Federico y La Vendée: el cortocircuito cognitivo de los nuevos integristas
Los que insultan a FJL aspiran a ser jacobinos de derechas. Sueñan con su propio Robespierre con crucifijo

Federico Jiménez Losantos. | Carmen Suárez
El motivo del último enfurruñe tuitero de la derecha identitaria es el estreno del pódcast Pensar La Vendée de Federico Jiménez Losantos. Al parecer, al director de esRadio se le ha ocurrido la excentricidad de analizar la historia desde la óptica de la libertad. ¡Habrase visto tamaña insolencia! Federico, que tiene esa mala costumbre de leer muchos libros (vicio feo donde los haya), se ha propuesto desmenuzar cómo el Estado, cuando se pone estupendo y decide que tiene la misión sagrada de rediseñar al ser humano, acaba siempre llenando cunetas. Sea en la Francia de 1793, en el México de los cristeros o en la España del 36.
Y claro, a la bancada de los chupacirios enfurecidos, esa tropa que ha decidido que el liberalismo es el nuevo Satán (porque el comunismo ya les pilla muy lejos), les ha dado un parraque. El argumento o, mejor dicho, el balbuceo incoherente que escupen en redes es el siguiente: «Federico es un hipócrita porque defiende a los católicos de la Vendée siendo liberal, cuando fueron los liberales los que los mataron». Y se quedan tan anchos.
El argumento de esta derechita woke —y es que actúan con la misma histeria gregaria y con la misma irracionalidad que los ofendiditos de la universidad de Berkeley— es que el liberalismo es el padre del ateísmo militante y, por ende, el abuelo de las masacres contra los católicos.
Vamos a ver si nos aclaramos, porque el cacao mental que gastan algunos es digno de estudio psiquiátrico, o al menos antropológico. Decir que el liberalismo es el culpable del exterminio de La Vendée es una gilipollez propia de alumnos indignados de primero de Políticas de la Complutense. Alumnos de Monedero, se entiende. Es como culpar al veganismo de que un tigre se coma a una cebra porque el tigre, casualmente, tropezó con una lechuga antes de saltar. La masacre de La Vendée, esa carnicería industrial donde el Estado francés decidió exterminar a sus propios ciudadanos (mujeres, niños y curas incluidos) por el imperdonable crimen de querer rezar a su Dios y no a la diosa Razón, no fue obra del liberalismo. Fue obra del jacobinismo. Si bien los primeros compases de la Revolución francesa tuvieron elementos que podríamos llamar liberales (inspirados por Montesquieu y la Revolución americana), el proceso fue rápidamente secuestrado por una ideología radicalmente antiliberal. Y no, queridos, no es lo mismo. Confundir a John Locke o a Benjamin Constant con Robespierre es como confundir la cirugía con el apuñalamiento callejero. Edmund Burke, el padre del conservadurismo moderno y miembro del partido Whig (liberal) en Inglaterra, apoyó la Revolución americana (liberal) y despreció profundamente la Revolución francesa. ¿Por qué? Porque la primera buscaba proteger derechos individuales preexistentes contra el Estado, y la segunda buscaba usar el Estado para rediseñar al hombre.
El liberalismo, ese invento que tanto odian los que atacan a Federico, un invento que les obliga a hacerse responsables de sus propias vidas (quizá por eso lo odien tanto), se basa en la limitación del poder. La premisa del liberalismo, que, por cierto, no es una ideología, es que el Estado no puede hacerlo todo, no puede mandarlo todo y, sobre todo, no puede meterse en tu cama, en tu cartera ni en tu conciencia.
El jacobinismo, por el contrario, padre espiritual de todos los totalitarismos que vinieron después (desde el bolchevismo hasta el fascismo, pasando por el sanchismo que padecemos), sostiene justo lo contrario: que la llamada «voluntad general» es sagrada, infalible y omnipotente. Y si la voluntad general decide que para ser un buen ciudadano hay que dejar de ser católico, pues se te mata y punto. En nombre de la libertad, si hace falta. Pero de una libertad positiva pervertida: la libertad de ser lo que el Estado quiere que seas.
Por eso, cuando Federico señala que los campesinos vandeanos eran mártires de la libertad, tiene más razón que todoslossantos habidos y por haber. Aquellos «bandidos», como los llamaba la propaganda de París, hicieron mucho más que rebelarse contra la Levée en masse y la nacionalización de sus curas; se alzaron contra el exterminio decretado legalmente por la Convención. Fue una resistencia agónica a someterse a la maquinaria trituradora del Terror revolucionario, que acabó convirtiendo el ideal de Liberté, égalité, fraternité en una macabra sentencia de muerte. Los vandeanos defendieron con uñas y dientes su derecho a existir, lo defendieron con sus vidas, tratando de garantizar la propiedad privada de sus cuerpos y de sus almas frente a un Estado que había decidido borrarlos del mapa. Si eso no es plantar cara al Leviatán, que baje Dios y lo vea.
El problema de esta nueva derecha beatorra, que ha cambiado al brillante Chesterton por el plomizo Juan Manuel de Prada, es que no se enteran de nada. Han comprado el pack completo de la Leyenda Negra antiliberal que fabricó la izquierda y se lo han tragado todo todito sin masticar.
