The Objective
Opinión

Los Beckham también lloran

La marca Beckham va primero. Antes que el hijo. Antes, sin duda alguna, que la cena de Navidad en la que todos se reúnen

Los Beckham también lloran

Ilustración de Alejandra Svriz.

Durante años, los Beckham no han sido una familia cualquiera, han sido un símbolo y una demostración: la prueba empírica de que se podía ser famoso, rico, guapo, exitoso y con cierta normalidad al mismo tiempo (bueno, si nos centramos en el futbolista, porque la Spice Girl siempre ha sido más ‘especialita’). David sudaba humildad con abdominales, Victoria dejaba los escenarios para dedicarse a la moda, los hijos crecían siguiendo un patrón que parecía diseñado por una IA: bien educados, guapos, fotogénicos, siempre colocados en el ángulo exacto del plano de una portada o reportaje gráfico. El conjunto no era una familia sino una marca registrada. Cuando el primogénito ha decidido hablar, no ha roto un silencio, ha hecho algo más: ha hecho añicos un contrato tácito con el público. Pero en el fondo tampoco nos sorprende: todo era demasiado perfecto, tan impecable que daba un poco de miedo. Porque de cerca nadie es normal, y no hay familia que no tenga su oveja negra.

La catarsis ha llegado con Brooklyn Beckham, que ha quitado la máscara que ofrecía el rostro ideal del clan a través de una confesión en sus redes sociales: «No quiero reconciliarme con mi familia». No hay drama, no hay temblor, no hay llanto. Solo una frase quirúrgica. Luego llega la segunda incisión: «He estado controlado por mis padres la mayor parte de mi vida». Y, finalmente, el golpe de bisturí definitivo, el que convierte un conflicto doméstico en una auditoría moral: «Brand Beckham comes first». La marca Beckham va primero. Antes que el hijo. Antes, sin duda alguna, que la cena de Navidad en la que todos se reúnen. Así que no digamos una nuera que se planta para robar protagonismo y arrebatar el control a uno de los suyos.

Con esta frase, el hijo mayor certifica una realidad que se descubre las costuras del traje a medida que los Beckham habían diseñado para desfilar por las revistas y programas de televisión. No discute una herencia emocional, discute un modelo de familia donde la identidad individual quedaba subordinada a una narrativa global cuidadosamente gestionada, por eso no habla de discusiones, de conflictos, habla de estructura. No habla de heridas, habla de jerarquías. Ahora entendemos que lo que parecía una familia modélica quizá era otra cosa: una empresa muy bien gestionada con familiares en lugar de empleados y apellidos en lugar de cargos: CEO, David. Dirección creativa, Victoria. Delegaciones internacionales: los hijos, cada uno con una imagen personal para un target comercial diferente, cubriendo todos los espectros del negocio. Cada beso, cada abrazo, cada dedicatoria en Instagram parecía ensayada frente al espejo. Cuando David hablaba de sus hijos, lo hacía como quien presenta una campaña: humildes, ejemplares. Cuando Victoria posaba con ellos, era más directora creativa que madre.

Con el tiempo, las piezas del puzzle encajan con una naturalidad inquietante. La boda con Nicola Peltz se entiende como una amenaza: un apellido externo —no uno cualquiera, uno bañado en millones de euros— entrando con sus propias reglas en el ecosistema Beckham, un poder económico alternativo, una narrativa que ya no se podía controlar del todo. Entonces se puso en marcha una maquinaria para desacreditar, interferir, corregir, recolocar. Los ataques a la nuera eran la respuesta a una incómoda presencia capaz de abrir una grieta por la que se coló una nueva realidad. No se discutía el amor, se discutía el encaje de un nuevo personaje en una trama cerrada y controlada.

Prendida la mecha, las redes han provocado un incendio: una oleada de memes comparando a los Beckham con Succession, chistes sobre contratos prenupciales con cláusulas de Instagram, vídeos de Victoria mirando al infinito mientras alguien escribe: «cuando tu hijo arruina el storytelling». El público que durante años aceptó la perfección familiar como aspiración, ahora disfruta del desmontaje con la misma devoción. Porque no hay mayor placer colectivo que ver un desastre en directo.

Por su parte, Cruz Beckham ha optado por ejercer el papel de hijo institucional, lanzando mensajes de amor a la familia, agradecimientos generales, corazones estratégicos. No niega nada, pero tampoco confirma. Protege la marca desde dentro mientras sus hermanos se declara incompatible con ella.

Los Beckham han sobrevivido a infidelidades, a mudanzas estratégicas, a escándalos deportivos y a la crueldad de la prensa británica con una disciplina admirable. Todo se gestionaba, todo se absorbía, todo se recolocaba para mantener el status quo en la cima de la popularidad. Ya no. ¿Esto los hace humanos? Sí, claro. Por fin. Pero también los retrata con una crudeza incómoda. Porque no estamos ante unos padres desbordados por la fama, sino ante unos profesionales que quizá olvidaron que la eficacia no es una virtud emocional. El éxito no enseña a soltar. El dinero no enseña a escuchar. La fama no enseña a desaparecer cuando toca. No son monstruos, tampoco villanos, solo el producto extremo de un sistema basado más en el poder de la imagen que en la fuerza del corazón.

Quizá Brooklyn no sea un ingrato, sino el primer Beckham que ha decidido ser persona antes que logo. O quizá todo sea parte de una nueva fase del relato, una crisis que también se capitalizará.

De momento, la gran noticia es que los Beckham también lloran.

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