The Objective
Enfoque global

Las nuevas esferas de influencia

Sun-Tzu dijo: «Lo más importante es combatir la estrategia del enemigo; lo segundo es obligarle a romper sus alianzas»

Las nuevas esferas de influencia

Carroza satírica con Xi Jinping, Donald Trump y Vladímir Putin en el desfile de carnaval de Fráncfort (Alemania). | Matias Basualdo (Zuma Press)

Las repentinas y repetidas menciones del presidente Trump del «hemisferio occidental» (Western Hemisphere) en referencia política al continente americano merecen un análisis cuidadoso, porque se apartan del uso habitual hasta ahora de esos términos, aunque estrictamente no sea la primera vez que se emplean, y suscitan al menos dos cuestiones geopolíticamente inquietantes. 

La primera es que Occidente (the West, como en The West and the Rest, de Niall Ferguson) hasta ahora se consideraba que incluía a Europa. Más aún, Occidente era Europa, contrapuesto a los Orientes (próximo, los Balcanes; medio, el fértil creciente; y lejano, la China, la India y el Japón), pero con el moderno añadido de los Estados Unidos, principal y tal vez más fiel heredero de la cultura europea fuera del viejo continente, junto con Canadá, de independencia mucho más reciente. Por lo tanto, la actual aplicación trumpiana del calificativo «occidental» tan solo a las Américas, a un tiempo descabalga a Europa de esa consideración (¿la asimila al balcánico «próximo oriente»?), e incluye a Hispanoamérica, hasta ahora de escasa importancia en los cálculos geopolíticos, al menos hasta la reciente firma del importante acuerdo de la UE y el Mercosur.

La segunda razón es que la expresión despide un intenso aroma a un concepto que en este siglo parecía abandonado hasta que recientemente Putin lo resucitó. Ahora vemos que, con la aquiescencia del presidente Trump, que es la idea de las «esferas de influencia». Según esta interpretación, Trump simplemente ha movido de lugar la esfera de influencia que, según esa lógica, le corresponde, pero no ha renunciado a ella.

Como confirmación de ello, recientemente (7 de marzo de 2016) el presidente Trump ha conseguido reunir en Florida nada menos que a doce líderes de países sudamericanos y otros dignatarios de la zona, reunión en la que se ha presentado una «alianza militar» llamada Shield of the Americas (tal vez, tomando prestada la horrible falta gramatical de los que llaman a los países al sur del Sáhara subsaharianos, como si estuvieran debajo de sus arenas, deberíamos llamar a estos países subamericanos, por lo que su relación tiene de subordinación, no de posición geográfica). Volveremos sobre la aplicación a esa alianza del término «militar», extrañamente invocado por el presidente Trump.

Deberíamos, entretanto, analizar esta moderna resurrección de las esferas de influencia y ver a dónde nos puede llevar.

Antecedentes históricos

La Historia de la Guerra del Peloponeso, tan citada ahora a propósito de la famosa «trampa de Tucídides», según la cual es inevitable la guerra entre una potencia emergente, entonces Atenas y hoy China, y la potencia establecida, Esparta y los Estados Unidos, contiene un pasaje menos citado, el llamado «Diálogo Meliano». En él, los enviados atenienses tratan de persuadir a los habitantes de la isla de Melos de convertirse en vasallos de Atenas, y la frase lapidaria que pronuncian en la larga discusión es: «Mientras los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben». Huelga decir que, ante la negativa meliana a someterse, los atenienses atacaron, vencieron y sometieron a los dignos melianos a una tiranía peor que si hubieran claudicado voluntariamente.

Dando un salto de siglos, el nombre y moderno empleo del concepto «esfera de influencia» fueron acuñados en el siglo XIX en África, para delimitar los dominios coloniales de Francia y el Reino Unido, evitando en lo posible confrontaciones directas (aunque también Alemania adoptó el concepto en busca de su «lugar al sol», es decir, su capacidad para explotar las riquezas de ese continente). Lo más significativo de las «esferas de influencia» es que sus límites no estaban determinados en absoluto por las etnias, costumbres, historia, ni mucho menos los deseos de los colonizados, simplemente por las ambiciones y posibilidades de los colonizadores, enlazando perfectamente en este sentido con el diálogo meliano.

