Luis María Anson: «La situación sería parecida a la del 36 si no estuviéramos en Europa»
Lleva 75 años dedicado al periodismo y asegura que se morirá el día que no pueda seguir haciéndolo
A sus 92 años, le fallan las piernas, pero no la cabeza. Historia viva del periodismo español desde los años 50 del siglo pasado, Luis María Anson todavía sigue en activo y deja constancia de su lucidez y de una prodigiosa memoria en esta entrevista concedida a Fuera de micrófono.
Cuando Franco le mandó al exilio por escribir un artículo titulado La monarquía de todos, este maestro de periodistas —presidente de la Agencia EFE en los setenta; director de ABC en los ochenta; presidente de la APM (Asociación de la Prensa de Madrid), entre 1979 y 1983; fundador de La Razón, en 1998, y del diario digital El Imparcial, una década después, y académico de la RAE, entre otras cosas— aprovechó aquella circunstancia para irse de corresponsal a Hong Kong, casarse y hacer el viaje de novios en la guerra de Vietnam.
Su vida ha sido y sigue siendo el periodismo. Aunque no le gusta presumir de ello —«mis compañeros de ABC me reprochaban que era un ejemplo poco edificante»—, trabajaba todos los días del año, excepto Viernes Santo, Nochebuena y Nochevieja, porque no se publicaban los periódicos al día siguiente.
Dice no preocuparle, en absoluto, el día después ni cómo pueda ser recordado. Aplaude la respuesta que dio Luis Buñuel en una postrera entrevista que le hizo el escritor y periodista Miguel Pérez Ferrero: «En la vida —decía Buñuel— no hay otra dignidad que la nada, ¡viva el olvido!». «Pues eso, que viva el olvido», apostilla. Cita también a Luis Calvo, director de ABC durante diez años y gran periodista: «Hoy —comenta Anson—, ya nadie se acuerda de él. A ver si yo tengo esa suerte».
Le preocupa, sin embargo, la deriva que ha tomado nuestro país en los últimos años. «Me entristece mucho —explica en un momento de la conversación— que no se haya podido dar continuidad al espíritu de concordia de la Transición». En su opinión, ese espíritu se quebró con José Luis Rodríguez Zapatero, «y después, Mariano Rajoy no tuvo la energía y la fuerza para decir: esto se ha terminado […]. Vamos a volver al espíritu de la Transición para consolidar una democracia pluralista plena en España. Naturalmente, que esto me entristece».
Toda una historia. Toda una vida. Toda una trayectoria que arrancó de becario en ABC (1952), teniendo en la mesa de al lado a José Martínez Ruiz, Azorín. «Fue como un sueño», confiesa antes de despedirnos y llamar al conductor para que vuelva a recogerlo.
PREGUNTA.- Según mis cálculos, lleva 75 años en el periodismo.
RESPUESTA.- Empecé a vivir del periodismo cuando inicié la carrera. Llevo 75 años viviendo exclusivamente de la pluma y de alguno de los libros que he escrito. Pero, sobre todo, del ejercicio del periodismo. No he hecho otra cosa. He sido tentado muchas veces para la política o para la empresa y siempre he dicho que no.
P.- Ha sido testigo, en primera línea, de lo que ha ocurrido en España durante más de medio siglo. ¿Cuál ha sido el momento más difícil que ha vivido la democracia?
R.- No creo que haya sido el 23-F. En los años 1976, 1977 y 1978 se consiguió superar el problema de las dos Españas a garrotazos y establecer un sistema basado en la concordia y la conciliación entre los diversos sectores de la vida política, social y económica española. Y eso, a partir de José Luis Rodríguez Zapatero, empezó a cuartearse. En estos momentos, estamos otra vez en las dos Españas, con el peligro de que la situación pueda desembocar en controversias casi insalvables. Más te voy a decir: estaríamos ya en una situación parecida a la del año 1936, si no estuviéramos en Europa; en el espacio Schengen y en el Euro. Estar dentro de Europa ha impedido esas dos Españas cainitas, que nos condujeron a tres guerras civiles en el siglo XIX y a una guerra civil atroz —yo lo llamo la «guerra incivil»—, entre el año 1936 y 1939.
