Manifiesto cíborg: ¿nuevo marco conceptual o desarrollo residual del marxismo?
«La primera consecuencia de sus ideas es una indefinición de la mujer (porque toda definición es arbitraria)»

'Cíborg'.
El objetivo de este artículo es analizar las razones teóricas de por qué el ‘Manifiesto cíborg’ de Donna Haraway, lejos de ser un marco conceptual nuevo, funciona como un desarrollo residual del marxismo. En los últimos tiempos se observa una creciente difuminación de las fronteras entre el ser humano y la máquina, impulsada por la inteligencia artificial, la biotecnología y nuestra simbiosis diaria con la tecnología. Eso es simplemente un síntoma de las ideas que Haraway ya exploraba, pero ¿por qué esta propuesta, que culmina en la disolución de la mujer como categoría, resulta tan influyente en las filas del feminismo socialista y postmoderno?
Una visión ‘cíborg’ de la mujer
El Manifiesto cíborg se publicó por primera vez en los años 80 del siglo pasado, su influencia es relativa, pues no se puede encontrar en las grandes masas del pensamiento feminista, como en Simone de Beauvoir; sin embargo, su influencia está más en lo sugestivo de su análisis que en la profundidad del mismo. Dicho análisis plantea algo que poco a poco se ha puesto en boga en el pensamiento occidental desde los tiempos de Freud: las fronteras entre las máquinas que construimos y nosotros mismos como humanidad. Ya lo decía el psicoanalista en su momento, analizando el desarrollo de la cultura: «El hombre se ha convertido en una suerte de dios-prótesis, por así decir, verdaderamente grandioso cuando se coloca todos sus órganos auxiliares» (Freud, 1992, p. 90). El futuro de la humanidad solo deparaba más y más prótesis que poco a poco le acercarían más a la imagen que antaño tendrían los dioses.
Este desarrollo es el que se ve expresado hoy en día, donde las fronteras entre la humanidad y la ciencia/tecnología cada vez se ven más difusas. Las pantallas dominan el día a día, los auriculares o audífonos permiten llevar la música a todos lados, el desarrollo de mundos alternos en la realidad virtual o la aparición moderna de la inteligencia artificial abren posibilidades que hace veinte años eran solo ficción y hoy se muestran como realidad; la velocidad a la que avanza la creación de prótesis es tan alta que solo puede ser seguida por las mismas máquinas, ya no son tiempos humanos; cada instante en la modernidad tardía representa un equivalente de años de desarrollo de etapas anteriores de la humanidad.
«El punto de partida de Haraway es la acelerada difuminación entre lo humano y la máquina»
Este es el punto de partida de Haraway: la acelerada difuminación entre lo humano y la máquina. Como intento de separarse de la idea freudiana, la autora se separa de la idea de dioses y prefiere, según dice ella misma en su Manifiesto, el término cíborg. La razón de esto es que el cíborg no está asociado a una cultura –según ella, claro está–, en cambio la idea de un dios sí, pues un dios está generalmente asociado a un mito de creación, a un volver a él de alguna manera, a un símbolo circular de perfección, y claro, a una dualidad: lo divino-lo profano. En ese sentido, lo profano busca siempre encontrarse con lo divino, realizar ese peregrinaje para recibir su cobijo y volver a su seno; el cíborg se salta esta búsqueda, puesto que no es más que un ser híbrido sin origen ni futuro. Todo esto hace que muy poco importe lo que tengan que decir categorías modernas ccomo el género (el cíborg no lo tiene1); esto es lógico, dentro del pensamiento de Haraway, sin dicotomía entre lo divino y lo profano; las otras dicotomías, ya sean hombre-mujer, no tienen mucho sentido; lo ideal, incluso, es superarlas.
