San Valentín, día del amor y lupercales
«Olvida al San Valentín buenazo y resucita al lúbrico Luperco; lo importante es el disfrute»

Corazones de papel. | Freepik
Siendo casi adolescente, vi unas películas españolas muy cursis dedicadas a conmemorar, el 14 de febrero, San Valentín, «el día de los enamorados». Las dos eran del director Fernando Palacios y tenían como San Valentín (ayudando a solucionar los problemas amorosos de otras parejas muy del momento) a un galán argentino de origen francés, que ya era maduro pese a su buena facha, Jorge Rigaud, temo que muy olvidado incluso considerando su larga filmografía. Las películas en cuestión eran «El día de los enamorados» (1959) y «Vuelve San Valentín» de 1962. Por esos días, «San Valentín» era muy celebrado por las parejas ennoviadas: flores, cenitas, regalos y amor eterno, faltaría más.
Pero, para un enamorado o para un hijo respecto a su madre (Día de la madre) ¿no son todos los días, días de amor, incluso con las inevitables riñas? Para mí todo esto no era sino un asunto de puro y total comercio y nunca le hice caso. Un día una pareja, gay, pero de fondo muy tradicional, me preguntó de sopetón: ¿Qué me vas a regalar por San Valentín? Cuando —lo confieso— salí de mi asombro, respondí: ¿San Valentín a estas alturas? Y si hablamos de amor y no de santos, cualquier día se celebra el amor, ¿no? Tienes razón y no. Se ama siempre cuando se ama, pero es bueno que ese amor, un día anual, se visualice, tenga algo de emblema de cara a uno mismo y a todos. Aunque «San Valentín» me seguía y sigue pareciendo cursi, como de lacitos rosas o azules en una flor encarnada, celebramos aquel día de los enamorados. Y Gerardo me dijo: La madre es siempre la misma, pero, ¿quién nos asegura que los enamorados de hoy no sean otros, dentro de uno o dos años? Mejor, celebrarlo, por si no dura…
¿De dónde venía que ese día del amor (y de la amistad también, y esto se olvida) se relacionara con un San Valentín? Al parecer, a mediados del siglo V, el papa Gelasio I nombró santo a un sacerdote romano anterior llamado Valentín, que se había destacado por su carácter amable, por su afectividad y por sus muchas buenas obras de amor y con amor. Pero la Iglesia de fines del Imperio Romano de Occidente no daba palo al agua. Tenía sus motivos. Y entonces cumple recordar que ese mismo papa Gelasio es quien, el año 494, prohibió unas notorias fiestas paganas (sobrevivientes, como todo lo enraizado) que eran las Lupercales. Fiestas de carácter orgiástico, que tenían lugar a mediados de febrero, y que celebraban la fecundidad de las mujeres y de la naturaleza. Luperco era un fauno que azotaba a las mujeres con pieles de animales cazados, desnudos todos, para excitarlas, a la vista o amparo de la Loba (Lupa) que había dado de mamar a Rómulo y Remo, en una gruta. Es decir que el culto amoroso a San Valentín debía tapar y sobreponerse a las Lupercales no cristianas. Claro que el Carnaval, como tolerado y breve desenfreno previo a la Cuaresma, también debe ser visto —frecuentemente en febrero— como otro resto de las Lupercales. La habitual sustitución de notables fiestas paganas por otras cristianas —el Sol Invicto por la Navidad— fue magníficamente estudiada en el imprescindible libro (XV tomos en su edición postrera de 1915) «La rama dorada», del antropólogo escocés James George Frazer. A él hay que remitirse siempre. Es decir —sintetizo— que detrás de San Valentín, acaso no siempre ñoño, hay una vieja fiesta romana sexuada y que arrastraba a la gente. Valentín sustituyó a Luperco, y ahí sigue, y dentro de muy pocos días estará llamando a nuestra puerta y a nuestro bolsillo, porque (como la Navidad misma) San Valentín es una fiesta con regalo. En un plano habitual, ¿qué pensará tu novia o novio, si invitas a una cena? Es lo clásico, pero no hay ni siquiera un perfume, chiquito, y tanto mejor, si es de marca. Intentemos alejarnos algo de este tono obviamente burgués, pero que, en fechas marcadas, aceptan de pasada, incluso los antiburgueses. ¿Es bueno que haya un día marcado, señalado, para celebrar el amor, el amor sensual, físico, afectivo, tierno, amoroso? Si señalamos una fecha para celebrar el Amor (san Valentín es solo una tradición, y no siempre suena bonito), estamos participando de un rito, que no para todos será católico. Pero, aceptando el rito, podemos preparar mejor el encuentro mágico de ese beso y sus consecuencias. Cuidamos más la cena, adecuamos mejor el entorno —música, velas, vino— y, en última instancia, encumbramos el gozo amoroso final, que es mental igual que físico. El amor puede ser todos los días, el amor no tiene fecha, pero si la tiene (Lupercales o cultos a Venus), ese día será mágico y el amor será sacro o profano, como gustéis, pero no cualquier cosa. Olvida al San Valentín buenazo y resucita al lúbrico Luperco; lo importante es el disfrute.
Como vivimos —parece que irremediablemente— en una sociedad mercantil, en dicha fecha seremos bombardeados por «la elegancia social del regalo». El amor es un regalo en sí, pero a lo mejor es bonito escribir a mano en una postal conveniente, una breve declaración amatoria que, dure lo que dure, esa noche en concreto, será maravillosa. ¡Cuántas cosas detrás de un santo gastado! Amor con amor se paga.