Creen que liberalismo es sinónimo de anticlericalismo, de destrucción de la familia y de egoísmo santificado. Y claro, ven a Plutarco Elías Calles persiguiendo a los cristeros en México y gritan: «¡Mirad, liberales matando cristianos!». Mire, no. Calles era un «liberal» del mismo modo que Stalin era un demócrata. La Constitución mexicana de 1917, bajo la cual se perpetró la persecución religiosa, es la primera constitución socialista del mundo. El artículo 3, que imponía la educación laica, y el 27, que robaba a la Iglesia el derecho a poseer bienes, son ataques frontales a los principios más básicos del liberalismo: la libertad de enseñanza y la propiedad privada. Fue la aplicación brutal de la Ley Calles de 1926 la que desató el conflicto, un intento totalitario de arrancar la libertad de conciencia del corazón de los mexicanos para sustituirla por la adoración al Estado revolucionario. ¿Y cómo acabaron los cristeros? Colgados de los postes que flanqueaban las vías del ferrocarril, exhibidos como macabros trofeos al paso de los trenes para que todo viajero viera el precio de desafiar al Gobierno.
En España, cuando Manuel Azaña soltó aquella frasecita de que «todos los conventos de Madrid no valen la vida de un republicano» (mientras ardían iglesias y bibliotecas), no estaba actuando como un liberal. Un Estado liberal protege la vida y la propiedad de todos, lleven sotana o mono de miliciano. En el momento en que el Gobierno republicano decidió que los curas eran ciudadanos de segunda a los que se podía quemar impunemente, dejó de ser una democracia liberal para convertirse en un comité revolucionario.
Pero explicar esto a la derechita punki es como intentar explicarle física cuántica a un gato perezoso: te miran con desprecio y siguen lamiéndose sus partes.
En el fondo, todo este ruido contra el pódcast Pensar La Vendée destila un resentimiento muy concreto. No le perdonan a Federico lo de las vacunas. Durante la pandemia, el presentador de la mañana de esRadio cometió el pecado de defender el orden público frente a la conspiranoia. Llamó a los antivacunas «bebelejías» y eso dolió. Fue, además, bastante gracioso. Les molestó que un liberal clásico como Federico les recordara que la libertad conlleva responsabilidad. Que no existe la libertad de contagiar a tu vecino, igual que no existe la libertad de conducir borracho. Y ahora, cuando ven que ese mismo «malvado liberal» defiende a la Iglesia católica con más ardor y mejores argumentos que ellos, entran en cortocircuito cognitivo. Y encima el tío es ateo. Y eso fastidia más todavía. Ver a un señor que lleva cuarenta años partiendo lanzas contra el totalitarismo, siendo insultado por una turba de niñatos que creen que Robespierre y Adam Smith son primos hermanos, es un síntoma de que algo se ha roto definitivamente en la cabeza de Occidente.
Federico, al contrario que estos carcas identitarios, entiende que el catolicismo y el liberalismo no son enemigos, sino parientes. Es aquí donde la ignorancia de los patriotas antiliberales se vuelve, además de molesta, ridícula. Porque mira que hay que ser tarugo para ser español, ir de defensor de la tradición, y no saber que el liberalismo nació en Salamanca, entre sotanas y hábitos de dominicos y jesuitas. Fueron los escolásticos españoles quienes enseñaron al mundo que el poder del rey no es absoluto, que viene de Dios pero a través del pueblo, y que si el rey se convierte en tirano (robando a sus súbditos mediante impuestos abusivos), es lícito el tiranicidio. Eso lo dijeron curas españoles siglos antes de que a Locke le salieran los dientes. Y conviene aclararlo para los despistados: el tiranicidio de Salamanca no tiene nada que ver con la Revolución francesa y la guillotina. Mientras que el padre Mariana justificaba eliminar al tirano como un acto de legítima defensa para restaurar el orden y la ley natural, los jacobinos usaron la guillotina como una herramienta de ingeniería social para exterminar disidentes y crear un «hombre nuevo». Lo de Salamanca es justicia para frenar el poder absoluto; lo de Francia fue terror sistemático para imponerlo.
El liberalismo es hijo de la idea cristiana de que cada alma es individual, sagrada e irrepetible. Dios no salva colectivos; salva personas. Y el liberalismo político es la traducción jurídica de esa dignidad: el individuo tiene derechos previos al Estado que el Estado no puede tocar. Por eso Lord Acton, católico hasta la médula, dijo aquello de que «El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente». Porque sabía que el hombre es pecador.
FJL tiene razón al vincular La Vendée, la Cristiada y el Terror Rojo español. El hilo conductor no es la teología, es la política. Es la historia eterna de la lucha del individuo contra el poder ilimitado. Los antiliberales que hoy le insultan en Twitter están haciendo el trabajo sucio a la izquierda. Al renegar de la tradición de la libertad, se desarman intelectualmente. Peor aún: validan la tesis totalitaria de que el Estado debe ser el dueño de las conciencias, solo que ellos quieren que el Estado sea de los suyos.
Aspiran a ser los jacobinos de derechas. Sueñan con su propio Robespierre con crucifijo. Y no se dan cuenta de que, cuando se abre la puerta al poder ilimitado, la guillotina no distingue entre cuellos liberales y conservadores.
Lo que me resulta más doloroso es la orfandad. Me siento huérfano. Veo a la izquierda entregada a sus delirios identitarios y a la cancelación, y veo a esta nueva derecha entregada a un integrismo de cartón piedra, anhelando un Estado confesional y odiando la libertad individual con la misma furia que un bolchevique. Y en medio, da la sensación de que estamos cuatro gatos.
