THE OBJECTIVE
El purgatorio

Jorge Bustos: «Si no hubiera madurado, hoy sería de Vox»

El periodista de El Mundo publica su nuevo libro, Casi, una crónica desgarradora y bella sobre las personas sin hogar

Opinar sin decir estupideces cansa. Jugar partidos diarios en las tribunas de opinión más seguidas del país, ya sean radiofónicas, televisivas o escritas, puede convertirse en una condena. Jorge Bustos (Madrid, 1982) era un niño que quería ser columnista, opinador, lo consiguió. Ahora se mueve entre políticos, platós, empresarios, pero hace un tiempo decidió visitar una realidad cercana a su domicilio, aunque invisible a los ojos de la mayoría de la humanidad. Los sintecho. Casi (Libros del Asteroide) es una crónica en primera persona de un Jorge Bustos que va, observa y lo cuenta, periodismo genuino. Historias de gente cuya vida nunca les ha importado a los medios.

PREGUNTA. – «Cuando Óscar Puente se levantó para ocupar la tribuna de oradores, todo el mundo se sorprendió de que supiera caminar erguido. Su intervención gorila escapa a las capacidades intelectuales de un humilde cronista de letras». Esto es el inicio de la crónica de Jorge Bustos sobre aquel intento fallido de investidura de Alberto Núñez Feijóo. Cuando el que le dio la respuesta por parte del Grupo Parlamentario Socialista fue Óscar Puente, que ha citado en alguna que otra entrevista este fragmento de crónica. ¿Cómo es oír una columna de opinión leída por la persona que es criticada en esa columna?

RESPUESTA. – Pues muy gratificante la verdad. Lo escuché, porque una persona de la COPE me dijo «mira, estás en la SER» y era el ministro leyendo en el programa de Aimar Bretos la apertura de esta crónica parlamentaria como una de tantas que escribo. Y leyéndola, además con una entonación muy esmerada, casi con voz de barítono. Porque Puente creo que ha hecho algo de teatro profesional. Él sabe entonar y entonces me sentí agradecido porque realmente a lo que aspira un cronista es a la máxima difusión de sus escritos.

En cuanto a que Puente se quiera victimizar, un ministro de Transportes, se quiere sentir víctima de la prensa, es el mundo al revés. No, es que va en su sueldo que le critiquemos, como la sátira también va en su sueldo. O a lo mejor no ha leído a los cronistas parlamentarios del siglo XX español. Lo de los jabalíes lo acuñó José Ortega y Gasset, me parece que tiene una cierta altura intelectual. Bueno, pues Gasset acuñó el término, que Puente llamaría insulto, de jabalíes para los parlamentarios que se comportaban de una manera vejatoria o que intentaban hacer ruido o meter bulla. Lo que hoy llamamos polarización, eso ya existía en las Cortes de entonces.

Y los cronistas parlamentarios, las crónicas de Fernández Flores, de Camba, de Plá, están llenas de ataques finos, pero de ataques a veces muy biliosos. Y a mí me parece que el insulto es un arte desde mucho antes de Quevedo, te vas a Marcial, a los griegos, a Luciano de Samosata, Aristófanes, todos esos nombres que Puente seguramente también conocerá. La sátira es un estilo que tiene tres mil años, es parte de la escritura y de la intervención en el discurso público. 

P.- Tengo aquí el resumen del dossier de insultos hacia el ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente. Que ha establecido otro debate, el debate entre lo que es un insulto que yo puedo entender que no le guste al ministro y que lo denuncie. Y después lo que es la crítica, porque decirle que es sectario a lo mejor él lo considera insulto, pero entiendo yo que no es. No sé cómo lo ve Jorge Bustos.

R.- Es que no sé ni por dónde coger este asunto, porque Puente acusó a Susana Díaz de poner el culo en pompa a la derecha. Ha incurrido en todo tipo de ataques machistas en su cuenta de Twitter denunciados por periodistas de El País también. Es un personaje que no tiene derecho a quejarse, no lo tiene, incluso aunque se comporte de una forma versallesca porque va en el sueldo del poder que le pagamos todos, va el encajar las críticas y las sátiras también.