Por la misma época, aquellas mismas potencias y dos más (Japón y Rusia) utilizaron el mismo término para delimitar entre ellas la división impuesta a un debilitado Imperio Qing tras su desastrosa guerra con Japón. En este caso, cada «esfera de influencia» englobaba zonas de explotación económica, sin pretensiones de propiedad ni de dictado de la política, pues no se pretendía una partición de facto.

El término había hecho fortuna, y fue cuestión de tiempo que se empleara también en los Balcanes, frente a la creciente debilidad del Imperio Otomano. Estas particulares esferas balcánicas, rusa, austro-húngara y otomana, causa de la terrible Guerra de Crimea y de muchas de las tragedias que allí han ocurrido después, sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial y tomaron forma precisa, demasiado precisa, en el llamado «acuerdo de porcentajes», según el cual Churchill y Stalin se repartieron la influencia en esa zona de la siguiente manera: Rumanía, 90 % soviética; Grecia, 90 % británica; Yugoslavia y Hungría, 50 % cada uno. La aplicación práctica de semejante reparto no está, digamos, 100% clara, pero aunque parezca estrafalario, es solo una expresión más detallada de lo usual de la división por esferas.

Por su parte, EEUU, aunque en menor grado y más temprano, también tuvo sus tentaciones «esféricas». La idea apareció muy pronto durante la presidencia de James Monroe (1817-1825), quien con su declaración «América para los americanos» dejó claro el rechazo a cualquier remanente de presencia europea en el continente. No pretendió, sin embargo, condicionar las políticas de los así englobados en su área de influencia, lo que parece excluir al menos formalmente la doctrina Monroe del ámbito histórico de las esferas. Pero el asunto no quedó ahí, y la esfera cobró vida más tarde. EEUU intervino subrepticiamente (con la CIA) en procesos de cambio de régimen en el continente, como Cuba en 1909, Guatemala en 1954, Brasil en 1964, Chile en 1973, Nicaragua en 1980, Haití en 2004, (¿tal vez de nuevo en Cuba hoy?) e incluso de manera ostensible (con las Fuerzas Armadas) en República Dominicana (1965) y en Granada (1983). En estos casos de intervención directa, buscó el apoyo de las Naciones Unidas, pero a posteriori y con resultado menos que satisfactorio en el segundo caso. El espíritu posesivo de EEUU sobre sus vecinos del sur está, pues, acreditado.

En Europa, sin embargo, hasta la II Guerra Mundial nunca intervino bajo esa idea. La noción de una esfera de influencia en Europa habría sido rechazada con indignación, ya que la potencia y prestigio de las naciones europeas era suficiente como para que el concepto de protección exterior no fuera creíble, ni siquiera conveniente. 

Pero la posguerra, con la consiguiente depauperación de las orgullosas naciones europeas, que acababan de perder los restos de colonias que les quedaban, y la hostilidad ideológica entre comunismo y capitalismo, crearon las condiciones para esferas de influencia, aunque asimétricas. El comunismo soviético, con la imperiosa necesidad ideológica de expandirse, creó la suya, férrea, en el Este de Europa, y EEUU quedó como tolerante protector de la Europa Occidental. Estas dos esferas de influencia cristalizaron militarmente en la OTAN y unos años más tarde en el Pacto de Varsovia. 

La idea soviética (o más bien simplemente rusa, como los acontecimientos del siglo XXI han demostrado) del intervencionismo en su esfera de influencia, por más que rechazaran el término, quedó claramente retratada en sus incursiones en la República Democrática Alemana en 1953, Hungría en 1956, Checoslovaquia en 1968 y Afganistán en 1979, en todas ellas para asegurarse de la imposición del credo comunista.

Eso sí, el término «esfera de influencia», que no el concepto, quedó proscrito en ambos lados por varias razones: una, válida para ambos bandos, porque desprendía odiosos efluvios coloniales por su historia africana (pensemos en los antiguos dispensadores de protectorado en África y otros sitios viéndose a sí mismos protegidos con idéntica fórmula); para los soviéticos, además chocaba con la pretensión de que el comunismo buscaba la liberación de los pueblos; y para el lado occidental porque contradecía los principios democráticos de libertad de elección y asociación.

