Un cineasta español contra la dictadura woke
«Merece un elogio rotundo por su coraje, en un momento en el que decir la verdad puede costar la carrera profesional»

Juanma Bajo Ulloa. | Wikimedia Commons
El jueves pasado, en el programa Horizonte presentado por Iker Jiménez, el director de cine Juanma Bajo Ulloa ofreció una masterclass de valentía y libertad. Su intervención no fue solo una entrevista, sino un alegato contra el monopolio woke que domina el cine español, un desmontaje implacable de cómo funcionan las subvenciones y un recordatorio de que el verdadero arte nace de la independencia, no de la sumisión. Bajo Ulloa, con su trayectoria impecable, con películas como Alas de mariposa, La madre muerta o ese éxito taquillero que fue Airbag, hasta su recientemente estrenada El Mal, se erigió como un faro de resistencia en un mar de sumisos y apesebrados. Merece un elogio rotundo por su coraje, en un momento en el que decir la verdad puede costar la carrera profesional.
Bajo Ulloa comenzó denunciando el «dogma woke» que impregna la industria cinematográfica española. Según él, el cine actual se divide en dos categorías dominantes: por un lado, un cine familiar anodino que evita cualquier pensamiento profundo, diseñado para entretener sin cuestionar. Y un cine cuya temática trate las «sensibilidades woke», que es el que se premia en los festivales. El único que se financia, y de manera muy generosa. «El otro cine ha desaparecido», afirmó con rotundidad. Este «otro cine» es el que él representa. El cine de autor, libre, que no se somete a dictados externos. Bajo Ulloa explicó cómo las subvenciones públicas, que deberían fomentar la diversidad creativa, se han convertido en un mecanismo de control ideológico. Para acceder a ellas, no basta con el mérito artístico. Hay que acumular «puntos subjetivos» que premian el cumplimiento de cuotas y narrativas específicas. Explicó que se daban más puntos para la subvención si se contrataba a una mujer en cualquier puesto necesario para hacer una película, dando igual su experiencia, que por la trayectoria en el sector. Por contratar a una mujer dan diez puntos, y por las varias décadas en el mundo del cine con muchos premios y algún «taquillazo», a Juanma Bajo Ulloa solo le han dado tres puntos.
Detalló el proceso con precisión quirúrgica. Las ayudas del ICAA (Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales) y otras entidades se otorgan mediante un sistema de puntuación donde los criterios ideológicos pesan más que la calidad. «Ya no es el mérito lo que importa, es la ideología», sentenció. Si tu guion incluye elementos de diversidad forzada, perspectivas de género alineadas con el feminismo radical o mensajes ecologistas y multiculturales que encajen en la Agenda 2030, acumulas puntos. Pero si optas por una historia libre, personal, que no se pliega a estos mandatos, te quedas fuera. Bajo Ulloa lo ilustró con su propia experiencia. Para su última película, El Mal, una exploración profunda de la dualidad humana entre el bien y el mal, ha encontrado muchas dificultades para su distribución. «Conseguimos hacer una promoción personal en internet, pero no tenemos salas», confesó. Solo unas pocas salas independientes han aceptado exhibirla, mientras que las grandes cadenas la rechazan por no ser «adecuada» al canon woke. Es un escándalo, una vergüenza, que la película de un director consagrado, que ha ganado premios y con un talento innegable, sea relegada a la marginalidad porque no baila al son de la ideología oficial.
Pero Bajo Ulloa no se limitó a las subvenciones, amplió su crítica a todo el ecosistema cinematográfico español. Habló de cómo los artistas han perdido su esencia: «Los artistas ya no muestran su alma, nos dan soflamas políticas». En lugar de crear desde el interior, se convierten en portavoces de causas impuestas, temerosos de la cancelación. Mencionó el miedo que impregna la cultura y el arte patrio. Un silencio, una omertá que impide la disidencia. «Se ha creado un sistema profundamente discriminador», dijo, donde el poder necesita controlar el relato. Los cineastas independientes son «peligrosos» porque su narrativa escapa al control. «La gente ha olvidado quién es y ha abrazado una ideología y un enfrentamiento», lamentó.
La valentía de Bajo Ulloa radica precisamente en romper este silencio. En un programa como Horizonte, conocido por poner el foco en temas controvertidos, se atrevió a decir lo que muchos piensan, pero callan. Iker Jiménez, visiblemente impresionado, admitió que «nunca [ha] oído a nadie del cine denunciar esto». Y es que Bajo Ulloa no es un outsider, es un veterano con décadas de experiencia, que ha visto la evolución de esa industria desde dentro. Su libertad es admirable. No busca aplausos fáciles ni subvenciones seguras, prefiere la integridad. En un tiempo donde la autocensura es la norma, él opta por la verdad cruda. Es un cineasta español libre en el sentido más puro. Libre de ataduras ideológicas. Libre para crear, para hacer su trabajo, sin tener que pedir permiso a ningún tipo de poder.