Recuerdo que Sánchez Ferlosio, en el momento de mayor esplendor de Felipe González, mayorías absolutas tras mayorías absolutas, en el periódico El País le llamó «gatazo castrado y satisfecho». Yo todavía no he llamado a Sánchez eso ni tampoco se lo he llamado a Óscar Puente, pero hubo una época en que la prensa se atrevía con el poder. Parte del trabajo de la prensa es faltarle el respeto al poder, ay de los periodistas que tengan hacia el poder un temor reverencial.

El poder está para que nos riamos de él, a no ser que vivamos una dictadura. Pues entonces, cómo ha contado muy bien Milan Kundera, lo que más jode un dictador es el humor, que te rías de él. He percibido que a Pedro Sánchez, que es un hombre que quiere pasar por solemne, como una figura de la historia de España, le jode especialmente que no te tomes en serio su solemnidad. Pero es que es imposible tomárselo en serio.

Oye, el otro día que estuvo en Oriente Medio, y censuró a Israel el brutal ataque a siete cooperantes de la ONG, eso está bien hecho. Yo en la radio he defendido cuando creo que dice algo que está bien, que es legítimo criticar a Israel por una desproporción en un ataque. Y que Netanyahu es posible que esté en algunos momentos perdiendo un poco el control de la legítima defensa a los atentados de la masacre del 7 de octubre.

Pero lo que pasa es que el personaje en sí mismo, ya desde el principio, desde aquella foto con las manos en el avión y las gafas, que llamaba Gistau «las gafas del puto amo», es un personaje que tiende a esa aspiración a la pompa global. Aznar era muy criticado por eso, pero coño es que Aznar sacó mayoría absoluta, pero es que Pedro Sánchez no ha pasado de 123 diputados, es un poco risible esa pompa. 

P.- Estamos en un país ciertamente curioso. Porque tenemos a una señora, Montserrat Gusano, pagada como asesora de los socialistas en el Congreso, cuya labor principal en realidad es decirle lo buenorro que está el presidente Sánchez por X. Mientras que otro miembro del Gobierno lo que hace es a los asesores que tiene mandarles que le subrayen los insultos en las columnas. 

R.- Puente, repito, es el último tipo de la política española con derecho a quejarse. Ayuso podría hacer un listado de las cosas que han dicho de ella, y en la izquierda no encuentra ninguna empatía esa clase de demonización del adversario. Creo que estamos en un momento político en España especialmente triste, porque cuando no tienes escaños para gobernar tienes que llenar el vacío que no llena tu agenda legislativa polarizando o haciendo golpes de efecto. Entonces para eso Sánchez destinó en el puesto más avanzado de su de su ejército a Puente para que hiciera de ariete, y es lo que está haciendo. Él se alegra de que nosotros abramos esta conversación hablando de él. Porque su trabajo es desviar la atención de las incidencias insoportables de la red ferroviaria de Renfe, que sí que es su competencia. 

P.- Alguien como Jorge Bustos que escribe mucha opinión, que además está en tertulias, ¿se arrepiente habitualmente de lo que dice con el tiempo o generalmente lo olvida?

R.- Sí, claro que yo he cometido cientos de errores. Intento no releerme, pero no releerme textos antiguos sobre todo, pero incluso textos recientes de hace un año o dos, donde a veces afinas con el tono y otras estas pasado de vueltas. A ver, alguien como yo, que tiene un grado de exposición mediática bastante alto en prensa, radio, televisión y redes y que se gana la vida opinando porque me pagan por opinar.

Hay gente que lo considera un privilegio, al principio lo es porque yo soñaba con ser columnista, era uno de esos niños repelentes que soñaba con ser columnista de adolescente, al principio lo consigues, opinas y empiezas a tener repercusión. Pero ese don puede convertirse en una condena, una condena laboral cuando estás obligado a opinar de todo. Están graciosos esos sketches de gente o incluso canciones hablando de la opinión de mierda, de todólogos, oye, ponte tú.