Ambiente intelectual del manifiesto ‘cíborg’
Queda bien claro en el transcurso del escrito las intenciones de la autora, especialmente en citas como esta: «El presente trabajo es un canto al placer en la confusión de las fronteras y a la responsabilidad en su construcción» (Haraway, 1985, p. 2). Como buena promotora de su tiempo, la confusión es su terreno, lo que no tiene asidero, lo que es fácilmente subvertible y cambiante, tan cambiante que solo con palabras puede ser modificado. En ese sentido, cabe recalcar que además de ideas comunes, como la que se apreció con Freud, Haraway se maneja dentro de un marco de pensamiento reinante en la época; en este trabajo se nota la influencia directa de la deconstrucción de Derrida, además del análisis del lenguaje como creación de Lacan y el vacío siempre perenne que queda, según él, en la identidad en el paso de los registros entre lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario. Vale la pena detenerse un poco en estas ideas.
Por un lado, Derrida parte de que la sociedad moderna (la de su tiempo en los años 60 del siglo XX) se ha construido entera sobre ciertas bases que no tienen ningún soporte. El principio de todo es el mismísimo lenguaje, que se da por sentado, que se entiende como la fuente de todo y que al mismo tiempo es una construcción de los pensadores occidentales, especialmente de las dicotomías aristotélicas, el idealismo platónico, el pensamiento tomista, de Descartes, Kant o Hegel; la propuesta de Derrida, en último término, es que esto debe ser deconstruido.
Ahora bien, el problema de la deconstrucción es que no se puede definir con el lenguaje. El mismo Derrida le dice esto a un profesor japonés en una carta, ya que este le pregunta algo muy simple: ¿qué es eso de la desconstrucción? A lo que Derrida responde: «Toda frase del tipo ‘la desconstrucción es X’ o ‘la desconstrucción no es X’ carece a priori de toda pertinencia» (Derrida, 2011, p. 27) ¿Y por qué carece de pertinencia? Porque el meollo de la crítica de Derrida es contra la estructura típica del saber filosófico X es Y, a través de la cual desarrollaron sus ideas los autores antes mencionados. Derrida lo deja muy claro más adelante en la carta cuando dice: «¿Lo que la desconstrucción no es? ¡Pues todo! ¿Lo que la desconstrucción es? ¡Pues nada!» (ídem).

La desconstrucción es todo y a la vez nada, lo que suena muy parecido a lo que se propone el citado Manifiesto. Así como Derrida, Haraway pretende destruir toda dicotomía del lenguaje, incluso al lenguaje mismo, al que considera arbitrario: como hombre-mujer, sensible-inteligible (sentimientos e inteligencia), original-copia (mujer-trans). Ya lo deja bastante claro la autora cuando plantea la relación entre representación y simulación, donde esta última «subvierte asimismo la codificación naturalista de la columna izquierda» (Haraway, 1985, p. 16). La representación no es más que la categoría esencialista impuesta por Occidente, mientras que la simulación busca dinamitar dichas esencias.
En el caso de Lacan, la autora lo sigue en la idea de fisura en la identidad, donde no hay una relación transparente entre la esencia y la expresión de la misma, sino que queda un vacío que mantiene a dicha identidad abierta por el simple hecho de su constitución. Lo Real es todo lo que no puede ser simbolizado, en La relación de objeto se define así: «lo real se encuentra en el límite de nuestra experiencia» (Lacan, 1994, p. 33). Lo Real es un registro desde el que el humano parte, pero que no lo puede pensar ni analizar, ya que, al hacerlo, estaría dentro del registro de lo Simbólico. Esta imposibilidad genera una falta, una fisura en la identidad y en la forma en la que se incrusta el individuo a sí mismo en la realidad que se le presenta, lo cual afecta el registro de lo Imaginario en tanto imágenes que se representan en la mente. Esta fisura es la fuente de la identidad como algo cambiante, pues lo simbolizado es simplemente eso, la decisión más o menos consciente de que las cosas sean de una manera, pero, en el mismo sentido, pueden ser de otra. De allí que si en Occidente las cosas se han hecho de una manera y esa manera se vende al mundo como algo esencial, esto no significa que esa manera sea lo esencial y no una expresión más que permita la dominación subjetiva de un grupo sobre otro.

Grosso modo, este es el ambiente intelectual en el que se maneja Haraway en su Manifiesto, además de las influencias menores de estudios feministas. Realmente no dice nada nuevo, simplemente lleva un marco de ideas que ya estaban siendo expresadas por otros y lo aplica a un terreno moderno. Su valía está en lo provocativo del mensaje, mas no en su originalidad conceptual.
