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El Aston Martin Vanquish cumple 25 años: pasa de un coche problemático a mito indiscutible

El bólido mantiene un motor V12 bajo su capó en una configuración llamada a desaparecer

El Aston Martin Vanquish cumple 25 años: pasa de un coche problemático a mito indiscutible

Aston Martin Vanquish.

Fue doloroso para el agente 007. Con los brazos en jarras, el ceño fruncido y gesto cariacontecido, veía cómo aquel lujoso deportivo había acabado convertido en cenizas. Que el seguro cubriera el coche que se le acababa de incendiar en su casa de Malibú no era importante: lo era que un Aston Martin Vanquish había pasado al otro mundo; una obra de arte había fenecido. Pierce Brosnan, en recuerdo del finado vehículo, decidió conservar su matrícula, que llevaba su nombre.

El agente secreto y el ya veinticinqueañero Vanquish se conocieron en 2002, en el set de rodaje de la película Die Another Day. El ingeniero Q, el de los inventos y cacharros, dotó al vehículo del superagente de un sistema de camuflaje capaz de volverlo invisible. Q, con ese humor británico tan suyo, lo bautizó como Aston Vanish —Aston Desvanece—, y ahí empezó todo. O casi, porque siete unidades acabaron destrozadas sobre hielo para rodar una escena que hoy sigue emitiendo olor a gasolina y presupuesto de alto octanaje.

Cuando el modelo debutó en 2001, no fue un camino de rosas. El propio Uli Bez, CEO de la compañía, llegó a calificar el proyecto como un desastre antes de rehacer más de 200 elementos. Incluso hubo periodistas que lograron quemar el embrague a los pocos minutos de ponerse al volante. Sin embargo, acabó convertido en icono de los 2000, entre videojuegos, videoclips y apariciones que rozaban lo mitológico.

Aston Martin lleva un cuarto de siglo y ha sacado partido a un nombre que ha marcado la historia de la automoción a pesar de haberse construido «apenas» siete mil unidades en sus tres iteraciones. Al lado de familias de Lamborghini o Ferrari, son cifras muy discretas, y al lado de los cientos de miles de Porsche 911 existentes, carecen de relevancia. A pesar de las cifras, pocos modelos han sabido mezclar de tal modo glamour, cultura popular y esa rara facultad de parecer una pieza de colección desde el mismo día en que pisan la calle.

El primer Vanquish, presentado en 2001, fue el último Aston Martin nuevo fabricado en Newport Pagnell, la factoría histórica de la marca. Aún tenía mucho de coche artesanal, montado en gran parte a mano, a medio camino entre la industria y el taller familiar. Fue el último Aston de la vieja escuela antes del giro hacia una producción con métodos modernos y una lógica menos romántica.

Ese primer Vanquish también supuso un salto técnico serio para la casa. Estrenó un V12 de 6,0 litros con 460 caballos, luego llevado a 520 en el Vanquish S, y recurrió a soluciones que para la marca resultaban avanzadas, como el acelerador electrónico, las levas en el volante y una estructura de aluminio y fibra de carbono. Entre 2001 y 2007 se ensamblaron unas 2.600 unidades, con un reparto entre versión base y S que hoy refuerza su condición de pieza rara.

La segunda entrega, nacida en 2012, llevó el nombre a una etapa más pulida y algo menos salvaje. La carrocería usó fibra de carbono de grado aeroespacial y el coche ganó en presencia, calidad y rigor. Aquel Vanquish llegó a 565 caballos en su arranque, con evolución posterior hasta 600, y combinó mejor que su antecesor el papel de gran turismo de alto rango con el de deportivo capaz. Fue más refinado, más lógico y también más útil.

La tercera etapa, que arrancó en 2024 y sirve de base a este 25 aniversario, devuelve al Vanquish al centro del escaparate de Aston Martin con un enfoque más rotundo. Es el nuevo buque insignia con motor delantero de la marca, el más potente de producción jamás firmado por Aston Martin, y además uno de los últimos grandes GT que aún se atreven a defender el V12 sin electrificación. Solo por eso ya merece una reverencia.

Bajo el capó aparece el gran argumento: un V12 biturbo de 5,2 litros con 835 caballos y 1.000 Nm. Son cifras de superdeportivo central, no de coupé elegante con maletero de gentleman driver. Aston ha rehecho este bloque a fondo para mejorar la respuesta, rebajar inercias internas y mantenerlo vivo en tiempos de emisiones y normativas feroces. Las turbinas pesan menos, suben de régimen con más presteza y el sistema de admisión conserva presión de soplado lista para cuando el conductor vuelve a pisar el acelerador. El resultado es una respuesta casi instantánea, algo poco habitual en un motor de esta talla y sobrealimentado.