P.- ¿Hay que defender el papel del tertuliano?

R.- Hombre, claro. Rubén Amón ha escrito sobre eso alguna columna, defendiendo la condición, la condición proletaria del tertuliano. La gente cree que cobramos fortuna, hay tertulias de 70 € que gastas más en el coche, en ir hasta el plató y hay tertulias a lo mejor de 300 €. Y yo no he cobrado más de 300 € en ninguna, me dicen que las de la noche se pagan mejor. Pero estar preparado para decir algo que no sea del todo imbécil sobre cualquier asunto no es nada fácil y no es nada placentero, te diría. O sea que el cuñado profesional que te envidia y te ataca es porque en realidad le gustaría estar en tu lugar. Me encantaría realmente cederle el puesto y que a ver si aguanta una semana de exposición mediática con sus consecuencias. 

P.- Siempre preguntamos antes de entrar en este Purgatorio de THE OBJECTIVE por la fe, o sea, por la relación con Dios de los invitados. Por lo que tengo entendido, Jorge Bustos se crió en un ambiente cercano al Opus.

R.- En un colegio del Opus Dei, el Retamar, el mismo que Almeida. Debí de verle por el patio corretear, es mayor que yo, pero yo creo que coincidimos algunos años en el patio del colegio y estoy agradecido por la formación que recibí. No soy uno de esos tíos rebotados, hay algunas cosas que no compartí, y sin embargo me quedé siempre con lo bueno que es mucho más. Yo creo que soy el producto de la educación que me han dado mis padres y secundariamente mis profesores. Y ahí he aprendido nociones a las que seguramente debo las cosas buenas que me hayan pasado en la vida. No ser consciente de la importancia de una educación exigente pero amable, una cierta aspiración a la nobleza de espíritu, vamos a decirlo así. No ser consciente de ese regalo es ser un profundo ingrato. 

Jorge Bustos durante la entrevista – Víctor Ubiña

P.- ¿Jorge Bustos era más dogmático antes?

R.- Mucho más. A muchos les seguiré pareciendo un fascista irredimible, pero es verdad que tenía una cierta obsesión al moralismo, quizá estaba predestinado a ser jefe de opinión. Tenía una cierta tendencia a fijar el bien y el mal, a enjuiciar los comportamientos ajenos, los míos también, era tremendamente severo, me comía mucho el tarro con mis propios errores, era muy escrupuloso en términos morales. Sí, nací en un ambiente donde la exigencia era una orden íntima que teníamos que cumplir.

Y eso que hoy está muy denostado porque hoy vivimos en la destrucción del principio de autoridad en todos los ámbitos. En el literario se cuestiona el canon, en el estético, en el periodístico la voz autorizada no tiene ya el peso que tenía, en la política ni hablar. Es más molesta que lleguen los brillantes a la política, porque parece que es un desdoro para las clases menos favorecidas. Un sentido de la jerarquía moral, no económica, nunca he soportado al pijo. Yo no era de los más adinerados de mi clase, precisamente. Era sólo el cuarto de seis hermanos. Pues normal, clase media normal, si en verano no podíamos veranear, nos quedábamos en casa. 

P.- Si el Jorge Bustos de los 20 o 25 años hubiera sido muy fiel, muy perseverante en sus principios ideológicos, en sus pensamientos dogmáticos, si no hubiera madurado, ¿hoy sería de Vox?

R.- Sí, sin duda. De hecho, por eso a los voxeros les caigo tan mal, porque perciben una especie de traición. Entonces a lo mejor estudié en un colegio parecido, no les caigo bien porque yo pasé por ahí, lo que pasa es que me curé, quiero decir, lo superé porque leía mucho. Estudié Filología en la Complutense, que es un ámbito que te ayuda a rozarte con la vida y con los diferentes. Viajé, rompí algunas cosas, cuestioné algunas cosas y leí libros que te hacían cambiarte un poco los esquemas.

