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Opinión

La extraña fascinación por los abdominales de Daniel Sancho: ojo, la víctima no es el asesino

Una cosa es que nos fascine el mal y otra que olvidemos de qué clase de monstruo estamos hablando

La extraña fascinación por los abdominales de Daniel Sancho: ojo, la víctima no es el asesino

Daniel Sancho en Tailandia. | TVE

Vivimos la enésima edad dorada del true crime, un género que satisface esa doble identidad que habita en nosotros: el curioso detective que busca calmar su sed de conocimiento y la maruja de pueblo que no puede perderse un cotilleo morboso. Somos mitad Jessica Fletcher, mitad la vieja del visillo, una combinación letal. Hay creadores como Ryan Murphy que han sabido mezclar ficción y realidad para servir a los espectadores manjares macerados en perversión, como la serie Dahmer, basada en la vida y los crímenes del conocido como ‘caníbal de Milwaukee’, cosechando un éxito que viene a confirmar la fascinación del público por el mal.

En España, como siempre, llegamos tarde y mal a este tipo de fenómenos. Netflix se ha querido apuntar un tanto con Las últimas horas de Mario Biondo, centrándose en el misterio que rodea la muerte/asesinato/suicidio del marido de Raquel Sánchez Silva. Que la presentadora sea, casualmente, un fichaje estrella de la plataforma no es la mejor tarjeta de presentación para una investigación neutral. De hecho, son tan obvias las carencias y la intencionalidad del formato, un mero trámite de blanqueamiento de imagen, que su fracaso ha sido estrepitoso.

La selección de testimonios y pruebas han seguido un dudoso criterio que acaba por despertar en el espectador la sospecha de que algo se quiere ocultar, logrando el objetivo de que éste se ponga inconscientemente en contra de la viuda ‘porque algo no cuadra’. Por mucho que se intente borrar el pasado, hay momentazos que el espectador no puede olvidar: el primer pésame patrocinado de la historia de la televisión, el icónico Sony Xperia Z en el que Raquel Sánchez Silva reconoció haber recibido los mensajes de Ana Rosa. Aquello fue de una frialdad insuperable.

Y entre olas de calor, nos llega de Tailandia el atroz asesinato del cirujano colombiano Edwin Arrieta a manos del chef español Daniel Sancho, hijo del acto Rodolfo Sancho. El crimen lo tiene todo: un asesino guapo que luce abdominales, una relación pasional en la que también podría aparecer el abuso o el chantaje, un turbio negocio, un asesinato premeditado, una muerte violenta, un descuartizamiento que duró más de tres horas…

Los restos del cadáver fueron apareciendo y el sospechoso, una vez detenido, no tardó en confesar. Más allá de que lo hayamos vivido de cerca por tratarse del un asesinato cometido por el hijo de un actor muy querido y admirado en España, lo cierto es que todo el proceso ha sido un true crime de manual, pero retransmitido en directo: hemos visto las imágenes del sospechoso comprando el arma con la que supuestamente desmembró a su víctima en el cuarto de baño de la habitación de su hotel, hemos podido comprobar el estado de la canoa que alquiló para deshacerse de los restos humanos, como la cabeza, incluso hemos podido escuchar una suerte de entrevista porque la policía de Tailandia le ha premiado por su colaboración, permitiéndole usar el móvil, llevándole incluso a cenar a un restaurante de lujo.

«Una cosa es que nos fascine el mal, y otra que nos dejemos seducir hasta el punto de olvidar de qué clase de monstruo estamos hablando»

Hemos sabido cada paso que se ha dado, se nos ha explicado cómo es la cárcel en la que Daniel Sancho va a pasar los próximos años, que le han cortado el pelo al llegar, nos cuentan que no le gusta la comida y ha pedido vitaminas para equilibrar la dieta… La cantidad de información sobre el caso es ingente. Y constante. Llama la atención que en algunos casos la prensa haya dispuesto de las mismas pruebas que la policía al mismo tiempo.

Y todavía quedan muchas dudas: ¿qué relación mantenía de verdad? ¿Por qué tenía Edwin 80.000 dólares en metálico? ¿Es cierto que Daniel estaba con un amigo? El tiempo y la investigación policial lo aclararán. Peo esta noticia está siendo tratada de una manera un tanto peculiar en muchos programas de televisión: conviene recordar que la víctima de este caso es Edwin Arrieta. Las víctimas colaterales son las familias. Tanto la del asesinado, cuyo dolor por la pérdida es inconsolable, como la de del asesino, sometida de pronto a mil preguntas sobre su responsabilidad, sus errores, que han llevado a un hijo a cometer tamaña atrocidad.

La reacción del sospechoso la noche del crimen, yéndose de fiesta con unas amigas, denunciando posteriormente la desaparición como si tal cosa; así como las pobres excusas para justificarse, que si le amenazó con humillarle, que si le tenía en una cárcel, son propias de un sociópata. Muy guapo, sí, con abdominales. Pero un sociópata que estuvo horas cortando un cuerpo en trozos para tirarlos al mar en bolsas de basura. Que una cosa es que nos fascine el mal, y otra que nos dejemos seducir hasta el punto de olvidar de qué clase de monstruo estamos hablando.

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