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Enfoque global

¿Quién defiende el derecho internacional?

«En la guerra de EEUU e Israel contra Irán, Sánchez apoya al régimen menos democrático de los tres»

¿Quién defiende el derecho internacional?

Bombardeo estadounidense en Teherán. | Reuters

El «no a la guerra» es un tópico compartido por gente de ideas muy diversas. Pero hasta quienes lo emplean lo hacen de modo selectivo. Ya se recoge en la Constitución apostólica Gaudium et Spes, por ejemplo. Así, en su punto 116 puede leerse, literalmente: «Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra». Para ello, suele citarse a Pío XII, que ya mencionó esa máxima, quizá por ser un papa especialmente sensibilizado con el tema, pues le tocó lidiar con la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en todos los casos, se trata de la manifestación de un deseo. Muy acorde con la naturaleza misma del Concilio Vaticano II, que nunca fue dogmática, sino apostólica. Luego, en la encíclica Fratelli Tutti, Francisco volvió a desempolvar la máxima. Es decir, no innovó nada. Sin embargo, en todos los casos, se trata de la manifestación de un deseo. Pero lo cierto es que los papas nunca han renegado de la tradición católica al respecto, que es amplia, profunda y muy matizada. Si acaso, han discutido, pues tienen autoridad para ello, algunas justas causas, como la «guerra punitiva», así como algunos medios, como las armas nucleares. Pero no confunden el deseo con la realidad. Eso nunca.

De hecho, la doctrina católica, en este y otros puntos, es fruto de la Revelación y de la tradición, y ha debatido durante años, dentro de los márgenes de ambas, la naturaleza moral de la guerra y bajo qué estrictas condiciones de ius ad bellum y de ius in bello alguna guerra podría llegar a ser justa. Es curioso, porque muchos políticos, diplomáticos y periodistas, así como la inmensa mayoría de mis alumnos, piensan que esta teoría surgió para legitimar las guerras, o incluso para promocionarlas. Cuando, en realidad, es al revés: guerras ya las había antes de que Dios se encarnara en Jesucristo. Incluso hubo genocidios: el Antiguo Testamento da cuenta de algunos de ellos, con amalecitas y cananeos como víctimas. Pero la Revelación, y luego la tradición —en la que fue capital la aportación de san Agustín de Hipona—, tratan de limitar toda esa violencia.

Dentro del riquísimo debate en el seno del catolicismo (nada que ver con la pobreza, superficialidad y banalidad de los pseudodebates de las democracias contemporáneas), ya hubo quien trató de poner sobre la mesa un «no a la guerra» con pretensiones de ser algo más que la exclamación de un deseo. Ese alguien se llamaba Erasmo de Rotterdam. Lo intentó, sí. En su obra Elogio de la locura (1511) dijo que la «guerra es más propia de las fieras que de los hombres» (pág. 102 de la edición de Altaya, de 1993). Luego, en Lamento de la paz (1516), añadió que, en consecuencia, los militares eran una «legión de asesinos» (pág. 120 de la edición de Acantilado, de 2020). Quizá es esto lo que pensaba Sánchez cuando dijo, en su enésimo cambio de opinión, que, si sobraba algún ministerio, este era el de Defensa.

¿Cuál es el problema de Erasmo? Que también tuvo que cambiar de opinión para, de ese modo, alinearse con la doctrina tradicional católica, ya muy asentada en el siglo XVI, pues santo Tomás de Aquino perfiló un poco más la doctrina de san Agustín, que es, en esencia, la que defiende la Iglesia todavía hoy. Cambió de opinión al tomar nota de la ofensiva de los «turcos». Entonces adujo que sí era justa una guerra, defensiva, planteada contra los «turcos». Para rastrear eso hay que bucear en una obra menos conocida del holandés, a saber: Ultima Consultatio de Bello Turcis Inferendo, de 1530. Ya, pero entonces, sin Ministerio de Defensa… ¿qué hubiera hecho el pobre Erasmo? Pedir ayuda al cristiano protestante Trump, supongo.

En todo caso, queda claro que, en el seno del catolicismo, hubo un debate importante que se prolongó durante siglos acerca de las condiciones de posibilidad de una guerra justa. No se improvisa nada. Por el contrario, se reconoce sin problemas dónde queda el deseo y qué decir para gestionar la compleja realidad cotidiana.

La profecía de Isaías, conforme a la cual las armas se transformarán en arados, remite al fin de los tiempos, no a hoy. La doctrina de la guerra justa ha sido elaborada en el transcurso de unos 1.500 años (alguno más, hilando fino) y es triste observar cómo gente sin conocimiento de ello apela a palabras útiles, supongo que con base en cuestiones de comunicación y márketing político-electoral. Pero esas personas, aunque sean presidentes, no superarían un examen elemental, con dos o tres preguntas consecutivas, sobre el tema. Su única esperanza es que sus interlocutores sean todavía más ignorantes que ellos mismos. A veces, ocurre.