«El ambiente intelectual en el que se maneja la autora queda definido en el terreno de la deconstrucción derridiana y la teoría lacaniana del lenguaje»
El manifiesto ‘cíborg’ como desarrollo residual del marxismo
El ambiente intelectual en el que se maneja la autora queda definido en el terreno de la deconstrucción derridiana y la teoría lacaniana del lenguaje; sin embargo, y esto no lo oculta para nada la autora, la tradición en la que se incrusta es la que tiene sus orígenes en los escritos de Marx. Aunque ella misma previene al lector de que la idea es superar las categorías esencialistas, incluso victimistas, en las que ha caído la izquierda, para así revolucionar realmente el sistema capitalista. Empero, aunque estas sean sus intenciones, la autora no escapa de la lógica marxiana dualista entre un grupo que revoluciona y otro que quiere conservar. Su trabajo se centra en atacar las bases de la sociedad occidental, incluso a las mismas lógicas del feminismo, aunque sea dentro de él, puesto que el Manifiesto cíborg «es también un esfuerzo para contribuir a la cultura y a la teoría feminista socialista de una manera postmoderna, no naturalista, y dentro de la tradición utópica de imaginar un mundo sin géneros, sin génesis y, quizás, sin fin» (Haraway, 1985, p. 2).
Ya se planteó más arriba el origen de esta defensa, sobre todo de la última parte; empero, la primera de ellas, esa «teoría feminista socialista» que define a un grupo, no está muy clara en el texto, pero su origen es marcadamente marxista y en ese sentido, dualista. ¿Por qué tiene un origen dualista? Porque la autora mantiene una dicotomía política que puede ser rastreada en los primeros escritos de Marx y que sirven como fundamento esencial para justificar la lucha. Ya lo dice mejor el autor alemán:
El Manifiesto cíborg «es también un esfuerzo para contribuir a la cultura y a la teoría feminista socialista de una manera postmoderna, no naturalista, y dentro de la tradición utópica de imaginar un mundo sin géneros, sin génesis y, quizás, sin fin»
Para que coincidan la revolución de una nación y la emancipación de una clase particular de la sociedad civil, para que una clase sea reconocida como el Estado de toda la sociedad, todos los defectos de la sociedad deben concentrarse a la inversa en otra clase, una clase particular debe ser el escollo general, donde se resuman los obstáculos generales, una esfera social particular debe ser considerada como el crimen manifiesto de toda la sociedad, de modo que la liberación de esa esfera aparezca como la autoliberación general. Para que una clase sea por excelencia la clase de la liberación, otra debe ser, a la inversa, la clase evidentemente opresora (Marx, 1975, p. 185).
Hay que recordar que en la teoría marxista la simplificación de las clases sociales es una realidad histórica, donde un lado es el oprimido y el otro es el opresor. Esta misma línea discursiva se puede apreciar en diferentes pasajes del Manifiesto, donde la autora identifica, de forma arbitraria sin profundizar en ello, al hombre blanco heterosexual, creador de Occidente, como la clase de los opresores. Esta especie de clase-figura sería ese «crimen manifiesto de toda la sociedad» del que hablaba Marx en los anuarios de 1844, una idea que atraviesa cualquier creación, cualquier escrito o análisis de autores inscritos en la tradición marxista, y Donna Haraway no escapa a tal dualidad, aunque ella misma luche contra eso. Se puede encontrar esta idea marxista en citas como esta:
Los argumentos de Sandoval deben ser tomados como una poderosa formulación para las feministas fuera del desarrollo universal del discurso anticolonialista, es decir, el discurso que disuelve a ‘occidente’ y su más alto producto, el que no es animal, bárbaro o mujer: el Hombre, es decir, el autor de un cosmos llamado Historia (Haraway, 1985, p. 10).