«Hay un dictamen de la Academia de la Historia diciendo que a don Juan se le debe llamar Juan III»
P.- Como integrante del Consejo Privado del Conde de Barcelona, al que usted llamaba Rey Juan III…
R.- Soy el único que queda vivo de aquel Consejo. Hay un dictamen de la Academia de la Historia diciendo que a don Juan se le debe llamar Juan III. Además, pone ejemplos que son incontestables: ¿cómo llamamos a Carlos V, a Carlos VI o a Carlos VII, de los carlistas? Con un número ordinal, para entender quiénes son. Igual que Luis XVI fue sucedido por Luis XVII, que tenía derecho al trono, pero no reinó. Y su sucesor fue Luis XVIII, que sí reinó. Y con Napoleón pasó lo mismo. Se pasa de Napoleón I a un Napoleón que no reina, que es el hijo de Napoleón, y luego reina su sobrino, que es Napoleón III. No tiene la menor importancia. Se utiliza el ordinal para situar a cada personaje en su dinastía. Hay un Juan III en la dinastía carlista. Lo que pasa es que Franco montó en cólera porque algunos empresarios imprimieron un sello —muy barato, por cierto—, con la cabeza de don Juan y la inscripción «Juan III». Entonces, los simpatizantes de la monarquía y de don Juan, que en esa época eran muchos, enviaban las cartas y ponían al lado del sello de Franco el sello de don Juan. Al dictador eso le hizo montar en cólera y desde entonces abominó que se le llamase Juan III. La disposición en contra de esos tres palitos es puramente franquista. En el sarcófago de don Juan del monasterio de El Escorial pone Juan III. No pone rey de España porque fue rey de España de derecho, pero nunca de hecho, como les pasó a los reyes carlistas. Son discusiones bizantinas que no conducen a ningún sitio. En este caso, es producto de una posición personal de Franco. Le disgustó aquel sello de Juan III y lo prohibió.
«Pasé mi viaje de novios en la guerra de Vietnam. Todo muy periodístico»
P.- Y le mandó al exilio.
R.- Me envió al exilio cuando publiqué un artículo titulado La monarquía de todos.
P.- Se fue de corresponsal a Hong Kong.
R.- Sí. Me casé y pasé mi viaje de novios en la guerra de Vietnam. Así que todo muy periodístico.
P.- En alguna entrevista ha confesado que el periodismo no es para usted un trabajo, sino una satisfacción. Nunca ha librado fines de semana o puentes.
R.- He hecho siempre lo que me ha gustado hacer: leer y ejercer el periodismo. Por lo tanto, he estado siempre de vacaciones. Es verdad. He trabajado todos los sábados y domingos. Solo he faltado al trabajo tres días al año: cuando al día siguiente no salía el periódico: Viernes Santo, Nochevieja y Nochebuena. Mis compañeros de ABC me lo reprochaban muchas veces porque era un ejemplo muy poco edificante para ellos que el director del periódico trabajase todos los días. He trabajado todos los días del año, pero mentiría si dijera que para mí eso era un trabajo. Es una satisfacción que sigo teniendo ahora. Sigo ejerciendo el periodismo, que es lo que me divierte, lo que me gusta y lo que me hace sentir felicidad en el ejercicio vital de las funciones de cara a la persona.
«Cuando llegué de becario al ABC me sentaron al lado de Azorín. Fue como un sueño»
P.- Ha sido presidente de la Agencia EFE, director de ABC en los ochenta, presidente de la APM (Asociación de la Prensa de Madrid), fundador de La Razón y posteriormente de El Imparcial, es académico de la RAE. ¿Con qué se quedaría?
