Susana Díaz, la nada sustanciosa
«Trátese con dignidad, señora Díaz, y todos estos errores, totalmente subsanables, pasarán a formar parte de su pasado»

La senadora y tertuliana Susana Díaz.
Ayer puse la televisión al mediodía y me encontré en Cuatro con una discusión «apasionante» entre Pablo Fernández, de Podemos, y Susana Díaz, una socialista sanchista, antisanchista o mediopensionista según le convenga. El titular rotulado en la pantalla destacaba unas palabras del «podemita», donde decía lo siguiente: «Susana Díaz es a la izquierda lo que La Oreja de Van Gogh al rock». Sin que sirva de precedente, voy a estar de acuerdo con algo que dice alguien perteneciente a Podemos. Un servidor no sabe si la señora Díaz es de izquierdas, de derechas o cree en los enanitos verdes. Que Susana Díaz es muy veleta es algo evidente.
Susana Díaz ha cambiado la primera línea política por la televisiva. Aceptó ese destierro dorado de ser senadora. Un cementerio de elefantes donde ella, precisamente, no tiene la memoria de este animal. Y es que cuando le preguntan cosas relacionadas con el origen del sanchismo —donde ella fue una de sus primeras rivales y de las que más lo ha sufrido en sus carnes— dice no acordarse de nada o directamente que no sabía lo que pasaba. Esto último sí que tiene coherencia que lo diga. Es un acto de humildad reconocer que no se sabe de algún tema en unos tiempos donde todo el mundo opina sobre cualquier cosa. El problema está cuando esa virtud se convierte en defecto, cuando decides opinar y se demuestra tu desconocimiento sobre la materia. Y es que ella a veces no sabe y otras lo demuestra.
Susana Díaz ha decidido convertirse en una estrella mediática que oscurezca a la política estrellada. Verla repetir lugares comunes y «topicazos» sería enternecedor si no estuviera calculado. Y es que para bailar entre dos aguas hay que estar dispuesto a mojarse, y no permanecer más seca que la mojama. Es como Page, pero sin un reino propio. Una reina que quiso serlo de España, pero que fue destronada por Pedro Sánchez. En vez de rebelarse, se convirtió en una súbdita más del nuevo emperador.
Susanna Griso, Risto Mejide y Nacho Abad la acogen en sus programas. Esa Santísima Trinidad del periodismo televisivo lo hace con la esperanza y la fe de que se quite ese complejo que le impide ser clara cuando debería, y no cuando el tema a tratar no va con ella. Maestra en ponerse de perfil cuando le hablan de las corruptelas socialistas, el machismo imperante dentro de ese partido o cualquier asunto donde Sánchez sea el protagonista. Ella dirá que no es así, que dice muchas cosas cuando se le pregunta sobre estos temas, pero todas embarulladas y vacías de contenido. Una nada sustanciosa donde se encuentra muy cómoda. Eso sí, para decir obviedades sobre una derecha que está en la oposición y que, por tanto, no tiene culpa de nada de lo que ocurre en este país, se expande y empieza a largar de una manera tan locuaz como primitiva.
Y es que cuando alguien se empequeñece y es consciente de ello, la huida hacia delante suele ser la salida escogida. Callar cuando no se debe y explayarse cuando no se conoce el tema a tratar. El pan nuestro de cada día cuando se refiere a Susana Díaz. Algo que un servidor sufrió en primera persona. Y es que ella es especialista en opinar sobre lo que no sabe y, además, hacerlo de manera vehemente y ejemplarizante.
Fue en el verano de 2024. Nuestra protagonista se encontraba en el programa de Risto Mejide, aunque este no estaba presente por su descanso vacacional. El tema era criticar un artículo que había escrito en este periódico, donde decía que las jugadoras de la selección femenina de fútbol solo celebraban los éxitos de otras mujeres españolas y omitían los de los hombres durante las Olimpiadas que se celebraban en ese momento. Dije que antes eran feministas que españolas y el programa fue con todo contra un servidor. El programa manipuló el texto y dejó de leer lo que no les interesaba. Nada nuevo bajo el sol. Pero lo interesante vino cuando Susana Díaz quiso opinar y dejó de manera manifiesta que no solo no se había leído el artículo, sino que seguía a pies juntillas lo que el guion del programa había establecido. Hizo tanto el ridículo cuando me llamó «machista de tomo y lomo», que solo pude sonreír mientras me entristecía empáticamente por ella.
Juan Soto Ivars también ha sido víctima de la verborrea indebida de la señora Díaz, entre otras mujeres, en el programa de Susanna Griso, cuando le afeó a la cara el contenido de su exitoso libro y que, por supuesto, tampoco había leído. Creyó el mantra feminista de que las denuncias falsas o no existen o son un caso residual y, además, sin importancia para la vida de los hombres que las sufren. Y se quedó tan a gusto. Volviendo a hacer, una vez más, el ridículo.
Trátese con dignidad, señora Díaz, y todos estos errores, totalmente subsanables, pasarán a formar parte de su pasado. Ese pasado que no se atreve a remover en su partido socialista, pero tampoco en el presente.
