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Opinión

Ana Obregón se pone a pixelar, Liza Minnelli se despixela entera

«Despixelarse, revelarse sin filtros, puede ser el acto de libertad más radical para quien estuvo siempre expuesta»

Ana Obregón se pone a pixelar, Liza Minnelli se despixela entera

Ilustración de Alejandra Svriz.

Hay semanas en las que el mundo del espectáculo nos regala contradicciones perfectas. Esta es una de ellas. Mientras Ana Obregón ha empezado a pixelar en las redes sociales el rostro de su hija/nieta —nunca tenemos claro qué papel tiene la criatura en la agenda mediática de nuestra Antoñita la fantástica— como gesto que pone fin a la explotación de una niña que lleva tres años siendo portada de revista, escaparate de duelo y argumento de polémica, Liza Minnelli celebra sus 80 años abriendo las puertas de su memoria de par en par. Vamos, que por su parte ha despixelado los recuerdos para mostrarse tal cual es. Dos mujeres. Dos decisiones radicalmente opuestas sobre qué mostrar y qué ocultar. Y, entre ambas, todo lo que hay que decir sobre la fama, el precio que se paga por ella y la forma en que nos persigue o nos atrapa.

Ana Obregón construyó su carrera con una conciencia plena de lo que la cámara podía hacer por ella. De hecho, la buscaba sin disimulo. Desde aquellas míticas fotos en bañador en las que, con sus posados, se inauguraban oficialmente los veranos o su colección de amantes y un matrimonio aristocrático sin final feliz, hasta sus portadas más recientes, pasando por la muerte de su hijo Aless con toda la liturgia del dolor público, la actriz y presentadora siempre supo que existir en los medios era su forma de existir también en el mundo. Su relación con Miguel Bosé fue un serial romántico para la prensa del corazón española: ninguno de los dos lo confirmó del todo, ninguno lo desmintió del todo, y esa ambigüedad calculada los mantuvo en portada más tiempo del que habría durado cualquier confirmación.

Después vinieron las historias de Hollywood, con sus pinitos como actriz junto a las estrellas y la promesa de una carrera internacional que nunca terminó de materializarse, pero que alimentó durante años una imagen de mujer conectada con lo más grande: así se pasó de simpáticas anécdotas como la paella que, según ella misma contó con detalle y orgullo, le preparó a Steven Spielberg, a la reciente y nada glamurosa aparición de su nombre en los documentos relacionados con Jeffrey Epstein. Esa lista negra incluía a decenas de celebridades de medio mundo, así que la mera presencia, sin que implique delito ni relación directa con los crímenes del financiero, dice algo sobre los círculos en los que se movió Anita y la clase de fama que persiguió, una que se mide también por la proximidad al poder. Por siniestro que fuera.

Decidió ser madre a los 68 años a través de una gestación subrogada, y cuando llegó a España con esa niña en brazos —con nombre de su hijo fallecido, con una historia que mezclaba la pérdida, la maternidad y la polémica ética—, Ana eligió compartirlo todo. Las fotos del aeropuerto, las portadas, los vídeos en redes. La niña creció, en cierta medida, ante los ojos del público. No sabemos si todo era parte del duelo o parte de un negocio.

Ahora Ana pixela. Y hay en ese gesto algo que merece ser leído con cuidado, porque no es solo un cambio de criterio: es el reconocimiento, quizá tardío, de que hay una diferencia entre elegir la fama para una misma y elegirla para otra persona que no puede consentir. La niña tiene tres años. No eligió nada. Y el píxel, por torpe que resulte después de tanto escaparate, es al menos el primer signo de que alguien ha pensado en ella como sujeto y no solo como personaje.

Liza Minnelli, en cambio, habla. Y lo hace desde una posición completamente distinta: la de quien nunca eligió ser famosa, sino que nació dentro de la fama como quien nace dentro de una casa en llamas. Hija de Judy Garland —la mítica Dorothy de El mago de Oz, la voz más dolida del siglo XX, la estrella que se consumió a sí misma entre pastillas y escenarios—, Liza creció rodeada de focos que no le pedían permiso. Su infancia fue pública no porque ella la ofreciera, sino porque su madre era un fenómeno y ella, su prolongación.

Lo que vino después fue una biografía escrita a golpes. Las dependencias del alcohol y de los analgésicos, que la acompañaron durante décadas y de las que habló siempre con una honestidad sorprendente para las estrellas de su generación. Los cuatro matrimonios, ninguno especialmente tranquilo. La inestabilidad emocional que ella misma atribuye, en parte, a haber crecido sin suelo firme bajo los pies, hija de una madre genial y autodestructiva que alternaba los abrazos con las ausencias. El episodio con su exmarido David Gest, que la acusó de agredirle físicamente durante sus frecuentes episodios de pérdida de control, en un juicio que se convirtió en otro espectáculo más. Los ingresos en rehabilitación, los regresos al escenario, las recaídas. Y, sin embargo, el Oscar por Cabaret, el talento descomunal que sobrevivió a todo.

A los 80 años, después de haber estado a punto de morir en varias ocasiones, decide contarlo todo. No para alimentar el morbo, sino quizá para recuperar la narración de una vida que durante décadas perteneció más a los demás que a ella misma. Ahí está la clave de la contradicción entre estas dos mujeres: una usó la fama como herramienta y ahora intenta proteger a quien no la pidió; la otra fue usada por la fama desde niña y ahora, al final del camino, reclama su historia como propia. Son dos caras de la duda que atormenta a quien vive bajo los focos: ¿a quién pertenece su vida privada, a la estrella o a su público?

La respuesta no es sencilla. Pero algo nos dicen estos dos gestos simultáneos: pixelar puede ser un acto de amor, aunque llegue tarde, para proteger una merecida intimidad; despixelarse, revelarse sin filtros, puede ser el acto de libertad más radical para quien estuvo siempre expuesta. Judy Garland dijo una vez que había que actuar incluso con el corazón roto. Su hija, ocho décadas después, parece haber aprendido algo diferente: que también se puede dejar de actuar para ser una misma. Y eso, a veces, es lo más valiente.

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