R.- He tenido la suerte de contar con unos compañeros excelentes, tanto en la Agencia EFE como en ABC, como en La Razón, y ahora en El Imparcial. Una suerte inmensa. Me acuerdo de la crítica, completamente injusta, que se hacía a la Agencia EFE de ser una agencia franquista. Cuando llegó la Democracia, yo presidía EFE y tenía un equipo de profesionales a los que solo había que dejarles trabajar. Los dirigía Gonzalo Velasco y recuerdo la eficacia con la que trabajaron. En muy poco tiempo, desbordamos a France Press. Podíamos competir con United Press, que desapareció, y nos convertimos en la segunda o la tercera agencia del mundo. Era un equipo de auténticos profesionales, y daba gusto trabajar con ellos. He tenido esa suerte, con alguna excepción aislada. En la primera redacción que estuve, que fue la de ABC, como becario, me sentaron al lado a Azorín. Fue como un sueño.
«Combatimos a Felipe González porque existía el peligro de que estuviera en el poder tanto tiempo como Franco»
P.- En ABC escribían Rafael Alberti y Marcelino Camacho. ¿Esa tolerancia se está perdiendo?
R.- Eso depende del talento personal de cada uno. Literariamente, he tenido tres grandes amigos: Pablo Neruda, Rafael Alberti y José María Pemán, que era ideológicamente lo contrario. Durante el franquismo, nos dimos cuenta de lo que significaba Marcelino Camacho, un hombre inteligente, honrado, serio y trabajador. En fin, un sindicalista de primer orden. No ha habido otro en España como él. Cuando me hicieron director de ABC, él escribía en El País y vino a verme porque quería trabajar conmigo; estar conmigo en el periódico. Que, en ABC, periódico liberal conservador, estuviese escribiendo el número uno del sindicalismo, habiendo rechazado al periódico de la competencia, que era un periódico de izquierdas, fue extraordinariamente positivo.
P.- Abandonó el «periódico gubernamental», como usted lo llamaba en sus artículos.
R.- En aquella época lo era. Luego, ha seguido siéndolo bastante. Es una fórmula periodística de zaherir al rival. El País, con el que yo competía, era un periódico extraordinariamente bien hecho. Juan Luis Cebrián es uno de los grandes periodistas de la historia del periodismo español. Hizo un periódico excelente. Se alineó —y tenía todo el derecho a hacerlo— cerca de Felipe González, el gran hombre de Estado del siglo XX. A Felipe lo combatimos porque existía el peligro de que se prolongara en el poder tanto tiempo como Franco. Había que evitar que en plena democracia tuviéramos un jefe de Gobierno 40 años. Ganó cuatro elecciones seguidas con enorme facilidad. En las primeras que ganó, obtuvo 202 diputados. En estos momentos el actual presidente, Pedro Sánchez, tiene 121. Era casi el doble. Es impresionante lo que consiguió Felipe González.
«El espíritu de la Transición se empezó a quebrar con Zapatero»
P.- ¿Le apena que se critique el trabajo que se hizo en la Transición y que vuelva el odio, los muros y las dos Españas?
