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Opinión

Cómo las marcas arman la difícil pasarela entre lo digital y lo analógico

Conscientes de que la sobreabundancia tecnológica hace mella en la sociedad, más compañías aspiran al equilibrio

Cómo las marcas arman la difícil pasarela entre lo digital y lo analógico

Una Leica M11 y una Nikon ZF | Fede Durán

Es probable que la extrañeza en la que parece habitar la sociedad contemporánea se deba a la huella que la digitalización deja en cada rincón de la vida, desde los hábitos de compra hasta las relaciones, pasando por el trabajo, los viajes, las finanzas, la educación y la salud. 

A esta capa más antropológica se une otra deep tech: robótica, IA generativa, criptomonedas, realidad aumentada y, de nuevo con la humanidad en mente, interfaces cerebro-computadora y manipulación genética. Un entorno cuando menos abrumador para una especie, el sapiens, compuesta hasta hace no tanto por cazadores-recolectores. 

Conscientes del peligro que corre la gallina de los huevos de oro (el consumo y el hiperestímulo canalizados a través de las apps e internet), las marcas procuran vestir sus mensajes con elementos como la sostenibilidad, la sensibilidad social y, por supuesto, el homenaje al pasado analógico. Para seguir siendo digitales, para mantener al individuo conectado al enjambre de Me gustas, notificaciones, vídeos y posts que moldea su atención, su memoria y su empatía, ciertas compañías comienzan a entender que deben dar un paso atrás.  

Sirva como referencia la industria fotográfica, dividida hoy en tres grandes segmentos. Están, por un lado, las cámaras que incorporan todas las modernidades (grabación en 8K, sistemas de autoenfoque con IA, obturadores globales); aquellas que abrazan el milagro del carrete resucitado (Leica las fabrica, pronto también lo hará Pentax); y esas otras que buscan la armonía entre Blade Runner (el futuro) y Walden (el campo).  

Tres firmas destacan en este último grupo: Leica, Nikon y Fujifilm. En el caso alemán (Leica aún fabrica y repara desde Wetzlar), los modelos M son un icono de la fotografía. La última hornada (M11, M11M y M11-P) introduce una capa más de digitalización en un dispositivo que conserva las formas de los cuerpos fabricados allá en los años 50 del siglo pasado y que mantiene como seña de identidad el telémetro, una forma de enfoque que algunos consideran engorrosa pero que encierra también sus virtudes. 

New kids on the block

Nikon ya se sumó a esta moda con la ZFC y, más recientemente, con la ZF, creada a imagen y semejanza de otra criatura mítica, la FM2. Aquí la propuesta es igual de vintage por fuera pero más tech que las M por dentro: tiene sistema de autoenfoque y, sobre todo, un enfoque manual muy novedoso que permite apuntar con precisión al ojo en el género del retrato. 

Y después está Fujifilm, colmada de éxitos con su familia X100, una superventas en formato aps-c (sensor ligeramente más pequeño que los de las M y ZF) donde a la estética clásica se añade un visor dual que permite hacer uso de la electrónica o disparar a la antigua usanza. 

La trampa

Estas marcas siempre hablan de sensaciones. Y es cierto: aprender a dominar una M es un proceso a veces arduo que convierte al usuario (profesional o no) en un ser algo más comedido en su relación con la abundancia tecnológica. Pero la piel híbrida de lo digital disfrazado de retro no esquiva el obstáculo. Una buena imagen pasará por el ordenador, será editada, se enviará a LFI (la mejor revista fotográfica del mundo), se colgará en Instagram y recibirá (o no) corazones que sumirán al individuo en un estado de inquietud. 

En realidad, no es la dimensión digital, sino la tecnológica, el verdadero puente con lo analógico. Para muestra, el botón de Triumph. La británica, responsable de algunas de las motocicletas más hermosas sobre la faz de la tierra, comercializa aún sus modern classics. Entre ellas destaca la Bonneville T120, espécimen parecido al que pilotó Steve McQueen en La Gran Evasión, un monstruo con buen motor, decentes frenos y aceptables suspensiones que (milagro) conserva velocímetro y tacómetro analógicos y la figura de siempre sin depender de Tik Tok, las visitas al perfil o la publicidad. 

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