Feijóo, Abascal y los egos megalómanos
«Ambos saben que, en esta partida, el que parpadea primero pierde»

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, frente al secretario general de Vox, Santiago Abascal, en el Congreso de los Diputados. | Eduardo Parra (Europa Press)
Hay algo en la política española que nunca deja de sorprendernos, aunque ya deberíamos estar curados de espanto: la capacidad de convertir una necesidad aritmética en una epopeya moral. Esta semana hemos asistido a un nuevo capítulo de esa tragicomedia que lleva años representándose en los escenarios de Génova y Bambú. Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal han mantenido una conversación telefónica de una hora, «fructífera y esclarecedora», según el primero, previsiblemente menos entusiasta según el segundo, para retomar las negociaciones en Extremadura y Aragón. Y de pronto, lo que parecía un simple trámite de suma de escaños se ha convertido en un debate existencial sobre si el PP está negociando con un partido democrático o con una horda de salvajes a los que hay que domar.
El documento marco del Partido Popular, y que Vox ha recibido como un insulto personal, es en realidad un decálogo de obviedades envueltas en papel de regalo: respeto a la Constitución, proporcionalidad en los cargos, aprobación de Presupuestos durante toda la legislatura, nada de chantajes parlamentarios. Cosas que, en cualquier democracia normal, no haría falta escribir en unos papeles porque forman parte de la lógica. Pero estamos en España, y aquí hasta lo normal se negocia de manera desconfiada.
Feijóo, que lleva unas semanas intentando mantener la ficción de que Vox es un «aliado natural» pero no imprescindible, ha decidido tomar las riendas personalmente. Ha hablado con Abascal, ha enviado el manual de instrucciones a María Guardiola y a Jorge Azcón, y ha puesto fecha de caducidad al «mamoneo»: o hay pacto conjunto o habrá repetición electoral. Es la clásica jugada del gallego pragmático: si no puedes con tu enemigo, incorpóralo. Controlarlo desde Génova para que no queden demasiadas huellas.
Pero Abascal, que no es tonto, ha olido la estrategia. Y ha respondido con la contundencia que le caracteriza: «Es empezar con mal pie». «Como si fuéramos salvajes». «Un insulto a sus propios dirigentes autonómicos». El líder de Vox sabe que el documento del PP no es inocente. Es un corsé. Un intento de blindar que, pase lo que pase en las autonómicas, Vox no pueda romper la baraja cada seis meses con exigencias asimétricas. Y también sabe que, si acepta ese marco, pierde parte de su narrativa de partido antisistema que no se arrodilla ante nadie.
Aquí radica la verdadera amistad peligrosa. No es solo la que une, o separa, a Feijóo y Abascal. Es la que el PP está construyendo consigo mismo al asumir que, para gobernar, necesita sentarse a la mesa con quien hasta hace poco definía como «la extrema derecha». Feijóo puede repetir mil veces que Vox es «gente harta de Sánchez», pero la realidad es más cruda: es gente harta de todo, incluido el PP cuando no hacen lo que dicen. Y esa hartura tiene un precio que no siempre se paga con consejerías.
Mientras tanto, en Extremadura, María Guardiola abandona su socialdemocracia natural por seguir sentada en la calentita y mullidita poltrona de la presidencia. Ha negado dos veces a Vox como Pedro lo hizo tres veces con Cristo, y en el PP temen eso de que «no hay dos sin tres». Ahora dice que su feminismo ha sido siempre el de Vox, y se queda tan ancha. Ser tan veleta la hace peligrosa por poco creíble, y es por lo que fue desautorizada por su propio partido. Génova decidió que las negociaciones ya no eran cosa de barones.
Y en medio de todo quedan los votantes. Esos que en 2023 dieron mayorías insuficientes al PP porque no querían más sanchismo, pero tampoco querían que Vox entrara en los Gobiernos como si fuera el dueño del cortijo. Ahora se encuentran con que su voto puede repetir su misma inutilidad.
Las amistades peligrosas no son solo las que se hacen con quien piensa distinto. Son las que uno hace consigo mismo cuando, por evitar la repetición electoral, termina justificando lo que ayer condenaba. Feijóo lo sabe. Abascal también. Y ambos saben que, en esta partida, el que parpadea primero pierde. El problema es que, mientras ellos miden quién aguanta más la mirada, España sigue esperando un gobierno que no sea rehén de nadie. Ni de Sánchez, ni de sus socios, pero tampoco de estrategias electorales. Que su principal preocupación sean los ciudadanos y no sus egos megalómanos.
