El negocio de matarse en directo por un puñado de visualizaciones
«Prefiero un millón de veces ver un pezón a encontrarme sin buscarlo con los sesos esparcidos por los suelos de alguien»

Ilustración de Alejandra Svriz.
El streamer Sergio Jiménez falleció en uno de sus directos tras responder al reto de un seguidor que le propuso beberse una botella de güisqui y esnifar seis gramos de cocaína en menos de tres horas. Prueba superada con resultado de muerte. Consiguió hacerse viral en sus últimas horas y batió su récord de impactos en medios antes de conocerse su autopsia. Con 37 años, este creador de contenido con evidentes signos de problemas de salud mental, se entregó a las más siniestras peticiones de quienes, en los directos, le enviaban dinero a cambio de una obediencia ciega que no respetaba ni su dignidad, ni mucho menos su seguridad o su propia salud. Los Mossos han incautado su ordenador para saber quiénes contestaron al anuncio de Sergio para participar en su último live: «¿Quieres entrar en mi meet privado de máximo diez personas? Cinco euros la entrada, meet sin final. Solo personas que quieran estar conmigo de verdad».
La vida a precio de saldo
No ha sido el único jugador de esta ruleta rusa en que se ha convertido la moda de los retos en redes: hay otros que aún intentan sobrevivir —en un sentido irónico— en esta jungla digital repitiendo ese patrón de humillación pública a cambio de una recompensa económica. Como Sergio, no todos lo logran. Es el caso del francés Raphaël Graven, que falleció tras una sesión de 12 días en directo en la que fue vejado y golpeado por otros streamers que desfilaron por su casa mientras él permanecía tumbado en un colchón recibiendo distintos castigos, verbales y físicos. Fueron los propios usuarios los que, a través de los comentarios publicados durante la retransmisión, avisaron del poco juego que estaba dando: Raphaël no reaccionaba a ni a las humillaciones, ni a la violencia. De hecho, tampoco parecía respirar. Game over. Aburridos, se iban desconectando mientras el cadáver del streamer entraba en rigor mortis.
Esta misma semana, TikTok ha cerrado la cuenta de otra figura de este oscuro universo: el español Simón Pérez, que «apadrinó» a Sergio en su descenso a los infiernos, colaborando en distintas ocasiones a que se ganara su prestigio en ese mundillo de lo extremo a costa del total desprestigio personal. Menuda paradoja. Recordemos que Simón se dio a conocer por un vídeo en YouTube de consultoría sobre hipotecas grabado, al parecer, en pleno subidón de coca y alcohol junto a su pareja, Silvia Charro. De ahí al paro, sin hallar salida profesional por el daño reputacional ocasionado por aquellas imágenes. Del paro a las plataformas, de las que fueron expulsados porque la audiencia esperaba de ellos lo mismo que les hizo virales. Llevado al límite, Sergio encontró un resquicio en ciertas redes para conseguir algunos ingresos a cambio de drogarse en directo, beber su propia orina, lanzar objetos por la ventana… «La mayoría de la gente quiere que muera en directo», confesó este economista caído en desgracia al programa Espejo público. Si alguien pensaba que exageraba para llamar la atención, los hechos han confirmado la realidad de esa necrofilia morbosa: la muerte es ya un contenido más para los vampiros del dolor ajeno, un target que compite con otra especie que parece lejos de extinguirse, los vampiros del horror.
Porque, yo no sé ustedes, pero a mí no hay cosa que me ponga más de los nervios que, mientras intento dejar el cerebro el plan encefalograma plano haciendo scroll con el pulgar en la pantalla de mi móvil (en esos momentos, mi mente y mi alma están totalmente entregadas al algoritmo), me salga de pronto un video que me haga sentir como el niño de El sexto sentido. Porque yo también en ocasiones veo muertos. Y no doy crédito. Y me cabreo. Y me repugna. ¿Cómo es posible que te puedan cerrar la cuenta por enseñar un pezón, pero te permitan compartir el aplastamiento de un obrero por un muro, la evisceración de una mujer por un león, la decapitación de un motorista en un accidente…? Vídeos explícitos, brutales, que te entran sin previo aviso, que dan muy mal rollo, que atentan contra el derecho al honor y la imagen de las víctimas y son una agresión a la sensibilidad de los usuarios. Perdonen, pero yo prefiero un millón de veces ver un pezón a encontrarme sin buscarlo con los sesos esparcidos por los suelos de alguien que se ha tirado por el balcón. Los que graban esas aberraciones son el mismo tipo de gente que, cuando empezó el incendio en el bar suizo la pasada Nochevieja, estaba más pendiente de sacar un buen plano que de ayudar a las víctimas a salir del infierno. Cámaras desalmadas en su sentido más literal.
Y en esas estamos, con unos matándose en directo por un puñado de euros y visualizaciones, y otros muriendo en directo siendo grabados por un puñado de euros y visualizaciones. Ojo, que hablamos de un negocio que mueve unos 55.000 millones de euros al año. Tanta regulación para unas cosas y tanto despendole para otras, es algo que se me escapa.
Detesto tanto la censura como las campañas de cancelación, pero soy partidario de unas claras reglas de juego. El futuro de una conversación social sana y responsable, sin manipulaciones, pasa entre otras cosas por mantener un mínimo concepto de «moralidad» basado en el respeto y la justicia: poca esperanza hay cuando decide un algoritmo programado para retroalimentarse de reacciones viscerales que solo buscan generar mayor consumo, es decir, cuando se prima el negocio de los emporios tecnológicos, que además ejercen un control sobre los ciudadanos que, con el tiempo y con la información que van atesorando con descaro y sin ninguna cortapisa legal, acabará superando al de los estados.
Nos han dejado vendidos mientras están creando un monstruo.
P.D.: Para rematar este asunto —nunca mejor dicho—, dos notas de color. De color negro, muy negro.
Una. Debemos avisar de los peligros de hacerse un selfi: más de 500 muertos ha provocado esta aparente sencilla práctica de egocentrismo digital (con un crecimiento exponencial en los últimos años y un dato significativo: la edad media es de 24 años). La búsqueda de una foto única y espectacular lleva a muchos al límite de jugarse la vida: colocándose al borde de un acantilado, subiéndose a la cima de una montaña, conduciendo a gran velocidad… La posibilidad de morir por un posado ya es mayor que la de morir por un rayo.
Dos. Ser influencer comienza a ser una profesión de riesgo. Solo el año pasado, dos chicas se intoxicaron mortalmente con óxido nitroso por seguir la moda del chroming; un montañero se despeñó en un directo de TikTok cuando le falló la cuerda mientras escalaba el Capitán en el parque Yosemite (California, EEUU); durante un live vimos cómo se estrelló un piloto con un helicóptero ultraligero que acabó en llamas; una joven entró en coma cerebral tras beber todo tipo de alcohol durante el desafío «Cinco retos, cinco premios»; un entrenador reventó tras imponerse una dieta de ingesta masiva de comida rápida y una fanática de la fruta —era lo único que comía— murió desnutrida, pesando apenas 22 kilos.
De todas formas, es evidente que los retos virales los carga el demonio.