Nunca he sido de izquierdas porque siempre me ha parecido que sus recetas eran erróneas y que parten de unos presupuestos sobre la naturaleza humana cuestionables, pero al mismo tiempo admiro y deseo ese sentido de la utopía. Es que si no tienes un sentido de la utopía para la comunidad en la que vives, pues vives en la parálisis total. El conservador puro, reaccionario, tradicionalista, nunca va hacer nada más que proteger su propia clase, su propio privilegio de partida, eso me parece detestable. Al mismo tiempo, creer que puedes crear el hombre nuevo o la mujer nueva, o una mezcla de hombre y mujer nueva, pues también la ingeniería social me parece estúpida. No sé si esto entra dentro de categorías tradicionales izquierda-derecha, pero desde luego que sí, que los extremos desde hace ya un tiempo me causan rechazo. 

P.- Jorge Bustos está aquí principalmente por su nuevo libro, Casi, lo edita Libros del Asteroide, es una crónica del desamparo. Historias de gente que vive, sobrevive, malvive y que intenta pasar lo que le quede de vida como medianamente pueda en la calle y en los albergues, los alojamientos que tienen estas personas. Seres humanos cuyas historias no salen en los medios de comunicación. Quiero que me cuente cómo es esa primera aversión inicial hacia una persona que vive la calle. Persona que está al lado de su casa, para después acabar escribiendo, entendiendo, comprendiendo las historias que aquí acontecen. 

R.- El rechazo es un motor literario de primer orden y periodístico también, porque revela muchas cosas de nosotros mismos. Tampoco es un rechazo original, los indigentes no gustan a nadie, a los santos quizá, pero no gustan a nadie, es natural sentir un rechazo. No huelen bien, no se comportan bien, decía Adela Cortina cuando acuñó el término de aporofobia que «la aporofobia es el sentimiento de rechazo a aquel del que solo cabe esperar problemas», efectivamente, esos son los sin techo. No te van a dar nada, luego te dan muchas cosas. A mí me han dado este libro y muchas cosas más.

Pero en principio la primera reacción cuando te mudas a un barrio, como me pasó a mí, donde yo no sabía que a 600 metros estaba el centro de acogida más grande de España. Y empiezas a encontrármelos en la acera y me tropiezo con ellos en el en el portal de mi casa. Algunas noches tenía que saltar por encima de un mendigo que estaba empapado en su propio alcohol, con el cartón tirado al lado. Y yo decía al principio «¿Dónde me he mudado? Por fin he conseguido a los 40 años pagar la entrada de un piso», y esto le pasa a gente de mi comunidad de vecinos. Y al final un día dije, «¿Y esto?, ¿por qué no me atrevo a mirarlo?».

Mi trabajo profesional se desenvuelve en plató de televisión, en cámaras parlamentarias, en restaurantes, habló con empresarios, con políticos importantes, con jueces, creo que he conquistado una posición en el oficio. De repente, el contraste brutal entre mi trabajo cotidiano en los entornos del poder de las élites y tropezarme cotidianamente con los más vulnerables, los más olvidados entre los olvidados, la gente que no le importa a nadie, pues activa como una lucecita.

Y no es que sea una epifanía religiosa, pero es como un atrevimiento, es un cuestionamiento de uno mismo. De si me atreveré a meterme en algo que no he hecho nunca. Un reportaje social y ver qué aprendo yo por el camino, porque yo soy parte del experimento. Por eso el libro está en primera persona y voy registrando el cambio de mi mirada a base de hacer las entrevistas y de meterme en ese mundo. 

«Las personas sin hogar son las víctimas puras, y sin embargo, ellas rara vez culpan al capitalismo o al heteropatriarcado»

P.- ¿Hay días en los que Jorge Bustos se fue a casa destrozado después de escuchar esas historias?