El hombre occidental y su falogocentrismo2 vendría a ser ese escollo general que representa todos los males de la sociedad, y sería, en buena medida, el enemigo acérrimo del cíborg sin género ni origen ni fin. Realmente no hay que profundizar mucho para encontrar que la propuesta de Haraway no es más que la expresión de algunas ideas marxistas y postmodernas que no gozan de ninguna originalidad y que, incluso, no escapan de las lógicas de las que pretende huir, como la dicotomía social o la idea de dos bloques que se enfrentan por visiones totalmente diferentes del mundo. Están, por un lado, los cíborgs y el poder de su indefinición, y su rompimiento con cualquier lazo original o esencial, y, por otro, aquellos hombres blancos heterosexuales enfrascados en las categorías esenciales y dualistas de género, sexo o cualquier otra
establecida en Occidente y que, según la autora, es mejor eliminar.
Una visión crítica a la idea de mujer
La razón de ser de este escrito es la mujer y lo que la autora considera que es una gran oportunidad para el feminismo de desarrollar su propia lógica, su propia propuesta alejada de cualquier origen falogocentrista, naturalista y occidental. La difusión de las fronteras entre humano-máquina es la oportunidad para que el el feminismo sea de una vez por todas un movimiento3 autónomo, libre y sin ataduras; pero para ello es necesario deslastrarse de todo lo concebido, algo que resulta complicado, pues se enfrenta a los mismos problemas que la deconstrucción derridiana: solo sabe que no quiere nada de lo hecho, pero, al mismo tiempo, no sabe cómo hacer algo nuevo sin caer en los mismos errores de lo hecho.
«El hombre occidental y su falogocentrismo vendría a ser ese escollo general que representa todos los males de la sociedad, y sería, en buena medida, el enemigo acérrimo del cíborg sin género ni origen ni fin»
Aun así, en esto insiste Haraway cuando dice: «No existe nada en el hecho de ser ‘mujer’ que una de manera natural a las mujeres» (Haraway, 1985,p. 8). En pocas palabras, no hay algo esencial que define a la mujer, y cuando es definida, cuando se le quiere dar un sentido, dicho sentido no es más que la construcción arbitraria de una identidad que no es universal, sino parcial de quien la define; lo que hace que dicha definición sea ese hecho que una posición deconstructivista no quiere aceptar como verdad esencial. Profundiza aún más la autora cuando dice:
No existe incluso el estado ‘ser’ mujer, que, en sí mismo, es una categoría enormemente compleja construida dentro de contestados discursos científico-sexuales y de otras prácticas sociales. La conciencia de género, raza o clase es un logro forzado en nosotras por la terrible experiencia histórica de las realidades sociales contradictorias del patriarcado, del colonialismo y del capitalismo (ídem).
La primera parte de la cita se refiere al problema de definir a una mujer. La segunda parte se refiere a lo que se planteó en el apartado anterior, al analizar el origen marxista de estas ideas, y resulta una consecuencia inevitable: la victimización. El papel de víctima lo juega la mujer en este terreno, mientras que el patriarcado, el colonialismo y el capitalismo juegan el papel del sistema donde el «crimen manifiesto» se hace patente o se materializa en la figura del hombre blanco occidental.
En resumen, por un lado, la primera consecuencia de las ideas de Haraway es una indefinición de la mujer (porque toda definición es arbitraria), la segunda consecuencia es que la definición imperante es hecha por una clase-figura opresora y malvada, y la tercera es que el cíborg es la vía de escape para resolver las consecuencias anteriores. Es decir, si la mujer tiene el problema de que una vez se define, esta definición es arbitraria y puede pecar de colonialista, patriarcal y blanca, lo mejor es quitar el problema de definir, hacerse la pregunta ¿por qué definir a la mujer si ya no hace falta? ¿Y por qué no hace falta? Porque el cíborg no tiene género, no tiene conexión con el pasado y tal vez no tenga siquiera un fin en el futuro, podría ser inmortal: «El cíborg es una especie de yo personal, postmoderno y colectivo, desmontado y vuelto a montar. Es el yo que las feministas deben codificar» (Haraway, 1985, p. 19).