R.- Me entristece mucho que no se haya podido dar continuidad a ese espíritu de concordia y de conciliación que fue la Transición. Se empezó a quebrar durante el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y, después, Mariano Rajoy no tuvo la energía y la fuerza para decir: «esto se ha terminado, vamos a volver al espíritu de la Transición, a la consolidación de una democracia pluralista plena en España». Naturalmente, eso me entristece. No periodísticamente, porque la actualidad nos está dando todos los días motivos periodísticos para estar ‘satisfechos’. Me entristece mucho, como español, porque no es bueno para España lo que ha ocurrido, después de haber realizado un esfuerzo gigantesco. Hay que recordar que, dos años después de la muerte de Franco, La Pasionaria [Dolores Ibárruri] subió las escaleras del Congreso y se convirtió en presidenta de la cámara, por razones de edad, durante la primera sesión del Congreso democrático. Y que José María Pemán y Rafael Alberti se abrazaron, lo mismo que Santiago Carrillo y Manuel Fraga. Para quienes vivimos durante muchos años la dictadura de Franco, fue una operación verdaderamente asombrosa. Salió extraordinariamente bien. El mérito es de mucha gente y, especialmente, de los 40 años que don Juan combatió a Franco. Dejó dibujada la monarquía de todos. Después, su hijo, que recibió todos los poderes de Franco, tuvo la inmensa generosidad de cederlos para construir una democracia pluralista, como era también el deseo de su padre. Don Juan había propugnado, como única obligación de la monarquía, la devolución al pueblo español de la soberanía nacional, secuestrada en 1939 por el ejército vencedor de la guerra incivil. La clave para construir un régimen de libertades era devolver la soberanía nacional al pueblo español. don Juan fue el que lo propugnó, pero quien tuvo todos los poderes y renunció a ellos fue su hijo don Juan Carlos.
«Don Juan Carlos tiene que comprender que ahora es el primer súbdito de su hijo»
P.- ¿Es partidario de que el Rey padre regrese cuanto antes a España?
R.- Yo creo que sí. Conviene que se serene la situación. Don Juan Carlos tiene que comprender que ahora el rey es su hijo y él su primer súbdito. Don Juan fue, hasta mayo de 1977, el rey de derecho de España. No reconocía a su hijo. Fue una situación de una tensión terrible. Decidió renunciar cuando su hijo convocó unas elecciones libres. Entonces, don Juan se sintió satisfecho: se hizo lo que él había propugnado siempre. Decidió abdicar y se convirtió en el primer súbdito, hasta que murió en el 1993.
P.- Fue un gran ejercicio de generosidad…
R.- De generosidad y de sentido institucional monárquico. Don Juan era un monárquico de verdad. Mire usted, el rey ahora, por las razones que sea, es mi hijo y voy a hacer todo lo posible para que triunfe. Tuvo, además, la enorme satisfacción de ver que su hijo —ayudado de manera muy especial por Torcuato Fernández-Miranda y también por Adolfo Suárez— estableció el sistema monárquico que él defendía. Justo el contrario del que quería Franco: una monarquía casi absoluta, un poco parecida a la de Marruecos.
«La Monarquía garantiza que en la Jefatura del Estado haya neutralidad»
P.- ¿Qué futuro le augura a la monarquía española? Hay quienes reclaman un referéndum sobre Monarquía o República.
R.- Es completamente lógico que haya sectores que no quieran la monarquía. Pero el referéndum ya se hizo cuando se aprobó la Constitución. Me hace gracia cuando dicen: referéndum monarquía o república. Mire usted, depende de qué monarquía y de qué república. Si me preguntas qué prefiero, la república de Finlandia o la monarquía de Arabia Saudí, prefiero la república de Finlandia. La soberanía reside en el pueblo y es el pueblo el que, a través de la voluntad general libremente expresada, hace las leyes. Eso ocurre en repúblicas como la suiza, alemana o finlandesa. Y ocurre en monarquías como la japonesa, la inglesa o la sueca. Por lo tanto, ambos regímenes son aceptables. Naturalmente, si me preguntan si prefiero la república de Pinochet o la monarquía de Dinamarca, pues seguramente diré que la monarquía de Dinamarca. La monarquía española fue refrendada por un referéndum donde la gente votó libremente. Se refrendó una monarquía con libertad de expresión, con partidos políticos, con libertad de asociación, con reconocimiento de los derechos humanos, etc.. Creo que en España, por muchas razones, tiene algunas ventajas la monarquía. Es una garantía de que en la Jefatura del Estado haya neutralidad. ¿Quién hubiera sido presidente de la República con Felipe González, si se hubiera restablecido en España la República? Pues, seguramente, Narcís Serra. ¿Quién hubiera sido con José María Aznar? Seguramente, Federico Trillo. ¿Crees que Federico Trillo o Narcís Serra hubieran podido ejercer el arbitraje y la moderación que exige la Constitución mejor que lo ha hecho don Juan Carlos? Yo creo que no. A mí me hace mucha gracia que califiquen a la Monarquía de una cosa anticuada. Pues, anda que la República. En la relación que hace la ONU de los países más desarrollados del mundo, con más libertad y con más prosperidad, entre los diez primeros, hay siete monarquías parlamentarias. Y, entre los 15 primeros, hay 11. España figura en el puesto 19. La modernidad, en mi generación, estaba en una calle llamada Carnaby Street [Londres]. Era el centro de todas las vanguardias literarias, artísticas, musicales, etc. Ubicada en el Reino Unido, que es una monarquía. En cuanto a libertad personal, ¿para qué vamos a hablar? La idea que tenían en ese momento los españoles es que había que procurar salir con una sueca. Otro país con monarquía, donde había una libertad y un concepto de la igualdad entre el hombre y la mujer que en otros sitios no existía. Yo no aceptaría un referéndum república o monarquía. Aceptaría un referéndum si la pregunta fuera: ¿qué monarquía y qué república?