R.- Sí, cuando tú tienes unas prioridades automatizadas en tu vida, sabes lo que es importante, y de repente pasas un día, por ejemplo, en una excursión con ellos en Ávila o en la Pradera de San Isidro, y vas rumiando de vuelta a casa las historias, repasando tus notas y la pesadumbre sobre todo te acompaña cuando entrevistas a los cuidadores. Muchos de los cuidadores son personas muy alegres, muy optimistas, hace falta serlo al trabajar con este colectivo, pero otros, por ejemplo, el testimonio de la doctora me dejó hundido, o sea, era devastador.

Ella dice que desea renunciar a su carrera de médico, uno se hace médico para curar, estas personas son incurables en su mayoría, no puede contar muchos casos de éxito. En el libro cuento uno en cinco años, solo recordaba uno. Pero más que una emoción lacrimógena era hacerte un juramento a ti mismo de que nunca más vas a volver a quejarte. Vivimos en la sociedad de la queja, los colectivos que se victimizan con más eficacia son los que concitan la atención de los medios y los que dan rentabilidad política, los que consiguen igual una subvención, los que abren las primeras páginas.

Los sintecho no importan a nadie porque no tienen ningún retorno electoral, ni político ni económico, me decía una alcaldesa que hace poco había metido 4 millones de euros para reformar un albergue municipal que se estaba cayendo. Y me dice: «Yo sé que esos 4 millones que he metido aquí no me van a dar ningún rédito electoral, o sea, no me van a dar votos»

P.- Este libro de Jorge Bustos es un libro de víctimas, víctimas de una adicción, de una infancia muy complicada o de un despido muy injusto, y sin embargo, huyen de la victimización. Vivimos en una era en la que uno es víctima y tiene un privilegio, víctimas inventadas en muchas ocasiones por traumas falsos, y en estas personas que tienen problemas de verdad, que tienen una vida muy jodida, no hay una victimización en ellas. 

R.- No la mayoría de ellas, algunas tienen un discurso más político, cuento el caso de una que la llamo la Rosa Luxemburgo de Príncipe Pío, que básicamente lo que quería era pegar fuego al sistema y que bebe como una cosaca. Pero la mayoría de ellos y de ellas te cuentan su desgracia como el producto de sus propias decisiones, de sus malas decisiones. Esto es una cosa revolucionaria porque hoy nadie se culpa a sí mismo, nadie quiere asumir la responsabilidad, vivimos en la adolescencia permanente y la desgracia de la devaluación de la responsabilidad.

En cambio, hay una rara madurez en estas personas que padecen cada día el fruto de sus decisiones. Y tampoco es justo, porque hay casos de mala suerte, algunas de maltrato, mujeres que no tienen dientes porque se los reventó su exmarido, qué culpa tienen ellas de eso. Y muchas de estas personas tienen todos los dramas uno por uno que son lacras de los que nos ocupamos los medios de comunicación: violencia de género, inmigración irregular, alcoholismo, drogas, intentos de suicidio, todas las causas que están en los medios están en una persona sin hogar, pero todos a la vez. Las personas sin hogar son las víctimas puras, absolutas, y sin embargo, ellas rara vez culpan al sistema o al capitalismo o al heteropatriarcado, se culpan a sí mismas, ni siquiera a sus padres, que muchas veces han tenido la culpa.

No, sobre todo las personas que han tenido una vida estándar y que han acabado en la calle, se culpan a sí mismas. No es lo mismo un menor que ha cruzado el Estrecho en patera y que ha acabado en un centro en Ceuta y luego ha sido llevado a la península y que lucha por vivir como un ciudadano europeo y que no tiene una vida parangonable a la que tenemos nosotros.

También la empatía se activa más fácilmente con las personas que han tenido la titulación universitaria y lo han perdido todo, que con alguien que procede de una clase social, de una raza, de un país, de una latitud totalmente distinta a la nuestra. Pero en el libro recojo casos de todo tipo y desde luego que la tónica es esa, ellos dicen «si es que es que bebía como un animal, es que si me iba bien, pero soy un gilipollas o me di al juego», y yo les decía «bueno, a lo mejor no tienes la culpa».

