El mercader del dolor: la infamia de Zapatero en Venezuela
«Sabía lo que ocurría. No podía no saberlo. Los testimonios son precisos, quirúrgicos y devastadores»

Ilustración de Alejandra Svriz.
La historia recordará a José Luis Rodríguez Zapatero, pero no como él cree. No. La historia, si es justa, lo recordará con el desprecio que merecen los cómplices necesarios de la barbarie. Zapatero no es un libertador; es el mercader del dolor venezolano.
La narrativa del «héroe humanitario», esa que la izquierda ceniza y los medios afines intentan vendernos con calzador, no es solo una mentira: es una farsa obscena, un escupitajo en la cara de cada venezolano que ha tenido que huir de su tierra o enterrar a sus hijos.
Durante una década infame, el expresidente del Gobierno de España se dedicó a negar cínicamente la existencia de presos políticos. Mientras él se paseaba por el Palacio de Miraflores entre risas y abrazos con la cúpula chavista, en los sótanos de Caracas se torturaba sistemáticamente. Zapatero sabía lo que ocurría. No podía no saberlo. Los testimonios son precisos, quirúrgicos y devastadores: Lorent Saleh, torturado física y psicológicamente en La Tumba, o Sergio Contreras, sometido a vejaciones en la cárcel militar de Ramo Verde, han denunciado una y otra vez el mismo patrón macabro. Y es que Zapatero no recorría los infiernos para detener el horror. No viajaba a Venezuela para consolar ni para liberar. Iba como el capataz del régimen, para exigir silencio a las víctimas y sumisión absoluta a sus familias. Actuaba como el engranaje necesario, el aceite que permitía que la maquinaria del chantaje dictatorial siguiera triturando carne humana sin chirriar ante la comunidad internacional.
Es más, su complicidad trascendió la simple omisión para entrar en el terreno delictivo del chantaje político abierto. No olvidemos nunca lo que reveló Julio Borges, líder opositor, en 2018: Zapatero, mirándole a los ojos, le amenazó con la cárcel y con que conocería «la peor cara» del régimen si la oposición no firmaba su propia rendición en aquel fraude de diálogo en República Dominicana. Eso no es diplomacia; eso es gansterismo puro y duro. Eso es actuar como el consigliere de una mafia asesina.
Que hoy Zapatero pretenda atribuirse las liberaciones recientes es un insulto a la inteligencia de cualquier persona decente. Que no te engañen: las celdas no se están abriendo por su diplomacia de talante y sonrisas, sino por el miedo. Se abren por la fuerza de la intervención y la presión militar estadounidense, por la asfixia real al régimen, no por las caricias de un expresidente español. Zapatero nunca luchó por la libertad de Venezuela, igual que no acabó con ETA, como nos han intentado colar una y mil veces; simplemente administró el secuestro para hacer negocios y oxigenar a la tiranía cuando más falta le hacía el aire.
Basta ya de llamar paz a lo que siempre fue puro lucro. Basta de eufemismos.
La prueba definitiva de su catadura moral es a quién decidió salvar realmente. La única «mediación» efectiva de Zapatero en el tema de las liberaciones no fue para salvar a personas inocentes, a los que de hecho coaccionó exigiendo su silencio mediático. No. Su gran éxito fue sacar de la cárcel a su amigo el general Miguel Rodríguez Torres.
Hablamos del arquitecto de las torturas en Venezuela, el creador del infierno de La Tumba, el hombre que diseñó el sistema de represión. Zapatero no sacó a un demócrata; sacó a un monstruo para instalarlo a todo lujo en Madrid, protegiéndolo de la justicia internacional. Mientras los verdaderos demócratas se pudrían en celdas sin luz, comiendo pasta con gusanos, Zapatero facturaba.
Porque al final, siempre hay un rastro de dinero. Ahí está la huella de los 450.000 euros cobrados a través de su testaferro, Julio Martínez, hoy detenido por blanquear capitales del rescate millonario a la aerolínea chavista Plus Ultra. Una aerolínea fantasma rescatada con dinero de los españoles para mantener el puente aéreo de la corrupción bolivariana. Todo encaja.
Es vomitivo ver a Delcy Rodríguez lavándole la cara. Es igual de vomitivo ver a Zapatero operar como el ventrílocuo de la dictadura, intentando robarse el crédito de una libertad que solo llegó gracias a la presión de las armas y las sanciones, esas mismas sanciones que Zapatero pidió levantar una y otra vez.
Zapatero no es un estadista, ni un mediador, ni un hombre de paz. Es un comisionista de la tragedia que convirtió los derechos humanos en una consultoría millonaria. Su legado no será la concordia; su legado es la corrupción, la tortura encubierta y la vergüenza eterna de haber vendido el alma de España al mejor postor.
