El Gobierno como estorbo
«Lo más probable es siempre que el Gobierno impida, encarezca o empeore las soluciones que el sector privado puede alcanzar por sí solo»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Hacia el final de 1914, la Primera Guerra Mundial ya había alcanzado un punto de estancamiento en el frente occidental. Winston Churchill, entonces primer lord del Almirantazgo (algo así como un ministro de Marina), propone una alternativa: abrir un segundo frente, bombardeando Constantinopla (hoy Estambul) desde el estrecho de Dardanelos. Luego, ocupar la ciudad y derrotar al Imperio Otomano, sacándolo de la guerra. A su vez, eso permitiría terminar con el aislamiento de Rusia (aliada de Inglaterra y Francia).
El 13 de enero de 1915 se reúne la Junta de Guerra. Un gabinete reducido formado por el primer ministro (Herbert Asquith), el secretario de Guerra (Lord Kitchener), el máximo responsable militar (John French), el jefe militar de la Royal Navy (John Fisher), un almirante asesor de Churchill (Arthur Wilson), el secretario de Exteriores (Edward Grey), el secretario del Tesoro (Lloyd George, futuro primer ministro), el secretario para la India (Lord Crewe) y el propio Churchill. Increíblemente para la España de hoy, con un Gobierno que gusta levantar «muros», también se invitaba regularmente al líder de la oposición (Arthur Balfour).
La reunión era decisiva, pues se daría, o no, la aprobación definitiva al plan de Churchill sobre Dardanelos. De esa decisión dependían, no solo la vida de cientos de miles de soldados, sino el futuro mismo de la Guerra, por el enorme esfuerzo militar que exigía. Por diversas razones, que incluyen malentendidos y silencios calculados, el plan se aprobó.
El trabajo de los historiadores, leyendo miles de cartas de todos los implicados y reconstruyendo los hechos con precisión de horas, permitió determinar que, durante esa misma reunión decisiva, el primer ministro, de 62 años, le escribía una carta a su amante, Venetia Stanley, de 27. Estoy en una reunión «cuyo carácter es tan confidencial que no puedo transcribir ni una sola palabra, aunque te lo comentaré por extenso mañana», escribió Asquith. Era la respuesta a una carta de la señorita Stanley, que también había leído durante la reunión. «Estoy deseando contarte todo lo que hemos dispuesto para ver si merece tu aprobación», agregó el primer ministro en una segunda carta ese mismo día.
Si bien es evidente que cualquiera con responsabilidades de gobierno tiene una vida personal y preocupaciones íntimas, este caso es de importancia extraordinaria: durante la guerra más grande librada hasta entonces, mientras se decidía una operación clave, el asunto más importante del momento, el primer ministro leía y escribía cartas a su amante, además, violando la Ley de Secretos Oficiales.
Cuando se propone que sea el Gobierno el que elabore planes, el que piense soluciones, el que considere todas las alternativas y potenciales consecuencias, se está procediendo con una ingenuidad temeraria. Aunque normalmente dispone de mucha información, el Gobierno suele ser incapaz de procesarla. Aunque pudiera procesar correctamente toda la información de que dispone, la decisión final corresponde a un grupito de personas, que no son precisamente ángeles omniscientes. Lo más probable es siempre que el Gobierno dificulte, impida, encarezca o empeore las soluciones que el sector privado puede alcanzar por sí solo.
Porque el Gobierno, en realidad, es Asquith escribiendo a su amante, Ábalos organizando la juerga en Paradores, los miembros de la Junta de Guerra minimizando el hecho de que en el frente occidental escaseaban los obuses, Sánchez negociando el rescate de Plus Ultra o pidiendo a Garrido una plaza para su hermano, John Fisher guardando silencio en la reunión decisiva aunque se opusiera a la operación Dardanelos, Yolanda Díaz buscando vengarse porque su plan de 35 horas semanales no salió, Lloyd George contando secretos oficiales para perjudicar a Churchill o María Jesús Montero pensando qué conejo puede sacar de la chistera de Hacienda para minimizar la vergüenza electoral que le espera en Andalucía, al tiempo que presenta como «solidario» el nuevo pago prometido al chantaje separatista.
En la Operación de los Dardanelos perdieron su vida 250.000 personas; se subestimó al enemigo, se desembarcó en acantilados, no hubo coordinación entre Ejército y Marina. El plan de Churchill fue un fracaso y el gobierno de Asquith cayó. Justo al mismo tiempo, Venetia Stanley le dijo a Asquith que terminaba la relación porque se casaría con Edwin Montagu, otro miembro de su gabinete.