«A Pedro Sánchez le jode especialmente que no te tomes en serio su solemnidad»

P.- O no toda la culpa íntegra.

R.- Y claro, hay dos extremos el neoliberal que es muy de derechas que dice «tienen lo que se merecen, todos somos el producto total de nuestras decisiones, tú tienes lo que tú te mereces», cosa que es mentira, vale porque influye la genética, influye la suerte, influye tus padres, influye el ambiente, los contactos, el país. Y el otro extremo, que me parece igualmente tramposo, que es la extrema izquierda.

Donde la culpa es de un sistema estructuralmente injusto que nos oprime. Y por tanto, todo lo que me pasa, todo lo que me va mal, que me haya quedado en paro o que no tenga un buen trabajo, que sea precario nada es porque no me haya esforzado, porque además es mentira. La meritocracia es un cuento y entonces todo es culpa del sistema que está montado así. Esos dos extremos son mentira, los dos son mentira. Somos el producto de una aleación de factores en los que tiene que ver nuestra voluntad y nuestras decisiones y nuestro esfuerzo. Y también tienen que ver factores que escapan a nuestro control.

Jorge Bustos posa en la sede de THE OBJECTIVE – Víctor Ubiña

P.- Ya que Jorge Bustos mencionaba a las personas que cruzan el estrecho, escribe en Casi sobre los chicos marroquíes, argelinos o senegaleses que cruzaron el mar en patera huyendo de las naciones fallidas. Y escribe: «la extrema derecha los llama menas, menores no acompañados, y profesa una fe pueril en su inclinación estructural a la criminalidad que obedecería antes a su raza que a su posición social». Es particularmente miserable, entiendo, hacer política con menores sin padres y acusarles de todos los males. 

R.- Menas, ¿por qué los llaman así? Porque para crear un adversario tienes que deshumanizarlo primero, un adversario perfecto. Que no se atisbe humanidad en ese colectivo. Tienes que pintarlo como una amenaza porque así la gente empieza a empatizar con ellos ya no los puedes demonizar. El populismo crea antagonismos entre buenos y malos, entre ricos y pobres, los de abajo, los de arriba. Los populistas lo que necesitan es atizar la abstracción, el mal en abstracto. Entonces le pones un acrónimo, menas, menores no acompañados.

Tampoco niego que haya algunos menores no acompañados que cometan delitos, que los hay. Y yo te diría, y muchos de ellos, ¿cómo no van a cometerlos si no tienen padres y proceden de un Estado fallido, si han sido perseguidos y si les han engañado un traficante de seres humanos en el Estrecho? Pero eso no es un problema de su raza, ni de su credo, ni de que sean islamistas. Los mejores de ellos eran los que iban a la mezquita, los que tenían más aplicación, los que estaban haciendo talleres para ser peluquero. Otro quería ser periodista, le disuadí, naturalmente.

El voxero que repite eso, si pasa una mañana de sábado en la pensión de San Blas y habla con ellos, pues igual revisa algunos de sus prejuicios, pero que todos los tenemos. Quiere decir que oye, a mí me queman el contenedor de casa muchas noches y sale ardiendo, tienen que venir los bomberos. Ya es casi una liturgia anual que pasa dos o tres veces al año y a lo mejor un vecino que no ha hecho esta investigación, pues se caga en el Casi, y quiere que lo cierren. Pero bueno, si te acercas a ellos y te cuentan sus historias, a lo mejor los comprendes un poquito más, y a lo mejor tomar conciencia de la fragilidad de la condición humana nos mejora un poquito. Pero la política es lo contrario, la política es la simplificación, no la no la complejidad. 

«La extrema derecha habla de menas, porque para crear un adversario tienes primero que deshumanizarlo»

P.- Muchas veces leemos libros para que nos cambien, para que nos mejoren, para que nos instruyan, para que nos entretengan principalmente. Escribir este libro, preparar este libro, ¿le ha cambiado en algo a Jorge Bustos la forma de ver el mundo?, ¿es un Jorge Bustos distinto al que empezó a prepararlo?