La implosión de la Unión Soviética pareció, momentáneamente, acabar con la idea, o lo que quedaba de ella, aunque la independencia de algunas de sus repúblicas constituyentes en realidad abonó el terreno para nuevas ediciones de lo mismo, y el revisionista histórico Putin no tardó en reclamar su derecho a dictar la política interior y exterior de su «extranjero próximo» (near abroad, blizhneye zarubezhye), ahora menos extranjero y más próximo por la sobrevenida abundancia de comunidades rusófonas a quienes «proteger». Así, a las intervenciones soviéticas antes citadas siguieron las rusas en Moldavia (Transdnistria) en 1992, en Georgia en 2008, en Ucrania en 2014 y, de nuevo, en Ucrania en 2022. Eso sin contar las dos guerras de Chechenia (1994 y 1999), pues no está claro si en este caso se trata de un extranjero que sencillamente es tan próximo que está dentro.

Ello no obstante, Putin ha usado y abusado dialécticamente de la noción de una ilegítima esfera de influencia americana en Europa, materializada en la OTAN, que según él ha ido avanzando hasta invadir la propia de Rusia (esta sí, legítima a sus ojos), para citarla como excusa de su abominable invasión de Ucrania en 2022.

Asia

Pero para no ser demasiado eurocéntricos hay que mencionar Asia. Según Okakura Kakuzo, hay una visión del mundo asiática muy diferente de la occidental, y en ella solo esporádicamente y con escaso éxito se han manifestado las «esferas de influencia» tan propias de occidente. Lo más parecido, según Okakura, es una idea panasiática, que propició los intentos japoneses de dominar todo, pero de una manera directa, no por medio de la influencia, y para el Japón con éxito descriptible. 

Así, China, la potencia emergente según la «trampa de Tucídides», tiene patentemente menor inclinación que las potencias europeas o americanas por dominar la política de su extranjero próximo. La tradición secular del «Reino del Medio» ha sido la no intervención, sobre la base de que su prestigio es más que suficiente como para necesitar molestarse en poner orden entre los pequeños y revoltosos vecinos. Aun así, tuvo sus escarceos de influencia e incluso hostilidades con los vecinos: la anexión unilateral del Tíbet, el semiprotectorado de Mongolia, la represión de Sinkiang, los conflictos armados fronterizos con Vietnam y la India y, por supuesto, su gran disputa fronteriza con la Unión Soviética en 1969, que, siendo ambos comunistas, demuestra lo imparcial de sus hostilidades. Pero hoy por hoy, las acciones chinas que colisionan con otros vecinos se reducen a los disputados dominios de archipiélagos poco o nada habitados en el Mar de China, y evidentemente a la unidad con Taiwán, que China insistentemente proclama como asunto interno (lo que no deja de tener cierta lógica, excepto si llega a la confrontación armada).

Yan Xuetong, referente de la escuela Tsinghua, nos da lo que puede ser otra explicación de por qué las esferas de influencia han tenido y tienen poca presencia en la historia moderna de Asia. Para él, para que una potencia quede sometida al poder de otra, es preciso que la estructura se destruya desde dentro, no desde fuera; y la nueva potencia dominante debe estar en condiciones de suplantar la herencia establecida. Reflexiones que merecen ser consideradas también fuera de Asia, particularmente cuando se quiere forzar un cambio de régimen ajeno por la fuerza.

Europa se emancipa

Vista la evolución histórica del concepto «esfera de influencia» y su relevancia en la historia de Occidente, volvamos al comienzo y analicemos lo que los últimos movimientos de EEUU nos dicen en este contexto.

En primer lugar, tras la desaparición de la URSS, se ha hecho evidente una cierta emancipación de Europa de la esfera de influencia americana, que podemos interpretar de diversas maneras. La primaria es que, desaparecido el peligro soviético, la figura del protector se hace menos necesaria. Pero, sobre todo, Europa (ya) no se presta fácilmente a ello, porque su personalidad es suficientemente sólida como para ser un mero adminículo de la estrategia americana. Sus naciones componentes ya no son lo que eran en el ámbito global, pero colectivamente Europa se ve a sí misma con un papel que encaja muy mal, ideológica y geográficamente, con el amigo americano, que además ya desde hace años ha vuelto su mirada al Pacífico (desde el presidente Obama, al menos) y que sigue contemplando la geopolítica en términos de hard power, mientras que Europa está orgullosa del soft power que sin duda ejerce en gran parte del mundo.