«La primera función del periodismo es informar y la segunda ejercer el contrapoder»
P.- ¿Considera que el papel del periodista como contrapoder sigue vigente?
R.- El periodismo no ha cambiado. Tuvimos un papel durante la Transición, dos o tres años. No había Parlamento y los periódicos hicieron de Parlamento. Algunos se aficionaron mucho a eso y querían continuar. Pretendían que su periódico siguiese siendo Parlamento. Los periodistas somos los administradores de un derecho que tienen los ciudadanos y las ciudadanas, que es el derecho a la información. Tenemos el deber, como profesión, de transmitir esa información, cada uno desde su punto de vista, cada uno con mayor o menor eficacia. Luego, efectivamente, somos un contrapoder. La primera función del periodismo es informar y la segunda ejercer el contrapoder. El contrapoder consiste en elogiar al poder cuando acierta, criticarlo cuando se equivoca y denunciarlo cuando abusa. A los periodistas nos resulta más fácil criticar y denunciar que elogiar, pero el elogio al poder también forma parte de ese contrapoder. No se trata solo del poder político; también del poder económico, del poder cultural, universitario, del poder deportivo… Hay otros contrapoderes que a veces son extraordinariamente complicados para un periodista, como el poder económico. Porque, al final, los anuncios los colocan quienes tienen ese poder económico. A mí, cuando he estado sentado en la mesa de decisión final de un periódico —impreso, hablado, audiovisual o digital—, es lo que más trabajo me ha costado. Las consecuencias políticas son muy relativas, si cumplimos con la ley, no tenemos por qué temerlas. Pero, en cambio, las consecuencias económicas pueden ser muy graves.
«Es impresentable convocar una conferencia de prensa sin preguntas»
P.- ¿Qué opinión le merece la extendida costumbre de las comparecencias de dirigentes políticos sin preguntas? ¿Tendrían que hacer algo más las organizaciones que nos representan?
R.- Las Asociaciones de la Prensa tienen que intervenir y pedir no presentarse. Una conferencia de prensa tiene que producirse con el derecho a hacer preguntas. Los políticos tienen miedo a las preguntas, que muchas veces son muy certeras e hirientes. Por lo tanto, si pueden hacer su conferencia de prensa sin preguntas, lo prefieren. Pero, eso es impresentable. En los grandes países democráticos rara vez ocurre esto. La mayor parte de los políticos, cuando convocan una conferencia de prensa, saben que tienen que responder a las preguntas que les hagan. Los políticos tratan de controlar a los medios de comunicación. En los sistemas totalitarios los controlan con la ley, como ocurrió con la dictadura de Mussolini, Hitler, Stalin o Franco. Cuando ya la ley ampara el derecho a la libertad de expresión, entonces se buscan fórmulas más tortuosas, pero que siguen existiendo en todas las democracias. No nos podemos engañar. El que ejerce el poder procura garantizarse no tener más problemas que los que desea tener.