El cíborg es nada y a la vez todo, es el sueño más logrado de Derrida expresado por Haraway, es decir, la mujer ya no existe; por añadidura tampoco el hombre; solo existe «una especie de yo personal» –una especie, nada se define, nada está definido–, lo que permite quitar y poner, ser y no ser, estar y no estar, siempre en el aire, siempre en la nada para así poder estar en el todo. El feminismo, así, cambia de sujeto histórico; ya no es la mujer su sujeto sino el cíborg, una masa biomecánica sin ataduras a concepto alguno más allá de lo que él mismo codifique en su día. Esta idea se desarrolla un poco más cuando dice: «Las tecnologías de las comunicaciones y las biotecnologías son las herramientas decisivas para darle nuevas utilidades a nuestros cuerpos. Estas herramientas encarnan y ponen en vigor nuevas relaciones sociales para las mujeres a través del mundo» (idem). Ya lo deja claro Haraway: nuevas utilidades, no importa para qué ni por qué, simplemente, nuevas utilidades.
«La primera consecuencia de sus ideas es una indefinición de la mujer (porque toda definición es arbitraria)»
Lo que dice aquí Haraway es, básicamente, que la libertad que genera el mundo capitalista tardío a través del desarrollo de la tecnología es el mejor momento para que las mujeres den «nuevas utilidades» a sus cuerpos; pero cabría poner en cuestión esto dentro del mismo seno feminista: ¿cómo es que las mujeres darán una nueva utilidad a su cuerpo si su cuerpo se constituye en una masa-máquina que no define su identidad como mujer? En otras palabras, ¿cómo es que una mujer puede explorar eso de ser mujer en la oportunidad que brinda el cíborg si el punto de partida mujer no significa nada, puesto que ha sido simplemente una construcción biológico-cientificista-capitalista hecha por el hombre blanco occidental? Si la pregunta sobre la definición de la mujer ya no es importante, ¿por qué sería importante la mujer entonces?
La pregunta es de lógica, con algo de filosofía, ¿cómo es que yo puedo explorarme a mí mismo si ni siquiera tengo un punto de referencia esencial desde el cual explorar? En última instancia, lo que propone la autora es un lanzarse al vacío a ver qué pasa: la idea postmoderna de destruirlo todo para hacerlo todo de nuevo.
Conclusión
El planteamiento de Haraway destaca por su provocación, por la idea de que el mundo del futuro –más o menos el que hoy se empieza a ver– es un mundo donde todas las fronteras se transgreden y no hay ya categorías esenciales definidas desde posiciones de privilegios; más allá de esto, sus ideas se basan en la aplicación de otros conceptos sobre una realidad naciente y el desarrollo de mismos –entre los que destaca la deconstrucción y la crítica del lenguaje–, lo que le lleva a la conclusión de que las feministas tienen una oportunidad en el mundo moderno de hacerlo a su manera. Empero, esta manera conlleva la total eliminación de la categoría mujer, basada en una idea de victimización frente al sistema que, simplemente con definir a las mujeres, ya las convierte en objetos útiles para su funcionamiento y no deja espacio a la libertad. Dicha libertad la encontrará la mujer en la nada e indefinición del cíborg, donde por fin podrá ser, o no.
«Haraway cree que la libertad que genera el mundo capitalista tardío a través del desarrollo de la tecnología constituye el mejor momento para que las mujeres den ‘nuevas utilidades’ a sus cuerpos»
La propuesta de Haraway, en conclusión, invita a la mujer a deshacerse de sí misma para construirse de nuevo, sin saber muy bien hacia dónde ni por qué; simplemente a destruir lo que está hecho y partir de nuevo en la biomecánica de un cuerpo nuevo, integrado y conectado al todo de una colectividad, sin otros límites más que la imaginación y sin definiciones arbitrarias impuestas desde privilegios culturales. La libertad de la mujer pasa, entonces, por eliminar a la mujer. La contradicción de términos es obvia, pero dentro de la lógica de la deconstrucción y la lucha entre significantes en la teoría lacaniana, para que una idea triunfe es necesario que se separe de sus contenidos y se quede solo con la forma; que la mujer deje de buscar sus esencias para conectar con otras nuevas y simplemente se base en la forma aparente que le brinda el cíborg y allí explore lo que es ser cíborg, ya no lo que es ser mujer. En la más profunda contradicción, Haraway propone la destrucción de la mujer, para que las feministas triunfen.

