The Objective
Hastío y estío

Un presidente mínimamente humano

«La ausencia de Sánchez en el funeral por las víctimas de Adamuz es un monumento a la cobardía y al desapego»

Un presidente mínimamente humano

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. | Europa Press

La Presidencia del Gobierno debería ser sinónimo de responsabilidad y cercanía con el pueblo. La ausencia de Pedro Sánchez en el funeral por las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz es un monumento a la cobardía y al desapego. Hablamos de un suceso que ha conmocionado a toda España. La colisión de dos trenes en Adamuz que acabó con la vida de 46 personas y dejó más de un centenar de heridos graves. Un drama humano que, en lugar de unir al país bajo el liderazgo de su máximo representante, ha expuesto las grietas de un Ejecutivo que prefiere el cálculo electoral a la empatía. Sánchez, ese terminator de la política, programado para mantenerse a toda costa en el poder, optó por no asistir al multitudinario funeral celebrado en Huelva. Un miedo a las críticas, a los reproches del pueblo que ponen de manifiesto su mala o nula conciencia.

Ser presidente del Gobierno implica aguantar el chaparrón de las críticas, venga de donde venga. Es parte del cargo, inherente a la responsabilidad de representar a todos los españoles, no solo a los que le votan o le lamen los zapatos con sus lenguas interesadas. Sánchez lo sabe, o debería saberlo, pero prefiere refugiarse en su búnker de Moncloa, delegando en su vicepresidenta primera, María Jesús Montero, y en un par de ministros la tarea de dar la cara. Mientras los reyes Felipe VI y Letizia presidían el acto con dignidad, el presidente optaba por la invisibilidad. ¿No es humillante que el jefe del Ejecutivo no pueda pisar las calles de España sin temor a ser abucheado? Más aún, que no pueda acompañar en su dolor a familias destrozadas por un accidente donde la responsabilidad última recae, en gran medida, sobre el Gobierno que él dirige.

Pero vayamos más allá, ¿cómo hemos llegado a asumir, como sociedad, tener un presidente que debe esconderse del pueblo para el que supuestamente trabaja? Un pueblo maltratado por su indiferencia, como demuestra esta ausencia en Huelva. Sánchez no es nuevo en esto, recordemos su gestión de la dana en Valencia, donde también fue criticado por su tardanza y por visitas que parecieron más protocolarias que sinceras, por las que tuvo que terminar huyendo el galgo de Paiporta, reconvertido ahora en el avestruz de Adamuz, concepto ingenioso cuyos derechos de autor recaen en Jorge Bustos, que lo dijo en el programa de la Cadena COPE donde trabaja.

Otro aspecto bochornoso es la politización del duelo. El Gobierno filtró la idea de organizar un funeral de Estado, pero sin connotaciones religiosas, concretamente católicas, que son realmente las que les molestan, para ganarse la simpatía de la izquierda anticlerical. En una comunidad como la andaluza donde la mayoría de las víctimas y sus familias profesan la fe católica, ¿se pretendía secularizar el luto para ganar puntos con los más fanatizados de la progresía? Eso no es respeto al dolor, es barbarie ideológica. El funeral en Huelva fue una misa porque los familiares de las víctimas así lo quisieron. Sánchez, con su ausencia, no solo evitó las críticas, sino que perdió la oportunidad de unir al país en un momento de crisis.

Esta actitud revela el núcleo del problema. Sánchez es un presidente obsesionado con el poder, no con el servicio público. Como terminator, ni siente ni padece. Está programado para mantenerse en la Moncloa a toda costa. La humillación no es solo para él, que no puede salir a la calle sin escudo, es para todos los españoles, que merecemos un líder que afronte la realidad, no que huya de ella.

Hemos asumido un Gobierno que esconde sus fallos bajo capas de propaganda, que politiza el dolor para dividir en lugar de unir. El accidente de Adamuz, con su posible causa en el deterioro de la vía, es un recordatorio de que las infraestructuras no se mantienen solas. Requieren inversión y supervisión, no recortes disfrazados de una falsa eficiencia.

Debemos preguntarnos por qué hemos normalizado el aislamiento presidencial. ¿Cómo es posible que, en una democracia madura como la española, aceptemos que nuestro jefe de Gobierno viva en una especie de exilio interno, temeroso de enfrentarse al pueblo en momentos críticos? 

La ausencia de Sánchez en Huelva no es algo anecdótico. Es el síntoma de un liderazgo fallido, obsesionado con el poder y ajeno al sufrimiento de la población. Como sociedad, debemos rechazar esta normalización y exigir un presidente que, como mínimo, dé la cara. Porque los españoles merecen algo más que un robot en Moncloa. Merecemos un presidente mínimamente humano.

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