The Objective
Mi yo salvaje

Al final, siempre llega tarde

«Hay algo primitivo en su presencia; una contundencia, una rotundez que ni requiere de discurso»

Al final, siempre llega tarde

Un hombre duchándose. | Freepik

A Saúl le resbala el agua por los hombros. El vello rizado y abundante que le cubre el pecho como un manto de hierba en primavera, retiene las gotas por un instante como el rocío de la mañana, como si las chequeara antes de permitirles seguir su descenso. Él se pasa la mano para liberarlas y las gotas navegan desesperadas hacia el sumidero, descocadas hacia su propio nirvana. El vapor difumina el contorno de su figura. La escena cobra un tono diferente, entre una sugerente intimidad y el inicio de un largo suspense. 

El agua continúa su recorrido y revela una anatomía que no parece trabajada frente a un espejo, sino más bien forjada a machetazos en la misma vida. Saúl es grande y la ducha pequeña: apenas alcanza a cubrirle la anchura de los hombros que se pronuncian desde su cuello como las alas de una puerta antigua. Su torso tiene la densidad natural de quien ha usado su cuerpo más como herramienta que como un cuadro. Hay algo primitivo en su presencia; una contundencia, una rotundez que ni requiere de discurso. Sin precisión geométrica, su musculatura se insinúa bajo la piel húmeda con una fuerza biológica. Cuando se gira a por el jabón, se le tensa el culo. Las piernas le sostienen a él y eso es más que su propio peso. El agua le resbala por los muslos con la misma gravedad inevitable que lo hizo por su oreja, cuello, espalda y cintura. Cada gota traza el recorrido que hará la lengua de Amanda después. 

El jabón le cubre de blanco. Como una escultura recién acabada en el taller, su figura parece tallada en mármol. En el centro de la composición, el paquete de Saúl tiene el peso, tamaño y textura necesarios para presidir la escena. La espuma se le acumula en las ingles y parece que enmarque y señale lo que tiene que ser visto. 

El agua va deshaciendo la blancura y devuelve el color a cada relieve. La piel del escroto de Saúl se estira y contrae bajo el cambio de temperatura como la cabeza de un gato recién nacido. Dan ganas de acercarles el pecho, por si tienen hambre. Dan ganas de acurrucarlos entre ellos, por si tienen frío. Oscilan con el mínimo movimiento del aire frío que se cuela entre el vapor. Laten discretamente y también dan ganas de besarlos como si fueran un corazón de regalo por San Valentín. 

Saúl se enjabona la entrepierna con una gracia diferente. Se levanta los testículos con cuidado y se enjabona desde el culo hasta la base. Luego los acoge entre sus manos de leñador como dos polluelos y los masajea con la espuma y con esmero. Después se agarra el pene y estira la piel hacia atrás, dejando que, con gallardía, la polla pronuncie su nombre propio mientras se quita el sombrero para disfrutar de la lluvia templada que le inunda toda la cara. Del gusto coge forma, se engrosa un poco y Saúl la sacude como queriendo que entre en razón. Dan ganas de asentirle ahí cerca ante la duda de si seguir con el vapuleo o se le hará tarde. Qué más da unos toques de más, una erección de más, el recuerdo de la boca de Amanda que se acerca para decirle sí con una ese muy larga en la punta del glande. «Sssí, ssssí, probando…», le dijo una vez y aprovechó que se reía para empujarle la cabeza y hacérsela tragar entera casi de una vez. Con eso, a ella se le mojó el coño y al final, como siempre, ¿ves?, llegaron tarde.

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