La transmisión corre a cargo de una caja automática de ocho relaciones montada sobre el eje trasero. Esa arquitectura ayuda a acercar el equilibrio del coche a un ideal casi simétrico, algo muy valioso en un GT largo y de gran motor delantero. La tracción es trasera, y el diferencial electrónico de deslizamiento limitado se encarga de repartir el tremendo empuje con una mezcla de eficacia y educación. No hay brusquedad torpe ni nervio traicionero: hay músculo muy bien administrado.

Tecnología aeroespacial

El chasis recurre a una estructura de aluminio adherido, con suspensión delantera de doble horquilla y trasera multibrazo. Los amortiguadores Bilstein DTX permiten un abanico muy amplio entre confort y control, y ahí está una de las claves del coche. En modo tranquilo, el Vanquish pisa el asfalto con una compostura impecable, absorbe juntas y baches con delicadeza y mantiene ese aire aristocrático que se espera de un Aston de doce cilindros. Cuando toca apretar, la carrocería queda amarrada con firmeza y el coche cambia de tono sin perder calidad de rodadura.

Los frenos carbocerámicos vienen de serie, con discos de 410 milímetros delante y 360 detrás. No es una cifra puesta para el folleto: hace falta un buen ancla para sujetar un coche capaz de rozar los 345 km/h y de ganar velocidad con una facilidad insultante. Además de soportar altas temperaturas sin fatiga, ese equipo rebaja masas no suspendidas, lo que ayuda al tacto del tren delantero y al control en cambios de apoyo.

La carrocería no responde solo al capricho estético. La distancia entre el pilar A y el eje delantero ha crecido 80 milímetros respecto al Vanquish previo. La consecuencia es que se alarga el capó, pero también ayuda a la implantación del conjunto mecánico y a la gestión térmica. La parrilla aumenta su tamaño, las branquias superiores evacúan calor con eficacia y la zaga es más ancha y asentada. Es un coche largo, ancho y bajo.

Botones, muchos botones

Dentro, Aston ha hecho algo que merece aplauso: no ha entregado el habitáculo a la dictadura del panel táctil. Hay dos pantallas, pero también botones físicos, buena ergonomía y una atmósfera de lujo que aún parece hecha para conducir y no para toquetear submenús. La postura queda muy baja, con el conductor encajado entre consola y túnel, y con un capó interminable delante que no se ve acabar.

A velocidad de viaje, el Vanquish cumple a la perfección con lo que se espera de un gran turismo de alto copete. Es estable, silencioso cuando toca, muy cómodo en apoyos largos y excelente para cubrir distancias serias sin castigar al conductor. La suspensión filtra bien, la caja sube marchas con suavidad y el motor, incluso a pocas vueltas, deja notar una reserva de par casi obscena.

La experiencia cambia de verdad cuando se selecciona un modo más incisivo y se pisa a fondo. Ahí el V12 entrega su carácter con una rotundidad descomunal. No hay espera incómoda ni progresión perezosa; hay una patada limpia, llena y continua que aplasta el cuerpo contra el respaldo y convierte cualquier recta en un suspiro. El 0 a 100 km/h cae en 3,4 segundos y la punta de 345 km/h lo coloca en una zona donde ya no compite por etiqueta de marca, sino por pura capacidad mecánica.

En carreteras rápidas destaca el aplomo. La batalla larga juega a favor, la dirección guía con precisión creciente según sube el ritmo y el eje trasero soporta el par con una nobleza sorprendente para una tracción trasera. No es un coche de reacciones súbitas, ni uno que obligue a corregir cada dos metros. Tiene la pisada larga, la serenidad del coche caro bien hecho y una confianza alta en curva rápida.

Y un sonido que revuelve las tripas

También impresiona el sonido. No tiene la crudeza metálica de los viejos V12 atmosféricos, pero sí una contundencia grave y muy presente que llena el habitáculo y asusta al entorno si se abusa de los decibelios. En un mercado cada vez más domesticado por filtros, híbridos y ruidos de laboratorio, ese rugido convierte al Vanquish en algo casi anacrónico, pero para bien.

Así llega el Vanquish a sus 25 años: como una rareza industrial, un símbolo cultural y un gran turismo que aún entiende el placer de conducir. Aston Martin ha hecho del último Vanquish un coche con cifras enormes, pero también con tacto, equilibrio y una experiencia de conducción que no se agota en la ficha técnica. Corre como un demonio, frena como debe, pisa con autoridad y suena a despedida de una era. James Bond ya anda pidiendo que le hagan precio de amigo, pero esta vez tendrá un extintor a mano.

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