Poco a poco, Europa Occidental ha ido dejando de ser una simple adición de naciones, y la Unión Europea ha ido ganando protagonismo como actor principal en representación de todos, y con ello perdiendo susceptibilidad a ser sometida a una esfera de influencia, algo que siempre necesita la fragmentación de los sometidos y su relativa pequeñez. No faltan síntomas de la importancia de este factor: las naciones europeas más favorecidas por el presidente Trump son las más renuentes a integrarse en una identidad común europea, como Hungría bajo su eterno líder Orbán o la Eslovaquia de Fico.

El nuevo hemisferio occidental

En cuanto a la plasmación de la esfera llamada hemisferio occidental, caben varias observaciones. Las naciones al sur de Río Grande proceden en su gran mayoría de su separación de la Corona española, ocurrida en el primer cuarto del siglo XIX (excepto Cuba y algunas otras que se separaron entre sí, lo que ocurrió más tarde), además de Brasil, escindida de su metrópoli en circunstancias no muy diferentes a las españolas. Todas ellas, además de Surinam y Haití, adoptaron en sus constituciones el modelo presidencialista, tomado del primer estado independiente de América, Estados Unidos. La minoría restante, en su mayoría antiguas colonias británicas, todas caribeñas menos Canadá, adoptaron el modelo parlamentario de su antigua potencia colonizadora, de la que se independizaron mucho más tarde, ya en el siglo XX.

Estas similitudes políticas evidentemente facilitan el papel paternalista de EEUU. Pero ocurre que la imitación a veces viaja en ambas direcciones. En esta ocasión estamos viendo un proceso incipiente por el que el poderoso vecino del norte parece aceptar una de las peculiaridades que, siempre en términos generales, aparta a los países desde México hasta la Patagonia de la Europa que fue su cuna, y de los Estados Unidos… hasta ahora. Se trata de una confusión entre las misiones de las fuerzas policiales y las Fuerzas Armadas.

Las primeras, entendemos en nuestra parte del mundo, tienen como misión la seguridad ciudadana, que es una actividad continua que requiere acción y presencia, y consiste en perseguir delincuentes, detenerlos en nombre de la Ley y ponerlos a disposición de los jueces, siempre con estricta observancia de lo que la Ley dispone, y en la certeza de que al día siguiente habrá nuevos delincuentes que perseguir. 

La defensa nacional, por otro lado, más que ser una actividad, consiste en preservar una situación: se trata de impedir que la amenaza de un presunto agresor externo llegue a materializarse porque las Fuerzas Armadas le disuaden, le convencen de que si persiste en sus intenciones, será derrotado con perjuicio mayor que las ventajas que pretendía obtener atacando. Y si llega a hacerlo, las Fuerzas Armadas conocen pocas barreras para alcanzar su objetivo de derrotarle.

El problema en los países sudamericanos para la correcta separación de las misiones de ambas entidades es la combinación de dos factores: uno es que el enemigo externo apenas existe. Las guerras con enemigos ajenos al continente son apenas posibles, estando separados del resto del mundo por dos inmensos océanos (al igual que EEUU, pero estos, debido a su inmenso poder, incurren en obligaciones lejos de su continente). Y entre ellos, si descontamos las recurrentes escaramuzas entre Perú y Ecuador (cuatro en siglo y medio, ninguna duradera ni decisiva) y la llamada «guerra del fútbol» entre El Salvador y Honduras (cuyo nombre da una idea cabal de su trascendencia), apenas quedan ocho en dos siglos, todas de poca entidad. Compárese con Europa.

El segundo factor es endémico: la ineficiencia y corrupción policial, que empuja a los gobiernos de la zona a apuntalar la defensa de la ley con las Fuerzas Armadas, que tienden a ser más resistentes a la corrupción (aunque no siempre; recordemos el caso venezolano), conocen menos limitaciones para el uso de la fuerza y cuya consideración de último recurso las rodea de un aura de eficacia e invencibilidad que facilita su éxito allí donde las policías fracasan.

