Trump, un César turbio y confuso
«Su mundo parece el de alguien que destapa y hacer hervir todas las ollas, pero no ha consumido o arreglado ninguna»

Imagen generada con IA.
No se piense que hablo solo de izquierda o de derecha, aunque muchos lo lleven todo ahí. Un ejemplo muy contundente para empezar: aseguro que el régimen castrista-estalinista que lleva tantísimos años destruyendo Cuba (y que he podido ver en directo) y que parece estar en el fondo más oscuro de su propio pozo, me resulta cada vez más repugnante. Deseo plenamente el final de ese régimen, que de algún modo el peculiarísimo Trump tiene prometido. Pero es de mal estilo político y personal, porque suena a prepotente chulería y a claro imperialismo, contestar al ser preguntado por Cuba: «Ahí está, puedo hacer lo que quiera con ella». Mucha gente podría esperar y aplaudir de corazón que EEUU luche por la libertad de otros pueblos o ayude a ella —aunque sepamos bien que eso no es gratis—, pero aludir a la sufrida isla como quien tiene un juguete y no sabe —ya veremos— qué hacer con él, la verdad es que puede llamarse grosero. ¿Se le ocurrirá convertir Cuba en un puro paraíso turístico, tipo Las Vegas, imagen del mal gusto? Ya lo dijo de Gaza (y nada hemos vuelto a saber), pero se trata de orbes distintos. Se dijo que la Cuba de Batista era un burdel para yanquis, esencialmente —y era mucho más próspera que la Cuba de Castro—, pero lo de poner como destino de Cuba, a priori, como el paraíso turístico estadounidense, entre otras cosas porque está muy cerca, no creo que ilusione mucho a los cubanos ni a casi nadie. Además, si se lleva al indeseado Miguel Díaz-Canel, que parece querer ponerse gallito, y lo sitúa junto a Maduro, pero no hace mucho más, volveremos al problema de Venezuela, el primer fuego artificial de Trump, que es un pastel apenas empezado a elaborar.
Se dirá que en estos exactos momentos la guerra de Irán (más dura de lo que parecía, incluso contando con Israel) deja menos tiempo para pensar en Venezuela, que está «vigilada» pero que no ha cambiado de régimen. Veremos. Respecto a Irán, donde se ve ayudado —nadie quiere a los ayatolás—, pero solo, acaba de decir al pedir 200.000 millones de dólares más para la guerra de Ormuz: «Hace falta dinero para matar a los malos». Es una frase infantilona e incluso frívola, si no estuviéramos hablando de una guerra aérea y naval de tremendas destrucciones. Dice mucho de Trump ese estilo neroniano de subir o bajar el pulgar para condenar o salvar, según el puro humor de cada día… Según él, la guerra de Irán está ya ganada por los estadounidenses, pero (aunque la ganen al final, a mucho mayor coste) ahí sigue, para mal de todos, incluso para mal de los propios EEUU. Hace poco más de una semana el secretario Marco Rubio dijo que María Corina Machado podría volver muy pronto a Venezuela. Pero no es muy difícil ver que el chavismo sigue instalado allá. Delcy ha sustituido a un general del ala dura, pero casi a la par, Jorge Navas, comandante de los colectivos chavistas, declara lo siguiente: «Si María Corina regresa a Venezuela, será detenida por traición». No son palabras menores. ¿Manda Delcy? ¿De verdad es muy vigilada, Zapatero aparte? ¿Manda Rubio? Ahí volvemos a ver que el mundo de Trump, hasta ahora, parece el de alguien que destapa y hace hervir todas las ollas, pero por ahora no ha consumido o arreglado ninguna.
Pensar en tantas guerras reales o amenazas, tanto desaguisado para construir el mundo u orden nuevo que desea este César muy vulgar, caprichoso, incluso juguetón, da motivos de reflexión, pero no alienta. No hace dos días un corresponsal español en Washington mostraba los arreglos cesaristas que Trump está haciendo en la Casa Blanca. Las rocallas doradas, que sobreabundan, son muy visibles ya en el Despacho Oval, pero eso es poco. Un corredor interno recoge imágenes de todos los presidentes estadounidenses (dos de Trump), nuevos adornos dorados y unos textos —el corresponsal no ha explicado— que deben comentar aspectos de cada mandatario. El «niño» gruñón se deja ver enseguida: En el retrato que dice Biden, solo se ve un bolígrafo. ¿Está en diseño todavía? Pero lo mejor es que el edificio tiene capiteles jónicos de estilo dieciochesco. Donald Trump encuentra muy sobrio ese estilo para su grandeza (no lo es, el sobrio es el dórico) y ya ha pedido que las columnas lleven pronto capiteles corintios, no sé si también con purpurina. Cunden en la mansión dorados, mármoles múltiples y música a buen volumen que se escucha todos los viernes. Sí, todo esto está en relación con la guerra de Irán, con el problema de Venezuela, con la sombra de Cuba (entre muchas más cosas) y —parece entenderse— la sensación de que Trump, que este año cumple 80, va a resultar poco menos que inmortal.
Se dice menos que Trump (infantil y anciano, rebosante de cesarismo) tiene una notable oposición dentro de EEUU, donde parece que el partido Demócrata pasa un no buen momento. Desde que a fines del siglo XIX comenzó el galopante imperialismo gringo, ser anti-EEUU ha sido y es una constante. No quiere decir que todos los estadounidenses den muestras de ser como Trump o de aplaudir su vulgaridad, pero es inevitable la salpicadura: Puedes adorar a Whitman o hasta a Andy Warhol y ver la siniestrez de Trump. La actitud antiyanqui obviamente crece, pero no solo por la brutal tosquedad pseudorefinada del presidente, sino porque su modo de hacer (por hoy) es revolver todo y aún no solucionar nada. Dentro de poco, verán, Trump se paseará en landó o carroza heráldica, como sus primos británicos, con un lema en el escudo de las portezuelas: IN TRUMP WE TRUST.
