Una nueva pista sobre las canas: podrían ser un signo de defensa contra el cáncer
Un estudio japonés apunta a una curiosa relación del pelo cano con determinados tipos de melanoma

Un hombre frente al espejo con su hijo. | Freepik.
Que el pelo se vuelva blanco con la edad es un hecho tan común como aceptado. Las canas son una de las señales más visibles del paso del tiempo, y su aparición suele vincularse al envejecimiento natural del cuerpo humano. Este fenómeno ocurre cuando las células madre responsables de producir melanina —el pigmento que da color al cabello— pierden su capacidad de regenerarse o desaparecen de los folículos pilosos. A medida que esta reserva celular se agota, los nuevos cabellos nacen sin pigmento, es decir, blancos o grises.
No obstante, un reciente estudio realizado en ratones por investigadores japoneses plantea una hipótesis sorprendente y curiosa. En este caso, que el encanecimiento del pelo podría estar vinculado a una respuesta celular de protección frente al desarrollo del melanoma, una forma agresiva de cáncer de piel. El estudio, liderado por Emi Nishimura en la Universidad de Tokio, sugiere que las canas podrían reflejar una elección biológica ajena a nosotros entre mantener el color del cabello o activar un mecanismo de defensa contra tumores.
Ahora bien, conviene subrayarlo con claridad: las canas no previenen el cáncer. No se trata de un escudo ni de un síntoma de inmunidad. Lo que el estudio muestra es que, bajo determinadas condiciones de daño celular, el cuerpo puede optar por eliminar células madre pigmentarias para evitar riesgos mayores. En ese contexto, del que ya hablamos en THE OBJECTIVE, las canas serían la consecuencia visible de un proceso más profundo que intenta minimizar el riesgo de mutaciones cancerígenas en las células madre del folículo piloso.
Tras la pista del melanoma: qué dicen las canas
La investigación se publicó en octubre de 2025 en Nature Cell Biology. Tomando parte de ella el equipo dirigido por Nishimura en el Instituto de Ciencia Médica de la Universidad de Tokio. En este estudio, se emplearon modelos con ratones para observar cómo reaccionan las células madre melanocíticas (McSCs, por sus siglas en inglés) cuando son sometidas a distintos tipos de estrés genético. Ejemplos de este son, por poner algunos, la radiación ionizante o ciertos compuestos cancerígenos.
El hallazgo clave fue que, tras recibir daños en su ADN, estas células optaban por entrar en un estado de senescencia. Es decir, dejaban de dividirse y maduraban prematuramente, lo que llevaba a su desaparición del folículo. El resultado: el cabello perdía su color y se volvía gris. Pero esta reacción también impedía que esas células dañadas se replicaran de forma descontrolada, bloqueando así el posible inicio de un tumor.
Sin embargo, cuando los investigadores expusieron a los ratones a una sustancia carcinógena conocida como DMBA, el proceso fue muy distinto. En lugar de entrar en senescencia, las células madre mantuvieron su capacidad de dividirse. Esto permitió que se conservara la pigmentación… pero también se incrementó el riesgo de que desarrollaran melanomas. Es decir, según el tipo de estrés recibido, las células pueden optar por un camino u otro: uno lleva a las canas y otro al cáncer.
Este resultado no implica que teñirse el pelo, arrancarse las canas o disimularlas tenga ningún efecto sobre la salud. Tampoco significa que las personas canosas estén más protegidas contra el cáncer. Lo que sí aporta es una mejor comprensión de cómo el cuerpo puede priorizar ciertas funciones celulares para reducir riesgos graves, aunque a costa de signos visibles como el encanecimiento del cabello.
Las canas: un proceso tan natural como irremediable
En condiciones normales, las células madre que viven en la base de cada folículo piloso generan melanocitos, las células que producen melanina. Estos melanocitos migran hacia la zona donde se forma el nuevo cabello y le proporcionan su color. Este proceso se repite en cada ciclo de crecimiento capilar, pero con el paso del tiempo, las células madre se desgastan o sufren daños y dejan de funcionar correctamente.

Cuando este sistema de pigmentación falla, el cabello crece sin melanina, y el resultado son las canas. La edad es el factor principal, pero no el único: la genética, el estrés celular y el entorno también influyen. Algunas personas encanecen en la treintena y otras conservan su color natural hasta pasados los sesenta. Y no es raro que el encanecimiento se produzca de forma irregular, primero en ciertas zonas del cuero cabelludo y luego en otras.
Desde un punto de vista funcional, el pelo canoso no presenta diferencias significativas con respecto al pigmentado, más allá de una textura algo más áspera o seca. La cana no ofrece ni ventajas ni desventajas físicas. Sin embargo, su aparición puede ser una pista —aunque no definitiva— de procesos internos en marcha. Tal como plantea el estudio japonés, en algunas circunstancias podría reflejar una estrategia del organismo para protegerse de daños genéticos acumulados. Una renuncia al color, sí, pero quizás en nombre de una defensa mayor.