Shield of the Americas

Volvamos ahora al acuerdo firmado en Doral, Florida, el 7 de marzo pasado entre EEUU y unas doce naciones de Sudamérica (el número exacto de firmantes es dudoso porque no todos estaban representados al mismo nivel). Parece que fueron Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, Guyana, El Salvador, Honduras, Panamá, Ecuador, Paraguay, República Dominicana y Trinidad y Tobago. Los principales no participantes fueron México, Brasil, Colombia, Canadá y Venezuela, lista no sorprendente por la poca afinidad de sus actuales dirigentes con el de EEUU.

Sus objetivos declarados son, en primer lugar, la lucha contra los carteles de la droga y el crimen organizado, así como contra el llamado narco-terrorismo (los límites conceptuales entre estos apartados parecen más bien difusos). De manera secundaria, la mejora de la seguridad de fronteras, control de la migración y, en general, la estabilidad regional.

Para ello, el Shield of the Americas aspira a reducir la presencia e influencia china en el continente (que no parece esté muy relacionado con droga y narco-terrorismo, sino con la economía), incrementar la colaboración en inteligencia y en otros campos entre Fuerzas Armadas y Agencias de la Ley, operaciones conjuntas y acciones militares. Y es aquí donde nos tropezamos con el problema conceptual de separar la defensa de la acción policial.

Ya hemos comentado este problema en Sudamérica. Lo que resulta sorprendente es que EEUU, al bautizar este acuerdo como «militar», se haya hecho partícipe de la misma confusión. No es que sea algo completamente nuevo, bien, recientemente ha estado utilizando misiles, no exactamente un arma policial, para eliminar planeadoras sospechosas de llevar droga a las costas norteamericanas. Ello puede estar dentro de los cánones de la acción militar, pero como acción policial es más que discutible: a un tiempo incumple la obligación de detener en nombre de la Ley y poner a disposición del juez, y además se priva de lo que, sin duda, sería una inteligencia interesante obtenible en los interrogatorios subsiguientes.

Hay precedentes a esta conversión de los EEUU a la confusión de sus vecinos del sur: la Guardia Nacional —una reserva de las Fuerzas Armadas— fue utilizada en los años 1960 para misiones esencialmente de orden público, en el contexto de los esfuerzos para integrar las minorías raciales, especialmente en escuelas, contra una gran oposición que superaba las posibilidades de represión de una policía que tampoco era exactamente entusiasta de la labor. Pero de mucha mayor actualidad, el presidente Trump ha estado recurrentemente utilizando a esa misma Guardia Nacional para misiones más banales de orden público. Peor aún, la ha utilizado, según propia confesión, en estados y ciudades gobernados por demócratas, dando así a las Fuerzas Armadas un tinte partidista absolutamente inadecuado. Nada sorprendente en un presidente que, hacia el final de su primer mandato, involucró al jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor, general Mark Milley, en un acto electoral, y poco después en una «marcha» con políticos en Lafayette Square con motivo de la violenta represión policial de una manifestación poco antes, algo que el general repudió en cuanto se dio cuenta de lo que ocurría, retirándose del acto antes de su finalización. Pero los términos que han trascendido del Shield of the Americas parecen un salto cualitativo, una confirmación de que aquello no eran meros deslices, sino pura doctrina trumpiana.

En resumen

La característicamente sudamericana confusión entre lo militar y lo policial está alcanzando al poderoso vecino del norte. Es difícil de creer que, con unas Fuerzas Armadas de su entidad y calidad, la confusión pueda llegar mucho más lejos, pero la tendencia y la mera posibilidad de que la confusión llegue más lejos es preocupante.

En cuanto a las «esferas de influencia», parece indudable que EEUU ha abandonado la que tenía, aunque inconfesada, en Europa, y la ha movido a América, y que Europa está de acuerdo, a pesar de algunas disensiones y del esfuerzo económico y organizativo de añadir a su «soft power» un «hard power» consistente con su potencia económica y demográfica.

Finalmente, no solo EEUU ha movido su esfera de influencia, sino que al mismo tiempo la ha hinchado. Y las esferas, cuando se inflan, tienden a chocar entre sí. Con explosiones.

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