P.- ¿Quién ha sido, a su juicio, el mejor presidente de nuestra etapa democrática?
R.- No me gusta mucho hacer este tipo de comparaciones. Lo que sí es cierto es que España ha tenido un presidente que ha sido, sin duda alguna, el gran hombre de Estado del siglo XX. En el siglo XIX, el gran hombre de Estado fue Antonio Cánovas del Castillo, y en el siglo XX lo ha sido Felipe González. Si hubiera habido una legislación que impidiera ser presidente durante más de dos legislaturas, pues no habríamos tenido el problema. Felipe González gobernó en cuatro legislaturas y llegó un momento en que, dentro de nuestro ejercicio profesional, había que intentar evitar que volviera a ocurrir. En Estados Unidos, cuando Roosevelt fue elegido por cuarta vez, en plena Guerra Mundial, los constitucionalistas se dieron cuenta que eso no era conveniente para el ejercicio de un sistema de libertades democráticas real. Entonces, se limitó la permanencia en el poder en EEUU a dos legislaturas de cuatro años. También hizo algo parecido el propio general De Gaulle. Limitó a dos legislaturas de siete años. Luego, Jacques Chirac, inteligentemente, lo dejó en dos legislaturas de cinco años. En España no. En España el presidente podría estar 10 o 15 legislaturas. Fue un error y el día que se reforme la Constitución habría que incluir esa limitación.
P.- ¿Cómo valora el trabajo de la Asociación de Escritores y Periodistas Independientes (AEPI), de la que formó parte, y a la que Juan Luis Cebrián definió como «el sindicato del crimen»?
R.- No sé si fue él. Nos reunimos una serie de profesionales del periodismo —incluyo entre ellos a Camilo J. Cela, que no se reunió como novelista, sino como colaborador de los periódicos— y llegamos a la conclusión de que sería muy negativo para la consolidación del sistema de libertades en España que un presidente estuviera más de cuatro legislaturas. Que, con dos, sobraba. Efectivamente, se hizo una gran campaña de acoso y derribo contra Felipe González para que no continuara. Y se consiguió que José María Aznar hiciese una declaración en el periódico —cuando llevaba 13 puntos de ventaja al líder socialista en las encuestas— comprometiéndose a no presentarse a una tercera elección. En honor de Aznar, hay que decir que lo cumplió.
«Aunque hay mucho curanderismo, como en la medicina, tenemos una clase periodística de primer orden»
P.- En España hay ahora muchos más medios de comunicación. ¿Se hace ahora mejor o peor periodismo que antes?
R.- Estamos en una etapa en la que, por la transformación tecnológica, se han creado muchos medios de comunicación. Veremos los que son capaces de superar la situación. Siempre ha sido así. En el periodismo, como en cualquier faceta humana, hay periodos más brillantes y periodos menos brillantes. Cuando se analice el periodismo en el siglo XX, se incluirán algunos nombres que no se van a repetir fácilmente en el siglo XXI. Pero, creo que el ejercicio profesional ha mejorado sustancialmente en España con la creación de las Facultades de Ciencias de la Información. No enseñan a hacer periodismo, pero sí enseñan la responsabilidad y la ética. El periodista sale de la Universidad con una idea de la responsabilidad social en el ejercicio de la profesión muy superior a la de antes. Aunque hay mucho curanderismo, como en la medicina, hoy tenemos una clase periodística de primer orden.
«La clase política española ha ido degenerando y se distingue por la mediocridad»
P.- ¿Ocurre lo mismo con nuestra clase política?