R.- Ha sido un viaje bonito, la verdad. Estoy pensando ahora en la historia de Lucía que ha conseguido salir. No me dio tiempo a incluirlo en el libro, pero Lucía, la joyera arruinada en pandemia, que era muy culta, que leía novela histórica y que estuvimos paseando por el cementerio y hacía unos comentarios de humor macabro, bastante divertidos y. Y veía un nicho vacío y decía, «joer, quién lo pillara, a mí me van a tirar en cualquier fosa». Es una mujer maravillosa, por la que te preguntabas, qué hacía allí viviendo, si tiene un discurso mucho más sofisticado que la media de los diputados. Esta mujer ha salido adelante, tiene un piso bajo tutela municipal y ha encontrado trabajo.

Es cierto, no conviene idealizar a los sin techo, la pobreza nos hace peores, no hay ninguna duda al respecto. Porque algunos se apuñalan entre ellos con los cubiertos del comedor o se roban la medicación para traficar con ella. Hay gente mala, hay gente con causas pendientes en la justicia, muchos de ellos han pasado por la cárcel, hay una mujer que denuncia que otro les tiró a las vías del metro y que podría estar muerta si no fuera porque le salvaron los de seguridad. Pero luego hay historias tan increíblemente buenas también de los trabajadores sociales, también de las monjas de la caridad, que llevan ahí toda su vida viviendo entre indigentes, ayudándolos y con una sonrisa a la cara.

Hay otra parte dentro del ser humano, supongo que combatiendo internamente con ese otro polo que es, llámalo altruismo, llámalo cooperación, no lo quiero llamar compasión o piedad. Porque la compasión es un sentimiento ambiguo, porque la compasión te coloca en un plano de superioridad respecto del compadecido. Tú cuando compadeces a alguien, estás colocándote por encima. Y los trabajadores sociales no les tratan así, les vacilan, bromean con ellos, les aúpan, les ponen en plano de igualdad.

Y eso cuando lo ves en directo pues seguiré diciendo gilipolleces y cometiendo errores. Pero por lo pronto cuando me encuentro a alguien en la calle no lo miro igual que antes de este libro. Ya te digo primero, sintiendo gratitud por la fortuna que he tenido, dar gracias de lo que tienes, ser más humilde con tus éxitos. Y luego darte cuenta de que no estamos blindados contra la desgracia y que hay ser consciente de la fragilidad. 

P.- Además, esto de las buenas personas, escribe Jorge Bustos: «las instituciones se inventaron para no depender de la variabilidad moral de las personas. Aunque, cierto es, que ninguna institución aguanta mucho tiempo sin buenas personas en ella».

R.- A la vista está en las cámaras parlamentarias. O ¿por qué funciona la monarquía? Funciona en la medida en que su titular sea ejemplar. En cuanto deja de serlo, esa institución va a ser cuestionada, eso te obliga a una constante autoexigencia. Cualquier institución exige de quienes trabajan en ellas una vigilancia moral de su propia condición moral. Y las personas que están en las instituciones que antes se llamaban de beneficencia y ahora son parte del Estado del bienestar y del asistencialismo, son personas que no trabajan por un sueldo. Ya te digo yo que por los sueldos que cobran no te metes a trabajador social de personas sin hogar. Hay una parte vocacional, más allá de que sean o no creyentes, eso da igual, sino de verdadera entrega a los demás.

P.- ¿Se lo va a regalar Jorge Bustos a un político o que lo compren ellos?

R.- Pues te sorprendería, no lo voy a revelar, quién me ha pedido un ejemplar firmado, pero trabaja en el Gobierno. Y me dice, «yo sabía que tú tenías un corazón de izquierdas». Le contesté, «pero bueno, ¿desde cuándo tiene la izquierda el monopolio de la sensibilidad social?» (ríe).

P.- ¿Es ministro?, ¿hombre o mujer?

R.- No te voy a decir nada, no te lo puedo decir, es una persona importante del Gobierno de España. No es Óscar Puente, eso sí te lo digo (ríe).

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