escepticismo sobre el volumen de ayuda militar destinado a Kiev. Sin embargo, si Ucrania pasa a ser vista no solo como un aliado necesitado de apoyo, sino como un socio que aporta soluciones tecnológicas a una amenaza común, el enfoque de Washington hacia Zelenski podría dar un giro radical.

El cálculo estratégico del Kremlin

Al mismo tiempo, el nuevo conflicto introduce un nuevo elemento en el cálculo estratégico de Moscú. Por un lado, Rusia percibe posibles beneficios si Estados Unidos queda atrapado en un enfrentamiento prolongado en Oriente Próximo. Una guerra prolongada en Oriente Próximo consumiría recursos militares estadounidenses y absorbería capital diplomático y atención estratégica. Los sistemas de defensa aérea, munición de precisión y recursos logísticos que hoy se utilizan para apoyar a Ucrania podrían verse desviados hacia la defensa de bases estadounidenses y aliados regionales.

Desde esta perspectiva, cualquier conflicto que obligue a Washington a dividir sus recursos estratégicos puede reducir la presión sobre el frente ucraniano. Sin embargo, Moscú también es consciente de que la guerra contra Irán puede traer consecuencias negativas. Dado que el país persa es uno de los principales proveedores de tecnología militar para Rusia, si el conflicto debilita la capacidad industrial iraní u obliga a Teherán a concentrar sus recursos en su propia defensa, el flujo de tecnología y componentes hacia Rusia podría verse afectado.

Por eso el Kremlin mantiene una postura ambigua. Por un lado, desea que Estados Unidos quede atrapado en un conflicto largo en Oriente Próximo que disperse sus recursos. Por otro, teme que Irán salga debilitado y que eso reduzca el apoyo tecnológico que Moscú ha recibido durante la guerra en Ucrania.

Un nuevo tipo de guerra global

Todo esto refleja un cambio profundo en la naturaleza de los conflictos contemporáneos. La guerra en Ucrania ya no es únicamente una confrontación regional entre Rusia y su vecino occidental. Se ha convertido en el escenario donde se prueban tecnologías, doctrinas y alianzas que influyen en otros conflictos.

Los drones iraníes se prueban en Ucrania. Las tácticas rusas se perfeccionan allí. La experiencia ucraniana se estudia ahora para enfrentar amenazas similares en Oriente Próximo. En este contexto, la guerra contra Irán no es simplemente una crisis regional más. Es un nuevo elemento en un sistema de conflictos interconectados donde cada frente puede modificar el equilibrio estratégico de los demás.

Por eso, el camino que conecta Teherán con el Donbás ya no es solo una metáfora geopolítica. Es la expresión de una guerra cada vez más global, en la que las innovaciones militares, la inteligencia estratégica y las rivalidades entre potencias se trasladan rápidamente de un escenario a otro.

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