R.- No lo creo. La clase política fue excelente en los años 1976, 1977 y 1978. Luego, ha ido degenerando. El problema no es la corrupción, que también la tiene la clase política italiana, francesa o alemana. El problema es la mediocridad. No puede ser que se dedique a la política gente que termina el Bachillerato y renuncia a los estudios universitarios porque es mucho más fácil prosperar dentro de un partido político. Les falta, luego, formación y sentido de la responsabilidad. En España la clase política se distingue por la mediocridad. Hay excepciones, pero, en su conjunto, es mediocre.
P.- La aparición de nuevos partidos y nuevos líderes, como Ribera, Abascal o Iglesias, con el que creo tiene muy buena relación, ha dificultado la gobernabilidad…
R.- Pablo Iglesias es el gran personaje de la izquierda. Es un hombre culto, inteligente y razonado.
«El primer Gobierno de Sánchez fue construido por la inteligencia de Pablo Iglesias»
P.- Siendo usted monárquico y él republicano, ¿cómo se explica esa admiración?
R.- No se puede pedir a una persona que tenga todas las virtudes. La de ser monárquico no lo tiene. Personalmente, es un hombre culto, constructivo, razonador y enormemente sagaz. El primer Gobierno de Pedro Sánchez fue construido por la inteligencia de Pablo Iglesias. Le tengo gran admiración personal, aunque no coincida con él. A mí me gusta mucho la gente con la que no coincido ideológicamente, como podía ser Pablo Neruda. Si coincides, pierdes la posibilidad de la gran conversación.
«Hay que modificar la Ley Electoral porque caminamos hacia un sistema ingobernable»
P.- Le preguntaba antes si la aparición de nuevos partidos dificulta la estabilidad.
R.- Francia tuvo una IV República, que era la democracia pura. En esa IV República —yo se lo he oído decir a De Gaulle en casa del doctor Marañón—, se encontró con que en 11 años había habido elección de 23 jefes de Gobierno. Así no se puede gobernar. Lo que hizo De Gaulle es lo que teníamos que haber hecho nosotros: un sistema de doble vuelta. No hay más que ver lo que está ocurriendo en distintas regiones ahora. Habría que repetir las elecciones, pero solo con los candidatos de los dos partidos que han obtenido más votos. Es una fórmula muy eficaz. La otra fórmula es la de Alemania, en la que los partidos que no logran el 5% del voto nacional pierden la representación parlamentaria. Sobre este tema tuve una conversación con Fernando Abril-Martorell y me convenció. Porque ni los partidos vascos ni los partidos catalanes llegaban al 5% de la representación nacional. Él decía: si no hay representación en el Congreso de los Diputados de los vascos y catalanes, no nos reconocerán que tenemos una democracia pluralista. Yo iría, abiertamente, a la fórmula utilizada por De Gaulle: doble elección para la jefatura de Gobierno y para elegir los presidentes de todas las Comunidades Autónomas. No podemos continuar como hasta ahora porque estamos caminando hacia un sistema ingobernable. La modificación de la Ley Electoral debería ser una de las cosas obligadas para el futuro. Los políticos lo tienen que meditar. También el mundo intelectual y el mundo periodístico, y llegar a una fórmula, como ocurrió cuando se eliminó la IV República Francesa. No podemos continuar así. Que partidos con cuatro o cinco diputados estén condicionando absolutamente a Pedro Sánchez para alcanzar la mayoría parlamentaria. Esto hay que evitarlo. Hay que hacer una nueva Ley Electoral que garantice la gobernabilidad.
P.- Como hombre de la cultura, ¿qué valoración hace de los últimos ministros de ese departamento?