No entro en el debate acerca de si existe, o ni siquiera, el derecho internacional. Mis viejos mentores de filosofía del derecho insistían mucho en que no existe derecho si no hay una capacidad de coerción que pueda exigir su cumplimiento. Pero podemos pactar que, pese a todo, el derecho internacional existe. Siempre y cuando seguidamente aceptemos que es fútil. Los hechos así lo demuestran. Eso tampoco es garantía de moralidad. Porque, al fin y al cabo, el derecho positivo no es más que el subproducto de una correlación de poder en el momento de aprobarlo. Es mucho más estable el derecho natural. Pero no está de moda. Así que podemos obviar, también, ese interesante debate.

Con todo, ese corpus, con pretensiones de juridicidad innegables (siquiera sea como pretensiones), aspira a contener una serie de normas que los miembros de la mal llamada «comunidad» internacional (mal llamada, digo, pues es obvio que no superaría la prueba del algodón de la teoría de Tönnies) deberían seguir. Si eso es así, ya tenemos de dónde agarrarnos para proseguir la discusión, aunque solamente sea un clavo ardiendo.

Entonces, ese corpus, con pretensiones de juridicidad, permite indicar que, ciertamente, la guerra de Irán (es decir, el ataque a Irán) no supera el filtro. Sánchez sabe eso (pues es bastante elemental) y, por ello, defiende ese corpus. Ahora bien, no puede decir que no está a favor de la guerra y sí, solo, del empleo de la fuerza en legítima defensa, cuando él ha sido protagonista de un cambio de rasante importante en la política exterior española en relación con el conflicto del Sáhara Occidental. No en vano, ahí apoya las razones del Estado agresor (que tiene nombre: Marruecos) y, con ello, deslegitima a la sociedad agredida (la saharaui).

Pero, además, para más inri, lo hace contra el criterio expreso de la organización llamada a hacer respetar ese derecho: la ONU (Resolución 1.514 (XV) de 1960; Res. CS 1.690 (1991) y dictamen del TIJ de 16 de octubre de 1975). Según esas resoluciones y dictámenes, el Sáhara Occidental es un territorio «no autónomo», a descolonizar, y, según el segundo de los documentos indicados, se crea una misión internacional (MINURSO) para apoyar el proceso de descolonización, siendo Marruecos la potencia agresora. Pero, en ese caso, Sánchez está con el agresor.

Entonces, descubierto el entuerto, la única pregunta posible y pertinente es: ¿con qué criterio actúa Sánchez? A tenor de sus vagas y huidizas respuestas parlamentarias, lo hace porque así lo hacen nuestros aliados. Esto es, o bien porque suelen tener buen criterio (mejor que el del derecho) o bien para no quedarse solo. Más probablemente, por una combinación de ambas cosas. Muy bien. Pero, si es así… ¿por qué ha cambiado de opinión? (Una vez más, por otra parte).

Ahora se está quedando solo de verdad. Luego, no iba por ahí. Aunque ni el derecho internacional ni la tradición de la guerra justa admiten, en principio, que se puedan empezar guerras para forzar cambios democráticos manu militari, alguien podría pensar que las cosas van por ahí. Al fin y al cabo, Trump está perseverando contra falsas democracias, como la venezolana, y contra regímenes que disimulan menos, como la teocracia iraní. Pero, si ponemos ese argumento sobre la mesa, el balance de Sánchez sería exasperante.

Me explico: por fin podríamos encontrar algo de coherencia en su quehacer político, cosa que parecía impensable. En efecto: en la guerra de EEUU e Israel contra Irán, Sánchez apoya al régimen menos democrático de los tres (que esta vez es, ciertamente, el agredido); en la guerra de Marruecos contra el Sáhara Occidental, Sánchez apoya, de nuevo, al régimen menos democrático (que esta vez es, para mayor escarnio, el agresor).

Pero no se hagan ilusiones: el problema de Sánchez —que me duele, en tanto en cuanto es el primer ministro de mi país— es que, ni por casualidad, tiene criterio. Adalid de la paz (a veces sí, otras no tanto); adalid de la democracia (a veces sí, otras no tanto); adalid de la incoherencia (eso sí, con demasiada frecuencia).

¿Y cómo terminar este artículo? Pues he desempolvado un libro de mi infancia. Es de Carlo Collodi. Se titula Las aventuras de Pinocho. Ahí se puede leer: «Las mentiras se reconocen enseguida, porque las hay de dos clases: las que tienen las piernas cortas y las que tienen la nariz larga».

Si alguien desea saber más, en serio, sobre guerras justas e injustas, tengo un libro publicado al respecto: La teoría de la guerra justa. Una propuesta de sistematización del ius ad bellum (Aranzadi, 2007). Pero no se esfuercen en conseguirlo, porque está agotado. Quizá lo hallen en alguna biblioteca, gratis. En todo caso, lo importante es tener criterio. Sin embargo, también es lo más difícil…

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