El masaje nauseabundo de Silvia Intxaurrondo
«’Así da gusto’, remató Puente al final, con esa chulería que lo caracteriza, como si estuviera en un club privado»

Silvia Intxaurrondo. | Gtres
En un país donde la tragedia ferroviaria de Adamuz ha acabado con 45 vidas, un servidor esperaría que la televisión pública, esa que pagamos todos con nuestros impuestos, sirviera como faro y escrutinio de la verdad. En cambio, lo que vimos el lunes pasado en La hora de La 1 de TVE fue un espectáculo bochornoso. Silvia Intxaurrondo, la presentadora estrella del ente público, convertida en masajista de lujo para el ministro de Transportes, Óscar Puente. Un masaje nauseabundo, cargado de complacencia ideológica, que priorizó la protección del poder socialista sobre la fiscalización que merece cualquier responsable público tras una catástrofe de esta magnitud. Porque un periodista no es un guardaespaldas con micrófono. Su deber es pinchar, cuestionar y desmontar, no untar crema solar al ministro de turno solo porque comparten trinchera política.
Óscar Puente acudió al plató de TVE una semana después de los terribles acontecimientos. Cualquiera pensaría que fue preparado para un interrogatorio feroz, con preguntas sobre negligencias en el mantenimiento de las vías, sobre las alertas ignoradas de varios trabajadores que denunciaban averías crónicas, o sobre por qué un tramo de vía de 1989 seguía en uso, soldado precariamente a uno nuevo, como si Renfe fuera un taller de bricolaje low cost. Pero no fue así. Intxaurrondo, con su seriedad impostada y su tono de confidente, le sirvió una entrevista que parecía más una sesión de spa que un ejercicio periodístico. «Así da gusto», remató Puente al final, con esa chulería que lo caracteriza, como si estuviera en un club privado donde las reglas las pone él. ¡Claro que da gusto, ministro! Cuando te dejan explicarte sin que nadie te interrumpa con hechos incómodos, todo es un paseo por el parque.
Lo patético del asunto es cómo Intxaurrondo transformó el plató en un búnker anticríticas. En lugar de fiscalizar al responsable máximo de la red ferroviaria, optó por protegerlo como si fuera un cachorro indefenso acosado por lobos mediáticos. Un ejemplo flagrante fue cuando preguntó al ministro cómo estaba afrontando «esta campaña de intoxicación por parte de algunos medios y partidos políticos». Con esa pregunta, la presentadora no solo afirmaba que las críticas son «intoxicación», expresando su opinión sesgada como si fuera un hecho cierto, sino que guiaba la respuesta hacia la victimización del ministro. Una pregunta periodística debería ser neutra y afilada como una espada, no un salvavidas lanzado al entrevistado para que se queje de lo malvada que es la oposición.
Pero no se quedó ahí el festival de complacencia. Otro momento lamentable fue cuando Intxaurrondo permitió que Puente defendiera la «seguridad ferroviaria» alegando que el accidente era «algo excepcional», sin repreguntarle sobre las contradicciones evidentes en sus declaraciones previas. Inicialmente, el ministro aseguraba que la vía estaba «totalmente renovada», pero luego admitió que no, que había tramos antiguos soldados a los nuevos. ¿Y qué hizo la presentadora? Nada. Ni una ceja arqueada, ni una pregunta incisiva como: «¿Por qué mintió al principio sobre la renovación completa de la vía?». En su lugar, le dejó explayarse sobre hipótesis vagas. Intxaurrondo, en su rol de masajista, prefirió ignorar estas grietas en el relato oficial, optando por preguntas suaves que permitieran a Puente posar como un héroe incomprendido.
Y luego está el remate final, ese «Así da gusto» que Puente soltó como si fuera un corderito temeroso. Demuestra que al ministro bravucón le gustan más las presentadoras masajistas que las que lo pondrían entre la espada y la pared. Puente, con su historial de exabruptos en redes y su pose de matón, prefiere el confort de un plató amigo donde pueda soltar su monólogo sin interrupciones. Intxaurrondo, con su historial de entrevistas suaves al poder progresista, se prestó al juego como una profesional del relax. Es patético: ella, que debería ser la voz de todos los ciudadanos, se convierte en escudera ideológica, protegiendo al partido del Gobierno antes que a las víctimas. ¿Dónde está la empatía con esas 45 personas con sueños por cumplir que de repente se convirtieron en una pesadilla mortal? Intxaurrondo mostró más compasión por un ministro fanfarrón que por las familias destrozadas.
Este uso partidista de un medio público como TVE no es solo lamentable, sino un escándalo democrático. RTVE no es el boletín oficial del PSOE, es de todos los españoles. Financiado por los que votan derechas, izquierdas, centros, y hasta por los que llevamos bastantes años sin acercarnos a un colegio electoral. Cuando una presentadora como Intxaurrondo transforma un programa en un balneario para ministros, traiciona al periodismo y a la audiencia. Es irónico que, en un país con un historial de accidentes ferroviarios como el de Angrois, sigamos viendo cómo el poder se escuda en entrevistas complacientes. Intxaurrondo quiso dejar claro con sus preguntas que antes estaba su sesgo ideológico que querer saber la verdad. Y mientras, las víctimas de Adamuz siguen esperando justicia, no excusas envueltas en complacencia por parte de una periodista a la que pagamos su sueldo. Es hora de exigir que TVE sea un foro de periodismo independiente. Porque, al final, no solo sufren accidentes nuestros trenes, como pone de manifiesto el descarrilamiento ético de nuestro ente público.
