Los infartos son menos letales por la noche: estas células tienen la respuesta
Parte de las terapias del futuro podrían pasar por poner a los neutrófilos en ‘modo nocturno’

Un hombre sufriendo un infarto. | ©Freepik.
Puede parecer paradójico, pero la realidad, con los datos en la mano, resulta contundente. Los infartos de miocardio causan menos daño cuando se producen durante la noche que cuando ocurren a plena luz del día. Este fenómeno ha intrigado a cardiólogos e investigadores durante décadas. Las estadísticas hospitalarias lo confirmaban una y otra vez, pero faltaba una explicación satisfactoria. Ahora, una investigación liderada por científicos españoles ha encontrado la respuesta en un lugar inesperado: el reloj biológico de nuestras propias células inmunitarias influye en la mortalidad de los infartos.
El equipo del doctor Andrés Hidalgo, del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares, ha desentrañado el mecanismo que explica esta diferencia. Su trabajo, publicado en la revista Journal of Experimental Medicine, demuestra que los neutrófilos, un tipo de glóbulo blanco que actúa como primera línea de defensa del organismo, modifican su comportamiento según la hora del día. Durante las horas nocturnas, estas células reducen su agresividad y, en consecuencia, el daño colateral que causan al tejido cardíaco disminuye de forma notable.
El hallazgo no se queda en la mera descripción del fenómeno. Los investigadores han desarrollado una estrategia farmacológica capaz de imitar ese estado nocturno de los neutrófilos. En modelos experimentales, el tratamiento logró reducir el tamaño del infarto y mejorar la función cardíaca semanas después del episodio. El descubrimiento abre una vía prometedora para proteger el corazón sin debilitar las defensas naturales del organismo.
Entendiendo la letalidad de los infartos
Las enfermedades cardiovasculares constituyen la primera causa de muerte en el mundo. Cada año fallecen aproximadamente 17,9 millones de personas por dolencias del corazón y los vasos sanguíneos, según datos de la Organización Mundial de la Salud. Esta cifra representa el 32 por ciento de todas las defunciones globales. Dentro de este amplio grupo, el infarto agudo de miocardio y el ictus cerebral se llevan la mayor parte de las víctimas. La cardiopatía isquémica, que incluye los infartos, provoca por sí sola más de nueve millones de muertes anuales.
La distribución geográfica de estas muertes revela desigualdades profundas. En los países de ingresos bajos y medios se concentran más del 75 por ciento de los fallecimientos cardiovasculares. Las naciones en desarrollo afrontan una doble carga: mantienen altas tasas de enfermedades infecciosas mientras ven crecer las patologías crónicas propias de estilos de vida sedentarios. En los países industrializados, la mortalidad cardiovascular ha descendido gracias a mejoras en prevención y tratamiento. Sin embargo, el envejecimiento poblacional y el aumento de factores de riesgo amenazan con invertir esta tendencia. Por eso, comprender qué papel activo tomar para reducir la mortalidad de los infartos es fundamental.
La paradoja actual es que sufrimos más infartos que hace décadas, de lo que ya hablamos en THE OBJECTIVE, pero sobrevivimos a ellos con mayor frecuencia. Las unidades de cuidados coronarios, la angioplastia primaria y los fármacos trombolíticos han transformado el pronóstico de quienes llegan a tiempo al hospital. En España, la mortalidad intrahospitalaria por infarto ha caído del 15 al 5 por ciento en las últimas tres décadas. Sin embargo, el daño que sufre el músculo cardíaco durante el episodio sigue determinando la calidad de vida posterior. Por eso resulta crucial entender qué factores agravan o mitigan la lesión.
El papel decisivo de los neutrófilos

Los neutrófilos son los soldados de infantería del sistema inmunitario. Constituyen entre el 50 y el 70 por ciento de los glóbulos blancos circulantes y acuden en masa ante cualquier señal de daño tisular. Su misión consiste en eliminar patógenos y células muertas mediante la liberación de sustancias tóxicas y enzimas destructivas. El problema surge cuando esta potencia de fuego se descontrola. En situaciones de estrés como el infarto, los neutrófilos pueden causar estragos en tejidos sanos que rodean la zona dañada. Estudios previos habían estimado que hasta la mitad del daño cardíaco tras un infarto se debe a la acción de estas células. Digamos, en cierta medida, que se trata de un fuego amigo.
El equipo del doctor Hidalgo analizó registros clínicos de miles de pacientes con infarto atendidos en el Hospital 12 de Octubre de Madrid. Los datos confirmaron el patrón: quienes ingresaban durante las horas diurnas presentaban recuentos más altos de neutrófilos y áreas de infarto mayores. Experimentos posteriores con ratones replicaron el hallazgo. Los animales a los que se indujo un infarto por la mañana mostraron lesiones cardíacas más extensas que los operados de noche. Cuando los investigadores eliminaron los neutrófilos mediante un tratamiento con anticuerpos, la diferencia entre día y noche desapareció.
La clave está en un gen llamado CXCR4 que regula el reloj circadiano de los neutrófilos. Durante la noche, este receptor envía señales que frenan la agresividad de las células. Los neutrófilos nocturnos se dirigen hacia la zona dañada sin dispersarse por el tejido sano circundante. De día, pierden esa direccionalidad y amplifican la lesión. Los científicos diseñaron un fármaco que activa el receptor CXCR4 y mantiene a los neutrófilos en modo nocturno. El tratamiento redujo el tamaño del infarto en modelos animales sin comprometer la capacidad defensiva frente a infecciones. El hallazgo abre la puerta a terapias basadas en la cronobiología del sistema inmunitario.