R.- Ni ellos, ni ellas, tienen la culpa de no haber hecho la labor adecuada. La culpa es de la Presidencia del Gobierno, que tenía que haberse dado cuenta de que España está entre las cinco primeras potencias culturales del mundo. Lo que caracteriza hoy a España es la enorme potencia cultural que tiene. Madrid es, junto a Nueva York, Londres, París y Buenos Aires, una de las cinco grandes ciudades culturales del mundo. Se acercan ya a nosotros Berlín y Shanghái. Podemos sentirnos orgullosos de nuestra arquitectura, donde tenemos a Gaudí, de la novela, donde hay media docena de nombres estelares, encabezados por Miguel Delibes. De la poesía, con Federico García Lorca, Rafael Alberti, Antonio Machado o León Felipe. Son impresionantes los últimos 100 años de la poesía española. En el teatro, después de Calderón de la Barca, hemos tenido a Buero Vallejo. Tenemos una gran expresión cultural en pintura. Si citamos a 20 pintores en el mundo, en esa lista están seis o siete españoles. Hablar de cultura española es empequeñecerla. No hay cultura española; hay cultura iberoamericana. Me hace mucha gracia cuando veo que el Casón del Buen Retiro lo está ocupando la pintura. Me parece muy bien, pero hay que hacer el Casón del Idioma. En Madrid necesitamos no solo la Real Academia Española, sino la gran casa del idioma español. Los españoles solo somos el 8% de los hispanohablantes. El primer país es México, con 130 millones de hispanohablantes, por delante de EEUU, con más de 60 millones. Colombia, Argentina y España estamos en el mismo nivel en cuanto a número. La RAE es la única institución que conserva autoridad sobre los 23 países que formaron el Imperio español. 600 millones de personas tienen como primer idioma el español.
P.- Su apoyo a la tauromaquia le ha sido reconocido con distintos premios. ¿Le parece bien que se pretenda prohibir a los chavales presenciar corridas de toros?
R.- No me parece bien. Hay que dejar libertad para que vaya quien quiera a los toros. La primera inteligencia del siglo XX español, José Ortega y Gasset, se dio cuenta de que no se puede entender al homo hispano sin entender lo que significa la fiesta de los toros. Además de ser un festejo, tiene una proyección cultural de primer orden en la ópera, en la novela, en la poesía, en la escultura o en la pintura. Una proyección absolutamente excepcional. Tuve la suerte de ganar al alimón, con Mario Vargas Llosa, el Premio ‘El Juli’ de Tauromaquia. Entonces, escribí un artículo explicando la pesca del lucio. Empezaré a analizar —decía— las pegas que se ponen a la tauromaquia cuando se analice la pesca deportiva. Un señor que tiene la satisfacción de martirizar durante dos horas a un lucio; ¿eso produce arte, cultura, puestos de trabajo? No estoy contra ello, pero el día que usted elimine eso, empiece a criticar luego los toros.
«Me moriré el día que no pueda hacer lo que he hecho toda mi vida: periodismo»
P.- ¿Cómo le gustaría que se le recordara?
R.- Me moriré el día que no pueda hacer lo que he hecho toda mi vida: periodismo. Recordaré siempre la entrevista que le hizo Miguel Pérez Ferrero a Luis Buñuel, en el edificio España, de la Torre de Madrid. Le preguntó por los premios que había recibido, y le dijo Buñuel: «en la vida no hay otra dignidad que la nada, ¡viva el olvido!». Hace mucho tiempo que comparto que en la vida no hay más dignidad que la nada y que viva el olvido. Me gustaría que me ocurriera lo que le pasa en estos momentos a Luis Calvo, uno de los diez grandes periodistas españoles. Fue director de ABC durante diez años y hoy ya nadie se acuerda de él. A ver si yo tengo esa misma suerte.
P.- ¿Quiere recitar un poema como cierre de esta entrevista?
R.- No, no. Tengo, además, mala memoria. Soy incapaz de escribir un verso y una escena de teatro. Leo un libro de poesía todos los días, pero necesitaría tener buena memoria para acordarme de los versos.
P.- Ha sido un placer escucharle y aprender.
R.- El placer ha sido mío. Os felicito porque estáis haciendo un periódico con mucho nervio, con colaboradores de primer orden y muy atractivo para los lectores. Hoy los periódicos impresos venden la décima parte de lo que vendían. Ahora el periodismo está en el periódico audiovisual y en el periódico digital.
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